Marcos Grisi, el contador de historias de vida

Este financista paceño, que ahora radica en Santa Cruz, decidió dejar todo de lado para “recoger” historias de vida de la gente y escribirlas.
jueves, 04 de abril de 2019 · 00:04

Ivone Juárez /  La Paz

Hace dos años, en su segunda peregrinación por el Camino de Santiago de Compostela, España, el financista Marcos Grisi Reyes Ortiz encontró que escuchar a personas contar su vida lo hacía sentir muy bien, “ligero  de espíritu”, en sus palabras. Regresó a Bolivia, dejó su trabajo y comenzó a buscar gente que quisiera  contarle su historia de vida para que él la  escribiera, en primera persona, “con sus sentimientos, con sus alegrías y frustraciones”.

 “Es como si yo las hubiera vivido”, expresa el paceño que radica en la ciudad de Santa Cruz. 

Hasta ahora Marcos Grisi ha escuchado al menos las historias de vida de 30 personas, las transcribió y publicó en su sitio web (www.marcosgrisi.com), con el permiso respectivo, y está en busca de más. 

Marcos Grisi   nació en La Paz, estudió administración de empresas y se especializó en finanzas. Su experiencia laboral pasa por  el sistema financiero,  una AFP, una petrolera y una operadora de turismo, con la que, por temas laborales,  realizó dos peregrinaciones a Santiago de Compostela.  

Fue en su segundo viaje que descubrió esta su fascinación  por oír y contar las historias de vida de las personas. “Hice lo que no había hecho en el primer viaje: hablar con la gente, escuchar sus historias  y después grabar mis impresiones”, dice.

Llegó a Bolivia, redactó su informe sobre el viaje para su empresa, pero éste terminó convirtiéndose en su relato de viaje  que   tituló Un viaje intensamente sutil y   “colgó”  en su muro de Facebook con una invitación que decía:  “Si alguien quería contar su historia me la podía contar a mí y yo la podía escribir”. La primera persona que aceptó su propuesta fue la pediatra cardióloga Alexandra Heath. Después lo hizo Patricia Áñez.

 La historia de vida de estas dos mujeres  están en su página, junto a las de Hans Asper, un suizo que vive en Bolivia, del empresario Bernardo Elsner, de Cleto, un lustrabotas de La Paz, de Gregoria Ramos, una mujer que vive en la Isla del Sol,  y del médico Nelson Vía Reque, que relata uno de los casos más asombrosos que presenció en su profesión: una bebé que estuvo muerta en el vientre de su madre, que  nació muerta y una hora después  empezó a respirar sola y ahora no tiene ningún daño neurológico.

Óscar Terceros y la casona Terceros-Banzer 

“Yo nací en uno de los cuartos de esta casona, el 16 de febrero de 1950, un martes de Carnaval. Para el trabajo de parto, vino mi tío, el doctor Ángel Foianini Banzer, a asistir a mi madre. En el parto también estuvo Juana Méndez, la matrona que siempre ayudaba en los partos en Santa Cruz. Mi hermana Marcela, que era la primera de las nietas de mi abuela Josefina, ya había nacido 14 meses antes.

Todos nosotros, mi padre, mi madre, mi hermana y yo vivíamos en un cuarto grande a la izquierda del primer patio de la casona. Al lado nuestro estaba el cuarto de mi tío Adalberto con sus dos hijos, y al lado de él, el cuarto donde estaba expuesta en un fanal la imagen de la Virgen del Carmen. Al frente nuestro, cruzando el patio, estaba la habitación que mi abuela Josefina compartía con mi tía Carmen, su hija menor”.

Alexandra Heath: casos de una pediatracardióloga

“Roger vino de los Yungas con sus papás. El motivo de la consulta fue que, a la más mínima actividad, el niño comenzaba a respirar rápidamente y tenía que sentarse. Entonces sus papás, preocupados porque Roger no llevaba una vida normal de niño, fueron a varios hospitales, pero sin buenos resultados. Es así que llegaron a mi consultorio junto con una trabajadora social.  

(...) Mientras la trabajadora social hablaba con los papás en el consultorio, yo decidí hablar con el chico afuera, en la sala de espera. Le pregunté por qué había venido aquí y si quería ser operado, porque ya a la edad de 10 años tienes que preguntarle al chico qué es lo que piensa de sí mismo. Y me dijo con su carita de tristeza: “Sí, yo quiero que me operen, porque yo toco la pelota de fútbol sólo cuando me llega al banco”. Fue muy conmovedor escuchar eso”.

Bernardo Elsner, memorias de una vida 

“Mi madre nos contó que cuando vio a mi padre por primera vez, dijo: ‘Éste o nadie’. Ese era su dicho: ‘Éste o nadie’. En ese entonces, ella tenía casi 20 años. Mi padre siguió su viaje hasta La Paz como lo tenía programado, y se vio con sus hermanos mayores. Pero tan pronto pudo, se fue detrás de mi mamá. Tomó el tren hasta Oruro, de ahí hasta Cochabamba y, según nos contó, hizo el tramo Cochabamba-Santa Cruz a lomo de caballo en sólo cinco días(...) Cuando me gradué el año 1951 con un título de doctorado en ciencias económicas, tuve que volver inmediatamente a Bolivia (...) Mi padre me posesionó directamente al cargo de gerente general de la empresa. A mí no me gustó mucho entrar así, porque sentía que me faltaba experiencia de trabajo. Casa Bernardo en ese entonces tenía 60 empleados, y muchas complejidades en la operación, de las cuales yo no sabía mucho”.

Lidia Soria, tener alguien que te quiera y proteja

“En fin, me trajeron a Oruro, y allí empezó mi martirio. Mi madrastra empezó a pegarme, cada rato me pegaba, y no me pusieron en la escuela. De ahí me trajeron a Cochabamba, ahí estuvimos un mes. Y después me trajeron aquí a Santa Cruz. Ahí ya mi madrastra empezó a pegarme todavía más seguido. (...) Entonces bajé por las calles, hasta que encontré el mercado, encontré la ferretería  y llegué al callejón donde vivíamos. Subí rápido por el callejón y llegué a la casa. Golpeé fuerte la puerta. Mi mamá estaba durmiendo todavía. “¿Quién es?”, dijo de adentro. “¡Yo, la Lidia!”, le respondo. “¿Qué Lidia?”, me dice. “¡La hija del negro pastelero!”, le respondo.

Entonces sentí que mi mamá se levantó rápido, abrió la puerta y se abalanzó sobre mí. Lloró mucho  y yo también lloré. Me habían dado por muerta, le habían dicho a mi mamá que yo había muerto en el monte”.

Cleto, la difícil vida en las calles de La Paz

“El trabajo para nosotros es muy sufrido, porque a veces la gente no quiere aceptar que nosotros estemos con nuestras capuchas tapándonos la cara. Dicen que somos maleantes y nos piden que nos descubramos la cara, pero no comprenden.

Estamos con la capucha porque hay mucha discriminación. Ser lustrabotas para nosotros es lo más bajo que puedes hacer. Si tus familiares se enteran, o tus vecinos, o algunos amigos, automáticamente te discriminan y te dejan a un lado. Puedes ser la vergüenza de tus hijos también. 

(...) Después que se murió mi mamá, mi papá no se consiguió otra mujer, así que no tuvimos madrastra. Ha debido ser bien difícil, porque él no tenía muchos ingresos ni a quién dejarnos cuando salía a trabajar (...) cuando llegaba a casa estaba siempre de mal humor”.

Gregoria Ramos, desde la Isla del Sol

“Entonces mi primo me llevó a su casa. Por suerte él me vio en la calle, sino no sabría que podía haberme pasado. Viví en su casa un mes. En ese tiempo me enseñaron a hablar español  y también me enseñaron a cocinar fideo y arroz.

(...) Cuando los hijos de los señores crecieron y se fueron a estudiar al exterior, los señores decidieron irse a Santa Cruz. Yo tenía como 19 o 20 años. Me preguntaron si quería venir también, y como yo estaba bien acostumbrada a estar con ellos, les dije que sí. Así, vendieron su casa y todos nos hemos ido a Santa Cruz (...) Estoy acá en la isla 22 años. Mis dos hijos ahora son bachilleres. Mi hija mayor está trabajando conmigo acá en el hotel, me acompaña, todas las cosas hablo con ella. Mi hijo menor ya tiene 22 años, y ha terminado tres años de estudio en administración de empresas en La Paz”.

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