Golpe, magnicidio frustrado, genocidio y suicidio de Óscar Únzaga de la Vega

Transcurridos 60 años de las horas más trágicas de la década de los 50, un trabajo de periodismo investigativo desvela pasajes oscuros y echa luces sobre la muerte de un líder que, ante la derrota, optó por el suicidio.
miércoles, 17 de abril de 2019 · 00:04

Eduardo Ascarrunz /  La Paz 

Ese día pudo haber cambiado la historia. Había empezado a las 6:30  con una misa celebrada por el cuadragésimo tercer cumpleaños del líder de Falange Socialista Boliviana (FSB), Óscar Únzaga de la Vega, prolegómeno del golpe de Estado falangista contra el gobierno del Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR).  

Era el domingo 19 de abril de 1959. A la hora del evangelio uno de los conjurados se había retirado para hacer una llamada telefónica al general Ovando Candia, que en la víspera aseguró la adhesión militar a la insurgencia. No hubo respuesta. Minutos después los alzados se aprestaban a cumplir sus misiones.

-Vamos –, dijo Únzaga, vestido de sacerdote. Subió a la parte trasera del automóvil. René Gallardo ya ponía en marcha el motor. Para flanquear a su jefe, ingresó Julio Álvarez Lafaye por la puerta derecha; por la izquierda, Enrique Achá hizo lo propio. Fausto Medrano se sentó al lado del conductor. 

Enrumbaron por la calle Mercado hacia la avenida Mariscal Santa Cruz. Únzaga encendió un cigarrillo. A la primera bocanada puso en blanco la mirada. Era una costumbre en él nublar la vista, como dirigiendo los ojos hacia adentro, para sumirse en la meditación, salido de sí mismo. Pero ahora la situación sólo estaba para imaginar cosas concretas. Como en una película vio a los comandos falangistas ingresando al cuartel Sucre y haciéndose del mando. A la segunda exhalada vio fundido en el humo a otro grupo tomando el Tránsito. Sonrió imaginando en el atrio de San Francisco el reparto de armas a cargo del jefe policial Guzmán Gamboa y a las huestes enviadas por Ovando llegando al recinto castrense. El resto no decía palabra, nadie quiso interrumpir.

A eso de las 10:45, mientras una columna de insurrectos tomaba el Regimiento Escolta Presidencial Waldo Ballivián –ubicado en la calle Sucre–, en inmediaciones del Tránsito un subversivo, Jaime Gutiérrez, disparaba su metralleta sobre el auto presidencial, pero el doctor Siles Zuazo salía indemne del atentado: la única bala que traspuso el blindaje del vehículo sólo hirió al chofer en el hígado.

Rayando las 12:00, todo parecía expedito para el derrocamiento del presidente Siles Zuazo, mas medió, según testimonios, la traición del jefe de Estado Mayor del Ejército, general Alfredo Ovando Candia, quien, horas antes, había ratificado a Únzaga el compromiso de las Fuerzas Armadas con el levantamiento. La victoria devino en derrota: pasado el mediodía, 23 de los “captores” del regimiento Sucre fueron fusilados. A la hora del ocaso, en su refugio de la calle Larecaja 188, morían el caudillo falangista y su fiel ayudante personal, René Gallardo, en cumplimiento de un pacto suicida.

¿Qué había sucedido?

“En marzo de 1959, Únzaga cambió de refugio, instalándose en la calle Batallón Colorados, donde llegó subrepticiamente el coronel Rafael Loayza que llevaba un plano con una secuencia de acciones en un espacio de 30 manzanos del centro paceño. Era el esquema del golpe final”, escribe Ricardo Sanjinés, periodista y biógrafo del líder falangista.

El autor de Únzaga, la voz de los inocentes, refiere que en un encuentro a medianoche en el templo de Don Bosco, el director general de Policías, coronel Julián Guzmán Gamboa, comprometió a Únzaga la potencia del Regimiento Aliaga, asegurándole que disponían de 600 hombres, ametralladoras pesadas, piezas de artillería, enlaces por radio y unidades motorizadas.

“En la noche del lunes 30 de marzo” -precisa Sanjinés- “en una casa de la calle Capitán Ravelo, se reunieron Óscar Únzaga y el general Alfredo Ovando. Trabajaron a puerta cerrada desde las 20:00 hasta las 3:00 y aprobaron el plan de acción que se llevaría a efecto en abril próximo. 

El relator acota que en su nuevo refugio de la Batallón Colorados, el jefe falangista aprobaba detalles del plan final con Guzmán Gamboa y Ovando Candia: “el lapso de las 11:00 a las 13:00 del domingo 19 sería decisivo. Ovando facilitará la acción en el cuartel Sucre. Las armas del Regimiento Escolta se entregarán a los combatientes en los atrios de San Francisco y San Agustín (…) El levantamiento civil será rápido y contundente. Aviones de la FAB al mando del general Barrientos exterminarán los reductos milicianos en El Alto”.

El biógrafo de Únzaga explica que una vez tomada la central telefónica, toda la potencia de fuego del Regimiento Calama aseguraría la ciudad, la estación de trenes, el aeropuerto Panagra, los ministerios, etcétera. Al anochecer, las Fuerzas Armadas tomarían control del país. “Pero la noche del sábado 18, el ministro de Gobierno, Walter Guevara, conocía lo que iba a suceder, aunque ignoraba la hora. Únzaga había sido traicionado”.

 

A la mencionada actitud de Ovando Candia, que al ser entrevistado por el autor de estas líneas se negó a hablar de su accionar en aquellas horas turbulentas (HOY, 24/08/1969), se suman otras conductas aleves, entre ellas las reveladas en la biografía  novelada Morir en mi cumpleaños, de la periodista e historiadora Lupe Cajías, pariente consanguínea del líder y fundador de FSB: 

 El cuerpo sin vida del líder  de la FSB fue encontrado en  la calle Larecaja, N°188.

“El domingo 19 era su cumpleaños y los falangistas querían regalarle la Presidencia de la República, después del fracaso de varios otros golpes, casi todos sangrientos”, narra la investigadora en una entrevista y revela que el golpe había fracasado “debido a la denuncia de una mujer celosa, por lo que los militares allanaron la casa donde se escondían Únzaga y uno de sus compañeros de apellido Gallardo” (La Patria, 15/VII/2011).

Fusilamiento en el cuartel 

El gobierno había recibido en las últimas semanas armamento moderno depositado en el cuartel Sucre. El Jefe del Ejército lo entregaría a los falangistas y consolidaría el nuevo gobierno, relata Sanjinés.

“A las 12:20 el contingente militar enviado por Ovando llegó al cuartel Sucre, los falangistas respiraron aliviados, pero grande fue su sorpresa cuando los uniformados les intimaron rendición, poner los brazos en alto y dispararon sobre esos 24 jóvenes, rematándolos con un tiro en la cabeza. Sólo salvaron sus vidas Mario Gutiérrez Pacheco, que hacía de centinela fuera del recinto y logró huir, Víctor Sierra con una decena de disparos en el cuerpo, a quien dieron por muerto, además del dirigente campesino Luciano Quispe, escondido detrás de un turril” (Oh, La Razón, 17/04/2016).

La ejecución sumaria, producto de una celada fríamente calculada, terminó con las vidas de un puñado de rebeldes que pasaron a la historia como “mártires del nacionalismo boliviano”, enarbolado por Óscar Únzaga de la Vega. Entre los que ofrendaron la vida por sus ideales se lee los nombres de Carlos Kellenberger Palma, Walter Alpire Durán, Hugo Álvarez Daza, Cosme Coca, Fidel Andrade, Carlos Prudencio y César Rojas.

El magnicidio fallido 

“¡El auto del Presidente! ¡Viene el auto del Presidente!”, se exaltó emocionado uno de los subversivos falangistas, que cerca al mediodía del 19 de abril de 1959 se dirigía hacia las dependencias del Tránsito para tomarlas. “¡Cór-
tenles el paso, aquí!”, instruyó el jefe del operativo a media docena de sus camaradas armados, a la altura del Club de La Paz.

-Corrí hacia la esquina de la Mariscal Santa Cruz y Socabaya, mientras el Cadillac negro ya se acercaba al obelisco. Preparé mi metralleta y me puse en apronte –, declaraba el entrevistado casi medio siglo después de aquella jornada trágica. El auto presidencial se detuvo unos segundos y siguió hacia donde yo esperaba decidido a disparar contra Siles, que estaba sentado en el asiento trasero.

Frente a una taza de café, en la confitería del Club de La Paz, vestido de terno gris elegante y corbata, muy sereno, entre el murmullo incómodo de la concurrencia, desde su mirada brillante de emoción, Jaime Gutiérrez, conocido militante de FSB, refrescaba su memoria.

-De pie, encañoné de frente al automóvil y disparé la primera ráfaga. El chofer hizo una maniobra, dobló la esquina, tomó de subida la Socabaya y yo descargué sobre el costado izquierdo del vehículo el resto de munición de mi  metralleta, más de 30 tiros. 

-Con semejante descarga, ¿no se afectó el automóvil?

-No, ni se detuvo un instante, era un auto blindado. Después  supimos que una bala, una sola bala había traspasado el vidrio (o, más bien, habría entrado por una especie de ventanilla achatada que tienen esos carros, utilizada para disparar desde ella un arma de defensa) e impactado en el hígado del chofer que, malherido, valientemente condujo al Presidente hasta el palacio.

-Usted está aludiendo a un magnicidio o, más propiamente, a un intento magnicida. ¿Estuvo consciente de eso en esos momentos?

-Por supuesto. Siles Zuazo hubiera hecho lo mismo si hubiera estado en mi lugar. Él era un combatiente fogueado y, usted sabe, “la lucha es cruel y es mucha”, y en la guerra se mata o se muere.

Eduardo Ascarrunz,  cuando entrevista a Jaime Gutiérrez (der).

El excomando hablaba entusiasmado de un hecho que, por cierto, pudo haber cambiado la historia si las cosas hubiesen salido como planearon Únzaga de la Vega y la cúpula de su partido. Falangista precoz desde adolescente y aún antes: “…yo pertenecía a Los niños de Bolivia, una tempranera escuela de cuadros falangistas, donde se aprendía valores, disciplina y amor a la patria”, a sus ochenta y pico años Gutiérrez luce aún una dentadura completa y unos bigotes recortados a la manera de Hitler, aunque con degradé fino hacia las puntas.

-A esa hora, alrededor del mediodía, ya se había producido la fracasada toma del cuartel Sucre por un grupo de los suyos–, comento.

-Lo ignorábamos. Luego se supo que fueron fusilados, debido a la traición de Ovando, que se había comprometido en el golpe. Sólo así se entiende que esos camaradas, que tomaron fácilmente el cuartel, luego iban a ser conminados a rendirse para ser bárbaramente ejecutados. ¿Quién dio la orden? Usted puede colegir.

Nacido en una familia católica, Gutiérrez dice haber sido “un falangista muy cristiano”, incluso decidido a hacerse sacerdote, “pero más pesó” – recuerda - “la negativa de mi madre, que -me dijo- ‘prefiero tener un hijo que sea un buen zapatero y no un mal sacerdote’; es que yo era un rebelde indomable”.

Iniciada la Revolución Nacional de 1952, Jaime Gutiérrez se autoexilió a Brasil. “Estando en Río de Janeiro fui convocado por el responsable regional de FSB, Marcelo Quiroga Galdo, para reunirnos con nuestro jefe, Óscar Únzaga de la Vega, con quien no sólo traté esa noche, sino que me quedé a vivir con él, en su departamento” -recuerda nostálgico - “hasta que a Federico Tredenik, Bismark Kreidler y a mí nos encomendaron hacernos cargo de una radio clandestina en la frontera con Paraguay y Brasil, desde donde, en plena selva, transmitíamos hacia Bolivia Antorcha, la voz de la libertad, contra el régimen movimientista”.

Forjado en las lides de los años 40 y 50, el hombre que atentó contra la vida del presidente Siles Zuazo, y que luego fuera herido en la masacre desatada al ser sofocado el golpe, conoció “los horrores de los campos de concentración de Uncía, Huanuni, Curahuara de Carangas y Corocoro, y las furias del control político a cargo de Claudio San Román, Luis Gayán Contador y Adhemar Menacho”. Padeció, además -según expresa- “todas las formas atroces de la tortura, en un tiempo que la padecían miles de camaradas consecuentes con el ideario de nuestro líder, Óscar Únzaga de la Vega”.

Este contenido es el relato reseñado, en clave de periodismo narrativo, contenido en La memoria del olvido, del periodista y escritor Eduardo Ascarrunz, obra testimonial en proceso de edición.

 


 

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