La espera interminable de los migrantes en Grecia

La fotógrafa Louisa Gouliamaki cuenta cómo transcurre la vida en los campamentos precarios para migrantes que llegaron a las islas de Lesbos y Samos y que ya no aparecen en los titulares de los periódicos.
viernes, 06 de septiembre de 2019 · 00:04

Louisa Gouliamaki / Grecia-AFP

 Donde antes había esperanza de alcanzar una vida nueva y mejor, hoy hay resignación y cansancio: miles de migrantes se han quedado estancados aquí y no saben cuándo se irán.

La crisis de los migrantes en Grecia puede haber desaparecido de los principales titulares internacionales, pero sigue presente en este país, donde he cubierto el tema desde que empezó.

El 2019 arrivaron casi  9.000 migrantes a la isla de Samos.  

En muchos sentidos, la situación actual no se puede comparar con la de 2015, el momento más álgido de la emergencia. En ese entonces, miles de personas llegaban cada día en barcos a islas como Lesbos y Samos, muchos de ellos huyendo de los conflictos en Siria, Afganistán e Irak.

Era un tiempo de caos.

La situación de la isla de Samos se califica como “explosiva”.

Tenías a gente viviendo por todos lados en las calles. Dondequiera que miraras había familias, hombres jóvenes, ancianos.

Muchos se quedaron poco tiempo, antes de continuar su camino a otros países de Europa, especialmente a Alemania.

Hoy la situación es mucho más ordenada. La mayoría vive en campos establecidos por grupos de asistencia en áreas que ahora están desbordadas.

En los campos la vida transcurre en condiciones precarias.

En la isla Samos, por ejemplo, el campo principal, que llamamos “punto caliente”, fue diseñado para 650 personas. Actualmente hay 3.700 migrantes viviendo allí, con decenas de carpas instaladas en los alrededores para contener la sobrepoblación del lugar.

En una de mis más recientes visitas a Samos, antes de las elecciones nacionales de julio, una familia recién llegada de Afganistán estaba en el campo. Habían arribado a la isla sólo dos días antes, dos padres con cinco hijos. Los niños estaban tratando de ayudar a poner una lona para protegerse de la lluvia.

Los niños pasan sus días en campos  que no dan abasto.

Fue conmovedor y  al mismo tiempo triste ver a los pequeños ayudando a sus padres a hacer su refugio en una nueva tierra, muy diferente a la que había sido su casa hasta ahora. Y sabiendo que tal vez terminarían viviendo por meses o tal vez incluso años en esas tiendas de campaña, mientras esperan que su solicitud de asilo sea procesada.

La gente sigue llegando a las islas griegas. No es una avalancha como antes, pero es un flujo continuo. En mayo arribaron unas 3.000 personas a las islas, que hoy albergan a más de 15.800 migrantes. Es un promedio de casi 100 por día.

Pero, mientras antes las islas eran una zona de tránsito, hoy los que llegan quedan estancados allí.

Los refugiados observan el atardecer en una de las islas.

La presencia de tantas personas sin empleo y que hablan otros idiomas, viviendo en condiciones muy precarias, está causando cierta ansiedad entre la población local.

Cuando hablé con habitantes de Samos, ninguno me dijo que estuviera en contra de que los migrantes estén allí ni me habló de criminalidad, que no ha aumentado tras la llegada de refugiados.

Pero hay mucha inquietud y ansiedad porque los locales sienten que la ciudad ya no es suya.

Los menores refugiados jugando en la isla de Samos.

En la tarde, cuando el calor baja y la gente acostumbra salir a la calle, verás hombres sentados en plazas para niños, por ejemplo. Se puede entender a estos hombres, que no tienen mucho que hacer o a donde ir. Pero los vecinos no llevan a sus hijos a esas plazas. “No los conocemos, es mejor mantenerse alejados”, me dicen muchos.

Del lado de los refugiados hay frustración. Conversé con una familia de Siria, una mujer con dos niños pequeños que ha estado en Samos por un año y siete meses. Tiene la suerte de vivir en un apartamento que le otorgó la agencia para refugiados de la ONU. Su objetivo es llegar a Alemania, donde tiene familiares. Pero es muy difícil para ella estar en esta pequeña isla con sus dos hijos sin hablar la lengua local.

Niños  juegan en el campo “punto caliente” de la isla de Samos.

Otra familia Siria,  conformada por los padres y tres niños, ha estado viviendo en el “punto caliente” por un año y medio. Sonreían al hablarme y sacaban lo mejor de su situación, pero sus condiciones no eran ideales. Estaban cansados y con ese sentimiento de incertidumbre. Están atrapados en un país extranjero, donde no hablan la lengua local, donde no tienen familia y sus hijos no pueden ir a la escuela. No saben cuándo o si podrán salir de aquí.

La situación para los migrantes en Atenas es mejor. Están más integrados en la capital. Los niños van a la escuela.

Si bien la mayoría de los migrantes llegaron a Grecia con la idea de irse, algunos pocos han decidido quedarse. Han aprendido el idioma, quizá han encontrado trabajo, pero la mayoría sigue queriendo mudarse a otro país del oeste de Europa.

Mientras en las islas la cuestión de los refugiados es una de las principales discusiones, en Atenas y otras grandes ciudades no fue tema de debate frente a las elecciones.

La población por supuesto es consciente del problema: tenemos cerca de 80.000 refugiados y migrantes viviendo en nuestro país y más llegan cada mes. Pero no es un asunto urgente.

Es difícil decir cómo evolucionará la situación migratoria. Mucho dependerá de los conflictos en Medio Oriente. Los emigrantes de esos países seguirán buscando un mejor futuro para ellos y sus familias. Es lo que todos  hacemos.

Y aunque quieras impedirlo, no puedes cerrar el océano.

 

Confidencial

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