Nilo, en la memoria de su hija Zemlya y Lola, que fue su alumna

El cantautor dedicó su vida a la enseñanza. Como político fue preso político, perdió parte del sentido del oído y sufrió una embolia, pero su obra sigue viva.
miércoles, 13 de febrero de 2019 · 00:04

Noelia Rojo Zabalaga  /  La Paz

En una de mis últimas vacaciones en Cochabamba, contemplaba a mi abuela, sentada en una silla de su living, tejiendo a palillos una prenda oscura, que seguro ya se convirtió en una chompa. Mientras contaba los puntos de su tejido concentrada, en la radio tocaba una canción entonada por la voz de un hombre…  “Que lejos estoy, que lejos estoy de mi ansiedad…”, decía parte de la letra. 

Mi abuela, Lola Villagómez, quien siempre está bonita, delicadamente arreglada y se niega a revelar su edad, dejó de tejer un momento para escuchar la canción, de la que hasta ese momento yo desconocía a su autor. Ella lo conocía muy bien y le recordaba a su Tarija, donde nació. Era la canción La caraqueña, compuesta por su profesor de música de primara, en el colegio María Laura Justiniano de Tarija: Nilo Soruco.

Fotos: Marco Fernández y archivo / Página Siete

“Era muy bueno, siempre cantaba en la hora cívica los días lunes, era infalible; su canción favorita era Amapola, lindísima amapola... de Sara Montiel. La gorjeaba (cantaba) harto, buena voz tenía”, me contó.

El que ella hubiese conocido de niña a un personaje tan importante como Nilo Soruco me impulsó a conocer más de él y, aquí, en La Paz, busqué a su hija Zemlya Soruco, su primogénita, que no ha dejado que el recuerdo del maestro Soruco se borre de la memoria de los bolivianos. 

Ella también fue su alumna, como mi abuela. Recuerda que su papá  estaba convencido de que todos los niños podían tener un “buen oído”. Si alguna vez un estudiante no tenía aptitud musical, él no lo rechazaba, sino que lo ayudaba a desarrollar esa habilidad, asegura Zemlya.

“Él hacía que nosotros, los que no podemos ser muy rítmicos o tener un mejor oído para cantar, en el cuaderno creáramos un dibujo de lo que significaba cierta canción. Esa era su forma de ayudar a los  que no tenían buen oído”, recuerda emocionada.

Insiste en que su padre, el maestro Soruco, estaba muy comprometido con todos sus alumnos y consideraba que todos tenían la oportunidad de encaminar sus talentos a través del arte. “Para él no había inútiles, él veía la forma de canalizar y de ayudar a ese alumno que no rendía igual que los demás”, dice Zemlya.

Mi abuela también recuerda así a su maestro,  Q’isco (pelos parados), como le decían,  siempre tocando su guitarra, cantando y haciendo  sus clases muy  divertidas. “Yo era segunda voz cuando nos hacía cantar en coro”, recuerda orgullosa. 

Poemas y el comunismo

Nilo Soruco, nacido en 1927, era un maestro apasionado. Después de titularse como profesor de educación musical en Sucre, en 1951, volvió a su natal Tarija, preocupado por la falta de material y repertorio para enseñar música a los niños. Esa inquietud lo llevó a buscar al poeta  Óscar Alfaro (1922-1963). Su hija Zemlya cuenta que se reunían  en la plazuela del Molino. Alfaro compuso poemas  que Nilo después musicalizó.

Mi abuelita Lola no recuerda que su profesor estuviese muy involucrado en la política.  “Sólo se dedicaba a sus alumnas –mi colegio era de pura mujer– y al colegio”, afirma. 

Pero Zemlya conoció todas las facetas de su padre, entre muchas la del político comunista, lo que –confiesa– le generaba algunas confusiones cuando era niña, a ella y a sus hermanas (Sonia y Violeta). Las creencias populares rechazaban al Partido Comunista Boliviano (PCB), del cual Nilo era militante. Zemlya y sus dos hermanas no entendían esa condena, pues “no encontraban maldad  alguna en su padre”.

“De niñas,  para nosotras, fue un impacto, porque en esa época los comunistas eran vistos como satanases, pero no entendíamos la razón de que dijeran eso, porque mi padre era una persona muy distinta a Satanás. Entonces, fue dura la actitud del entorno”, expresa con ese tono de nostalgia que no perdió durante toda la entrevista.

Al crecer, las hermanas Soruco fueron conociendo más la postura política de su  padre y entendiendo el comunismo como él lo profesaba, “en su estado más puro”, dice la hija del maestro.

“(Nosotras) hemos crecido bajo la idea de cómo es el comunista verdadero: es una persona solidaria con los que menos tienen, el que se acerca a la persona que tiene necesidades no sólo económicas, sino también necesidades psicológicas”, asegura.

Pentagramas y  la Vida es linda

Su militancia en el PCB, además del cargo como dirigente nacional de los maestros urbanos en Bolivia que asumió, le costó a Nilo Soruco la cárcel durante la dictadura de Hugo Banzer (1971-1978). Zemlya, con sólo 19 años, tuvo que trasladarse desde Tarija hasta La Paz para estar cerca de su padre, quien  fue detenido en 1973.

Pero lejos de amargarse  frente a su desventura, Nilo, preso político, continuaba viviendo por y para la música y la educación de los niños. Estando preso en la cárcel de San Pedro de La Paz, le pidió a Zemlya su “biblia”, los 100 poemas para niños que Óscar Alfaro había escrito para que él les pusiera música. 

En las adversas circunstancias en que se encontraba compuso las canciones infantiles que publicó en su libro Amancayas en el camino, un texto lleno de ritmos para niños destinado a los profesores. El libro fue publicado tal y como él lo escribió, con sus partituras incluidas, asegura su primogénita. 

Fotos: Marco Fernández y archivo / Página Siete

“Lo que él consideraba que puede revolucionar la educación es el libre albedrío; es decir, si un niño era disminuido, él veía la forma de canalizar su  inteligencia a través del arte; esa era la expectativa de mi papá, por eso compuso himnos, cuecas, bailecitos. Era muy atento a los acontecimientos (políticos) que vivíamos en el país y buscaba la forma de que al niño o  la niña no le impacten con la violencia”, añade Zemlya.

En su tiempo en prisión, Nilo también compuso una de sus cuecas más famosas: La vida es linda, título que resulta irónico considerando las circunstancias del autor al momento de escribirla. 

Después de estar apresado por casi dos años, su esposa Olga Verdún, a la que él llamaba Amancaya madre, logró que lo dejaran libre a cambio de su exilio en Venezuela. “Mi papá no quería irse, pero mi mamita, dentro de su desesperación, aceptó ese exilio”, cuenta Zemlya.

Recuerda claramente ese día de 1974, cuando su padre partió al exilio. El aeropuerto, ella, sus dos hermanas y su madre, y ese saludo sólo a la distancia porque no podían romper el cerco militar que escoltaba a su padre. “Estaban con metralla en mano”, rememora Zemlya.

La incertidumbre era abrumante. No tenían la certeza de que su padre sería enviado a Venezuela; el temor de que fuera asesinado era latente.

Su esposa Olga logró acercarse al cantautor unos segundos y poner en sus manos 100 dólares.

El exilio para Nilo Soruco fue tal vez más duro que para otros, porque no podía conseguir un trabajo que tuviera que ver con su gran vocación: la música y la educación. No era para menos, el músico y educador del alma había perdido parcialmente el sentido del oído, producto de las torturas que soportó en la cárcel.

Pero finalmente encontró un trabajo como profesor de música en un kínder del parque central en Venezuela.

En la distancia, Nilo Soruco nunca dejó de comunicarse con su familia, entonces por cartas. Su hija Zemlya dice que nunca lo extrañó en esa etapa porque “siempre estaba (con ella) espiritualmente”.

Tres años después, en 1978, regresa a Bolivia, pero al tiempo sufrió una embolia que afectó principalmente su memoria musical. Pero Nilo tampoco se dejó vencer por esa nueva adversidad y luchó incansablemente por recuperarse. “Tenía una extraordinaria capacidad de vencer la adversidad”, asegura su hija Zemlya.

Felizmente, tuvo la oportunidad de viajar a la ex Unión Soviética y someterse a tratamientos con los que consiguió recuperarse, pero aún no podía componer canciones, como lo hizo desde siempre. Entonces le ofrecieron dirigir la Escuela Municipal de Música Regional Pastor Achá en Tarija, cargo que le ayudó a curarse cada vez más.

Y el milagro para Nilo Soruco llegó. Fue durante un homenaje que le hicieron en la ciudad de Cochabamba, a finales de la década de los 80. Su hija sólo lo recuerda tomando nuevamente una guitarra y volviendo a tocar y cantar. Zemlya afirma que de ese momento salió la cueca Voy y vuelvo. La sabe de memoria y la canta: “Mi voz, mi canto en tu guitarra, rosa, rocío, paisaje de tus miradas. Soledad, soledad contigo se vuelve lucha, sol combate besos del alba…”.

Recuerda los últimos días de su padre, antes del 31 de marzo de 2004, cuando murió. Eran tristes –dice– porque pensaba que su música había sido olvidada. Ella y sus hermanas “respondían” intentando mantener su legado musical de varias maneras. “Mi papá estaba en  contra de la corriente, amaba la justicia, era un revolucionario que con su voz y canto nos mostró la denuncia, pero también el optimismo de la vida”, así lo recuerda. Y mi abuela Lola rememora ese optimismo del profesor Pelos parados, “el que  siempre estaba cantando”. 

Durante un homenaje en su honor en la ciudad de El Alto, antes de su muerte, el maestro Nilo les recomendó a los jóvenes presentes recuperar sus raíces y escuchar sus orígenes.

“Siempre mantengan viva la esencia de la tierra, de  donde nacieron, sepan valorar a sus antepasados, a las personalidades, a sus padres y abuelos, porque  tienen mucha sabiduría”, exhortó. 

“Recordar es volver a vivir”, dice la frase, pero en mi caso, escuchar los recuerdos fue conocer a un maestro comprometido con la música y el bien común: Nilo Soruco. 

Noelia Rojo Zabalaga es estudiante de comunicación.
 

El comunista que le cantaba al Niño Jesús

 En su juventud, Nilo Soruco fue una persona de acción católica, incluso cantaba en la  misa, pero por razones personales dejó la  religión y se adhirió al comunismo. Sin embargo, junto al poeta Óscar Alfaro le compuso villancicos al niño Jesús. 

“Mi papá era un comunista, junto a Óscar Alfaro, quien le regala un villancico al niño Jesús, Noche buena en tiempo malo, es que  él si creía en Jesús porque para él fue un ser realmente extraordinario”, asegura la primogénita de Nilo.

“Cosa curiosa, los curas  querían mucho a mi papá”, añade Zemlya Soruco. “Tanto –continúa–  que incluso cuando fue enviado al exilio en Venezuela el padre Batolomé Attard consiguió 100 dólares para que mi mamá se lo entregase a mi papá, y con ese dinero pudiese asentarse”.

Una película sobre el cantautor tarijeño

Cuando Nilo Soruco falleció, en abril de 2004, sus hijas, Zemlya, Sonia y Violeta, prometieron mantener su memoria viva.  Sonia publicó el libro Nilo, biografía de mi papá; mientras que Zemlya perdió el miedo a cantar y grabó su primer disco, Eternamente Nilo. 

Las hermanas también  registraron toda la obra de su padre y  gestionan diferentes actividades para cumplir su promesa. En 2006 se promulgó la Ley 3383 Patrimonio Cultural de la Nación para la obra literario-musical del luchador social y compositor Nilo Soruco Arancibia. Garantiza, entre otros, el financiamiento del Festival de Canto,  Cueca y  Bailecito Nilo Soruco Arancibia,  pero –dice Zemlya– desde 2016 no se cumple.

“Ahora estamos emocionadas porque  una productora quiere hacer una  película sobre mi papá”, cuenta Zemlya. Se trata de Atómica María, que  se encuentra en la  preproducción de la obra, que será protagonizada por Reynaldo Pacheco.
 

 

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