Estación Central, un viaje hacia la añoranza

Después de años de olvido, el lugar ha recobrado vida; los vecinos recuerdan con nostalgia los tiempos del tren.
sábado, 06 de julio de 2019 · 00:00

María Ortiz  /  La Paz

Desde donde antaño partían caballos de hierro, hoy salen cabinas colgantes. En la Estación Central, el teleférico impuso su silencio imperante, pero el traqueteo de trenes y las historias de aquellos tiempos aún resuenan en la memoria colectiva de aquellos que solían transitar el emblemático lugar.

“Yo recuerdo cuando venía a jugar. Venía a resbalar detrás de los vagones, a recoger galletas… así, como todo niño travieso, veníamos detrás de los trenes”, relata Antonia Quispe con voz entrañable mientras coloca unas botellas de refresco en su pequeño quiosco, ubicado frente al Monumento Histórico Nacional.

La Estación Central  se ha convertido en una especie de museo. En el atrio, ahora rehabilitado, se pueden ver las  antiguas  balanzas y algunos carros que se empleaban para transportar las maletas. 
El café Typica ha rescatado del  olvido   algunos objetos del antiguo complejo, como una cocina, calculadoras y máquinas de escribir. Asimismo, en el café se puede ver una riel de trenes estacionada en la barra.

“Antes era lindo ver salir el tren, la gente esperando, pero ahora no es lo mismo. Como quisiera una volver a ver, esperar ahí con sus maletas… era lindo, pero ahora ya no hay eso”, dice con cierta nostalgia. “No es como antes, pero desde que lo han remodelado  se ve mejor”.

Recuerda que cuando abrió su negocio aún operaba la Empresa Nacional de Ferrocarriles del Estado (ENFE) y que poco tiempo después llegaría la muerte que desde mucho antes ya se venía anunciando. “Cuando cerraron quedó una pena; hasta las rieles sacaron. Estábamos tristes”, revela Quispe.

Después de un periodo de olvido, la Estación Central fue elegida como la primera parada de la línea Roja del teleférico, cuya inauguración vio la luz en 2014. Hubo protestas de activistas que exigían conservar todo el complejo, pero únicamente se restauró el edificio principal. La maestranza, los galpones y otros vestigios pasaron a formar parte de la historia. Donde un día hubo trenes, hoy convergen los teleféricos Rojo y Naranja.

“Bien que se haya recuperado el espacio porque ahora está presentable (…) Este edificio representa algo muy grande para nuestra ciudad, por lo que hay que preservarlo. Si bien no se ha recuperado del todo su historia, está mejor que 10 años atrás”, comenta Quispe.

Sentada en la puerta, haciendo más llevadero el frío con el sol del invierno, Betty Mamani relata que cuando empezaron los rumores sobre la construcción del teleférico un temor comenzó a  colarse  en las entrañas del barrio. “Teníamos miedo que tumbaran esa construcción antigua”. Ahora se alegra de que ese edificio haya sido refaccionado y de que el teleférico le haya devuelto la vida al lugar donde trabaja desde hace 13 años.

“Actualmente hay vida al frente. Hemos visto que era un área abandonada. Era la Estación Central de aquellas épocas que ya no estaba en funcionamiento, tampoco los trenes que tanto tiempo atrás usábamos para viajar, por lo que ya sabemos también (…)”, insinúa la vecina de El Alto que cada día usa el teleférico para regresar a casa.

Mientras recorta las letras que más tarde anunciarán las rutas de los choferes, Raúl Valero recuerda de manera singular los tiempos de entonces, donde la espera era un pretexto para compartir con los que también se rendían a los andenes de la estación.

“El tiempo de los trenes lo recuerdo como algo especial. Allá tenías que esperar, era un espacio en el que se compartía. Ver cómo llegaban las máquinas era algo bonito”, manifiesta.

Valero asocia la migración del tren al teleférico a un cambio de paradigma. Según él, si bien en aquella época el ferrocarril y el tren representaban modernidad y desarrollo, las cabinas que viajan a ras de cielo nos hablan hoy de una nueva forma de vida.

“Desde hace mucho tiempo nos muestra, nos enseña cómo hemos llegado a modernizarnos con el tiempo. Antes era una terminal de trenes, ahora es otra manera de vida”, explica.

El recuerdo de los ferroviarios

En 1930, el arquitecto Julio Mariaca Pinto levantó en la sede de Gobierno la Estación Central de Trenes con el estilo arquitectónico imperante en los albores del siglo XX, el neoclásico. La edificación incluía un conjunto de galpones para la maestranza, una torre coronada por un reloj y un largo andén de espera.

El edificio  de la Estación Central fue declarado Monumento Histórico Nacional en 2012.

Foto:Marco Aguilar / Página Siete

“El frontis es la única reliquia que tenemos como ferroviarios”, comenta desde su despacho Jaime García, secretario ejecutivo de la Federación de Jubilados Ferroviarios.

García recuerda el importante papel que tuvo el ferrocarril tanto en el transporte de pasajeros como de mercancía, y el aporte que esto suponía para el erario nacional. “En vez de recibir, daba”, asevera quien entregó su juventud a los ferrocarriles  trabajando durante 28 años en la sección La Paz-Arica. 

Desde la moderna estación central se distribuían los ramales a Oruro, Uyuni, Cochabamba, Potosí y Sucre y, según explica García, los pasajes volaban de   las ventanillas de las boleterías situadas en el atrio: “el precio era bastante flexible”, asegura.

“Había diferentes clases. La primera clase era la que tenía coche dormitorio y era para destinos largos, donde un pasajero llegaba de un día para otro. Dormía durante el trayecto y al día siguiente llegaba al destino como si no hubiera viajado. Era un servicio muy cómodo. La segunda clase tenía comedores”, explica.

La Estación Central  fue elegida como la primera parada de la línea Roja del teleférico. Hoy día converge también con la Naranja.

Más allá del traqueteo marcado por la rutina diaria, los andenes de la Estación Central fueron parte de la historia escrita durante la Guerra del Chaco. 

“¿Por qué le estamos poniendo el adjetivo de histórica a nuestra Estación Central? Porque de ahí han partido tropas de hombres a sostener la guerra. En ferrocarriles se han transportado. Bolivia ha vivido una historia importantísima a través de sus ferrocarriles”, asevera el exferroviario.

Pero a fines de los años 80, la privatización de ENFE marcó el inicio de una muerte anunciada, y en 1995 la terminal ferroviaria dejó de recibir trenes. Mientras cerraba sus puertas a los pasajeros, las abría al olvido. “Es de lamentar. Nos han querido atribuir a nosotros, los ferroviarios, la culpabilidad de la destrucción del ferrocarril. Hay políticos cuyas políticas lo han destruido (… ) Y en el 1996 nos han echado a la fuerza. Ahí acabó la historia sindical, ahí acabó el trabajo de los ferroviarios”, explica García.

Para él nunca serán comparables los caballos de hierro con las cabinas colgantes. Señala que si bien el teleférico es local, el ferrocarril era nacional.

  Mi Teleférico   rehabilitó tres antiguos vagones   de la Estación Central. Hoy día  son administrados por Irupana (dos de ellos) y el restaurante Eli’s.

“Era un atractivo, un lugar donde venían a pasear, a ver las locomotoras, los coches que llegaban y salían constantemente. Las personas que llegaban a recibir a sus familiares, los turistas que estaban yendo a conocer los lugares atractivos del país. Era un verdadero lugar de recreo, de esparcirse, de emocionarse al despedirse de los seres queridos. Era muy bonito”, cuenta García al rescatar de su mente los momentos felices que le ofreció ese lugar.

“Le digo que la añoramos. Cuánto hubiésemos querido nosotros quedarnos. Nada va a ser lo mismo. Ya ha quedado en la historia, al menos para nosotros. Yo como ferroviario tengo nostalgia de ver en ese estado lo que yo conocí, donde estuve y donde trabajé”, continúa.

Recuperar la historia

Durante años, el sonido  de trenes fue sustituido por el rugir de los motores de autos y camiones que entraban y salían del “aparcamiento”. Pero tras un periodo de olvido, en 2012 el edificio de la Estación Central fue declarado Monumento Histórico Nacional. Un año después  comenzó la construcción de una de las paradas del teleférico en esos mismos predios y consecutivamente la restauración del edificio principal.

“El proyecto son tres fases. La primera fase, en la que yo he participado, consistía en la restauración, rehabilitación y puesta en valor del edificio patrimonial de principios de siglo del año pasado”, explica Ronald Wilmer Terán, arquitecto. 

Esta primera fase comprendía el edifico principal, el andén  y todos los elementos relacionados con la partida y llegada de los trenes.

“En el andén se ha hecho  la recuperación del atrio principal (…) También se ha recuperado la torre del reloj. La cubierta tenía unas tejas planas de industria argentina que ya no existen. Algunas estaban en mal estado y se ha hecho fabricar la réplica de alrededor de 6.000 piezas”, manifiesta Wilmer, quien asevera que el estado de conservación era “lamentable”, con problemas inclusive estructurales. 

Actualmente, en ese lugar desde el que un día salieron trenes, muchos emprenden hoy un viaje hacia la nostalgia. Tres vagones que antes transportaban a los bolivianos hacia cualquier parte, hoy cumplen la función de cafés y restaurantes. Los vestigios de un pasado que sigue vivo.

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