Vichaclay, el enigma de La Chaskañawi

Si Adolfo Reyes es la autorrepresentación de Carlos Medinaceli, ¿quién fue La Claudina? Vichacla, en Cotagaita, reclama ser la cuna de la mujer que inspiró al escritor.
sábado, 23 de febrero de 2019 · 00:04

 Juan José Toro /  Potosí

Se llamaba Claudina García y le decían La Chaskañawi, la de los ojos de estrella. “Era de una atrayente fisonomía morena -escribió Carlos Medinaceli-, tipo de la criolla que más que propiamente por la estatuaria belleza, seduce por ese algo inefable que se llama gracia, tanto en lo donairoso del andar como por la picaresca sonrisa y, en Claudina, el diamantino lucir de sus ojos negros”. Sí. Era un personaje de ficción pero, 72 años después de que se publicó la novela con su nombre, ya ha quedado más que claro que la historia desarrollada en La Chaskañawi era biográfica, por lo menos parcialmente.

Y si Adolfo Reyes es la autorrepresentación de  Carlos Medinaceli, ¿quién fue La Claudina? Emilio Medinaceli, uno de los cinco hermanos del escritor, proporcionó una pista: “La Chaskañawi de la novela era hija de un caballero decente, Carlos Villegas Medinaceli, nieto legítimo del general por madre. Ella se llamaba Clorinda Villegas Gallo. Era morena pálida, de buenas formas, ojos verdes claros rasgados -de ahí el apelativo- pestañas abundantes y encrespadas”.

 La casa de Carlos Medinaceli en Vichacla, aún sin restaurar.

Los datos son claros y hasta revelan algo de lo que pocos habían reparado, lo del “nieto legítimo del general”. Para el contexto de sus descendientes, el general no era otro que Carlos Medinaceli Lizarazu, el vencedor de Tumusla. Clorinda, entonces, era su bisnieta, al igual que Emilio, al igual que Carlos. Aunque por ramas diferentes, descendían del mismo tronco… eran parientes. El dato coincide con el capítulo VII de la novela, en el que Adolfo y Claudina bailan por primera vez:

“—¿Qué es eso de don Adolfo? -extrañó Julián- Llámalo Adolfo, a secas, o Adolfito, si quieres… Si es nuestro paisano y hasta nuestro pariente. ¿Qué es eso de don Adolfo?”.

¿Coincidencia o revelación? Para los habitantes de Cotagaita, capital de la provincia Nor Chichas y ubicada a la vera del camino hacia la Argentina, Clorinda Villegas fue La Chaskañawi, de la que incluso la Alcaldía del lugar conserva un retrato, uno que fue publicado en un calendario reciente.

 Interior del templo de Vichacla.

Pero, además de la referencia de la novela, Carlos Medinaceli no dio más datos y las cartas publicadas por Mariano Baptista Gumucio tampoco arrojan más luces que las encendidas por Emilio. En las cartas de su hermana Laura, las referencias a la pareja del escritor sólo dicen “esa mujer”.

¿Era Clorinda “esa mujer”? En Cotagaita afirman que sí y proclaman a esa ciudad como “la tierra de La Chaskañawi” pero existe un detalle poco conocido: ese municipio tiene 21 distritos, ubicados en un radio no mayor a 30 kilómetros y por lo menos dos de ellos afirman ser la cuna de la mujer que inspiró la novela, Tocla y Vichacla. De ambos, este último tiene una ventaja: allí se encuentra Chequelte, el lugar donde está la casa de Carlos Medinaceli.

Las distancias, todavía inconvenientes hoy en día, debieron ser más difíciles de salvar en la juventud del escritor, más o menos en los años 20 del siglo XX. Por tanto, no era tan fácil ir hasta Cotagaita. Las mujeres que conoció debieron ser o de Vichacla o de los poblados más próximos.

 Una de las casas coloniales de Vichacla.

Varias mujeres

Ximena Soruco y Alba María Paz Soldán, dos de las investigadoras que continúan estudiando la obra de Medinaceli, teorizan que no fue una sola, sino varias las mujeres que inspiraron al escritor para armar la personalidad de su Claudina. Eso daría sentido a las apariciones de las parejas de Medinaceli en diferentes lugares, ya en Sucre, donde, según Beatriz  Rossells, “camina las calles del brazo de una chola, despreciando una premiación que le había preparado el Club de la Unión”, o bien en La Paz, en el ocaso de su vida, cuando una mujer de pollera aparece no sólo como su compañera, sino cuidadora, la que le lleva el abrigo y evita que caiga, otra vez, en las garras del alcohol. 

Es también Emilio quien proporciona datos de esa otra pareja: “Carlos tuvo una compañera sucrense, mujer del pueblo, por dos años. De Julio de 1940 a abril de 1942 en La Paz, y en Sucre. Ella había conocido, de niña, y gracias a su padre, a todos los personajes literarios de la ciudad y sabía apreciar el talento, y la cultura de Carlos. Lo cuidaba y atendía muy bien, al estilo chuquisaqueño”. Entonces, no era Clorinda pues ésta no nació en Sucre sino en la provincia Nor Chichas de Potosí.

Portada del templo de Vichacla.

Basándose en el testimonio de Waldo Francisco Medinaceli, otro hermano del escritor, Antonio Paredes Candia escribió sobre una mujer apodada Orpintón que “fue la única mujer que comprendió al escritor, fue una especie de ángel guardián del hombre, la comprensiva compañera y la amante ideal…” pero su descripción la aleja de Claudina: estatura elevada y fornidas espaldas, “en evidente contradicción con sus piernas que las tenía muy delgadas”.

Laura Medinaceli coincide con los datos de su hermano Emilio aunque no en los años: “Su compañera en Sucre era una chola que se la llevó de acá. Mamá sufría mucho con esto de Carlos y un día (…) me dice: ‘sabes, he recibido un telegrama donde me dicen que ha muerto la mujer esa que se llevó Carlos y me da mucha pena, porque lo atendía bien, lo cuidaba y no lo dejaba tomar’. Era una chola medio fea, yo la conocí, y parece que muy alegre, pero lo quería y lo protegía de sus amigotes”. 

Hábil en su enfoque, Baptista incluye todas estas cartas en el orden en el que las hemos presentado. La siguiente, de Vicente Terán Erquicia, dice que “ella lo alimentaba bien. Le compraba buena ropa y le proporcionaba una media botellita de singani fino, pero no más, para tenerlo controlado. Pero vas a escribir, vas a escribir, le decía al servirle una copita. Un buen día, por descuido, la mujer se tragó una pequeña moneda de cobre y no avisó. Posiblemente tuvo una obstrucción o una infección, el hecho es que murió. Fue un golpe mortal para Medinaceli, que empezó a beber como nunca, sin que nadie lo moderara”.

Y bebió hasta morir.

 Retrato de Clorinda Villegas, a quien Cotagaita considera La Chaskañawi.

El médico que revisó su cadáver, Alfredo Lublin, lo encontró barbado y desnutrido. Había fallecido en la madrugada del 12 de mayo de 1949, cuando el invierno paceño se anuncia feroz, pero el facultativo no se hizo demasiados problemas y puso las 6:00 como hora de la muerte. El diagnóstico revelaba que el alcohol lo había empujado a la muerte: insuficiencia hepática.

Juan José Toro es presidente de la Sociedad de Investigación Histórica de Potosí (SIHP). 
 

 Chequelte, mucha historia

El municipio de Cotagaita está constituido por 21 distritos, cuatro urbanos y 17 rurales. Vichacla es el distrito número 11. Se encuentra a unos 20 kilómetros de la ciudad de Santiago de Cotagaita y está dividido en secciones, una de ellas es Chequelte, el lugar donde se encuentra la casa de Carlos Medinaceli.

Por los datos que Baptista publicó en su libro Atrevámonos a ser bolivianos–Vida y epistolario de Carlos Medinaceli ha quedado establecido que Carlos Medinaceli Quintana, el escritor, fue bisnieto de Carlos Medinaceli Lizarazu, el vencedor de la batalla de Tumusla (Ver Ecos del 17-II-2019). Una visita realizada a Chequelte, y las conversaciones con sus habitantes, permitieron establecer que la casa data de los tiempos del segundo así que su valor histórico se multiplica.

   Carlos Medinaceli, autor de La Chaskañawi. Murió el 12 de mayo de 1949.

En Chequelte también está un cuartel construido en tiempos coloniales y que, al igual que la casa Medinaceli, conserva sólo sus muros. Es lógico que haya sido utilizado por los ejércitos realistas y patriotas durante la Guerra de la Independencia. 

Medinaceli Lizarazu derrotó en Tumusla a Pedro Antonio de Olañeta, autoproclamado Virrey del Perú, el 1 de abril de 1825 pero, antes del combate, su lugarteniente, el coronel José María Valdez, apodado Barbarucho, se había adelantado con una tropa con el fin de abrir camino. 

“Perseguido de cerca por Medinaceli y por el oficial irlandés Burdett O’Connor (quien se dirigía a ocupar Tarija a nombre del ejército libertador), José María Valdez, el Barbarucho de la historia, decide rendirse”, escribió José Luis Roca agregando que “la ceremonia oficial de rendición se produjo en Chequelte, terminada la cual, Barbarucho fue conducido a Potosí a presencia del mariscal de Ayacucho el 8 de abril, a la semana justa de haberse producido la derrota y consiguiente muerte de Olañeta, su jefe y amigo de toda la vida”.

Barbarucho se hizo célebre por haber herido de muerte a general Martín Miguel de Güemes, gobernador de la provincia de Salta y jefe de la guerra gaucha. El temido oficial realista se rindió en Chequelte, muy probablemente en el cuartel construido en el lugar en tiempos coloniales.

 Un paraíso escondido

Aunque alejado de la ruta Panamericana, la que va hacia la Argentina, Vichacla es fácilmente accesible, por automóvil, ya sea desde Cotagaita o Tumusla.

Es un lugar de clima templado con un promedio de 20 grados centígrados. Es un distrito agropecuario, mayoritariamente cubierto de molles, con notable producción agropecuaria. Su gente se dedica a la crianza de ganado caprino y al cultivo de frutas, cereales y leguminosas. De estos últimos destacan el maíz y el palqui.

En el lugar hay tantos maizales como árboles frutales. Sus platos típicos son el ají de cabrito y el de palqui pero, por el maíz, también tienen tradición de lawas, incluida la famosa kalapurkaque ya es mencionada en La Chaskañawi.

El pueblo de Vichacla tiene unos 500 habitantes y un templo colonial pues en una de sus campanas se puede leer el año 1705. No son las únicas construcciones de ese periodo ya que, según refiere la subalcaldesa, Marta Romero, muchas de las casas del lugar pertenecieron a españoles que solían llevar a sus esposas a que tuvieran sus hijos allá, huyendo del frío de Potosí.

Muchas de las viviendas, empapeladas por dentro y con balcones por fuera, fueron reemplazadas por construcciones de ladrillo, pero otras tantas se mantienen en pie para asombro de los visitantes.

Y el pueblo tiene su guardián, el Hatun Orcko (Cerro Grande) que parece vigilar como soldado más allá del río. Es alto y puntiagudo. El corregidor de Vichacla, Guillermo Ortega, asegura que, desde su cúspide, se puede ver el Cerro Rico de Potosí.

Como todo cerro cónico, este tiene minerales y, según el responsable del control social, Hernán Alurralde, son de alto contenido de plata, “más que en San Cristóbal”. Pero existe un problema: todos quienes intentaron explotarlo murieron probablemente debido a los gases altamente tóxicos de sus profundidades. Pero si al Hatun Orcko se lo respeta, es posible pasar momentos de esparcimiento en Vichacla, una joya natural e histórica.

 

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