Lidia, la mamá que reparte quesos en su radiotaxi

Los motores de esta mamá son Ana Carolina y Lizel, por quienes trabajó de todo. Ahora persigue un anhelo para ella: ser chofer de un Pumakatari.
viernes, 24 de mayo de 2019 · 00:04

Ivone Juárez /  La Paz 

“Todo me hace feliz de ellas. No me gusta que lloren, quiero que tengan todo; por mí les daría todo, pero tengo que enseñarles... aunque  como mamá quisiera darles de todo”, así se expresa Lidia Villanueva, la mamá  chofer de radiotaxi y vendedora de quesos, de sus hijas Ana Carolina y Lizel. Son  su máximo orgullo porque están en camino a ser profesionales: la primera  será   ingeniera comercial y  la segunda arquitecta. 

Una selfie de la familia de Lidia Villanueva.

“Ana Carolina está postulando a Ingeniería Industrial”, añade.

Son su motor desde que llegaron  al mundo. “Cuando nacieron, primero me dio alegría, decía: ‘mi wawa, mi linda wawa’ Soñaba con que algún día  me dijeran mamá y ahora mi meta es que sean profesionales”, afirma esta mujer de la permanente sonrisa.

Para Lidia el día comienza a las 4:00. Se  levanta y  “calienta” su radiotaxi para salir rumbo a la ciudad de El Alto, donde, en  la extranca, sus proveedores de Huacullani y Peñas la esperan con los quesos criollos que traerá a La Paz para venderlos a sus clientes de la zona Sur.  Hace las entregas a domicilio, en su radiotaxi, y si sus clientes no  tienen para pagar  ese momento, les deja  los quesos  al fiado. 

Lizel y Carolina, hijas de la radiotaxista.

Su primer oficio del día puede extenderse hasta más de las 12:00,  cuando comienza a trabajar con su radiotaxi, por la zona Sur, su lugar de operaciones. Si es que  Ana Carolina y Lizel no lograron preparar el almuerzo antes de ir a la universidad; ella regresa a su casa para cocinar y esperar a su esposo  Andrés y a  sus hijas, para almorzar juntos. En esos casos, su segundo  oficio  se inicia en la tarde, cuando comienza a “girar por la zona Sur, buscando pasajeros”. Dice que le va bien. 

“Depende de la luminaria (nombre de la empresa), si es conocido se sube la gente, con confianza. A mí me va bien”, afirma.

Hace más de dos años que decidió ser chofer de radiotaxi. “Por necesidad y por los hijos  uno hace lo que tiene que hacer”, sostiene esta mujer que cuando se dirige a alguna persona la trata como si la conociera de toda la vida y lo primero que le brinda es su  confianza, dejándole sus quesos al fiado.  

La chofer de radiotaxi bajando de su móvil.

  Recuerda los primeros días en su oficio de chofer  y  cuenta -riendo-   que estuvieron llenos de reclamos y reproches porque no tenía el conocimiento que  hoy tiene  de las zonas, barrios y calles de la ciudad de La Paz.  “Al principio era complicado porque me reñían. No conocía todas las calles y cuando preguntaba me respondían riñéndome: ‘¡A qué te metes si no conoces!’; ‘¡Andá a la cocina, qué estás haciendo aquí, esto es cosa de hombres!’”, cuenta, 

Pero el oficio de chofer no era nuevo para la mujer que nació en  Ancoraime y a los 18 años migró a la ciudad de La Paz, en busca de oportunidades laborales que no encontraba en su pueblo.  “Yo ya manejaba de manera particular”, dice orgullosa.

Aprendió a conducir  cuando se dedicaba a vender almuerzo en “las obras” (construcciones), a los albañiles. Era una necesidad que tenía: manejar su propio   vehículo para llevar la comida que preparaba muy temprano.  

“Llevaba comida a las obras y como no tenía auto a veces pedía colaboración, pero me ponían caras o simplemente (los choferes) no me dejaban subir; eso me hacía pensar  que tenía que tener mi auto. ‘Algún día voy a tener mi auto y lo voy a manejar’, decía; era mi meta y he logrado lo que quería”,  asegura.

La sonrisa de Lidia, un regalo para sus caseros
y pasajeros.

Lidia reconoce que tener esa movilidad no hubiese sido posible sin la ayuda de su esposo Andrés. “Me ayuda mucho, es un gran colaborador, juntos luchamos por nuestras hijas, por nuestra familia”, afirma.

Conoció a Andrés cuando migró a La Paz. “Él trabajaba en una llantería  y ahí nuestros corazones se flecharon. Enamoramos como dos años y nos casamos. Siempre he confiado en él, lo quería y lo sigo queriendo mucho”, añade.

 “Lo único que deseo en esta vida  es vivir con mi esposo hasta viejitos y que mis hijas sean profesionales. Cuando veo esos aguayos para cargar a las wawitas, le digo a mis hijas que con eso quisiera tenerlas a mi lado siempre”, continúa con su infaltable sonrisa.

Lidia no es muy afecta  a las fotografías. Los  flashes de la cámara desnudan su timidez y la ponen alerta, más cuando ve que el fotógrafo de Página Siete acomoda los dos peluches que descansan sobre el panel de control de su vehículo, “mirándola”. 

“¡Mi peluche¡”,  exclama. “Representan a mis hijas: éste es mi Ana Carolina, éste otro mi Lizel”,  explica  sonriendo, mientras toma a los dos muñecos, uno en cada mano,  y los mira con dulzura.

“Mis hijas están conmigo siempre y me ayudan”, asegura.

Un día de descanso con su esposo Andrés.

Pero la mujer no sólo sale de su casa todos los días en su radiotaxi acompañada de los dos peluches que representan  a sus hijas, sino también con una Biblia. “Es mi  fuerza , mi arma, me da la seguridad de que Dios siempre está conmigo”, asegura mientras toma el libro protegido con una cubierta de cuero. “Se me han perdido muchas cosas en este auto, pero mi Biblia nunca, siempre está aquí, nadie la toma”,  dice.

En los días que le toca soportar el mal humor y el maltrato de los pasajeros o los “roces” con los  guardias viales de la Alcaldía, su Biblia le da la paciencia y fortaleza que necesita; mientras que el recuerdo de sus hijas le da  impulso que necesita.

 “Las mujeres somos trabajadoras, es cosa de instinto de mujer. No salimos como los varones, sin ofender, sólo agarrando la llave de la casa o agarrando la herramienta; las mujeres pensamos en los hijos, en si tienen ropa, qué comerán hoy, qué harán, siempre estamos pendientes en ellos”,  dice mirando por el retrovisor de su radiotaxi.

 

La nostalgia y el recuerdo

Lidia Villanueva guarda unos lindos recuerdos. Sus  primeros años en  La Paz y a  su “prima gemela”,  Flora. “No es mi hermana, pero es bien parecida a mí; la gente nos confundía, era bien chistoso, nos divertíamos”, cuenta. También rememora a sus papás, Felisa López y Desiderio Villanueva, dedicados a la agricultura en Ancoraimes. Los dos murieron  hace más de 10 años, pero ella no olvida sus enseñanzas, basadas en su ejemplo de vida, dice. 

“Mi papá era mixto, hacía de todo; eso nos enseñó y a tener valores. Él decía: ‘Si no quieres morir de hambre tienes que trabajar; si quieres ser flojo te mueres de hambre; depende de vos’. Uno comienza a valorar esos consejos cuando eres mamá o papá, porque ya estás en los  zapatos en que ellos estaban”, afirma.

“Pero mis papás también eran muy estrictos, muy cerrados a veces; lo contrario de los papás de mi esposo, que eran más abiertos y nos ayudaron mucho”, añade.

Cuando se le pregunta se es estricta con sus hijas, ella se desarma y confiesa: “No me gusta que lloren, soy capaz de hacer cualquier cosa para que no lloren”. 

A sus 43 años, esta mujer hecha de agallas  pero con el amor de madre a flor de piel tiene un sueño para ella:  ser chofer de un  bus Pumakatari. “Me gustaría manejar un Puma, es como mi último anhelo”, afirma Lidia Villanueva.

 

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