Las mujeres del barrio que se convirtió en el primer macromural de Bolivia

La zona de Alto Chualluma se ha convertido en una galería de arte urbano y un destino turístico. Las vecinas cuentan cómo los murales hablan de su historia y de aquella herencia andina que bulle en las laderas.
domingo, 21 de julio de 2019 · 00:04

Alejandra Pau / La Paz

Si las personas tuvieran la vista que doña Tomasa Gutiérrez Choque tiene desde su terraza entenderían el porqué de su sonrisa. La hoyada se presenta con una vista  aérea, como rozando las nubes. Para llegar hasta su casa se debe subir casi mil gradas que representan la columna vertebral del barrio que se  ha convertido en el primer macromural de Bolivia.

El último mes, Alto Chualluma ha sido noticia internacional por la entrega de esta inédita intervención en la que se pintaron 17.000 metros cuadrados de fachadas, gradas y puertas, y 19 murales distribuidos entre sus pequeñas callejuelas, casi todas peatonales. 

El  concepto rescata la historia de la zona y sus habitantes, mientras que otros incluyen la técnica del dibujo de letras (lettering) con frases o palabras en aymara. El diseño y la pintura de esta primera experiencia de  arte urbano de gran formato en el país  estuvo a cargo de la artista Knorke Leaf (Norka Paz).  

La casa de doña Tomasa se llama Qhalincha (o Kalincha), que significa traviesa o pícara en aymara. Desde su terraza cuenta que cuando se mudó al barrio hace 36 años no había embovedado ni alcantarillado y que fueron los vecinos los que construyeron todo con acciones comunales. 
    
  Por aquellos años no había electricidad y las extensas gradas  eran irregulares y de tierra, asegura doña Tomasa cuando  muestra orgullosa  el mural de su fachada y saluda a los obreros que trabajan en las nuevas gradas de acceso a la vivienda.

Vista del  barrio  y sus interminables gradas desde  la línea Roja del teleférico.

Domadoras de nubes 

 Chualluma es un barrio que autogestiona la solución a sus necesidades desde siempre y poco a poco fue luchando por acceder a los servicios básicos  antes de convertirse en un macromural.

“Cuando ha empezado el mejoramiento del barrio hace cuatro meses todos nos hemos involucrado, pero más que todos nosotras,  que somos las que nos quedamos al cuidado de las wawas, que cocinamos, lavamos, bajamos las gradas por una cosa y subimos  con otra  que  necesitamos para  la casa. Bajamos y  subimos hasta las nubes varias veces al día”, detalla mientras abajo  grupos de turistas recorren los pasajes y  callejuelas. Ahora es un destino turístico.  

Fuera de su casa, un par de niños  juegan a la pelota a media tarde cerca  de uno de los murales más importantes  en el que el protagonista es   un moreno que trabaja en una  máquina de coser. Este es un  barrio de artesanos, diseñadores de ropa, sastres y costureros; y la morenada es la danza que se baila en el aniversario de la zona.  

Los habitantes de Chualluma son alegres. La mayoría de sus casas tienen además de la conexión  a la red de agua potable, otra con  agua  de vertiente, gracias a un proyecto realizado hace años. 

El nombre del barrio viene del aymara.  Ch’uwa Uma  significa vertiente de agua cristalina, según explican los vecinos. En el pasado, esto  hacía posible que variedades de flores crezcan de forma natural y que    muchas  mujeres de la zona  se conviertan  en  floristas.  

La artista  Knorke Leaf junto al mural del moreno.

 Al recorrer sus accesos coloridos, se puede comprender la historia de los murales. La figura del sicuri representa a ese personaje infaltable en los  acontecimientos importantes de la zona. Claveles y picaflores acompañan  las obras en las que los trompos, juguetes y rostros de niños representan el espíritu joven de las laderas paceñas, mientras que las  aves simbolizan aquella conexión con los antepasados.    

Los vecinos no han perdido su lazo con el campo, la mayoría son descendientes de migrantes de las áreas rurales del altiplano que llegaron a los bordes  de La Paz y construyeron sus casas de adobe.    

 “Varias  casas  todavía son  de adobe. Los muros que dan a la calle  también lo son, pero ahora tenemos  fachadas y  las han revocado (...). Estamos felices, aunque nos dicen la zona de los  payasitos por los colores, pero no importa”, bromea Susana Rojas.

  Celia de Coria relata que tiene una tienda hace seis años en la parte superior de  las gradas, pero vive hace décadas en el barrio. “Antes esto era pendiente nomás, de tierra; ahora pasamos por aquí llenos de colores”, destaca mientras se dirige gradas abajo.

El mural del q’atu en el que se ven varias mujeres vendiendo productos.

  

¿Cómo se logró? 

Doña Tomasa es artesana,  hace tejidos a croché y los vende en las ferias de Alasita que se realizan en todo el país. En las últimas semanas apareció en los medios como la gestora de un cambio en su zona por ser la actual presidenta de la junta de vecinos. 

Ella postuló al barrio para   el fondo concursable nacional Mi Barrio, Mi Hogar del Fondo Nacional del Inversión Productiva y Social (FPS) y lo obtuvo. Esto implicaba una intervención en revoques, fachadas, colocado de barandas, entre otras obras, realizadas  en coordinación con Mi Teleférico.  

 Según datos oficiales, el costo del proyecto fue de 4,5 millones de bolivianos en favor de  350 familias. A través de otras gestiones, el barrio fue beneficiado con un   programa gubernamental para el mejoramiento de sus viviendas.

Las principales críticas a esta obra señalan que sólo se trata de una intervención que comprende las fachadas y no arreglos dentro de las viviendas. “Hay algunas casas que por dentro  necesitan trabajo; pero el problema  es la falta de  papeles o que los dueños no quieren que se intervenga”, dice doña Tomasa. 

Los murales reflejan a las mujeres de la zona y su historia.


 La mujer detrás del mural

 Al diseñar el mural de gran formato la artista  Knorke Leaf pensó   en la wiphala, el arco iris, la bandera de la diversidad y la inclusión,  entre otros.  Cuenta además que hay mensajes sutiles en cuanto a género y al  feminismo. 

La presencia de las mujeres indígenas y de pollera  es indiscutible. Uno de los murales muestra el q’atu donde  las awichas venden  quesos y alimentos frescos. 

Los murales en los que ellas aparecen  son capaces de hacerse carne  cuando algunas  vecinas salen de su casa   y pasan frente  estas composiciones  artísticas.  

     “Era importante representar a las mujeres andinas que migran, pero también dar un mensaje contundente de libertad, que se respete lo que pensamos, lo que somos y de dónde venimos”, argumenta Knorke Leaf. 

  Para realizar el trabajo se contó con un centenar de albañiles y  un  equipo de pintura, dividido en los encargados de hacer los fondos -para que Knorke Leaf los  pinte- y el grupo de fachadistas. Además se invitó a cuatro  artistas.

Las decisiones fueron  tomadas junto con  los vecinos y  cada cuadra escogió una gama de colores  para que sea materializada por  el equipo, según indica la artista.   

  “Dónde se ha visto un mural en estos cerros. Nosotros en cada cuadra tenemos murales y somos felices”, concluye doña Tomasa,  cuyo barrio se ha convertido en una galería de arte urbano público en una ladera de  La Paz. 
 

 ¿Cómo llegar?

  • Transporte Se debe tomar un  minibús o micro  en la  avenida  Entre Ríos, bajar a la altura del mercado El Carmen, cruzar la calle y subir la avenida  Utapulpera hasta  la calle Segundo Bascones y Chualluma. A esa altura se encuentran  las gradas. Otra forma de ver el barrio es  por   la línea Roja del teleférico, entre la estación del Cementerio y El Alto.
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