¿René Barrientos fue víctima de un magnicidio?

¿Accidente o asesinato? Tras 50 años de la muerte del presidente René Barrientos Ortuño, la interrogante continúa.
sábado, 04 de mayo de 2019 · 00:04

Eduardo Pachi Ascarrunz  /  La Paz 

La de René Barrientos fue una vida como hecha para la fabulación y una muerte que se resiste a ser relativizada en los improbables registros del azar. Ya adolescente se perfilaba como un rudo de acción y no dudaba en vaticinar que llegaría lejos. “Él era un hombre inquieto desde su infancia; fornido, siempre mandón, y cuando llegamos a la juventud nadie le quitaba de la mente que él iba a ser presidente” (Alberto Iriarte, amigo de la infancia de Barrientos en el documental El Tata Barrientos, de  Siglo XX, Plano Medio).

No lo conocí, personalmente. Es una lástima, pues hubiese querido preguntarle qué lo hizo ser lo que fue, de dónde le venía esa dicotómica vocación por el sacerdocio y la carrera militar, y esa otra sincronía: su sed de poder y ese darse sin medida a los placeres de la carne. Entrevisté, eso sí, a dos de sus viudas y a algunos de sus colaboradores. Unas y otros aportaron valiosos datos, más que nada, sobre su muerte, que es el tema que abordamos.

 “A René lo han asesinado y le voy a decir quién fue”. Una tarde de comienzos de los 70, Martha Cuéllar hablaba con una seguridad pasmosa en el living de su casa. Inteligente y serena, la exesposa segunda de Barrientos Ortuño –el primer y fugaz matrimonio del aviador militar fue con la joven criolla Carmen Porro–, se veía bien dispuesta a decir su verdad ante una grabadora. “Bueno, a estas alturas, ya se sabe por qué”, agregó convencida, al lado de una fotografía enmarcada del malogrado mandatario. En ese momento ingresó uno de sus hijos a saludar a la visita y despedirse. El joven era el vivo retrato de su padre.

En la foto aparece  Rico Toro (medio) sin bigote.

“Bien, dígame cuál es su hipótesis”, prosiguió. “La que se publicó en el semanario Prensa, ¿la leyó?”, le dije. “Por supuesto. Ahí se insinuaba el porqué, pero hay otros detalles”, añadió. “¿Podría referirlos?”, le pedí al encender un cigarrillo. “¿Usted conoce a Rico Toro?”, inquirió, acercando un cenicero. “Tinino Rico Toro es un militar muy conocido”, respondí. “¿Qué rasgo característico tenía en el rostro?”, preguntó. “Los bigotes”, repuse. 

La entrevistada denotaba buenos reflejos y capacidad de raciocinio.

—Bien, bien…, dígame, ¿por qué alguien que siempre lleva bigotes se los tendría que sacar? 

—Algunos se los afeitan para mostrarse más jóvenes…

—O para pasar desapercibidos.

—Es otra posibilidad.

La señora Cuéllar, quien aún entonces seguía un juicio por bigamia  a Rosemary Galindo, la supuesta tercera esposa de Barrientos, alargó un brazo hacia la mesita esquinera y de un álbum extrajo una fotografía. Me la enseñó.

—Este es el entierro de René –precisó–. Fíjese quiénes están. ¿Los reconoce? –me entregó la foto, en la que se veía al vicepresidente Siles Salinas y al general Ovando Candia, entre otros.

—¿Alguien más?

—No reconozco a los otros.

—Fíjese bien –apuntó con el índice el rostro de un militar uniformado–, usted dijo que lo conoce.

—¿Rico Toro? –dudé, aguzando la mirada.

—Sí, él, el mismo…, sin bigotes. Claro, él tuvo que sacárselos para despistar, horas antes de disparar contra el helicóptero. Fueron tres los que participaron del atentado: uno por cada arma, y un ayudante.

Era la segunda vez que alguien remitía a un atentado de bala como la causa determinante de la muerte del mandatario. La primera salió de boca de  un patrullero de tránsito, quien  estuvo en Arque, N. Bolívar –conocido árbitro de volibol–, que horas después de la tragedia visitó Radio Centro, en Cochabamba. “Lo han tirado a Barrientos”, dijo, tensionado, a los radialistas, entre ellos Toto Arévalo, entonces muy joven, quien hace unos días me dio este dato, inédito hasta hora. “Cuatro hombres corrieron detrás del cerro. Yo los he visto”, refirió el visitante, quien  pidió no ser identificado. Meses después, en un hecho no esclarecido, moría el patrullero Bolívar.

 Portada del segundo  cuerpo del periódico Prensa del 20 de abril  de 1970.

A semanas del suceso de Arque, una comisión investigadora, a la cabeza del abogado Fernando Villamor, estableció datos que contradecían la versión oficial, que atribuía la tragedia a un accidente. El informe de la comisión anotaba que los restos del aparato –desaparecidos rápidamente después del suceso, privando de pruebas a los investigadores– no habían sido trasladados a Estados Unidos; que el helicóptero, al despegar, ya había alcanzado una altura por encima de los cables –simples transportadores de telégrafo– y que, de súbito, como dijeron los lugareños y otros testigos presenciales, “el aparato perdió altura y recién chocó con los cables, enredándose las aspas del helicóptero, cayendo a tierra e incendiándose”.

En la vorágine de finales de los 60 y principios de los 70, continuaron las revelaciones y controversias. Una de ellas desató un terremoto mediático: la del súbdito alemán Gerd Richard Heber, quien atribuyó “los asesinatos de René Barrientos Ortuño, Jorge Soliz Román, Jaime Otero Calderón, Alfredo Alexander y su esposa, Martha Dupleich”, a la “autoría intelectual del general Alfredo Ovando Candia”. Sobre los hechos de Arque, sostuvo que fue Faustino Rico Toro quien disparó una ametralladora contra el helicóptero.

Heber dijo trabajar para la inteligencia de Alemania Federal. Habló en la dirección de HOY el 14 de Marzo de 1970, a un año de la muerte de los esposos Alexander, frente a la familia de éstos, al codirector del periódico, Cucho Vargas y a este cronista. Sus declaraciones determinaron se conformara otra Comisión Investigadora, cuyos obrados quedaron archivados al sobrevenir el golpe de Estado del coronel Banzer (21/VIII/1971).

El 5 de abril de 1971, el expresidente Adolfo Siles Salinas, sucesor constitucional de Barrientos Ortuño, en un mensaje dirigido a la nación reveló que el general Ovando Candia quiso provocar su asesinato tras la muerte del mandatario. “No fue por capricho ni por haber tenido conocimiento del propósito que abrigó Ovando al querer provocar mi asesinato después del entierro del expresidente en Cochabamba, oportunidad en que su agente Salvador Vásquez me dio el ultimátum de 48 horas de plazo para que yo dejara el Gobierno, por lo que me opuse a sus maquinaciones. Fue mi responsabilidad de gobernante lo que me indujo a rechazar toda candidatura oficial”.

Pachi Ascarrunz  entrevistando a Siles Salinas.

Ya entrado el nuevo siglo, llamé por teléfono a Martha Cuéllar, por si tuviera algo nuevo sobre el tema abordado tiempo atrás. “Sólo un disgusto”, dijo, y lo refirió: “Ese mi hijo, al que usted conoció cuando me entrevistó en casa, siguió un curso de paracaidismo, en el CITE. El día de la graduación me sorprendió la presencia de Rico Toro en el acto. ‘Qué hace este tipo aquí’, pregunté. ‘Él va entregar los brevetes’, me dijeron. Monté en cólera, me acerqué al hombre y le dije: ‘Cínico de m…, cómo te atreves a entregarle una credencial al hijo del hombre que has asesinado!’. No pronunció palabra y desapareció de la vista de todos”.

La familia Alexander y los directores del periódico, Bertha Alexander de Alvéstegui y Cucho Vargas, me habían encomendado la indagación periodística de la escalada de asesinatos. En ese lapso sucedieron cosas reveladoras en torno a la muerte de Barrientos. Refiero una de ellas.

“Pachi, te habla Ruth Rivera, me urge hablar contigo; si fuera posible ahora mismo, ¿puedes?”. La llamada de esta amiga de mis mocedades me sorprendió. Eran las 9:00 de la noche y yo estaba cerrando la portada de HOY. “Sí”, le dije, asumiendo su apuro. Media hora después, ella me recibía en su casa de la calle Iturralde, en Miraflores. En la sala, un joven aguardaba ansioso. Ruth nos presentó.

“Soy Milton Zapata, suboficial de la Fuerza Aérea. Fui ayudante personal de mi general Barrientos en los últimos años. No era de su equipo seguridad, mi trabajo consistía en grabar todos los actos públicos e, incluso, sus reuniones privadas”, expresó. “O sea, estuvo en Arque, supongo”, le dije. “Sí, y lo tengo todo registrado”, aseguró, mientras su ánimo se conmovía: “Mi general Barrientos era un padre para mí”, sollozó. Ruth nos invitó un café mientras yo trataba de tranquilizar al oficial. “Cálmese, estoy aquí para escucharlo”, señalé. “Después del escándalo del alemán (Richard Heber), yo sentí la necesidad de hablar con alguien, ¿sabe? Ruth dijo que lo conocía y que usted era de confiar; por eso le pedí que me lo presentara”, rememoró. “Le agradezco su confianza”, le dije.

Transcribo el relato de este leal colaborador del presidente Barrientos, entremezclado con sollozos y la voz ganada por la pena: “La madrugada de ese día me adelante por tierra, de Cochabamba a Arque. A media mañana llegamos a destino. Minutos después aterrizó el helicóptero con mi general Barrientos y los capitanes Orellana y Estívariz. Fueron recibidos con entusiasmo. Grabé los discursos. El último fue el del presidente…, quién iba a decir que era el último.

“Terminado el acto, pasado el mediodía, ofrecieron un almuerzo, seguido de brindis con chicha en tutumas. Se despidieron. Cuando ya iban a partir, como acostumbraba hacerlo yo despedí la grabación, diciendo: ‘Mi general Barrientos y mis capitanes Orellana y Estívariz abordan el helicóptero para dirigirse a Tacopaya. Se enciende el motor, levanta vuelo’. Miré el reloj: ‘Son las 13 y 40 minutos del día 27 de abril de 1969’, dije.

“En ese momento, cuando el helicóptero ya estaba a más de 40 metros de altura y a unos 800 de distancia, la nave perdió altura y cayó a tierra. Se incendió a orillas del río. Todos corrimos. Unos arrieros que estaban más cerca del lugar dijeron que las hélices del aparato se habían enredado en los cables del telégrafo. En medio de la angustia me olvidé de apagar la grabadora. Los gritos y el llanto de la gente fue lo último que se había registrado.

“Yo no quise escuchar esa grabación, porque al morir mi general Barrientos, me quedé como huérfano. Mucho tiempo lloré a solas su muerte. Hace una semana, escuché la cinta. No sabe usted lo que sentí al oírla una y otra vez. Entre el sonido del motor que se alejaba y mi voz despidiendo la transmisión, se escuchan dos ráfagas de ametralladora, seguidas (de una sola ametralladora), distantes pero nítidas. Han debido ser los disparos en el instante que miré el reloj”. 

“Aquí está la grabación”, me entregó una cinta de las que distribuía el servicio informativo de la Embajada estadounidense (USIS) a las radioemisoras, “puede usted escucharla”.

Cogí la cinta, la guardé en el maletín y me despedí.

Eduardo Pachi Ascarrunz es periodista y escritor: “Cuando uno va a contar algo, primero debe contárselo a sí mismo, decía el escritor argentino Bioy Casares, y yo me he contado muchas veces la historia que ahora, luego de responderme muchas preguntas y tras horas de reflexión, traté de reseñar en una crónica”.
 

 

Confidencial

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