Cocaleros yungueños se replantean haber optado por el monocultivo

Desde hace décadas, la coca domina la agricultura en los Yungas. Hoy el medioambiente y la biodiversidad se ven afectados por esas plantaciones, mientras que los productores empiezan a replantear sus decisiones.
jueves, 12 de diciembre de 2019 · 00:04

Aaron Wörz  / Coroico  

Con  mirada enamorada, don Mario admira su árbol de coca de casi dos metros en una parcela de terreno. “Tiene más de 50 años. Mi abuelo la plantó y cuando yo era niño este lugar estaba lleno de plantas gigantescas de coca”, dice con el pecho inflado de orgullo. 

Al igual que las pocas plantas de coca que sobraron en las casi tres hectáreas de tierra de don Mario en los Yungas, el árbol de su abuelo es la reliquia de una era pasada. A diferencia de su hermano, su padre y su abuelo, don Mario, cuyo verdadero nombre es Mariano, vive del café. 

 La diversidad vegetal se ve disminuida por el creciente uso agrícola de las zonas forestales.

Por dicha razón el padre de familia yungueña es único en el municipio de Coroico. Sus vecinos y amigos, como la inmensa mayoría de la región, viven de los ingresos del cultivo de la coca. 
                                                                          
El hecho de que en las laderas cubiertas de vegetación  de su terreno crezca principalmente café a la sombra de una variedad de plantas y árboles diferentes se debe a la casualidad. Hace muchos años su padre plantó algunas plantas de café que robaron los nutrientes necesarios para el monocultivo hambriento de la coca.

 Hoy en día, ver un campo agrícola sin coca en los Yungas es una rareza. Durante casi medio siglo, más y más cocaleros han conseguido extender sus plantaciones a nuevas áreas, que son naturalmente muy boscosas, para aumentar sus terrenos y su producción. 

 Don Mario se maravilla con el árbol de coca de su abuelo.

Las nubes de humo sobre las laderas verdes son un espectáculo cotidiano y manchas negras de tierra quemada atavían la vista en los Yungas. La zona de producción tradicional de coca sufre la deforestación, la invasión del monocultivo y el uso de insumos químicos. 

Los pesticidas utilizados contaminan el agua, la misma que a veces es usada por las comunidades. Los suelos empobrecidos, a causa de la producción intensiva, no permiten la regeneración de bosques que empiezan a desaparecer poco a poco. 

Entre los años 2005 y 2010, 35.500 hectáreas de bosque en los Yungas fueron borradas del mapa, según la Fundación Amigos de la Naturaleza.
                    
“La coca es la planta más antigua de Bolivia y antes no había problemas de deforestación. Pero desde hace algunos años el lema es producir más y más”, explica la francesa Romane Chaigneau, responsable del desarrollo de los sistemas agroforestales y su diversificación de la asociación local Corazón del Bosque, creada por iniciativa de la organización non gubernamental francesa ‘Cœur de Forêt’.

 Un complemento productivo

Desde hace siete años esta ONG promueve, junto a productores en los Yungas, alternativas a la coca, como la instauración de sistemas agroforestales con base en café, cítricos, paltas o a la apicultura. Uno de sus socios más ejemplares es don Mario. 

El cafetero es visitado regularmente por Junior Ismael Condori Luna, uno de los tres ingenieros agrícolas bolivianos que trabajan para la organización francesa. Él y sus colegas dan consejos sobre cómo cultivar nuevas plantas, distribuyen plántulas, pesticidas e insecticidas respetuosos con el medioambiente. Junto con un equipo de tres francesas, los ingenieros colaboran con alrededor de 100 cocaleros en el municipio de Coroico.

 Los cocaleros queman áreas boscosas para explotar nuevas tierras cultivables.

El fomento del equipo es ambientalmente racional, pero es imperativo superar muchos obstáculos antes de su aplicación. El significado tradicional de la coca es ubicuo en los Yungas. Dientes verdes y una bola de coca en la mejilla decoran las caras de los trabajadores, taxistas y agricultores. 

Muchos cocaleros heredan las tierras y la profesión de sus antepasados, a menudo no tienen otra opción. El argumento más fuerte que es difícil de refutar para los ingenieros ambientales es la rentabilidad del cultivo de coca en comparación con otros productos. 

Mientras que el café y los cítricos comienzan a dar fruto luego de unos pocos años después de la siembra, la planta de coca ya se puede cosechar en el primer año y una planta adulta puede ser cosechada hasta cuatro veces en un plazo de 12 meses. 

“En la mayoría de los casos, los beneficiarios no dejan la producción de la coca. Lo que proponemos es un complemento y no una alternativa a la coca. Así, no aumentan las áreas de producción de coca, pero tampoco dejan de producirla”, dice Julie Corchia, responsable del desarrollo económico de la ONG. 

 La apicultura es una de las alternativas a la coca bien aceptada por los cocaleros.

Apoyo a un ecosistema ignorado

Otro factor que dificulta la persuasión a los cocaleros para que cultiven otros productos es la amplia promoción de la coca por parte del Estado. En marzo de 2017, el expresidente Evo Morales firmó una nueva y controvertida ley. 

El gobierno del Movimiento Al Socialismo (MAS) llegó a un acuerdo con los sindicatos de los cocaleros para aumentar el área de cultivo de coca de 12.000 a 22.000 hectáreas. 

Junior Ismael Condori Luna estima que más del 90% de los fondos del Plan Territorial de Desarrollo Integral de Coroico (PTDI) se destina exclusivamente a subsidios para el cultivo de coca. 

“Es un modelo que ha generado un ingreso constante durante mucho tiempo”, afirma don Mario. Pero no es seguro que este sistema de subvenciones unilaterales continúe en el futuro. Debido a las semanas de paros y bloqueos en carretera después de las elecciones del 20 de octubre, el comercio de coca se vio severamente restringido. 

Los narcotraficantes, aprovechando esta situación, hicieron ofertas inmorales a los cocaleros que habían permanecido atascados con su producto, según aseguran. Es incierto que el mercado, que ha tenido el amparo del Estado durante años  siga siendo apoyado en esta medida bajo un nuevo gobierno. 

Como don Mario, el cocalero Raúl colabora con Corazón del Bosque. Su segunda fuente de ingresos es la miel y tiene tres colmenas por encima de sus cultivos de coca, cuyo producto vende hasta ahora sólo a la ONG, que se encarga de su comercialización y distribución. 

“Falta un mercado rentable”, lamenta el yungueño. El mismo problema se aplica a las plantas aromáticas que son distribuidas por la organización para fortalecer los sistemas agroforestales.

 La ingeniera Verónica Mamani Azucena utiliza un alambique para procesar la  hierba luisa o una variación de menta en agua de flores, que se vende junto con la miel de más que 50 apicultores en las ferias artesanales de La Paz. 

Coroico no dispone de un mercado propio ni de un centro de producción profesional para estos productos. Sin embargo, incluso con la ayuda de los ingenieros de la ONG, los productos alternativos no harán caer el monopolio de la coca. 

De vuelta a las raíces

El equipo boliviano-francés se dio cuenta rápidamente de que el abandono total de la planta tradicional es imposible, por lo que el otro enfoque de su trabajo es la sensibilización y la educación junto a Cáritas y la Alcaldía de Coroico. 

Con la ayuda de talleres y presentaciones en los colegios, Corazón del Bosque promueve la conciencia sobre la relevancia de la producción local y ecológica, la importancia de la reforestación y temas como el cambio climático o el manejo de desechos y la deforestación. 

Los objetivos de ambos grupos no parecen ser antagonistas. 

Mientras caminan por el pueblo, las francesas de la ONG se topan con los conocidos del lugar y se detienen a charlar. “El problema no es la coca en sí. Es una planta que necesita muchos nutrientes. Es más que todo el manejo actual del cultivo que es dañino para el suelo”, dice Eloïse André, ingeniera agrónoma y coordinadora del proyecto en Coroico. Por lo tanto, una de las metas es promover el cultivo de coca orgánica.
 
No fue necesario convencer a don Mario: después de que sus campos estuvieran llenos de plantas de coca durante décadas, decidió regresar al producto por el que Coroico era originalmente conocido. 

Hasta los años 70, la mayoría de los agricultores de los Yungas cultivaban café. Con nuevas leyes, se abrieron mercados internacionales que provocaron una fuerte caída del valor de este producto y que representó la señal de partida para el auge de la coca. 

Don Mario asegura con una amplia y honesta sonrisa que no le importa ser visto como un extraterrestre por los demás que se dedican exclusivamente a la producción de la hoja milenaria. Más personas como él son necesarias para regular la creciente deforestación en los Yungas. 

Esta investigación fue realizada en el marco del Fondo Concursable Spotlight VII de Apoyo a la Investigación Periodística en los Medios de Comunicación, que impulsa la Fundación Para el Periodismo con el apoyo del European Journalism Centre. 
 

 

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