Weimar Arancibia, el músico que cumple sueños junto a la Sinfónica

El director de la Orquesta Sinfónica Nacional heredó de su familia el amor por el arte desde la infancia, aunque el trabajo duro ha sido determinante en su carrera. Con la batuta del elenco oficial, apuesta a democratizar la música clásica.
jueves, 29 de agosto de 2019 · 00:04

María Ortiz  / La Paz

“En mi juventud profesional, cuando estaba estudiando, alguna vez soñé dos cosas concretas”, revela el director musical de la Orquesta Sinfónica Nacional (ONS), Weimar Arancibia. A pesar de no considerarse una persona talentosa cuando era más joven, el trabajo duro le concedió  anhelos que él creía “lejanos” e “imposibles”.

“Soñé dirigir las nueve sinfonías de Beethoven y soñé dirigirlas juntas”, un anhelo que cumplió cuando fue nombrado director musical de la OSN en 2017. Bajo su batuta, Arancibia demostró que no hay adversidad que se le resista, que los talentos bolivianos son capaces de acometer los desafíos más difíciles con una calidad impecable.

“Y otro sueño que tuve de joven fue dirigir ópera en el Teatro Municipal”, lo cual acaba de hacer con Pagliacci. 

Beethoven decía: “El genio se compone del 2% de talento y del 98% de perseverante aplicación”. Arancibia ratifica las palabras del célebre músico alemán y explica que, si bien el amor por la música lo heredó de su abuelo materno y su papá durante la niñez, un valor muy importante en su formación ha sido el trabajo duro.

Con una vida envuelta en un halo musical, Arancibia evoca  una guitarreada en la que estuvo con su padre cuando él era pequeño. “Mientras los otros niños estaban jugando, yo me quedaba loquísimo mirando y viendo la música en vivo”, comenta del que, recuerda, fue su primer contacto con este arte.

“Esto se remonta a que tengo una familia muy musical, donde siempre se escuchaba música y, entre los juegos y las cosas cotidianas, disfrutaba de ella. Creo que me transformó la vida. A partir de ahí han sucedido una serie de acontecimientos que me han revelado más cosas respecto a mi propia existencia. Tanto es  así que en algún punto de mi vida he decidido jugármelas por esto”, asevera.

 Arancibiaestudió en EEUU  gracias a una beca  Fulbright.

Durante su juventud, Arancibia compartió esta gran pasión con su hermano menor, quien en la actualidad reside en Francia y también es director de orquesta. “Es una sensación muy extraña” confiesa, “porque nos conocemos desde chicos, sabemos cómo hemos empezado, cuántas veces ha sido mi maestro, cuántas veces yo he sido su maestro. Es una conexión muy interesante”.

Y ahora, en la adultez, esta devoción por la música la vive junto a su otro gran amor, su esposa, quien es violinista profesional. “Sé que ella puede ser mi crítica más dura, más honesta y es mi fan más exigente”, admite Arancibia.

El arte de dirigir

Paralelamente a su formación musical, Arancibia estudió economía en la Universidad Católica,  conocimientos que le ayudan a mitigar las dificultades a las que se enfrenta el mundo de la música día tras día. Tanto así que el músico piensa como economista en la planificación de cada ensayo.

“La definición de economía que me gusta manejar la utilizo en cada ensayo: administrar de manera eficiente los recursos escasos. En cada ensayo tenemos recursos escasos de tiempo, de disponibilidad de cosas, de nivel de los músicos, de nivel de la música, que a veces es muy exigente, de mi propio nivel y de mis exigencias como director”, expresa .

Músicos  de la OSN durante uno de sus ensayos.
Foto:Freddy Barragán / Página Siete

Al igual que un músico trata de extraer las mejores notas de su instrumento, el maestro considera que el arte de dirigir se resume en –lograr– sacar musicalmente lo mejor de cada una de las personas que componen el elenco sinfónico. 

“Mi instrumento es humano y eso es lo más difícil y maravilloso”, sostiene Arancibia, quien cree y confía más en el proceso que en el resultado.

“Si has tenido un buen proceso y das todo lo que tienes que dar en términos de técnica, concentración y pasión, los conciertos están garantizados”, recalca.

La OSN  durante la interpretación de la    novena sinfonía de Beethoven.

Si ser músico es complicado en cualquier parte del mundo, en Bolivia esta profesión se torna aún más ardua –y apasionante–. La falta de acceso a instrumentos y profesores, unida a la escasa tradición, hacen de la música clásica una lucha y una búsqueda incesantes.

Pero pese a las dificultades, Arancibia es optimista e implacable: “Tenemos una situación que es una mina de oro. Tenemos talento circundante muy auténtico por la música y las circunstancias adversas también dan músicos más fuertes y más comprometidos que aprovechan cada oportunidad”.

Con los instrumentos y el talento que tiene a su merced, la OSN se apropia de las grandes obras de la música clásica, las disfruta y las propone al mundo con su propio acento y color orquestal. Más que reproducirlas exactamente como fueron concebidas por los autores del pasado, el director prefiere reinterpretarlas y crear una versión viva de las mismas.

“Yo creo en la música viva. Yo creo que definimos los tempos y lo hacemos más rápido o más lento a partir de nuestras experiencias, a partir de atravesar bloqueos. Todas esas cosas que afectan a nuestra sensibilidad nos ayudan a reinventar, a crear una versión viva”, explica Arancibia.

La OSN   y la Sociedad Coral Boliviana durante la interpretación de Carmina Burana.

Democratizar la música clásica

Uno de los objetivos de la OSN es acercar la música clásica a la población mediante  proyectos que buscan democratizarla y diversificarla.  Gracias al apoyo de su directora ejecutiva, Roxana Piza, y del Ministerio de Culturas, esta corriente musical está dejando atrás su –ya antigua– percepción elitista y está penetrando, poco a poco, en el conjunto de la sociedad.      

“En el contexto cultural que nos toca tratamos de mostrar nuestra propia música. Tenemos música sinfónica muy valiosa. Este año, por ejemplo, estrenaremos obras de Alberto Villalpando y Ramiro Soriano. De igual manera, rescatando nuestro patrimonio, tocaremos obras de Velasco Maidana proyectando la película Wara Wara con música orquestal en vivo. Es así como, a través de la música, buscamos un auténtico diálogo cultural con el resto del mundo”, revela Arancibia.

En su intento por romper barreras, el director de la OSN reconoce que el  acceso de la música clásica a la gente joven y la sociedad en general es muy “reducido” y “muy limitado”. Según él, este  problema  se agrava con el acceso a los nuevos medios de comunicación, los cuales se apoderan de –nuestra alma y– nuestra atención.

 “Tenemos una situación muy adversa en todo el mundo en general, pero al mismo tiempo no tenemos que perder el tesoro, la sensibilidad de poder escuchar estas cosas”, expone Arancibia.

“Yo creo que si somos más sensibles a lo que suena a nuestro alrededor, también podremos escuchar más a las personas que nos rodean, al medioambiente, a la tierra. Nos centramos mucho quizás en la vista y cerramos nuestros oídos al mundo. Si los abrimos, podremos ser mejores seres humanos”, concluye Arancibia, el melómano que siempre encuentra su refugio en la música, a través de la cual se reconstruye una y otra vez.
 

El brote del talento

Weimar Arancibia se formó en composición y dirección musical gracias a un taller que –tras 20 años– reapareció en la Universidad Católica Boliviana bajo la dirección del maestro Carlos Rosso y Alberto Villalpando.

“Tuve el privilegio de ser parte de este grupo y salir con la licenciatura en música, que después me permitió acceder en lo académico a la maestría y al doctorado”, explica Arancibia. 

Tras descubrir que lo suyo era la dirección de orquesta, el músico entró al Conservatorio Nacional de Música como director asistente del maestro Willy Pozadas, de quien se siente muy agradecido por darle la que fue su primera orquesta. Su siguiente paso fue ser director asistente de la OSN, cuando David Händel ocupaba el cargo que él ahora profesa; una etapa que le ayudó a reforzar su amor por la dirección de orquesta y que a su vez le marcó el  camino.

Luego prosiguió sus estudios superiores en la Universidad Estatal de Michigan gracias a una beca Fulbright. Durante la maestría y el doctorado tuvo como maestro a Kevin Noe, quien, según Arancibia, transformó su entendimiento de la dirección, la música y el arte.

“Siento que no solamente me ha hecho un mejor director, un mejor músico, un mejor artista, sino también un mejor ser humano”, dice el ahora maestro, quien reconoce  que sus logros son fruto y recompensa del trabajo duro y exigente.

“No ha sido algo simple, ha sido algo que realmente me ha costado sangre, sudor y lágrima”, admite Arancibia.
 

 

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