La sopa de maní y el anticucho aterrizan en Nicaragua

El paceño Fernando Patiño y su esposa nicaragüense, Julissa Cantarero, inauguraron en abril La llamita en Managua. Comenzaron en un mercado de emprendedores con la sopa de maní, y el anticucho fue la clave de su éxito.
jueves, 18 de julio de 2019 · 00:04

Wanda Torrico e Ivone Juárez  / La Paz

El anticucho fue presentado en un programa matutino de televisión en la capital nicaragüense: Managua. Los presentadores probaron la llajua de maní (a la que llamaron salsa) y, pese a su toque picante que no es común en la gastronomía de ese país,   fue agradable para su paladar. Lo describieron como un plato simple:  papas  combinadas con pedazos de corazón, acompañados con  la “salsa” de maní.

El plato, típico de La Paz, es parte del menú de La llamita, un restaurante instalado en   Managua por el paceño Fernando Patiño  y su esposa, Julissa Cantarero,  nicaragüense de nacimiento. Ella tuvo que adentrarse en los secretos  de la cocina boliviana para acompañar a su pareja en esta aventura de llevar los  sabores bolivianos hasta Centroamérica, donde el gusto del maíz manda en los paladares.

La gran sopa de maní es otro de los platillos bolivianos que los esposos Patiño Cantarero pusieron sobre la mesa de La llamita. También se animaron a “importar” el pique a lo macho y  para darle un toque más atractivo  a su menú impusieron  el quinua chaufa (versión andina del arroz chaufa chino)… Todo envuelto con una etiqueta que dice: “comida boliviana y platillos gourmet a precios de feria”.

Una comensal  de La llamita disfruta de un anticucho.
Fotos: Facebook La llamita

Fernando Patiño está agradecido con la Embajada de Bolivia en Nicaragua, porque fue esa representación diplomática la que llevó a ese país unos cursos de comida boliviana para aprender a hacer la sopa de maní, el majadito y otros, cursos que su esposa Julissa supo aprovechar muy bien. A estos conocimientos culinarios se sumaron otros que encontraron  en internet y, por supuesto,  los más importantes, esos que están en  las “recetas de mamá”. 

Viendo atrás, recordando cómo comenzaron con su restaurante La llamita, que tenía que tener el sabor boliviano, Fernando  cuenta  que el mayor desafío fue manejar el sabor del ají, ingrediente infaltable en la comida nacional y escaso en Nicaragua.

“Tuvimos un gran contratiempo con los ingredientes. Nuestra comida se basa prácticamente en el ají: ají colorado, ají  amarillo,  molido, entero, algo que  aquí no es tan conocido. En Nicaragua,  no hay ajíes  como la llajua. Acá no tenemos locoto y menos la quirquiña”, cuenta.

En ese contexto, el objetivo era buscar sustituto que pudiese aproximarse al sabor que brinda el ají a las comidas y lo lograron: hoy su restaurante ofrece platos  como la sopa de maní, el anticucho, el pique a lo macho y la quinua chaufa.

Los anfitriones, el boliviano Fernando Patiño y su esposa nicaragüense, Julissa Cantarero

Primera franquicia: sopa de maní

Fernando Patiño y Julissa Cantarero salían de una experiencia de negocio nada alentadora cuando, a inicios de este 2019, decidieron instalar un restaurante de comida boliviana en la capital nicaragüense.

 Ya manejaban bien la elaboración de la sopa de maní de tanto practicar en su casa. Era un gran inicio, pero no contaban con el dinero suficiente para el arranque. Sin embargo –dice Patiño– en Managua se toparon con una “particularidad muy bonita”: las Ferias del Mercado Campesino.

 “En Managua se organizan ferias en las que los  microempresarios pueden ir a realizar sus pruebas piloto de negocio. Se reúnen varios emprendedores y  a cada uno se le asigna un lugar para que exponga sus productos. No se les cobra alquiler ni los servicios básicos”, cuenta Patiño.

Se instalaron en el mercado campesino de Managua con su primer plato de comida boliviana: la sopa de maní. ¿Su inversión de arranque? 5.000 córdobas, equivalentes a    1.035 bolivianos, aproximadamente.   Entre risas,  Fernando cuenta que el arranque  fue sorprendente. 

 La sopa de maní,  el plato con el que los Patiño Cantarero comenzaron a alcanzar su sueño.

 “Empezamos solamente con la sopa de maní y el primer día vendimos 30 platos. Para nosotros era lo máximo porque no pensábamos que íbamos a vender esa cantidad”, cuenta.

Estuvieron en el Mercado Campesino  un mes y medio, aproximadamente, tiempo en el que confirmaron el gusto del nicaragüense por los sabores bolivianos; entonces decidieron trasladarse al Parque Nacional de Ferias, otro mercado más grande, que a  Fernando le recuerda –comenta– a   la feria de Alasitas en La Paz.

  En este nuevo espacio y ante  mayor cantidad de comensales sumaron  a su menú otros platillos bolivianos:  el pique a lo macho, ají de fideo y la sajta de pollo. Lamentablemente los dos últimos no tuvieron el éxito. 

Pero había que reaccionar rápidamente para frenar las pérdidas, por lo que  Fernando y su esposa, Julisa, tenían un as bajo la manga: el anticucho, la comida nocturna por excelencia de La Paz.  Buen olfato; el platillo pegó.  “Inmediatamente pusimos el anticucho y pegó, y cómo pegó el anticucho, asociamos que también lo harían las papas a la huancaina”, afirma ella.

Desde ese momento, el éxito de los Patiño Cantarero con la comida boliviana no paró y decidieron  montar un restaurante: La llamita, que inauguraron en abril.

El restaurante  La llamita, en Managua, Nicaragua.

La llamita “ecológica”

El restaurante de los Patiño Cantarero es “tipo jardín” y está  ubicado al costado oeste del Palacio Nacional de Cultura, en el parque central de la vieja Managua. Sus propietarios expresan orgullos que en su primer mes de atención su negocio “logró llegar a su punto de equilibrio”.

Pero  no sólo es un lugar para comer, tiene personalidad y una gran característica: el compromiso con el medioambiente.   “La llamita restaurante está ambientado como un jardín que tiene libros a disposición de los comensales. Nos gusta que la gente pueda tomarse una cerveza y leer un libro. El lugar tiene un enfoque social y de reciclaje”, aseguran sus propietarios.

Explican que para no desperdiciar comida, por las noches reparten lo que no se vendió a las personas indigentes, utilizan materiales biodegradables para el envío de pedidos a domicilio y han descartado las  bombillas plásticas. En su objetivo de reducir el consumo de energía eléctrica  encienden  velas y aprovechan las luces del parque central de la vieja Managua  para alumbrar su local. 

Y, en ese ambiente a media luz, los jueves, se puede disfrutar  de presentaciones de música  jazz en vivo, degustando de una sopa de maní o de un anticucho.

 

La sopa de maní,  bien promocionada.


  


  
 

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