La rebelión de mayo del 36

Los gráficos y la Federación Obrera del Trabajo encendieron la chispa de la rebelión, avivada por los partidos de izquierda y los militares nacionalistas.
martes, 14 de mayo de 2019 · 00:04

Grecia Gonzales Oruño  /  La Paz

Los trabajadores bolivianos, en mayo de 1936, declararon un histórico paro nacional. No fue una huelga más. Fue un volcán social que cristalizó la pugna entre el viejo Estado liberal y el revitalizado movimiento sindical. Los gráficos y la Federación Obrera del Trabajo (FOT) encendieron la chispa de la rebelión que, luego, fue avivada por los partidos de izquierda y los militares nacionalistas. Al final, José Luis Tejada Sorzano abandonó la silla presidencial.

Ese hecho dio inicio al periodo de los gobiernos nacionalistas militares del coronel David Toro y el teniente coronel Germán Busch (1936-1939).

La creación de los ministerios de Trabajo y de Minas y Petróleos, la sindicalización obligatoria, la creación de la Confederación Sindical de Trabajadores de Bolivia, la fundación del Banco Minero, la nacionalización de la Standard Oil Company, la promulgación de la primera Constitución Social, la dictación de la Ley General del Trabajo y la entrega al Banco Central del 100% de divisas procedentes de las exportaciones mineras fueron algunas normativas impulsadas y respaldadas por los insurrectos. 

Crisis

El levantamiento de mayo fue un suceso que sintetizó una serie de luchas que se exacerbaron acabada la contienda del Chaco. 

Tres años de conflicto armado, la pérdida de 240 mil  kilómetros cuadrados, el luto por la muerte de al menos 50.000 bolivianos y la llegada de excombatientes con daños físicos y psicológicos sumergieron al país en una situación de crisis. 

Frente a ese contexto, el movimiento obrero y popular reorganizó sus filas. Sus reivindicaciones, en el fondo, fueron impulsadas por el desempleo, los bajos salarios, los despidos masivos y el aumento del costo de vida. 

La cadena de protestas de los trabajadores  comenzó en 1935 y terminó con la dimisión del presidente José Luis  Tejada Sorzano.

Génesis 

La cadena de protestas de los trabajadores comenzó en 1935 y culminó con la dimisión del liberal Tejada Sorzano, el 17 de mayo de 1936. Al respecto, Herbert Klein en su libro Orígenes de la revolución nacional realizó una cronología de los hechos.

La FOT, en respuesta a la inflación y el alza de precios, en noviembre de 1935, solicitó al Gobierno el aumento del 100%  de salarios y rebaja de los precios de alquileres y de los artículos de consumo. 

En diciembre, los mineros de Corocoro se movilizaron pidiendo aumento de sueldos. A la par, se activó una intensa convulsión social en todas las industrias y regiones del país ante la falta de trabajo y la subida de precios.

Las huelgas aumentaron en ritmo y proporciones, a inicios de 1936. En marzo, las obreras de la fábrica de tabacos demandaron jornales más altos. 

Devaluación

La crisis se agravó. El Gobierno en vez de apagar la hoguera social, le echó más leña: dictó un “decreto de cambio único”. El peso boliviano se devaluó. Los trabajadores, los excombatientes, los inválidos, viudas y huérfanos de guerra fueron los más afectados. Y la bronca estalló.

Mineros se movilizaron  pidiendo aumento de sueldos.

En ese marco, la FOT, dirigida por Waldo Álvarez, envió al Poder Ejecutivo un pliego de peticiones que contempló la rebaja y libre importación de artículos de primera necesidad, el aumento del 100% de salarios, la rebaja de alquileres, la prohibición del trabajo nocturno, la suspensión del  estado de sitio, garantías para la libertad de reunión, asociación, prensa y organización sindical, hogar para los mutilados e inválidos de guerra, y trabajo para los excombatientes. 

El diario La República, el 15 de abril de 1936, informó que “la FOT preparaba un gran mitin”. Por falta de autorización de la prefectura, la protesta no se realizó.  

Los dirigentes de la FOT, ante ese hecho, intentaron dialogar con el presidente. La República, el 25 de abril, relató que no se llegó a ningún acuerdo y que el Jefe de Estado arguyó que la situación del país era “crítica”.  

Rebelión   

Las huelgas se agravaron el 1 de mayo. Los trabajadores judiciales de Cochabamba se movilizaron. Durante cuatro meses no percibían salarios. El matutino El Diario anunció que dieron un plazo de cinco días para el correspondiente pago, caso contrario el paro sería inminente.

El diario La Calle  reflejó  la situación  de escasez en el país.

El Sindicato Gráfico, el 10 de mayo, declaró huelga general. Su pliego de peticiones, que principalmente exigió el aumento salarial en un 100%, no fue atendido. Como nunca antes, todos los periódicos cerraron sus puertas entre el 10 y el 18 mayo. Los periodistas se sumaron a la lucha.

Frente al peligro de una revuelta, el Gobierno expidió “un llamamiento militar” para “encuartelar al pueblo”. Luego, decidió “destruir de un sólo golpe al pueblo y al Ejército”. Se ordenó al jefe de las Fuerzas Armadas “hacer fuego sobre el pueblo si éste se mostraba partidario de la huelga”, narró La Calle, el 24 de junio de 1936.

Sin embargo, el Ejército acordó con los sindicalistas no intervenir en los problemas, mientras no ocurran actos de violencia. De ese modo, los propios huelguistas patrullaron la ciudad de La Paz para mantener el orden. 

Comité revolucionario

Esa protesta fue respaldada por la FOT, la Federación Obrera Local, el Partido Socialista (PS) y el Partido Republicano Socialista (PRS). La huelga, por ende, se radicalizó. El incremento de salarios se convirtió en una consigna general.

Cabe mencionar que la alianza formal entre el PS y la FOT fue concretada recién el 15 de mayo, en casa de Rodolfo Soriano. El pacto fue firmado por el entonces secretario de Gobierno del PS, Carlos Montenegro, Waldo Álvarez, Luis Gallardo y otros. “De allí salió vigoroso y unido el núcleo popular de la revolución, el mismo que dos días después llenó las calles de La Paz afirmando la nueva situación”, reveló el periódico La Calle, el 17 de mayo de 1937. 

La República  muestra  los hechos de mayo de 1936.

Inmediatamente, se formó un “Comité Revolucionario” integrado por Enrique Baldivieso, Carlos Montenegro, Carlos Romero, Víctor Alberto Saracho, Rodolfo Costas, Alberto Miranda, Max Atristain, José Unzueta, Rodolfo Soriano, Luis Iturralde Chinel, Armando Arce, Luis Ernst Rivera, César Méndez Baya, Arturo Prudencio, Víctor Méndez Baya, Rodolfo Subieta, René Calderón Ballivián, Walberto Aranibar, Walter Portillo, José Maceda, José Quisbert, Francisco Salgado, Lorenzo Flores, Nicolás Ballester, José Tamayo, Florencio Candia, Natalio Antezana, Augusto Guzmán, Enrique Costas, Antonio Campero Arce, Alberto Mendoza López, Miguel Ángel Céspedes, Armando Montenegro, Augusto Céspedes, Guillermo Alborta, N. Soria Galvarro, Felipe Tovar, Roberto Soriano, Rigoberto Armaza Lopera, Mario Diez de Medina, Nazario Pardo Calle, Prudencio Tovar, Moisés Álvarez, Jenaro Medrano, Adolfo Varela, Esteban Torrez, German Sarabia y Tomás Pérez. 

Bandera roja

En ese marco, la noche del 16 de mayo el “Comité Revolucionario” comenzó una serie de tomas. Primero, ocupó el Club de la Unión, “local de la aristocracia cuya fortuna era mayor a medio millón de pesos”. En el lugar se izó una “bandera roja”. En seguida, cercó la Alcaldía y colocó “un cordón de tendencia política (...) estableciendo un ensayo pintoresco de organización bolchevique”; esos espacios fueron los cuarteles de reunión de los partidos de “extrema izquierda”, rememoró La República, el 19 de mayo.

Pablo Estefanoni, en su investigación Los inconformistas del centenario, relató la manera en como el escritor Alcides Arguedas detalló ese hecho en su Diario íntimo. Sucede que ese 18 de mayo, Arguedas fue con su hija, a las 11:00 de la mañana, al paseo del Prado.  Al pasar, “vieron flamear la bandera roja” en el Club de la Unión, donde se podía leer la inscripción “Comité Revolucionario”, escrito –según Arguedas– “con tinta sobre una banda blanca de percal y con letras irregulares, letras de artesano primario que no tiene ni la costumbre ni el gusto de escribir y trazar caracteres”.

Desenlace 

Una comisión de militares, la mañana del 17 de mayo, le exigió a Tejada Sorzano su dimisión. Él firmó su renuncia. Acto seguido, se dictó un decreto que designó una Junta Mixta de Gobierno. Germán Busch fue designado “presidente provisional”, hasta el retorno de David Toro, quien fue posesionado como Jefe de Estado, tres días después.

En la tarde, el nuevo régimen negoció con los insurrectos. Waldo Álvarez, en su libro Memorias del primer ministro obrero, afirmó que Busch aceptó todas las demandas del pliego de peticiones. 

Las federaciones obreras, el 18 de mayo, ordenaron que “todos los empleados, trabajadores del comercio, la industria, bancos, ferrocarriles y transportes, vuelvan a sus respectivas labores de inmediato”. 

La normalidad retornó al país. 

Legado

El levantamiento fue recordado por varios años. El 17 de mayo fue declarado “feriado nacional”. En 1937, se desarrolló un programa de festejos. Una diana a cargo de la banda del Ejército, un “match interdepartamental” de fútbol (Ingenieros Oruro vs. Alianza), la inauguración del Museo Militar, la concentración “socialista” y las verbenas populares fueron algunos de los eventos que matizaron el homenaje.

Por su parte, el Gobierno autorizó la emisión de estampillas conmemorativas. La Calle, el 7 de mayo de 1937, informó que se acuñarían “monedas de niquel” de 10 centavos destinadas a rememorar la “revolución”.

Las conquistas de mayo hicieron temblar a la oligarquía liberal y fueron un referente para la insurrección obrera y campesina de abril de 1952.

Grecia Gonzales Oruño es Comunicadora social.
 

El contenido de esta investigación es de completa responsabilidad de su autora. 

Confidencial

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