Vivir a través de la memoria: una década de la partida de Juan Conitzer

El paceño Juan Conitzer dejó un legado cultural conformado por miles de obras. Con la muestra Memoria, la galería Mérida Romero rinde homenaje al artista.
jueves, 28 de noviembre de 2019 · 00:04

María Ortiz  / La Paz

“El día que yo me muera, por Dios, no me manden flores, mándenme siete tambores repicando por la acera”, versa una de las estrofas que en vida solía repetir el artista paceño Juan Conitzer y cuya letra hoy, 10 años después de su muerte, es tarareada en recuerdo a su memoria.

Aunque falleció el 17 de octubre de 2009, Conitzer, el excéntrico escritor y artista, nunca se fue. “Inmarcesible”, una de las palabras que a él más le gustaban, describe hoy su legado cultural y moral. Quien es eterno en la memoria de los suyos, vuelve a renacer cada vez ante aquellos que contemplan su obra y parte de su más íntimo ser.

Hijo de la eximia poeta Yolanda Bedregal y del intelectual judío alemán Gert Conitzer, Juan tuvo una vida marcada por el amor al arte, la curiosidad y la libertad.

El mundo, el taller

“La obra de Juan es una bitácora de vida, un testimonio de su paso por este mundo. Momentos vividos, reflexiones, observaciones… todo está reflejado en su obra. Todo lo que hay en ella es parte de su mundo interior”, cuenta su esposa Mabel Fava.

 “Compulsivo”, así es como ella define al artista y su trabajo. “Y cuando digo compulsivo es porque él tenía una necesidad vital de pintar, dibujar y escribir”, asegura. Conitzer necesitaba expresar diariamente lo que había sucedido. Todos los días ilustraba, pintaba y escribía en diferentes horas.

El mundo era su taller y la libertad, su compañera. Conitzer pintó, dibujó, hizo collages, esculturas y también intervino muebles y objetos que en el cotidiano están destinados al descarte, pero que para él tenían un potencial valor. El óleo, el acrílico, el lápiz o la tinta dieron una segunda vida a todo aquello que en sus manos cayó.

“Donde estuviera, él leía, escribía o dibujaba. Donde estuviera él, había un taller de arte”, relata Fava desde la casa donde Conitzer instauró dos, de los cuales hoy no queda más que el recuerdo.

Además de estos, tenía otros dos grandes lugares donde imaginaba y creaba su arte: uno en la céntrica casa de sus papás, en la calle Goitia, donde una mesa de ping pong (otra de sus aficiones) hacía a la vez de mesa de trabajo;  y otro en Mallasa, en una cabaña de adobe y madera que construyó a mano con la ayuda de sus hijos.

“El gran lugar, su lugar en el mundo, era el taller grande que hizo en Mallasa, en un terreno que comenzó chiquito y que él fue cambiando de a poco, convirtiendo el paisaje de alrededor, que era un basural, en un enorme y maravilloso jardín”, revela Fava sobre el lugar que dio nombre a uno de los cuentos de Conitzer:  El jardín del unicornio.

El arte de transmitir

Cada una de las obras del autor refleja la realidad que él vio y apreció, son una secuencia de momentos plasmados y canalizados a través de su sensibilidad. La intención del artista, fundamento de la trascendencia de su arte, fue siempre transmitir un mensaje de paz.

“A primera vista pueden parecer caóticas sus obras y ahí está su intencionalidad, su propuesta de que miremos el mundo con ojos más amorosos y que miremos con empatía al otro, sin juzgar”, dice Fava sonriente.

Hoy, servir a la memoria es el mejor destino de su arte: “Recordarlo de esta manera que lo estamos haciendo es haber entendido su mensaje. Es haber entendido su pedido. Es decirle a él sí, estás y vas a estar siempre. Y lo que viste va a seguir siendo visto. Tu legado es inmarcesible y esta es nuestra memoria a través de ti”, le recuerda Fava.

Conitzer tenía una pieza que lo acompañó en todos sus talleres y en todas sus casas. Un pedazo de su yo más íntimo que constataba su presencia cuando él no podía estar. Él le decía “El cartero”, pero también le puso como nombre “La chica del buzón”.

“Mientras Ariel, su segundo hijo, estaba haciendo la tesis de arquitectura, él puso ese cuadro en su estudio y cuando la terminó y la presentó exitosamente, se lo trajo de nuevo a casa (…) Ya que él no podía estar 24 horas en un lugar, su presencia estaba ahí y después volvía”, dice Fava.

Y añade: “La presencia de Juan es enorme. Juan nunca se fue, está en nuestra casa y en nuestras vidas permanentemente, es omnipresente”.

Torrente creativo

Pintura, dibujo, collage, grabado, narrativa, poesía… Conitzer cultivó el arte en todas sus manifestaciones. Exploró todo lo que llegó a sus manos, incluida la música y sus posibilidades de sonidos a través de los diferentes instrumentos.

Estudió filosofía y letras, y artes plásticas en la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA) y arte en la Escuela de Bellas Artes Hernando Siles. También estudió música y solía improvisar a los pies de un piano, una guitarra, una trompeta o una armónica, instrumento que siempre lo acompañaba.

“Juan se sentaba al piano y vos escuchabas. Los sonidos parecían disonantes, pero en su conjunto hacían que vos quieras quedarte horas ahí. La combinación de sonidos te llevaba a otro lugar, era un viaje”, cuenta su compañera. 

“Y esto era con cualquier instrumento. Él iba así al mundo. Él iba abierto, transparente, además sin miedos, sin prejuicios. Él agarraba cualquier cosa, como una lata, y le sacaba un sonido delicioso. Vos te quedabas ahí y no querías que pare”.

Conitzer encontró su refugio en las diferentes manifestaciones de la cultura, pero también en la meditación. Cada madrugada se levantaba a las cuatro de la mañana para estar, al menos durante tres horas, con él mismo de una manera íntima y especial. Un regalo a su ser con el que también obsequiaba al resto.

“Cuando vos veías a Juan era una persona absolutamente pacífica, tranquila, serena. Siempre muy alegre, con una sonrisa y una risa permanente (…) Juan era una persona extremadamente generosa con su sentir y su mirada hacia el otro; no tenía maldad, no tenía segundas intenciones. Era limpio, claro, transparente. Y siempre tenía cosas buenas para decir de los demás”, confiesa Fava.

“Toda esa libertad que expresa en su obra se la concedieron sus padres. Él se sentía un ser humano con alas, una persona libre. Él no tenía limitaciones y eso sólo pueden dártelo tus padres. Dejarte explorar, pensar, dejarte ser”, valora Fava, enamorada de ese don que hacía de Conitzer una persona muy especial.

“El día que yo me muera, por Dios, no me manden flores, mándenme siete tambores repicando por la acera”, dejó escrito Conitzer entre las páginas de uno de sus muchos cuentos. Un canto a la vida con el que hoy y siempre será recordado.

 

Memoria, un homenaje a su obra de vida 

La Galería de Arte Mérida Romero acoge desde hoy en sus salas la exposición  Memoria, una muestra en homenaje y conmemoración a la trayectoria de Juan Conitzer cuando pasó  una década de   su fallecimiento.

La muestra está compuesta por una selección de alrededor de 200 obras, algunas de las cuales ya han sido presentadas en anteriores exposiciones. También presenta  material inédito y algunas piezas que corresponden a la colección de la familia del artista.

En este homenaje se propone un paseo por el color, las formas, los tamaños, el pensamiento y la sensibilidad de un artista que imprimió  en cada obra un registro minucioso de momentos vividos, su observación de la realidad circundante y su propuesta de ver el mundo con ojos de amor y empatía. 

“Si te lo digo es porque te lo comunico”, frase rotunda muy utilizada por Conitzer, quien tuvo mucho que comunicar,  y cuyo mensaje  puede ser apreciado en la Galería de Arte Mérida Romero desde hoy    28 de noviembre hasta el 14 de diciembre.

La Galería de Arte Mérida Romero está ubicada en la calle René Moreno 1223, bloque E, en la zona de San Miguel.

 

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