María Dolores Poveda, la enfermera que creó el estribillo “¿Quién se rinde?...”

Por las venas de la arenga corre sangre minera. La compuso en Cochabamba una mujer que nació en Catavi, vio a Domitila Chungara y conoció la crudeza de los centros mineros. Es sindicalista desde siempre.
domingo, 19 de enero de 2020 · 00:03

Ivone Juárez /  La Paz

De niña, en algún trayecto que hacía de la mano de su madre por las calles de Llallagua,  veía a  Domitila Chungara, una   mujer que con toda  simpleza vendía empanadas. Su mamá le decía que “era una luchadora”, “un  ama de casa y luchadora”, pero María Dolores era muy niña y no entendía lo que representaba esa mujer  en ese  pueblo minero y en el resto de Bolivia.

Con los años entendió que se trataba de la Domitila que, con una huelga de hambre, junto con  otros bolivianos y luchadores, había  ayudado a recuperar la democracia en 1978, de las manos de la dictadura militar del fallecido Hugo Banzer Suárez. 

La enfermera y dirigente
encabeza una marcha de su sector, en Cochabamba.

“Sin duda una mujer luchadora”, dice María Dolores, esa niña que nació y creció en el centro minero de Catavi, Potosí, y   que hoy es una enfermera, “una mandil blanco”,  como ella dice. Compuso el estribillo que millones de bolivianos arengaron durante 21 días en defensa del voto y de la democracia, en octubre y noviembre de 2019.

Pero Domitila, que murió en   2012, no es la única mujer que María Dolores  recuerda  al retrotraerse a su niñez, sino  también    a Lorenza Mamani, esa mujer  que cada cierto tiempo estaba en su casa. La  adoraba y miraba “como si fuera una mujer  gigante y hermosa”.  

Lorenza sólo hablaba quechua y  Dolores lo  aprendió  tan  bien, que en las horas cívicas en su colegio Junín cantaba o declamaba en ese idioma, que más tarde sería fundamental para su desarrollo profesional en Cochabamba, sobre todo en el Chapare, su primer destino de enfermera cuando salió del centro minero.

Una de las marchas de los mandiles blancos. Detrás, la enfermera cantando estribillos de protesta.

“Cuando ya fui  profesional volví a Llallagua y fui a buscar a Lorenza para verla, y no era tan grande como yo la miraba cuando era niña”, dice sonriendo con  un dejo de nostalgia. “No la volví a ver más, no sé si murió”, añade.

María  Dolores nació en el centro minero  Catavi en 1962. Es  hija de Emilia Vega y  Plácido Poveda, un inspector de la pulperías de  la Corporación Minera de Bolivia (Comibol), que murió cuando ella tenia 14 años.

Pero, además de esos recuerdos “bonitos” con esas mujeres, sus padres y sus tres hermanos, la enfermera de la Caja Nacional de Salud de Cochabamba también alberga otros, muy  duros y desgarradores que -asegura- la ayudaron a forjarse. 

El primero,  aquel de cuando tenía unos  siete años y un soldado apareció  en la puerta de su casa y  ella, aterrada, corrió a esconderse debajo de la mesa. Durante todo ese día había escuchado disparos de arma de fuego e incluso vio    caer muerto a un hombre que  portaba  una bandera blanca. “Cuando el soldado se fue, mis papás me preguntaron por qué había corrido a esconderme; les respondí  que pensé que el soldado ahora venía  a matarnos a nosotros. Mi mamá se puso a llorar, pero era lo que yo pensaba después de lo que había visto”, cuenta. 

El encuentro de la promoción de Dolores del colegio Junín de Catavi.

Se había suscitado un golpe de Estado y el soldado, de los muchos que ocuparon el centro minero, sólo  había llegado a la casa de Dolores a pedir alimento.

La segunda experiencia que marcó su vida se dio  cuando tenia 18 años y era una estudiante de enfermería. En Llallagua explotó la dinamita que un minero tenía guardada debajo de su cama. Recuerda que el estallido hizo desaparecer prácticamente una cuadra  y que los  heridos l no paraban de llegar al hospital.

“Era una escena dantesca, gente desmembrada a la que había que atender, había que suturar. En ese momento me cuestioné si realmente quería ser enfermera y la respuesta fue que sí, y seguí adelante”, sostiene.

“Esa es la vida,  las experiencias que tuve en   Llallagua, donde nací y donde me formé como enfermera”, añade  María Dolores Poveda,  actual secretaria de Conflictos de    Licenciadas en Enfermería de la Federación de Sindicatos Médicos y ramas a fines de la Caja Nacional de Salud de Cochabamba.

La Llajta es la ciudad donde esta mujer decidió continuar su vida después de que a los 22 años  dejara el centro minero,  donde se graduó como  enfermera general con título de la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA)  y becada por la Comibol. Fue en  esos años que debutó prácticamente como dirigente sindical, actividad que mantiene hasta ahora.

“Junto  con  otros compañeros hicimos las gestiones para lograr que la escuela de enfermeras de la Comibol  se convirtiera en carrera gracias a un convenio con la UMSA”, cuenta.

Con su título en mano partió    a Cochabamba, donde  siguió estudiando y se graduó como  licenciada en enfermería, en la Universidad Católica San Pablo.  “También me impulsaba la necesidad y las ansias de que mi mamá dejara de trabajar y pudiera volver a Cochabamba, donde nació, y lo logré”, dice.

Su primer destino en ese departamento  fue el Chapare, en el hospital de Villa Tunari, donde además de ser la jefa de enfermeras, cumplía funciones de administración de capacitación.  El quechua que le enseñó Lorenza le fue fundamental para comunicarse con los pobladores y  cumplir su tarea, sobre todo en  la última epidemia de fiebre amarilla que se desató en el lugar, en 1988, aproximadamente.

María Dolores (centro) con sus colegas en el Chapare, entre 1987 y 1989.

“Durante esa epidemia sufrimos un accidente con la ambulancia, nos volcamos. Yo pensé que ese sería mi último día, pero salvamos la vida y la oportunidad sirvió para que las precarias condiciones del  hospital de  Villa Tunari saltaran a la vista y nos dieran ayuda”, cuenta.

“Nos dieron una ambulancia nueva, cambiaron el techo del hospital y nos obsequiaron un generador de electricidad”, añade.

Después de mantenerse dos años en el Chapare, la enfermera se trasladó a la ciudad de Cochabamba, donde radica hasta hoy.

“Llegué como docente. Después trabajé con el Banco Mundial capacitando en enfermería y luego  pasé al Ministerio de Salud y hace 20 años que trabajo en la CNS de Cochabamba”, comenta. 

La historia del estribillo

“¿Quién se rinde?  ¡Nadie se rinde!, ¿Quién se cansa? ¡Nadie se cansa!, ¿Evo de nuevo? ¡Huevo carajo!”,  dice la arenga  que hasta ahora se sigue oyendo en el país, en las voces de la Generación Pitita.  La compuso María Dolores.

“No es sólo mi aporte, sino  de los mandiles blancos, que nos mantuvimos movilizados por tanto tiempo. Fue en esas jornadas de 2012, 2017 y 2019, junto con  mis compañeros”, aclara,

El estribillo no nació de la noche a la mañana, sino poco a poco, con aportes de sus colegas.  

Después de una hora cívica en el colegio Junín, María Dolores de niña.

“Eran tantos días de marchas y manifestaciones y veía a mis compañeras enfermeras y médicos tan cansados, igual que yo, que cuando les daba alcance, les decía gritando: ‘¿Quién se cansa?’, ¿quién se rinde?’ y ellas me respondían también  gritando”, recuerda.

La arenga animaba a los galenos que salieron de sus consultorios para tomar las calles y protestar contra el gobierno  de Evo Morales. “Cuando el Tribunal Constitucional aprobó que Evo podía postularse otra vez como presidente, salió lo de ‘¿Evo de nuevo?, ¡Huevo carajo!”, añade.

Pero en un inicio esa parte del estribillo avergonzaba a sus compañeras, que cuando tenían que responder muchas se sonrojaban. “Se ruborizaban, pero luego fueron gritando con fuerza”, cuenta María Dolores.

Brindando en el día de su graduación, en Catavi.

Y la canción de lucha salió de las filas de los mandiles blancos y llegó a todos los bolivianos, que después de las  fraudulentas elecciones del 20 de octubre de 2019 tomaron las calles para protestar. La arenga los acompañó y les dio fuerza.

En La Paz, después de que fue cantada por Renata, una jovencita que llevaba la bandera de Bolivia como capa,  saltó  a Spotify a YouTube y se viralizó en todas las redes sociales, y  en todos los ritmos.

“Cuando me iba a casa veía cómo la gente bloqueaba cantando el estribillo, sobre todo jóvenes, y me decía a mí misma:  ¡Qué lindo despertar de la juventud! Cuando lo cantó la muchachita Renata, me sentí más feliz”, expresa la sencilla María Dolores.

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