Brasilia, el colegio de El Alto donde el timbre suena a las siete de la noche

Todos los días, de siete a 10:00 de la noche, niños y jóvenes que trabajan llegan al colegio donde se encuentran con profesores de gran vocación.
domingo, 12 de mayo de 2019 · 00:00

Ivone Juárez /  El Alto

Es martes y pasan  las ocho de la noche. En uno de los cursos del colegio Brasilia nocturno, los alumnos,  niños entre  seis y ocho años,  están atentos a la clase del profesor Noel Callisaya. De pronto el “profe” comienza a lanzar preguntas y los pequeños saltan de sus sillas,  como impulsados por resortes, y gritan  las respuestas. Son tantos los que quieren participar que por un momento la clase se desordena.

A esa hora de la noche, cuando muchos pequeños de esa edad ya están acostados, a punto de dormir, éstos están en clases aprendiendo. “Cambiaron su reloj, ellos  a esta hora están bien despiertos, vivaces y listos para aprender”, asegura el profesor Wálter Mamani, director de la unidad educativa fiscal Brasilia, turno noche, ubicada en Villa Dolores de la ciudad de El Alto.

Uno de los buses  del colegio nocturno  fiscal Brasilia que acerca a los alumnos a sus casas.

“La mayoría de estos niños no puede estudiar en el día porque ayudan en sus casas, cuidan a sus hermanitos o tienen que cocinar. En otros casos, sus mamás trabajan y por temor a enviarlos solos al colegio de día, los traen aquí en la noche”, explica el profesor Mamani en medio de un coro de voces de los  chicos, que ahora comienzaron a contar  con el profesor Callisaya.

Fuera del aula, en la cancha,   con  unas luminarias encendidas,  un grupo de estudiantes ya están en el recreo. Son las ocho y media. Unos chicos  están en el puesto de golosinas, otros corren. Los más  caminan dando vueltas alrededor del  campo deportivo,  mientras   algunos se acomodan en las graderías con unos juguetes. “Es un colegio como cualquier otro sólo que funciona en la noche”, afirma  el director Mamani. “Enseguida le toca recreo a otro grupo”, añade.

Cerca de  las nueve de la noche, el siguiente curso en visitar es el de los alumnos de 10 a  15 años. Su clase de música acaba de terminar y están listos para  matemáticas, con el profesor Jorge Cahuana. La materia comienza con gran energía y una dinámica de preguntas que, al igual que en el curso anterior, es respondida con una lluvia de participaciones.

Dos amigos  entrañables  en plena clase.

En este curso la gran mayoría de los alumnos trabajan en el día. Carlos, de 15 años, por ejemplo, está empleado en una tienda de televisores, en la calle Tiwanaku. “Saliendo de aquí, llegaré a mi casa y en media hora haré mi tarea. Mañana entro a trabajar a las nueve de las mañan, hasta las cinco de la tarde”, afirma  este chico que quiere ser policía “para proteger a la gente y hacer lo correcto”. 

Su compañero Kevin, también de 15,  que vive en Senkata, es ayudante de cocina y trabaja desde las siete de la mañana hasta las cinco de la tarde; mientras que Miguel, de 12, está empleado en una llantería, donde infla y parcha llantas.  “Desde los 11 años trabajo, mi jefe me enseñó todo. Me duermo a las 11 de la noche y me levanto a las seis de la mañana. Más bien mi jefe me da dos horas de descanso para hacer la tarea”, cuenta con gran elocuencia el niño que quiere ser abogado “para ayudar a la gente”.

Todos estos estudiantes vencen el cansancio de más de ocho horas de trabajo diario para asistir a clases. Están empleados porque tienen que ayudar en el sustento económico de sus familias;  por eso muchas veces no pueden comprar su material escolar, pero  eso tampoco representa una limitación en el colegio Brasilia: los profesores los ayudan comprándoles cuadernos, bolígrafos y otros.

Los alumnos  de la promoción 2019  del colegio nocturno Brasilia.

  “Son niños que tienen una aspiración, pero   que tienen una desventaja socia, sin embargo  lo logran. Nosotros vemos el cambio en su aprendizaje y sus ganas de seguir avanzando, y si para eso necesitan un cuaderno o un bolígrafo, nosotros se los damos. Eso nos permite avanzar con todos”, dice el profesor Noel Callisaya, que tiene 10 años en el Brasilia.

Mientras el maestro, que también es director de Educación en Achocalla,  habla, uno de sus alumnos le abrocha  el grueso sacón que lo abriga.  “Estos niños no sólo muestran avance en su aprendizaje, sino también en conducta y en valores, para eso estamos nosotros”, expresa el maestro mirando al pequeño.

Un bus escolar y nivelación

Los niños del Brasilia nocturno pasan todos los días, de lunes a viernes, clases de siete a diez de la noche y muchos viven en zonas de El Alto muy alejadas, como  Puente Wella, Senkata, Santa Rosa o Ventilla. Preocupado  por esta situación, en 2016, el director Wálter Mamani decidió que se debía implementar un servicio de transporte y  convenció a sus colegas de hacer un aporte mensual, y así lograron tener su primer bus.

“Ya tenemos dos buses: uno cubre la ruta Cruce Viacha -Ventilla y el otro Santa Rosa-Achocalla, y los chicos tienen  seguridad”, afirma orgullos el maestro. “Somos el primer  colegio fiscal en Bolivia que le metió un gol a la inseguridad ciudadana porque además damos charlas a nuestros alumnos sobre ese tema”, añade.

A este esfuerzo se suma el hecho de que si un estudiante está rezagado en alguna materia, tiene la oportunidad de nivelarse los días sábados.

Los alumnos  en las clases  de  matemáticas.

 “La calidad educativa tiene que ser lo más accesible posible y los chicos que están en edad regular, y no tienen  ninguna discapacidad, tienen que ser competitivos, igual que los del turno diurno, eso no descuidamos”, afirma el director Mamani mientras nos conduce al aula de los alumnos que este año saldrán bachilleres. Pasan las nueve de la noche.

“El 100% de estos jóvenes trabajan, contribuyen a la sociedad y estudian, son la cereza del helado”, expresa  con orgullo el maestro antes de ingresar al curso, donde 21 estudiantes están muy bien uniformados, con trajes oscuros y con las  computadoras que les dotó el Estado sobre sus pupitres: un ordenador por cada dos estudiantes.

Toma la palabra la presidenta del curso, Yesica Irionda, de 19 años, para comentar que la promoción está preparando su toma de nombre para junio y está en busca de un padrino “que les pueda dar algunas recomendaciones”. La joven trabaja en una empresa desde las siete de la mañana  hasta las cinco de la tarde. “Quiero ser enfermera”, afirma.

Cuando se  pregunta a los jóvenes cuál es su secreto para estudiar y trabajar, responden: “Paciencia, determinación,  planificación, responsabilidad y el renunciar a la comodidad y a pasar más tiempo con los amigos”.

 Mientras algunos comienzan a  comentar cómo logran combinar su trabajo con el estudio, ingresan al curso  los dirigentes de la Fejuve contestataria Miguel Sanjinez  y  Junior Salas, también presidente de Villa Dolores, para anunciar una ayuda económica al establecimiento nocturno, que hasta ahora funciona gracias a la voluntad y contribución de los profesores y  padres de familia como Felisa Catari, dirigente de la Junta Escolar. Los estudiantes los sorprenden nombrando padrino de su promoción a Junior Salas, quien se comprometió a “mejorar los baños del colegio y la iluminación”.

“Tenemos problemas con los focos, sin focos nosotros no podemos funcionar; para nosotros son como la luz del sol”, sentencia  el director Wálter Mamani.

Faltan unos minutos para las diez de la noche y el frío se siente en las aulas del nocturno Brasilia y  sus viejos pupitres.

 “La temperatura bajará más, pero ya tenemos estos deportivos para los niños más pequeños, para que pasen educación física y no sientan frío”, dice el profesor Mamani, mostrando unos gruesos deportivos envueltos en bolas de plástico que están dispuestos sobre su escritorio. 

Almanaques y una estrategia

En el escritorio del director del  Brasilia noche, Wálter Mamani, se distinguen unos almanaques con el nombre del colegio. Son parte de la estrategia de difusión que el profesor  Mamani y sus colegas implementaron para que en El Alto los jóvenes que trabajan se enteren que en la ciudad  aún queda un colegio nocturno de educación regular.   “La nueva normativa en educación incentiva la educación regular diurna y los colegios nocturnos van despareciendo, pero no los niños y jóvenes que trabajan”, dice Mamani.

Y su trabajo tuvo resultado porque cuando él se hizo cargo de la dirección del Brasilia nocturno,  en sus aulas apenas había  30 alumnos, lo que lo ponía en riesgo de cierre, pero hoy tiene  casi  300.

DAYANA SARAVIA, ALUMNA 
“Estudiando seremos mejores”

Trabajo en casa tejiendo mantas para las fraternidades. Este año salgo bachiller y estudiaré para ser maestra porque estoy convencida de que sólo con el estudio podemos ser mejores. Se tiene muchos obstáculos, en mi caso fue la falta de recursos económicos, pero uno tiene que seguir adelante.  Este colegio me permite un balance entre mi tiempo de estudio y el trabajo, lo que me da mucha satisfacción. Comencé a trabajar desde muy niña, a mis 10 años, vendiendo salteñas, para ayudar a mi mamá porque éramos muchos hermanos;  luego fui mesera en un restaurante y ahora estoy en casa porque tengo un bebé de tres años.

ALEXANDER, ESTUDIANTE

“Seré profesor, me gusta enseñar”

Desde los 14 años trabajo distribuyendo huevos por todas las provincias de  La Paz. Ahora manejo un camión y viajo todo el día.  Salgo a las siete de la mañana  y puedo regresar a las ocho de la noche y  a veces  a la medianoche a mi casa.  A veces llego hasta Copacabana, dejando huevos tienda por tienda, por Batallas, Huarina, Tiquina...

Cuando no puedo llegar al colegio, porque me atrasé mucho en la distribución o viajé muy lejos, pido permiso y aquí me comprenden, me dan el permiso, y después tengo la oportunidad de ponerme al día.

 Seguiré estudiando porque quiero ser profesor, me gusta enseñar.

FELISA CATARI, JUNTA ESCOLAR

“Quiero que los jóvenes estudien”

Este colegio era como una casa vacía, pero comenzamos a trabajar y ahora ya tiene  estabilidad. Tengo 59 años, sólo estudié hasta tercero y no pude seguir porque me casé muy joven, por eso estoy aquí porque quiero que los jóvenes estudien,  logren algo. Tengo mucha ilusión de  trabajar por los que no tienen mamá ni papá, sobre todo. Mi trabajo como dirigente de la Junta Escolar es ver el comportamiento de los jóvenes y el compromiso de los padres de familia de venir a las reuniones solamente, porque no se paga ni cuotas. En estos cinco años logramos muchas cosas y me iré feliz porque ahora tenemos más estudiantes. ¡Eso me hace bien feliz! 

 

Confidencial

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