Todos Santos, la música de los difuntos entre chullpas y t’antawawas

En la cultura andina, el Día de los Difuntos comienza un periodo festivo que dura hasta el carnaval. El encuentro Amaypacha se adentra en el rescate de tradiciones de la fecha, como la presencia de chullpas en el altar.
sábado, 02 de noviembre de 2019 · 00:02

Daniel González / La Paz

Cuando se evoca la muerte, a menudo las caras se vuelven serias y desaparecen enseguida las sonrisas. La muerte está asociada comúnmente con una tristeza profunda y un dolor inmenso. Sin embargo, no tiene que ser siempre así, como nos lo enseña la cultura andina.

Cada año a principios de noviembre los bolivianos celebran la fiesta de los muertos como parte de una tradición prehispánica que,  producto del sincretismo cultural y religioso, se convirtió en la festividad católica de Todos Santos, según varios investigadores.

El cuarto encuentro Amaypacha - Fiesta de los Ancestros se realizó el 26 de octubre en la Casa de la Cultura Franz Tamayo de la ciudad de La Paz. Estuvo dedicado a los antepasados, con obras interpretadas por el taller de práctica e investigación de música ancestral del Ayllu Pacha Ajayu .

Se trató además  de un ciclo de exposiciones dedicadas al entendimiento de la muerte en el mundo andino,   desde diferentes perspectivas.

 Un sonido dulce

¿Pero qué tipo de melodía tocan estas “orquestas nativas” en esta época? “Al contrario de la música occidental que es fúnebre, la música autóctona es muy alegre, porque en la tradición indígena la muerte regenera la vida. Así, estas tonadas suelen ser dulces, para que los muertos lleguen a un espacio donde les agrada estar”, señala Milton Eyzaguirre, sociólogo y jefe de Unidad de Extensión del Museo Nacional de Etnografía y Folklore (Musef).

 Este matiz suave se debe al uso de instrumentos  precisos como el pinquillo,  también conocido como el alma pinquillo. Como sugiere su nombre este tipo de instrumento está dedicado a la fiesta de los difuntos. A veces también el sonido de las flautas se acompaña de cantos.

Después del ritual inicial que se dio durante el encuentro Amaypacha, masticando hojas de coca, rezando y quemando incienso, los participantes se pusieron a tocar música con sus moqonis, un tipo de pinquillo.

Tupak Wayra  frente a  la mesa armada para el encuentro.

La tropa compuesta de hombres y mujeres vestidos de negro -lo que no significa en absoluto el luto, sino la sabiduría, como lo explica Tupak Wayra, guía espiritual, profesor de música y organizador del encuentro- tocó una melodía que podría resultar aguda y algo repetitiva para quien la escucha por primera vez. 

“La música andina no corresponde al 100% a un sistema clásico, por eso se habla de variaciones microtonales. Entonces en algunos casos el sonido es un poco desagradable para el oído occidental” , esclarece Ramiro Gutiérrrez,  etnomusicólogo, autor e investigador de música autóctona.

El pinquillo se encuentra sobre todo en la región paceña, en otras zonas se ha difundido el uso de otras flautas. En efecto, “en toda la región andina sólo se toca flautas de pico cuando se trata de época de lluvias”, explica Ramiro haciendo referencia a esta tradición que coincide con la  temporada que inicia en noviembre. No existe una clasificación determinada, pero el experto identifica tres clases de instrumentos con tapón: pinquillos, tarkas y moseños.

Varios meses de celebración

La celebración de Todos Santos empieza con la llegada de las almas, o ajayus, a los hogares a mediodía del 1 de noviembre para visitar a sus familiares.

El 2 de noviembre, las personas asisten al cementerio para despedirse de sus antepasados en medio de rezos.

Para estas fechas se suele contratar  músicos que se van de casa en casa empezando a tocar la noche del 1 de noviembre y continúan haciéndolo al día siguiente para “amenizar” el despacho de las almas o mejor dicho acompañarlas hasta su última morada. 

“Pero a veces se toca más allá del día de difuntos”, destaca Milton Eyzaguirre. Según las costumbres andinas, la fiesta de los muertos no dura solamente 24 horas, sino tres meses, o sea hasta carnaval.

Momificaciones y t’antawawas

El rescate de la presencia de las chullpas en los altares.

Durante la colonia, el pueblo sacaba a las chullpas momificadas a pasear, compartir comida y bebida con los vivos.

 Entre la gente del pueblo era natural recibir al visitante por un momento, que llegaba trayendo lluvia, fertilidad y abundancia, explicó el sociólogo David Mendoza, durante una entrevista para el periódico de la Fundación para la Investigación Estratégica en Bolivia (PIEB) el 2015.

Un antecedente interesante, según el investigador, es que los aymaras aceptaron sacar a las chullpas momificadas y reemplazarlas con las t’antawawas.

Masitas, frutas y velas para los difuntos.

Durante el encuentro Amaypacha esta tradición se recuperó con la representación de dos chullpas colocadas en el altar que llevaba frutas y verduras de varios tipos (plátanos, cebollas, tomates, cañas de azúcar), flores, bizcochos, dulces, guirnaldas multicolores y los imprescindibles panes, masitas y además t’antawawas.

Una ñatita  dispuesta en la mesa para los difuntos.

Algunos participantes llevaron a  ñatitas, fotografías de sus familiares fallecidos y objetos como cigarrillos, fotografías y otros artículos que eran de la preferencia de sus seres queridos en vida.

“Temas jocosos y sexuales”

Queda claro que las celebraciones a los difuntos no se conciben sin la música. Dentro de las costumbres indígenas la música desempeña un papel íntimamente vinculado con la agricultura, como lo explica Ramiro Gutiérrez.

La música  acompaña a las almas  hasta su última morada.

“Tiene vital importancia, porque no solo sirve para alegrar, sino para llamar a las lluvias, un elemento fundamental para las comunidades autóctonas”. Entonces, la música como vehículo de estos ritos dedicados a la época húmeda o jallu pacha no tiene nada que ver con la tristeza, sino con la alegría y una vida asumida de una forma más sencilla. Por ejemplo, “hace referencia a temas jocosos y sexuales, porque están relacionados precisamente con la fertilidad”, añade Eyzaguirre.

En ese sentido la música cumple una función social muy importante para la comunidad. Por eso, siempre se toca en tropas. “Es una música que no margina, sino que incluye a la gente. Por eso, todos tienen la posibilidad de entrar en una tropa; ancianos, adultos y niños ya desde cinco años”, precisa Gutiérrez.

“Antes la música era reservada exclusiva y tradicionalmente a los hombres. Ahora bien, a medida que pasa el tiempo las mujeres han integrado este espacio tocando primero percusiones y luego tarkas”, concluye el etnomusicólogo.

Un vehículo para reconectar a la gente con sus raíces

La llegada de fiestas importadas como Halloween, que  coincide con el inicio de la fiesta de Todos Santos,  puede alejar a la gente y sobre todo a los jóvenes de sus tradiciones ancestrales.

Sin embargo, Tupak Wayra, guía espiritual, profesor de música y organizador del cuarto encuentro Amaypacha-Fiesta de los Ancestros cree que la música puede ayudar a reanudar con las costumbres antiguas.

“Es un vehículo para que la gente vuelva a retomar el compromiso con sus raíces y la fiesta de los antepasados en particular”. Sus talleres musicales son un éxito como él dice, dado que la mayoría del público es de la ciudad y sólo algunos de las comunidades.

Las sesiones  que da el profesor tienen el objetivo de transmitir el contenido de la música autóctona, que se ha perdido a lo largo de los años. “Se ha convertido en una música de fiesta para emborracharse”, lamenta Tupak Wayra que prefiere hablar de música ancestral para diferenciarlo del folklore actual y lejos de su significado primero.

Por su lado, Ramiro Gutiérrez también dedica su tiempo a rescatar a esta cultura musical escribiendo muchos libros sobre este tema. Sin embargo, el etnomusicólogo es bastante pesimista en cuanto al mantenimiento de este amplio conjunto de tradiciones.

“Se está muriendo, porque el conocimiento solo lo poseen los ancianos y muchos jóvenes prefieren tocar su propia música”, indica.

Del mismo modo, critica la falta de formación de los músicos en esta área cultural. “No están capacitados para enseñar esa música. No tienen método o tiempo para ir al campo y cuando van ya desapareció el objeto de estudio”.

Además, el carácter informal de esta música -debido a que  no existen partiduras y se transmite por la observación, el oído y la interpretación- podría debilitarla frente a la modernización.

 El sociólogo  Milton Eyzaguirre concluye que “hay que concientizar a la gente que su conocimiento tiene un valor”.

 

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