Auschwitz en la memoria de los últimos sobrevivientes

Tres cuartos de siglo después de la liberación del campo de la muerte, los supervivientes viven aún con la marca física y mental de su número de prisionero.
martes, 21 de enero de 2020 · 00:04

AFP / Jerusalén

Cuando su mirada se posa en las fotos de sus padres y sus hermanas asesinados por los nazis, Szmul Icek siente un escalofrío. Su cuerpo tiembla, sus ojos se humedecen 75 años después de haber escapado al infierno de Auschwitz.

Tres cuartos de siglo después de la liberación de Auschwitz, un campo situado en Polonia entonces bajo ocupación alemana, los últimos supervivientes viven, pese a su avanzada edad, con la marca física y mental de su número de prisionero tatuado en el antebrazo izquierdo.

  Danny Chanoch  muestra su brazo con el  número B2628 de la prisión.

Con los años, la tinta ha ido perdiendo color, la piel está arrugada, los tatuajes se camuflan entre los pliegues del tiempo, al igual que la memoria colectiva del Holocausto del que son los últimos testigos, los últimos supervivientes, las últimas voces de un infierno que pone en duda alguna retórica antisemita.

Algunos supervivientes han aprendido su historia de memoria para convertirse en la memoria viva.  Otros están tan deteriorados que ya no tienen fuerzas para hablar; a algunos el Alzheimer les ha borrado la memoria; y otros todavía recuerdan pero nunca quisieron estar bajo la luz de los proyectores, y vivieron incluso con “vergüenza” el haber sido víctimas de Hitler.

  Dov Landau muestra una foto de sí mismo con otros prisioneros libres.

 Es el caso de Szmul Icek, de 92 años y nacido en Polonia, que al principio de su relación con su esposa Sonia le ocultó que había sobrevivido a Auschwitz. La pareja, que vivió mucho tiempo en Bélgica, mantiene en las paredes de su departamento en Jerusalén dos fotos “en blanco y negro”.

Una es de los padres de Szmul su padre Abraham, con tupida barba negra, al lado de su madre Gucia, que fija la mirada en el objetivo. Y otra es de sus dos hermanas mayores, bellas y trágicas.

 Batcheva Dagan, cuya familia entera fue asesinada, con  su brazo número 45554.

A principios de 1942, la publicidad animaba a las familias a enviar a sus hijos a la Gestapo, a cambio de protección.

“Las dos hermanas, para salvar a la familia, se presentaron. Se fueron pero nunca las volvieron a ver. Nunca. No sabemos qué pasó con ellas”, dice Sonia por su marido Szmul, que apenas puede hablar ya que un accidente de coche le dejó afásico.

Con un polo azul claro, la cabeza sin pelo con manchas propias de la vejez y cubierta con una kipá, el antiguo número 117568 de Auschwitz se comunica sobre todo a través de los ojos. 

 

  Menahem Haberman, de 92 años. Es  el único sobreviviente de ocho niños que atravesaron el gueto.


Un sábado de 1942, casi un mes después de la desaparición de sus hermanas, los alemanes se llevaron al resto de la familia: sus padres, dos hermanos y él. “Cuando llegó a Auschwitz, descendió del tren y le agarraba la mano a su padre como un niño. El alemán los separó, su papá subió a un camión... Lloraba, quería estar con su papá, pero el alemán dijo: no, tú allí”. Szmul nunca volvió a ver a su padre, que fue directo a la cámara de gas. Y solo vio a su madre de lejos. Adolescente, pasó dos años y medio en Auschwitz.

Su voz se aclara brevemente, su piel se enrojece todavía hoy con el recuerdo del campo. “No es posible, no es posible”, dice apretando su cuello con las dos manos para representar la muerte en su entorno.

 Malka Zaken, de 91 años, posa  recordando su infancia con su madre que fue asesinada por los nazis.

Al igual que Szmul, Menahem Haberman, nacido en Checoslovaquia en 1927, era adolescente cuando llegó a Auschwitz y fue separado de su familia. 

Memoria de cristal, casi quirúrgica,  recuerda que le llevaron del campo a la orilla de un curso de agua y de haber recibido una pala. “Había un canal y había que correr de cada lado y echar la ceniza al agua. No sabía lo que hacía. Cuando regresé le pregunté a un señor mayor: ¿Qué he hecho? Me preguntó cuándo había llegado y le respondí: Ayer. Y me dijo: “toda tu familia fue reducida a cenizas en este canal cuatro horas después de su llegada. Es ahí como comprendí dónde estaba”.

  Saul Oren sufrió experimentos médicos.

“Todos los días pienso en ello, sobre todo la noche. Está muy profundo. 75 años después, vivimos con ello, no se olvida, no se puede olvidar”, dice Haberman en una residencia de  mayores donde vive solo.

“Somos supervivientes, no rescatados. Guardamos los campos en nuestra carne”, dice todavía intrigado por el misterio de su propia supervivencia.     

La separación de los padres, de los hermanos, que tantos no volvieron a ver, está marcada a fuego en los supervivientes que llegaron a los campos de la muerte siendo niños o adolescentes.

En su pequeño departamento en las afueras de Tel Aviv, Malka Zaken, de 91 años, vive rodeada de muñecas, algunas todavía en sus envoltorios de cartón y plástico. A otras, les habla. “No te preocupes Sean, no es alemán, no me va a llevar”, dice a una de las muñecas, bautizada con un nombre estadounidense, a la llegada de un periodista.

Su recuerdos se mezclan, su discurso se nubla, pero el trauma de Auschwitz sigue vivo. 

Para escapar, Malka trata de refugiarse en un pasado lejano, antes de la guerra, en Grecia, donde vivía con sus padres y sus seis hermanos. “Cuando era pequeña mi madre me compraba muchas muñecas, pero a ella los nazis la quemaron directamente. Cuando estoy con las muñecas, me acuerdo de ella, es como cuando era una niña en casa, pienso en ello todo el tiempo!, dice esta señora.

En Auschwitz, “nos pegaban todo el tiempo, estábamos desnudas y nos pegaban... no me olvido de nada, no me olvido de lo que sufrí, de los golpes que me dieron. ¡Qué infierno! No sé cómo pude sobrevivir”, dice Malka mientras muestra su espalda. “Tras la liberación, no dormía, me despertaba por la noche gritando, tenía miedo y durante mucho tiempo recibí ayuda psicológica”, señala.

La mirada un poco perdida en su apartamento lleno de muñecas y peluches, sus anillos presos en sus dedos deformados, su tatuaje 76979 eliminado bajo su piel de pergamino, Malka recuerda también a sus amigas asesinadas por los nazis, a las que sobrevivieron pero fallecieron después.

Y está el recuerdo del miedo de ser enviado a la cámara de gas y el del hambre. 

Esa máquina trituradora de judíos hace que el hambre atenace las entrañas, consuma el cuerpo y lo reduzca a un esqueleto.

Este sentimiento de hambre, Saul Oren, que ha vivido sin una foto de su madre asesinada y de cuyo rostro trata todavía de recordar en los cuadros que pinta en su casa, lo define todavía con mayor claridad.

“Nadie puede imaginarse cuán duro era el hambre en Auschwitz. Nos daban, por ejemplo, una sopa. Una sopa que era agua con algunos trozos de papa que flotaban en ese líquido. Era la sopa para todo el día. O nos daban una pequeña papa o nos daban un trocito de pan. No nos comíamos todo el pan porque lo queríamos guardar para después porque a lo mejor no podíamos soportar el hambre”, dice este hombre enjuto de 90 años y que sobrevivió al horror del campo de la muerte.
 

“Vivir para contarlo”: Batsheba Dagan sólo pensaba en eso al escapar  

Elegante, enérgica, ferozmente independiente, Batsheva Dagan sólo pensaba en una cosa cuando escapó de la muerte: “Vivir para contarlo”. Casi con 95 años, esta mujer que trabajó en el corazón del campo de Birkenau, el Kanada, depósito de las pilas de zapatos y objetos confiscados a los detenidos, y tenía que quemar las maletas de los judíos que llegaban al campo, escribe libros para niños sobre el Holocausto.

“Estuve allí 20 meses en total; 600 días con sus noches”, repite. “Calcula las horas y los segundos, pensando en  que en cada segundo existe el miedo a morir. ¿Te das cuenta de lo que quiere decir vivir cada instante con la amenaza de que este momento es el último?”.

¿Cómo enseñar todo esto a los jóvenes? “Trato de hacer de mi experiencia en el campo algo positivo para los niños, (algo) educativo. No cuento sólo el horror del Holocausto, sino también las cosas maravillosas, como la ayuda, el apoyo mutuo, la capacidad de compartir un pedazo de pan, la amistad... Seguimos siendo seres humanos”, dice. “Estoy viva... He sufrido pero he vencido”.  Cuentan su “victoria” en poemas, en sus memorias, pero sobre todo en cada día que viven, cada vez que sus hijos pasan a hacerles una visita, que sus nietos consiguen un logro en la vida. 

 

 

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