Música de toda una vida, el legado del coleccionista Jorge Rivero

En su estudio conserva música nacional y mundial de diferentes estilos; 7.000 discos compactos, 3.300 casetes, 3.000 discos de vinilo, 453 cintas magnéticas y 450 discos de ebonita conforman su colección.
miércoles, 15 de enero de 2020 · 00:04

María Ortiz  / La Paz

Cuando escucha la primera pregunta, Jorge Rivero se endereza levemente sobre su silla de ruedas. Luego arquea sus cejas, libera una gran sonrisa y, tras un prolongado silencio, masculla una inesperada respuesta: “Soy un joven centenario”.

Rivero tiene 94 años y es consciente de que su tiempo se consuma. Sabe que esta será una de las últimas veces en contar su historia, por lo que su agradecimiento es grande. Y su emoción aún mayor. 

Aunque una caída el año pasado le impide recordar hoy ciertas cosas, sobre todo algunos nombres, hay cualidades que aún siguen intactas en él: el humor y la jovialidad  forman parte de su espíritu imperecedero.

Parte  del estudio de Rivero, donde conviven  diferentes formatos y aparatos musicales.

Economista de formación, músico aficionado y melómano por vocación, Rivero dedicó parte de su vida a enseñar a otros. En el colegio San Calixto ejerció como profesor de matemáticas y física; mientras que en su estudio, ubicado en la casa donde reside del emblemático barrio de Sopocachi, congregó a amigos y familiares para deleitar sus sentidos con los grandes tesoros de la música nacional y mundial.

Su estudio es un viaje en el tiempo. Un espacio pequeño pero repleto, donde conviven aparatos y soportes musicales de ayer y hoy, algunos de los cuales ya están destinados a convertirse en valiosas piezas de museo. 

“Todos estos aparatos los utilizaba hasta el año pasado. Yo he pasado gran parte de mi vida aquí. De mi última vida, porque he tenido tres: la de niño, la de joven y cuando salí   profesional, que ya me dediqué directamente a la música. En lugar de gastar plata en otras cosas, decidí invertirla en todo tipo de aparatos”, explica Rivero, quien siempre tuvo una relación “muy cercana” con este arte. 

Uno  de los cuadernos donde está registrada  su música.

Su amplio equipo musical no sólo le ha permitido escuchar música, sino también grabarla. Todo lo que sabía lo aprendió de forma autodidacta gracias a la práctica.

“Todo lo aprendí solo, pero también lo olvidé todo tras la caída que tuve. A partir de ahí se borró todo lo que sabía y ahora me ha venido una especie de parálisis de manos y de pies y no puedo andar ni trabajar en las máquinas”, dice agachando la cabeza, en un ademán por mostrar la cicatriz que se convirtió en la huella de su olvido.  

 

El archivo musical

En el estudio de Rivero conviven sigilosamente 7.000 discos compactos, 3.300 casetes de 60 y 90 minutos, 3.000 discos de vinilo, 453 cintas magnéticas de una hora de duración por cada lado y 450 discos de ebonita de 48 revoluciones por minuto.

Rivero se remonta al año 1955 para datar el inicio de su cúmulo, aunque reconoce que  no fue hasta 1970 en que  este comenzó a ser una colección -con todo lo que ello conlleva-.

Registro   a máquina de los tangos grabados en una  cinta.

“En 1955 fue el año en que me casé y, como había perdido contacto con los amigos, tuve que hacer algo que valiera la pena”, bromea.

Toda su música está clasificada por grupos y colores: el rojo para la música clásica, el verde para el jazz, el amarillo para el tango y el azul para el bolero “y toda esa música escuchable”.  Además, a medida que iba adquiriéndola, fue archivándola con su puño y letra en cuadernos y carpetas que hoy se dejan entrever en medio de las interminables hileras de cajas que acaparan este fascinante espacio. 

“Aquí hay música nacional e internacional. El 85% de todo lo que usted ve, ya sean discos, casetes o cintas magnéticas, es de amigos y personal aficionado a la música”, dice Rivero, que nunca pensó en llegar a tener la colección que hoy posee.

“La he ido desarrollando a medida que la iba encontrando. Primero la nacional: cuecas, huayños, pasacalles… mi hermano me ha ayudado a conseguir toda la música nacional que pueda  imaginar. Después ya entré al tango, al jazz y luego al bolero. Más tarde a la música clásica, que ha cundido mucho en mí, mucho me ha gustado”, relata Rivero, un amante de grandes compositores como Mozart o Beethoven.

Jorge Rivero  busca entre sus casetes el que conserva los tangos que cantaba su mamá.

Al preguntarle de quién heredó su amor por la música, Rivero retorna a los tiempos en que él era un niño: “De mi madre. Ella cantaba muy bonito, a media voz, mientras lavaba los platos y mi hermano y yo los secábamos. Teníamos un gramófono de cuerda para dos discos”, recuerda.

Al alcance, en el estante que queda encima del escritorio en el que pasó largas horas de su vida, mora una cinta de casete en la que  están grabados todos los tangos que ella cantaba. Al abrir la caja, Rivero desdobla un papel donde algún día escribió a máquina todas las canciones que guarda.

“Venga mozo   es el tango que más le gustaba a mi madre. Serpentina doble es otro tango hermosísimo. Esos son los que más me gustan. Los dos los cantaba mucho mi mamá. Esto lo preparé para el general Taborga, que en las épocas de Villarroel fue jefe departamental de  Tránsito. Él quería tangos antiguos y aproveché para regalarle los de mi mamá”, cuenta.

Entre los autores y las obras que se ocultan entre sus repisas también está la música del paceño Adrián Patiño, de  la cual Rivero conserva con mucho esmero en cintas de casetes. 

“Su música está aquí. Patiño tocaba  piezas musicales para banda, imagínese lo que es eso. Lo que muchos grandes autores no han hecho. Han tenido grandes conjuntos musicales, pero ninguno como los que él ha manejado en banda, en banda musical militar. Es una gran hazaña”, resalta Rivero.

Asimismo, atesora una de las grandes obras del director argentino-israelí Daniel Barenboim, quien logró lo que muchos políticos habían intentado antes y abandonaron como un sueño imposible: unir a jóvenes músicos de Israel y Palestina en una orquesta. 

A lo largo de su vida, Rivero ha podido observar, apreciar y disfrutar  de los distintos soportes musicales a través del tiempo. Su pasión por la música lo ha llevado a conservar en físico un sinfín de canciones que hoy, más que nunca, le emocionan, muchas de ellas en formatos ya convertidos en joyas.

Durante la última década, y en un afán por adaptarse -y adaptarla- a los vertiginosos cambios de los tiempos que corren, Rivero ha concentrado toda su música en una pequeña caja. Con la ayuda de un técnico de sonido y otro de computación, ha digitalizado las miles y miles de canciones que conforman la banda sonora de su vida en un único e intangible lugar. 

Conservar su trabajo -y el de otros- es hoy su mayor anhelo. Al son del tango, el jazz o el bolero, la melodía de la biografía de Rivero será el legado que ambientará la vida de sus cuatro mujeres: “Como yo estoy ya cerca de la muerte, quisiera que esto lo manejen mis hijas. Nada de lo que hay aquí se puede vender, nada absolutamente, porque ellas deben continuar manejando y anotando a continuación del último número que yo he puesto”, confiesa Rivero  el que es su último deseo.
 

 

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