Las últimas horas de Únzaga

Cuántas otras adversidades han debido hacer insufribles las últimas horas de la Falange Socialista Boliviana. ¿Qué fue en definitiva lo que decidió a Únzaga a adoptar una decisión extrema?
jueves, 18 de abril de 2019 · 00:04

Eduardo Ascarrunz /  La Paz

Liderar un partido opositor era un oficio de alto riesgo en el lapso que siguió a la revolución de abril de 1952. Más aún en el día señalado para el golpe de Estado contra el presidente Hernán Siles Zuazo. Y eso lo tenía claro Oscar Únzaga de la Vega, el hombre más buscado en las horas aciagas del 19 de abril de 1959.

Sumido en un mar de angustia, el líder político que había vivido por una causa -e iba a morir por ella-, una vez fracasada la insurrección tenía la mente invadida por cavilaciones tormentosas, de esas premonitorias que ponen la vida al borde del límite fatal; cuando todo está perdido, cuando el mal augurio de la muerte asoma irreversible, signado en esas horas por otra más de las traiciones que asolaron aquel domingo, pues, ¿qué hizo que sus perseguidores dieran con su paradero?

La autora de Morir en mi cumpleaños sostiene que el móvil que impulsó la delación no fue político, sino sentimental: “La causa de la denuncia es una mujer celosa, esposa de un militar, el mayor Prudencio, que está celosa de la dueña de casa porque su esposo es amante de esta señora, y cuando logra percibir que hay movimiento en la  casa llama al palacio de Gobierno”. Luego, la investigadora da más consistencia a esa hipótesis: “La vida personal de Únzaga es muy trágica, incluso su amor por una mujer es como una historia de Romeo y Julieta, dos familias adversas, y nunca Únzaga se va a poder realizar en ese sentido” (El País, Tarija 25/04/2011).

Cuántas otras adversidades han debido hacer insufribles las últimas horas del jefe falangista. ¿No fue suficiente la trampa -aparentemente desconocida en el Palacio Quemado-, en la que cayeron los jóvenes falangistas en el cuartel Sucre? ¿No le valió nada a la cúpula del poder para refrenar la matanza desatada contra los ya vencidos insurrectos en los atrios de San Francisco y San Agustín y donde se encontrara a uno, dos o más facciosos? ¿Qué fue en definitiva lo que decidió a Únzaga a adoptar una decisión extrema?

 

El pacto suicida

Una carta póstuma de Julio Álvarez La Faye, uno de los tres sobrevivientes de la tragedia de la calle Larecaja -los otros fueron Enrique Achá y Fausto Medrano-, dirigida a su hijo mayor, a ser entregada cuando éste cumpliera los 21 años, daba cuenta del pacto suicida, poniendo fin a la duda de si el jefe de FSB y su joven acompañante fueron asesinados o se habían inmolado por mano propia.

Según el postrer testimonio -cuyo portador, pariente cercano de los Álvarez La Faye, pidió guardar el anonimato-, los hechos se habrían sucedido de la siguiente manera:  En horas precedentes a las ya relatadas, a iniciativa del jefe falangista los cuatro conspiradores juraron solemnemente apelar al suicidio en caso de fracasar la asonada golpista. Este hecho configuró un pacto suicida, cuyos detalles son revelados al cumplirse este Viernes Santo 60 años de los sucesos del 19 de abril de 1969.

Alrededor de las 18:30, en el living del segundo piso de la casa de los Serrano -diligentes y arriesgados anfitriones-, Únzaga, Gallardo, Álvarez La Faye y Achá, alertados por una vecina del primer piso y por dos jovencitas de la familia dueña de casa, se precipitaron a ocultarse en el baño. En esas circunstancias escucharon voces nerviosas que venían desde el corredor. Los cuatro se aproximaron a la ventana y divisaron un contingente armado camino del refugio.

Fue en esos precisos instantes que Únzaga de la Vega les dijo a sus tres acompañantes: “Ya no hay nada que hacer, camaradas, procedamos a cumplir lo pactado”. Extrajo de la parte interior trasera de la cintura de sus pantalones un revólver Mausser calibre 32 largo, empuñó el arma, la acercó a su sien derecha y disparó. En eso, René Gallardo sacó de la cartuchera su arma -una Smith & Wesson calibre 38  corta-, se inclinó al cuerpo de Únzaga, apuntó el revólver a la altura del occipital izquierdo del ya inerte jefe falangista y descerrajó un tiro. De inmediato, serenamente, dirigió el caño del arma hacia su sien derecha y disparó, cayendo fulminado instantáneamente.

Ante ese cuadro macabro, con dos cuerpos sangrantes sobre el piso y el ambiente humeante oliendo a pólvora, Julio Álvarez La Faye se sintió presa del pánico y, en vez de proseguir con el pacto siniestro, apuró los pasos hacia la planta baja de la casa, donde fue escondido por la dueña del departamento. Enrique Achá también abandonó el escenario, no sin antes tomar en sus manos el maletín de Únzaga de la Vega -donde, se dijo, estaba el dinero para el golpe-, y salió de la casa. Fausto Medrano, que hacía de enlace entre el domicilio y el exterior, iba a burlar a los agentes  fingiendo ser novio de una de las jóvenes, y salió caminando  con ella “del brazo y por la calle”.

Anochecía cuando los milicianos ingresaron al inmueble N° 188 de la calle Larecaja, requisaron el departamento de los bajos, frente al patio, subieron al segundo piso y revisaron una por una todas las habitaciones, menos la del baño, donde yacían los cuerpos sin vida de los dos suicidas: la puerta fue bloqueada por un ropero, como dijeron las dueñas de casa al autor de estas líneas (“Z”, junio de 1979).

La noticia del infausto acontecimiento se expandió esa misma noche por toda Bolivia a través de las radioemisoras. Al día siguiente los diarios titularon el hecho con caracteres de catástrofe y las agencias internacionales pusieron al país en la mira del mundo. 

Semanas después, el informe de la Comisión investigadora de la OEA determinó que en esa epifanía “se produjo un doble suicidio”, pero la versión falangista apuntaba a que Únzaga y Gallardo fueron victimados “con premeditación, saña y alevosía por agentes de la represión movimientista”. Un forense español, el doctor Hernán Messutti Ribera, partícipe del equipo médico que llevó a cabo la autopsia, declaró en la prensa que el deceso de Únzaga y Gallardo “fue muerte por mano criminal”, basándose en la existencia de dos disparos en la cabeza de Únzaga. Dicho facultativo, se entiende, ignoraba que el segundo impacto de bala debajo de la oreja izquierda del jefe falangista, fue el “tiro de gracia” disparado por Gallardo.

¿Por qué no se realizó una experticia balística? ¿Cómo es que la autopsia dio paso a dos conclusiones? Responder a estas preguntas puede ser engañoso y son pocas las personas que pueden contestarlas. Una de ellas Lupe Cajías, que en una entrevista con Álvaro Luksic en El País de Tarija (25/04/2011) relató: “Al medio día se sabe que el golpe ha fracasado y a las seis se recibe en palacio una denuncia que en esa casa hay falangistas. El comando llega cerca de las 7 de la noche y dos niñas avisan a los escondidos sobre la denuncia. Únzaga y Gallardo (y los otros dos) se esconden en un baño cuya puerta es tapada con un gran mueble. Los milicianos buscan, disparan al aire  y se van al no encontrar a ningún falangista”. 

“Cuando ya sacan el mueble y abren el baño para ver a Únzaga, resulta que éste y su secretario están muertos, y aquí viene el drama que va a dar lugar al proceso  más famoso de la historia política de Bolivia, porque los dueños de casa, asustados, ven los cuerpos y no saben cómo llamar a la asistencia pública. En ese momento limpian los cuerpos, les sacan los revólveres de las manos. Aparentemente Únzaga y su secretario se han suicidado. Limpian (el piso), lavan los revólveres en la pila, incluso una niña les hace persignar. A las dos horas recién llaman a la asistencia pública. Llegan los camilleros, se asustan y ven que se trataba del líder más perseguido por el régimen”.

Oscar Únzaga  de la Vega  nació  con el sino de líder y emprendedor.

Testimonio de Siles Zuazo, julio de 1980

Todo estaba preparado para dejar nuestro precario refugio de la final General  Lanza y partir al domicilio de una ciudadana alemana de confianza, en Achocalla. El doctor Siles Zuazo, Antonio Araníbar, el colega Félix Espinoza y el autor de estas líneas terminamos de cenar en casa de la familia Moscoso -ocupada sólo por nosotros y un joven cuidador-, clandestinos tras el golpe de García Meza y Arce Gómez. Dos compañeros elenos, Raúl Araoz y Arturo López, tenían previsto el traslado de los cuatro hacia un lugar más seguro.

Con nuestras pocas pertenencias personales en mano, ya nos despedíamos del  cuidador cuando el entonces presidente electo nos dejaba perplejos: “Mejor nos quedamos, compañeros”. Pero más sorprendidos quedamos al enterarnos al día siguiente que la casa de la alemana había sido allanada por agentes del nuevo gobierno y ella   ultrajada y hecha presa.

Días después, los mismos colaboradores tenían previsto trasladarnos hacia la frontera peruana. Faltando minutos para la evacuación y el toque de queda, el doctor Siles volvió a dejarnos sin palabra: “No vamos, Pachi”, dijo muy seguro. “Pero, doctor, nos están esperando”, intenté disuadirlo. “Si no llegamos, ellos van a pensar que hubo algún imprevisto”, se plantó en su decisión, “no, no vamos”. Una y otra actitud venían a confirmar la pasmosa intuición del  avezado jerarca movimientista que comandó la insurrección popular de abril del 52, y ahora, por segunda vez, se resignaba a no asumir el mando de la nación ante la arremetida golpista de García Meza y Arce Gómez.

Los avatares de una vida oscilante entre lo extremo insólito (su ingreso vestido de fogonero ingresando subrepticiamente en ferrocarril, por ejemplo) y las situaciones límite, como las aquí narradas, dieron pie a que en una de las charlas sostenidas junto a Toño Araníbar, “a salto de mata” (La Razón, 17/07/ 2005), abordásemos con el doctor Siles algunos casos que lo tuvieron en la cresta de la ola  mediática. Uno de ellos, precisamente, el referido a la muerte de Oscar Únzaga de la Vega, aquel luctuoso domingo de abril de 1959. A continuación, resumimos los conceptos del doctor Siles Zuazo en la clandestinidad de julio de 1980:

 

-Poco antes de los sucesos de abril, es cierto, le ofrecí a Únzaga participar de la insurrección y formar parte del gobierno; finalmente, sus ideas nacionalistas y  antioligárquicas coincidían con las nuestras. Se negó a hacerlo y luego se hizo enemigo acérrimo del MNR, aduciendo que habíamos  pactado con el comunismo de Lechín y los mineros.

-El golpe de Falange del 19 de abril del 59, era un secreto a voces. Walter Guevara, ministro de Gobierno, y sus colaboradores, estaban enterados de los planes de Únzaga y su gente; también Ovando, por supuesto, él  me puso al tanto ya el 18, en la tarde.

-El día del levantamiento, muy temprano, serían las seis de la mañana, instruí a Ovando una reunión en el Gran Cuartel de Miraflores para decidir cómo frenar el alzamiento. Me refiero, entre otras acciones, al apresamiento de los insurrectos. No hablamos nada de lo que era absoluta incumbencia de los mandos militares: el fusilamiento de los falangistas en el cuartel de la Sucre.

En ese tiempo, el mandatario vivía en una casa sencilla, colindante con la ahora residencia presidencial, al frente del regimiento Colorados, en San Jorge. No obstante estar anoticiado del golpe falangista y de lo relativamente fácil que era conjurarlo, Siles Zuazo puso a buen recaudo a su familia y le pidió a su chofer lo condujera hasta el Palacio Quemado.

-Nos dirigimos por la Arce, tomando luego El Prado y la Mariscal Santa Cruz. Al llegar al obelisco, el chofer me dijo, un tanto extrañado: “Presidente, hay un grupo interceptando la Ayacucho”. Seguimos de frente y al doblar por la Socabaya, en contra ruta, sentimos que unos disparos impactaban contra el vehículo blindado, pero una bala logró penetrar del lado del conductor, hiriéndolo.  A duras penas se esforzó y logramos llegar a palacio.

-Una vez trasladado el chofer hasta una clínica, obviamos comentar el incidente, pues teníamos cosas más urgentes: nos aguardaba el gabinete en pleno y, a esa hora, ya se conocía lo sucedido con el grupo de falangistas luego de la celada preparada por los mandos militares.

En la clandestinidad  de 1980  con  Hernán Siles Zuazo.

-Ya entrada la noche, en palacio se recibió la llamada de una mujer no identificada, dando cuenta de dónde se encontraban Únzaga y sus acompañantes, pero matarlo no estaba previsto en ninguno de los planes. Su muerte, y la de su ayudante Gallardo, me sumió en la peor de las preocupaciones. “Ahora todas las acusaciones van a caer sobre mí”, me dije. De inmediato instruí que de la autopsia participaran, si era posible, médicos allegados a la Falange. Incluso solicitamos a la OEA el envío de una comisión investigadora; su informe remitía a un doble suicidio, pero los falangistas, claro, optaron por decir que fue asesinato, basados en que hubo dos disparos en uno y otro lado de la cabeza de Únzaga.

Este contenido es el relato reseñado en clave de periodismo narrativo, contenido en La memoria del olvido, del periodista y escritor Eduardo Ascarrunz, obra testimonial en proceso de edición.

 


 

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