Palmasola, la vida tras rejas en el escenario

La violencia, las drogas y las jerarquías entre los reclusos determinan la existencia en Palmasola. Una obra de teatro internacional ilumina la vida en la cárcel más grande del país.
miércoles, 06 de noviembre de 2019 · 00:04

Aaron Wörz / Santa Cruz

Alrededor de 6.000 personas viven dentro de los muros altos en el Centro de Rehabilitación de Palmasola en Santa Cruz. Entre ellos, hombres y mujeres, separados del mundo exterior por cemento, alambrados de púas y guardias armados. A primera vista, la vasta cárcel no es un lugar donde el teatro y la libertad artística jueguen ningún papel.

Un equipo internacional con la dirección del alemán Christoph Frick quiso cambiar esto. A los 17 años, el director abandonó el colegio y viajó a Sudamérica. Permaneció allí durante un año y medio en lugar de los seis meses planeados inicialmente, aprendió español y desarrolló una fascinación por el continente. 

Décadas más tarde, regresó con un equipo boliviano-europeo para visitar por primera vez la ciudad penitenciaria de Palmasola. El objetivo: retratar el sentimiento de la vida tras las rejas con un proceso de investigación que incluye entrevistas y talleres en los que el equipo descubre la visión que los presos tienen de la cárcel, su cotidianidad y su porvenir.

 Con las visitas a este mundo malvado se ha procurado encontrar respuestas a las preguntas: ¿qué son la ley y la justicia?, ¿existe una diferencia en la aplicación de la ley en la teoría y en la práctica?,  ¿cómo se organiza esta cárcel?, ¿existe la posibilidad de una vida digna si uno se fía de la justicia?

La obra fue estrenada en Fitcruz y adaptada al alemán para su estreno en Suiza.

Un “pueblo prisión”

Palmasola es llamado el “pueblo prisión” debido a una serie de particularidades que hacen únicas a su organización y forma de convivencia. Aproximadamente el 40% de la población carcelaria del país vive ahí. De ellos sólo el 25% tiene una sentencia, el resto está detenido de manera preventiva. 

“En primera instancia la administración penitenciaria estaba escéptica ya que es poco usual la solicitud con la que llegamos, ‘un grupo de teatro quiere entrevistar e investigar la vida diaria de las personas privadas de libertad’”, cuenta el psicólogo y periodista boliviano Jhonnatan Tórrez, quien entró a formar parte del proyecto a través del Goethe-Zentrum Santa Cruz. 

Los primeros ingresos se realizaron como visitas a los presos, de quienes se habían enterado en un reportaje sobre los contactos entre la cárcel y los cárteles de droga con la ayuda de los canales de drenaje. 

Para las siguientes etapas de trabajo se hizo contacto por los medios regulares, cartas y visitas a las autoridades penitenciarias, quienes, no sin algo de reserva, atendieron su solicitud a cambio de que diesen un taller de teatro y un taller de cortometrajes. Con este requisito, el equipo de teatro tuvo la exclusiva oportunidad de moverse libremente por el penal con su cámara e instrumental de sonido.

 6.000 personas viven dentro de los muros altos en el Centro de Rehabilitación de Palmasola.

Alemán como lengua secreta

En enero 2019 los actores bolivianos Marioly Urzagaste Galarza, Jorge Antonio Arias Cortez, Omar Callisaya Callisaya, el actor alemán Nicola Fritzen, el cineasta alemán-español David Campesino y el dúo dramatúrgico formado por Jhonnatan Tórrez y la alemana Carolin Hochleichter entraron por primera vez en dicha prisión. Ya en 2016, Frick se encontraba con el suizo Claudio Q., quien  había sido detenido por contrabando de cocaína. 

“Había varios hablantes nativos de alemán en nuestro equipo, entonces las restricciones de comunicación que estaban impuestas por el régimen de Oti (Víctor Hugo Escobar)  con los (encargados de la) disciplina pudieron ser sorteadas con éxito ya que, pese a que estábamos en constante vigilancia, la barrera del lenguaje permitió que podamos acceder a información que no se nos hubiese comunicado en un contexto diferente”, dice Jhonnathan Tórrez.

Durante mucho tiempo, el alias de  El Oti fue un sinónimo de injusticia y de un propio sistema judicial bajo la tolerancia de la autoridad ejecutiva en Palmasola. 

Los policías destinados en la prisión eran sólo actores de reparto, hasta el 14 de marzo de 2019. Ese día, unidades especiales de la Policía utilizaron fuerza brutal para recuperar el control de la prisión. 

Los reclusos permanecieron 14 horas presionados contra el suelo, con un fuerte golpe de madera en el cuello bajo el sol ardiente. Anteriormente, El Oti había construido un régimen dentro de los muros de la prisión que dirigía con furia de hierro. La humillación y la tortura estaban en la agenda. 

“Había desconfianza de algunos, incluso consideraban una intrusión nuestra presencia, pero también había una gran necesidad de hablar, de comunicar. Ponerle palabras a aquello que viven y que vivieron durante la intervención policial del 14 de marzo de 2018 fue un impulso importantísimo para el desarrollo de nuestra investigación y el texto que fue producto de la misma”, dice Tórrez.

El fin de la regencia de El Oti no anunció una fase sin líderes ilegales en Palmasola. Tras el asesinato del responsable del terror, en julio, Pedro Montenegro entró y fue celebrado frenéticamente por los reclusos. 

Además de las estructuras violentas y mafiosas de ascenso y descenso social de los detenidos, la normalidad vivida en este triste lugar  sorprendió al equipo de teatro. Al cabo de unos días, se encontraron panaderías, quioscos, música, gente jugando fútbol, paseando con sus perros, cocinando en sus cuartos o comiendo en cualquiera de los restaurantes. 

“Esa normalidad hacía que muchas veces olvidemos donde estábamos y olvidemos por uno o dos segundos que aquel con el que reíamos a carcajadas, con el que hablábamos de fútbol o del clima, estaba ahí condenado por asesinato o violación agravada. Esa ‘normalidad’ borraba las líneas que dividen el adentro y el afuera de la cárcel”, cuenta Tórrez.

 Con sus visitas, el equipo internacional de teatro simbolizó una puerta al mundo exterior para los reclusos, lo quieran o no, que de otro modo sólo representan palomas mensajeras o visitas raras. Con sus talleres dieron variedad a la vida y así se ganaron su simpatía. En el cumpleaños del cineasta David Campesino, los prisioneros cantaron una canción de cumpleaños –un momento conmovedor para el equipo–.

Una actriz es maquillada antes de entrar a escena.

Presentaciones en dos continentes

El producto final de las visitas es ilustrar la diversidad y singularidad de la vida en Palmasola y dar a la audiencia una idea de un mundo que de otra manera estaría oculto. Los cuatro actores no son figuras fijas, sino una muestra representativa de diferentes personajes que viven en el universo carcelario. 

Jorge Antonio Arias interpreta el papel de El Oti, mientras que Omar Callisaya encarna a varios de sus seguidores y a la Policía; Marioly Urzagaste hace el papel de las mujeres en la cárcel y Nicola Fritzen, el del expreso Claudio Q., quien en la obra se apoda el desesperado Gringo Klaus y es torturado por sus compañeros de prisión.

 Además de la calidad de actuación, la selección del reparto tuvo en cuenta que todos los actores bolivianos hubieran adquirido experiencia en el sistema penal boliviano a través de talleres, trabajos pedagógicos teatrales y otros eventos.

 En abril presentaron la obra terminada por primera vez durante el festival de teatro Fitcruz en Santa Cruz. En otoño continuó su viaje a Europa y en octubre la obra llegó a las ciudades Basilea y Aarau (Suiza). 

Los tres actores y el dramaturgo boliviano Jhonnatan Tórrez viajaron por el país alpino meses antes para adaptar el texto original a la lengua alemana. El equipo también puede imaginarse un regreso a los escenarios bolivianos. La audiencia también les preguntó varias veces. Ahora la cuestión es si pueden recaudar los fondos necesarios.

Después de estos intensos meses de trabajo y espectáculos en dos continentes diferentes, el director Frick cree haber encontrado la respuesta a una de las preguntas que estaban abiertas antes del proyecto. 

Según él, ley y justicia son “un acuerdo social para organizar la violencia, sus abusos y represalias. Pero no deben confundirse con la justicia”. Y continúa: “teóricamente todos son iguales ante la ley, pero, como se dice en Palmasola: sin plata no hay justicia”.

 
 

 Para obtener el permiso de  ingreso a la cárcel, el equipo de artistas  dio a  cambio un taller de teatro  y otro  de cortometrajes a los reclusos  que viven en el recinto penitenciario.

 

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