Cholitas escaladoras: madre e hija encumbran, juntas, sus sueños

Dora Magueño y Ana Lía Gonzales comparten su amor por la montaña, la cual les ha abierto las puertas a oportunidades y experiencias que antes ni siquiera imaginaban.
miércoles, 08 de enero de 2020 · 00:04

María Ortiz  / La Paz

“Yo siempre me he dedicado a mis hijas. Cuando trabajaba en la montaña siempre tenía que volver rápido a casa porque pensaba en ellas. Viajaba, desesperada volvía. Pero mi sueño era siempre llegar: algún día alcanzaré la cima, decía”. 

Dora Magueño llevaba 20 años subiendo hasta el Campo Alto del Huayna Potosí cuando conquistó su cumbre un 17 de diciembre de 2015 junto  con  otras 10 cholitas escaladoras, entre ellas su hija Ana Lía Gonzales.

Magueño creció huérfana, una condición que la empujó a dedicarse a la cocina desde muy pequeña. En ella fusionó la necesidad y el amor. Su hogar siempre estuvo resguardado por las montañas.

 Dora Magueño camino hacia el Campo Alto del Huayna Potosí.

“Siendo yo chica, miraba la montaña y pasaba nomás. No me venía a la mente que iba a escalarla ni que iba a tener de pareja a un guía”, asegura Magueño.

Gracias a Agustín Gonzales, su esposo y guía de alta montaña, Magueño empezó a adentrarse en la inmensidad de estas eminencias naturales. Pero su escalada siempre se quedaba a medias, puesto que su cometido consistía en cocinar para los montañistas que aguardaban la conquista de la cumbre.

“A mí me llamaba la atención el hecho de que algunos clientes llegaran felices y otros tristes. Qué harán ahí arriba, me preguntaba. Al guía siempre se lo cuestionaba y él me decía: ‘Tú tienes que ir a ver, no hay nada ahí arriba, sólo es disfrutar la montaña, ver si aguantas o no’”, cuenta Magueño, quien en el año 2015, cuando  sus hijas eran ya mayores, pudo comprobar por primera vez qué era lo que había “ahí arriba”: retiro, felicidad y calma.

“Ahora, cada vez que conquisto una cumbre me siento feliz. Es una maravilla. Me desestreso y me olvido de todo”, asevera.

  Ana Lía Gonzales llegando a la cumbre del Huayna Potosí en una ascensión como guía.

Magueño tiene dos hijas: la menor, Estrella, guía de trekking y Ana Lía, maestra, guía turística de trekking y de montaña y una de las primeras mujeres indígenas en conquistar la cima de la montaña más alta del continente, el Aconcagua -en la provincia de Mendoza, en Argentina-, a 6.962 metros sobre el nivel del mar. Una hazaña -más- compartida con su madre. Allá, en lo más alto, hicieron flamear, junto con  otras tres mujeres, las polleras, la wiphala y la tricolor. 

La proeza llegó hasta la pantalla grande con el filme  Cholitas, realizado por los directores españoles Jaime Murciego y Pablo Iraburu,  y la productora Arena.

Hace unos 15 años, Ana Lía Gonzales empezó a recorrer las majestuosas y enigmáticas montañas de la mano de su papá, su mayor inspiración para realizar esta actividad copada, en su mayoría, por hombres.

Ana Lía, Dora y su marido, Agustín, en la cumbre del Illimani.

“Mi padre siempre me llevaba con él y todos allá eran varones. Yo siempre le preguntaba cuál era su trabajo y él me decía que llevar turistas hasta la cumbre. ‘Y qué sacas yendo a la cumbre’, le preguntaba. Él me decía: ‘Los llevo, saco fotos y nada más’. A partir de ahí comenzó mi curiosidad de llegar algún día”, manifiesta Gonzales.

Además de conquistar el cielo, la mayor de las hijas de Magueño tenía otro sueño: estudiar turismo, un anhelo que veía a lo lejos desde donde vivía, Cañaviri, una comunidad en el macrodistrito de Zongo donde los niños sólo tienen acceso a la educación primaria. 

“Tuve que venirme a El Alto a estudiar nivel secundario, después entré a la universidad y luego ya tuve la oportunidad de ir a la cumbre”, cuenta rememorando aquel inolvidable día de un año que se consumaba. 

En esa ocasión, Gonzales alcanzó la cima del nevado Huayna Potosí (6.088 m.s.n.m.) junto con  su mamá y otras nueve cholitas escaladoras, todas ellas esposas de guías de montaña. En aquella primera conquista, Gonzales y Magueño fueron guiadas por Agustín, el precursor de este gran amor. Y de algunos de sus mayores sueños.

  Las cholitas escaladoras  alcanzando la cima del Huayna Potosí.

Compartiendo un sueño

Para Gonzales, escalar una montaña es trazarse un objetivo, en tanto que llegar a la cumbre es cumplirlo. Aunque reconoce que no es tarea fácil, ya que implica mucho trabajo y preparación, la montaña siempre la recompensa.

“Lo que me empuja a escalar es lograr sueños que tengo, metas personales. Además, la montaña me trae una tranquilidad y una paz grande. La disfruto. Cuando la piso tengo recuerdos, contacto con la Madre Tierra, con los achachilas, que siento que me reciben. Ahí estoy libre”, confiesa.

Hacer andinismo junto a su mamá es “una experiencia muy bonita” que le trae a la memoria momentos de cuando ella era pequeña y se quedaba en casa al cuidado de su hermana, Estrella, mientras sus papás iban a cumplir su cometido a la montaña.

“Cuando ellos volvían era una alegría grande, porque llegaban con chocolates y con todo tipo de golosinas. Y ahora, al compartir con ella la montaña, recuerdo mi niñez, me siento una niña”, dice.

  Madre e hija escalando el volcán Acotango.

“Compartir con mi papá más igual es una alegría. Cuando hacemos cumbre se me vienen a la mente todos esos recuerdos, me siento en lo mejor: en lo más alto”, continúa.

Para Magueño, por su parte, compartir con su hija este tipo de experiencias, que ya forman parte de su estilo de vida, es un orgullo y una alegría: “Qué iba a pensar yo, con mi hija justamente, llegar a las montañas. Me siento feliz con ella, siempre estamos juntas, compartiendo”.

Cada fin de semana, las montañas acogen a la “familia escaladora”, que llega hasta ellas para entrenarse y prepararse para la coronación de sus sueños en grupo.

 Durante un tour en el glaciar Charquini.

Empoderamiento e inspiración

Como mujeres, el descrédito ha sido el mayor estigma contra ellas. Al comienzo,  según Gonzales, escalar montañas fue muy difícil para el grupo de las cholitas  ya que, además del reto que suponía hacerlo, algunos hombres descalificaban su valentía y coraje para alcanzar aquello que se habían propuesto.

“Nos decían: ‘Eso es trabajo de hombres, qué van a poder, la montaña es dura. Para hombres nomás es, fuerza se necesita’”. Gonzales cuenta que cuando emprendieron el ascenso del  nevado Sajama algunos guías no confiaban en su capacidad para  conquistar el pico más alto del país.

“‘Qué van a poder ir, duro es, a ver intenten’, nos decían. Claro, ha sido duro, ahí he sentido miedo porque es una pendiente muy difícil, no se termina nunca. Recordaba lo que decían pero después me armaba de  fuerza y hemos logrado hacer cumbre. Al volver, los guías se quedaban calladitos”.

Pese a todo, las cholitas escaladoras, un grupo conformado actualmente por cinco mujeres, se han convertido en verdaderos íconos del andinismo boliviano, así como en un símbolo de liberación y empoderamiento.

“Hay veces que dicen que las mujeres, por el hecho de que tenemos la pollera no podemos hacer nada, pero no es así, se puede todo. Querer es poder siempre”, asegura Magueño, quien junto con  su hija ha conquistado las cimas de las principales montañas del país: Huayna Potosí, Acotango, Pomerape, Parinacota, Sajama, Illimani, Pequeño Alpamayo y Aconcagua (en Argentina). Su siguiente meta es intentar coronar el techo del mundo: el Everest, para lo que están buscando patrocinadores.

Montañas de oportunidades

Además de permitirles descubrir(se), la montaña les ha abierto las puertas a nuevas oportunidades, retos y aventuras.

Antes de hacer montañismo, Gonzales pasaba su  tiempo entre su casa y el colegio. Desde que practica esta actividad, ha podido conocer otros países y otras  personas, una experiencia con la que ahora busca motivar a sus alumnos.

“Ellos me dicen que ahora tienen más sueños, no se dejan vencer. A veces hay actividades que no pueden realizar y yo les animo y les digo: ‘Lo tienen que hacer, lo tienen que intentar una y otra vez’ ”.

Su objetivo personal para este nuevo año es recorrer Bolivia. De momento, Año Nuevo lo ha pasado junto con  su mamá en el nevado Condoriri y después han llegado hasta el Salar de Uyuni, lugar desde el que cuentan su historia.

Mientras tanto, Magueño aún no puede creer todo lo alcanzado hasta ahora: “ He llegado a hacer lo que nunca me imaginaba. De chica miraba el avión, quisiera volar  decía y ya he volado y  he visitado hasta el momento Polonia, España y Argentina”.

“Si no hubiera sido por la montaña, yo hasta ahorita no hubiera conocido nada. La montaña es la que me ha incentivado y me ha empujado”, reconoce.

 

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