Vida, pasión y muerte de René Barrientos

El 27 de abril se cumplieron 50 años de la muerte del gobernante militar más relevante y controvertido del siglo XX.
viernes, 03 de mayo de 2019 · 00:04

Eduardo Pachi Ascarrunz /  La Paz

 René Barrientos Ortuño murió en Arque a las 13:40 del domingo 27 de abril de 1969 al ser derribado el helicóptero que lo transportaba –junto al piloto Carlos Estívariz y a su edecán, Leovigildo Orellana, también fallecidos–, tres semanas después de casarse por cuarta vez y cuatro días antes de declararse dictador.

¿Cómo y por qué murió? ¿Qué circunstancias rodearon ese hecho luctuoso que incidió radicalmente en la historia de Bolivia? ¿Qué pensaba el mandatario? ¿Por qué actuaba como actuaba? ¿Qué papel jugaban al final de su vida los que él llamaba sus adulones? 

Este reportaje ensaya algunas respuestas a estas interrogantes. Las fuentes: el diario íntimo del mandatario y otros documentos que abonan por su veracidad, mismos que fueron confiados a quien escribe estas líneas por la última esposa de Barrientos y otras personas de su entorno íntimo. Una y otras proporcionaron la punta del ovillo para ahondar una investigación que había comenzado el mismo día de la tragedia: un matrimonio secreto.

El 8 de abril de 1969, en la capillita del Palacio Quemado, el entonces primer mandatario contrajo matrimonio civil con Katya Rivas Graña (24 años, secretaria de la firma Grace), en una sencilla ceremonia respaldada por la situación legal de los contrayentes. Días antes, Barrientos recibía los papeles de su divorcio con Martha Cuéllar, su segunda esposa. Casi al mismo tiempo, la novia conocía la disolución de su matrimonio con el oficial de ejército José Faustino Rico Toro; lo que venía a revelar que el enlace entre el presidente Barrientos y Rosmery Galindo, que fungía de Primera Dama, era nulo de pleno derecho.

Una fecha recordatoria como ésta, invirtiendo el orden lógico, induce a recrear una vida desde la muerte, y hay razones para ello: Barrientos Ortuño, un hombre reputado de apasionado y optimista, murió presintiendo que se iba de este mundo. En su último mes, fue obsesionante en él la idea del desenlace fatal. 

René Barrientos  con Alfredo Ovando Candia.

El 27 de abril de 1969, cuando el país se consternó con la noticia de su partida, fue la jornada póstuma de una vida turbulenta. Horas antes, a minutos de abordar el avión que lo llevó a Cochabamba (escala intermedia hacia su viaje final en Arque), en el aeropuerto de Santa Cruz de la Sierra el mandatario escribió una nota dirigida a Katya Rivas de Barrientos; una nota empapada de malos augurios. 

Barrientos sentía que la fatalidad ya tocaba sus puertas: el último término que salió de su puño y letra horas antes de la tragedia fue, precisamente, muerte: He pensado que no te escribiré más en mis viajes, porque tengo la impresión de que fuera siempre la última vez (…) Nada más, cariño, el lunes te besaré a morir (si Dios quiere). Te besa mil veces quien es sólo tuyo y hasta la muerte… René.                                                            

El presidente que supo del delirio de las masas campesinas –a las que les hablaba en quechua y trataba fraternalmente–, el hombre que recibió aplausos multitudinarios en la plaza Murillo, tras derrocar a Víctor Paz Estenssoro el 4 de noviembre de 1964 –en acción aleve compartida con el general Alfredo Ovando Candia–; el mandatario que siempre estuvo rodeado de gente en su gestión, padeció sus últimos días la soledad del poder, presintiendo que su fin estaba cerca.

René Barrientos  junto a  Víctor Paz Estenssoro.

Las memorias del extinto presidente aluden en parte a este capítulo de su vida y más de cien páginas hablan solas del temperamento, el carácter y la personalidad de su autor: ese hombre niño que vivió la recta final de sus días sumergido en un romance adolescente, donde la ternura de enamorado se volcaba en las páginas de un diario personal que empezaba a pergeñar un epílogo trágico, pero no del todo imprevisible.

El también Capitán General de las Fuerzas Armadas, nacido en Tarata el 30 de mayo de 1919, anotaba en su diario lo que le tenía preocupado como mandatario y como ciudadano común. Esos apuntes denotan sinceridad y, lógicamente, lo que se desprende de ellos es funcional a la dilucidación histórica.  Barrientos era un apasionado, en toda la extensión del concepto y sus actos estuvieron invariablemente sujetos a su temperamental forma de reaccionar ante las circunstancias, lo que lo empujaba a cometer actos contradictorios. A veces se mostraba duro, inflexible, tenaz; otras muchas lucía tierno y al borde de llorar como un niño ante algo que le dejaba la boca amargamente amarga. El 23 de marzo de 1969, Día del Mar, escribió en su diario: No sé cuál es el motivo, mas presiento que es la última vez que visto mi uniforme tan querido y por tantos años. 

Todo hace pensar que su único refugio fue Katya Rivas, a quien le escribió unas líneas postreras que, en lo fundamental, motivaron al autor de esta crónica a lanzar la hipótesis de magnicidio (Prensa, 6/IV/1970): Katya amada: El 1 de mayo voy a asumir todos los poderes. Ese día, desde los balcones de palacio voy a presentarte ante nuestro pueblo, que tanto quieres, como a su verdadera Primera Dama”.

No era la primera vez que Barrientos manifestaba la intención de consumar otro arranque hormonal.  El 8 de abril de 1969 –día de su último casamiento–, emocionado escribió una carta a los bolivianos, la que debía ser entregada a la prensa el 6 de agosto de ese año: A mi pueblo: (…) tengo junto a mí a la mejor compañera. Otra persona que vivirá amándolos, alguien más que lo sacrificará todo por la felicidad y el bienestar de cada uno de ustedes que, estoy seguro, sabrán quererla y respetarla como a la gran mujer, ejemplar madre, que es Katya Rivas, mi esposa y la Primera Dama de la Nación”. 

 Barrientos  asume la responsabilidad de la  Masacre de San Juan.

Para aquel 1 de mayo, en que iba a producirse una masiva manifestación obrero-estudiantil, Barrientos tenía fraguado un autogolpe para hacerse dictador, pero la muerte se le cruzó repentinamente y otro fue el curso de la historia. En su tiempo, este pasaje que estuvo al filo de caer en la irrelevancia histórica de la anécdota, dio lugar a unos hechos que pusieron a la ética periodística en la cresta de la ola. 

Ante la gravedad de la primicia, Juan León Cornejo, jefe de redacción del semanario, le había solicitado ese domingo 19 de abril de 1969 al doctor Huáscar Cajías, director de Presencia, nos permitiera trabajar en la redacción de dicho matutino “por razones de seguridad”. Cajías accedió, pero al leer el primer párrafo se sobresaltó. “¡Cómo van a publicar esto, Juan, es un magnicidio!, yo no lo haría”. 

Juan León se plantó en su propósito, diagramó las dos páginas, las tituló y, al llegar el director de Prensa, Andrés Soliz Rada, discutieron un buen rato. Finalmente, Chichi Soliz decidió: “Publicamos, aquí no hay mordaza que valga”, y se acercó al escritorio donde elegíamos fotos. “¿Vas a firmar, Pachi?”, me preguntó. “No sé, tú decides”, le dije. “Firmá nomás, igual te van a tirar”, bromeó ese excelente periodista y buen compañero.

La gravedad anotada, apuntaba a que el supuesto magnicidio habría tenido un autor intelectual y un autor material –el que ametralló al helicóptero–. Allí se hizo más diligente el acopio de testimonios, la consulta con expertos aeronáuticos, la búsqueda de pruebas indiciarias, etcétera. 

Barrientos, contradictorio como ningún otro gobernante de ese tiempo, creaba confusión con sus impromptus –confusión acentuada por sus biógrafos–, y daba pie a ahondar las controversias sobre su pasado. Su panegirista más conocido, Fernando Diez de Medina, que agotó los adjetivos laudatorios para endiosar a su biografiado, dice de éste: Tenía un corazón tan grande que pudo dar cabida en él aun a sus enemigos. Ayudó al caído y al infortunado. Perdonó traiciones. Olvidó agravios. 

Hubo en su alma un moralista que enseñaba con la palabra y el ejemplo. Los hechos lo desmentían: tras el fallido golpe de Estado del general Marcos Vásquez Sempértegui contra Barrientos (1969), éste convocó a Palacio a los  directores de diarios y radioemisoras, presentó al rebelde, se desabrochó y arremangó la blusa militar, y ante la sorpresa de los presentes inició la puesta en escena: “Así que querías golpearme, ¿no? Yo te voy a enseñar, ¡carajo!”, le recriminó y delante de los zares del periodismo lo castigó en el suelo, golpeando furioso con el taco de su bota los huesos digitales del alzado hasta trizárselos. 

Huáscar Cajías (Presencia), Jorge Carrasco (El Diario), Cucho Vargas (Hoy), Raúl Salmón (Nueva América) y Miguel Dueri (Panamericana), y otros, quedaron atónitos. Ninguno dijo palabra sobre la golpiza brutal  de la que habían sido testigos.

Que tuvo muchas mujeres este personaje nacido, crecido y muerto para trascender, no cabe duda, pero, ¿quién sabe cuántas de a de veras? Aquí reclama lugar otro mito: las familias del valle esperaban al fornido e insaciable visitante con sus hijas bien dispuestas para ofrecérselas, sin otro interés que no sea el de que queden embarazadas y, así, tener sangre de El Taita en la genealogía. Se sabe que Barrientos tuvo más de 50 hijos, entre propios y adoptados.

Barrientos, además, poseía entre los sesgos salientes de su personalidad, dos: una extraordinaria intuición y un arrojo temerario. Días previos a su muerte escribió a una persona de confianza: Si te llama (fulano), sal con él, disimuladamente, ve lo que puedas sacarle. Este sabe algo de “ella”, parece que intentan algo contra mí toda la familia”. El fulano era Marcelo Galindo –miembro del grupo de  adulones– y “ella”, la hermana de éste, Rosmery Galindo.

En ocasión de un acto conmemorativo de la fuerza aérea, el número central era una prueba de paracaidismo, pero el hecho tuvo un final trágico: tres jóvenes oficiales encontraron la muerte al no abrirse los paracaídas. Ante los ojos consternados del público, Barrientos subió al mismo avión desde el que saltaron el par de desgraciados, cogió un paracaídas y se lanzó al aire. La congoja devino asombro frente al coraje y destreza del intrépido piloto gobernante.

De armas tomar desde niño, el inefable tarateño confrontó trances difíciles. Asumió la responsabilidad de la masacre de San Juan –decenas de muertos entre mineros y sus familias (23/VI/1967)–, y meses después, la del asesinato del Che Guevara –por orden suya y del alto mando militar (9/X/1967)–, pero se sintió impotente ante la demanda de Juicio de Responsabilidades entablada por Marcelo Quiroga Santa Cruz y José Ortiz Mercado contra Barrientos y su ministro de Gobierno, Antonio Arguedas, por intromisión de la CIA en asuntos internos bolivianos; la primera a un presidente en ejercicio de funciones. El irritado presidente instruyó el encausamiento de ambos diputados. Marcelo Quiroga fue enjuiciado criminalmente, confinado a Madidi y luego encarcelado. 

 En abril de 1970, el semanario Prensa -del Sindicato de Periodistas de La Paz-, publicó una crónica de Eduardo Ascarrunz, en la que se planteaba la hipótesis de magnicidio –ametrallamiento mediante–, contrapuesta a la versión oficial que atribuyó la tragedia a un accidente. Mañana se publica la última parte de este reportaje.

 

 

Confidencial

Si te interesa obtener información detallada sobre el proceso electoral, suscríbete a P7 VIP y recibirás mensualmente la encuesta electoral completa de Página Siete.

Además, recibirás en tu e-mail, de lunes a viernes, el análisis de las noticias y columnas de opinión más relevantes de cada día.

Tu suscripción nos ayuda no solo a financiar la encuesta sino a desarrollar el periodismo independiente y valiente que caracteriza a Página Siete.

Haz clic aquí para adquirir la suscripción.

Gracias por tu apoyo.

139
10