Vivir en una Venezuela en penumbras

El corte masivo de energía eléctrica que inició el jueves pasado en Venezuela desató una crisis en la población. Una mujer llevó en brazos a su hija que había fallecido mientras peregrinaba por varios hospitales, familias íntegras se preocupaban porque sus alimentos no se “echen a perder”, mientras que otros buscan comunicarse por internet.
martes, 12 de marzo de 2019 · 00:04

AFP y Agencias / Venezuela

El video de una madre llevando en brazos  el cadáver de su hija, de 19 años, a la morgue representó una de las imágenes más desgarradoras del masivo apagón que paraliza a  Venezuela desde el jueves pasado.

 La joven estaba muy enferma y pesaba 10 kilogramos. A pesar de su grave condición, la respuesta en los hospitales por los que peregrinó en la ciudad de  Valencia, en Carabobo,  era la misma. “No tenemos servicio porque no hay luz”, le dijeron.

Una mujer abre una cerveza en un bar sin luz.

  “La Policía me dejó en la puerta y la doctora me dice que no la pueden atender, no hay nada”, señaló en el video difundido por Twitter. 

Ayer el servicio de energía eléctrica  se restablecía de forma intermitente en algunas zonas, pero la emergencia continuaba. 

El apagón colapsó los servicios de internet, el transporte público, el suministro de agua (amplios sectores dependen de bombas eléctricas para alimentar sus tanques por los racionamientos) y de gasolina.

Las lámparas  de kerosene utilizadas para iluminar.

“Esto ha sido horrible. Todo oscuro. Solo funcionan algunas áreas con una planta eléctrica que llevaron porque la del hospital no funcionó”, dijo a AFP Sol Dos Santos, de 22 años, quien tiene a su niña hospitalizada en Caracas.

La falta de energía eléctrica implicó además que las familias se preocupen porque los alimentos no se pudran debido a la falta de refrigeración.

Pacientes  del Hospital  Miguel Pérez Carreno durante el apagón.

 “He pasado tres noches de mucha angustia. Estoy muy nerviosa porque esta situación no se resuelve, la poca comida que tenemos en la nevera se nos va a echar a perder. ¿Hasta cuándo vamos a soportar esto?”,  declaró Francisca Rojas, una jubilada de 62 años que vive en el este de Caracas.
 
  “Pasamos la noche con velas, mis familiares están en la casa porque no pudieron ir a trabajar ni estudiar”, contó ayer  Alexis Zabala. 

El apagón masivo tuvo sus momentos más críticos los primeros días en el que se reportaron varios fallecidos. Según varios reportes, ayer superaban la veintena. 

“Es una agonía (...), el miedo que tenemos todos (...). No sabemos lo que va a pasar. Si no llega (la luz), ¿cuántos días más? ¿Hasta dónde vamos a aguantar?”, dijo el sábado  Yadira Delgado, de 49 años, en la sala del apartamento donde vive en Caracas con su madre y su hija adolescente, Vanessa.

Velas y lámparas de kerosene  iluminaban la vivienda en la planta baja del edificio en el que reside, donde su madre, Elvia Lozano, a sus 72 años, es conserje. 

“Buscamos hielo seco por toda Caracas y no conseguimos (...) Dios quiera que no se dañe (la comida)”, confesó  Elvia.

Gran parte de los familiares de Elvia, Yadira y Vanessa forman parte de ese éxodo. Ha sido difícil comunicarse con ellos, pues las redes de telefonía e internet colapsaron.  

El sábado familias enteras estacionan sus autos y forman una larga fila al borde de la autopista Francisco Fajardo, la principal de Caracas, para intentar captar algo de señal en sus celulares. 

  Bernardette Ramírez llegó  con un grupo de vecinos de su edificio hasta el lugar. “Tengo a mi hijo y a mi hermano fuera de Venezuela, y quieren saber de nosotros. Además quiero ver alguna noticia, porque no sabemos qué pasa en el país. Hay repetidores por aquí y hay señal”, dijo a AFP. 

Ya en la noche, Cris Carrasco, una comerciante de Caracas, movía su celular en el aire buscando la mejor señal.

 “A esta hora tratamos de tener señal para comunicarnos con nuestros familiares. No hay ningún medio de comunicación. Vamos a estar aquí un rato más, porque la inseguridad también nos arropa y hay que tener cuidado”, confesó.

 La preocupación de los venezolanos que viven  fuera de su país por saber algo de sus familiares era más que evidente en las redes sociales como Twitter.    

  
      “Cuatro días sin saber de mi familia en Venezuela... Dios cuídalos y protégelos” tuiteó  ayer la usuaria @materanmb desde su cuenta.

Como ése cientos de mensajes se leen en Twitter. Unos llenos de esperanza y otros llenos de impotencia y dolor por no tener noticias de los familiares que dejaron para huir de la crisis. 
 

 

Los enfermos renales

Alfredo Quintero sentía la boca reseca y náuseas luego de tres días sin dializarse. Todo quedó a oscuras mientras estaba conectado a la máquina de hemodiálisis que lo mantiene vivo, por el apagón que afecta a Venezuela desde el pasado jueves. Su caso se repite entre decenas de pacientes renales como Frank Pacheco, a quien el corte de energía sorprendió en muy frágil estado tras perder un trasplante de riñón hace un año por falta de medicinas. Murió el domingo. 

Ese mismo día Alfredo aprovechó un breve restablecimiento de la energía en algunas zonas de Caracas para hacerse el tratamiento, mediante el cual le sacan la sangre para purificarla. Sintió revivir. Transcurridos cuatro días del apagón más desolador que haya vivido el país petrolero, Caracas ha tenido electricidad intermitentemente, pero en varios estados del interior la oscuridad es total. 

Al menos 15 pacientes renales murieron entre el viernes y el sábado -según la ONG Codevida- por no tener acceso a las diálisis que deben realizarse sin falta tres veces por semana. Frank no forma parte de esa estadística. 

De los 10.200 enfermos renales en Venezuela, unos 3.000 dependen de esos tratamientos, sostiene Codevida. “Vine a probar suerte y gracias a Dios había luz”, contó a la AFP Quintero, de 23 años, el domingo poco después de conectarse a un riñón artificial del que depende desde hace cinco años por una insuficiencia renal. 

El viernes el joven, de piel opaca y ojos amarillentos, apenas había estado 30 minutos conectado cuando otro intempestivo corte obligó a suspender el servicio en la unidad de diálisis. Él y otros 39 pacientes debieron irse sin completar el tratamiento. Entonces ya sumaban unas 24 horas de oscuridad. “Nos fuimos descompensados, llenos de líquido, fue terrible”, relató Quintero, quien vive con su abuela en un  barrio de Caracas. “Estaba muy preocupada porque él no orina absolutamente nada”, dijo Delma Vargas.

Alex, que llegó  unas horas después que Alfredo, no corrió la misma suerte. Solo pudo conectarse 10 minutos antes de volver a quedar a oscuras el domingo. Su madre, Ninoska Arellano, lo llevó en silla de ruedas con el abdomen inflamado tras varios días sin dializarse. “Es una situación angustiosa, una incertidumbre total”, dijo Arellano luego de la frustrada sesión. (AFP)

 

 

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