Beethoven, humano y sobrehumano, ¿cómo se forma el genio?

El 17 de diciembre de 1770 nació en Alemania el segundo hijo de la pareja formada por una cocinera y el tenor de la orquesta de una minúscula corte. Lo llamaron Ludwig van Beethoven.
viernes, 18 de diciembre de 2020 · 00:04

Mariano Baptista Gumucio / La Paz

¿Cuáles los ingredientes que de pronto, en medio de un sufrido segmento de la humanidad se unen en un solo individuo que desafía la divinidad? ¿De qué están constituidos esos genes que en el microscopio más fino lucen similares a los de tantos otros millones de mortales y que sin embargo, combinados por algún azar inexplicable dan nacimiento a un ser a quien en sensibilidad o en hondura de pensamiento nadie igualará nunca más? Volverán muchos otros Apolos de la Luna y el sabio insomne hallará en su laboratorio los más recónditos núcleos de los invisibles átomos que presiden la vida, pero quizá no hallemos nunca la razón de cómo y por qué súbitamente, en una determinada época y lugar irrumpe el genio que alumbra y ennoblece la marcha de la especie humana, entre cumbres y despeñaderos.

Nada tiene que ver por supuesto la nobleza de sangre y muy poco la educación formal. Por el contrario, aparece el genio, insólitamente en la aldea más olvidada y en el hogar más humilde. Y tanto más curioso todavía es el hecho de que a menudo, en una sucesión de siglos o aún de milenios en los que la especie no da un solo fruto que se eleve por encima de esclavos, siervos o reyezuelos, aparece junto al genio, una pléyade de rivales que por poco no llegan a su altura. De qué manera, después de largos períodos en los que sólo se oye el rugido de hambre o dolor de la gleba, sobresale, muchas veces, en una sola generación, el canto armonioso y profundo de algunos hombres superiores es otro misterio insondable. Contamos tan sólo con la evidencia sin atinar a encontrar la causa y origen, como en la Florencia del Renacimiento, la Inglaterra elizabetana o la España del siglo de oro.

Piensa el viajero, por fuerza en estas cosas, al recorrer en la tarde lluviosa, la casa en la que, en un 17 de diciembre de 1770, nació el segundo hijo de la pareja que formaban una cocinera y el tenor de la orquesta de una minúscula corte. Le bautizaron con el nombre de Ludwig van Beethoven. El niño tendría como contemporáneos a Kant, Goethe, Shopenhauer, Séller, Shubert, Haydn, Hoelderling, Hegel y Humboldt.

Beethoven, tenía 13 años, cuando Mozart le predijo que haría “un gran ruido” en el mundo. Sin embargo, otro de sus maestros, Albrechtsberger, cuando el joven compositor ya se aproximaba a la plenitud de su talento, cerca de sus 30 años, declaró que no había sido capaz de aprender nada ni hacer nada en un estilo decente. Magdalena Willman, una joven de la que se enamoró y a la que propuso matrimonio, lo recordaría después como “feo y medio loco”. Y a sus estrecheces económicas, a sus contrastes sentimentales y a las reverencias y dedicatorias que debía ofrecer a princesillos y electores que la historia ha olvidado, añadióse, como una maldición diabólica, a partir de 1801, una progresiva sordera que lo alejaría totalmente del trato con otros seres. Beethoven escribió buena parte de su obra más valiosa en un estado de total incomunicación con el mundo exterior, mientras en el cerebro le estallaban la furia y la armonía de todos los océanos.

Un padre desalmado

El abuelo de Ludwig fue director y maestro de capilla de la orquesta del príncipe elector de Colonia, el padre Johan tuvo un puesto más modesto, músico y tenor de la corte electoral. Se casó con María Magdalena Keverich, joven viuda, hija de un cocinero de Treverich. El abuelo desaprobó el matrimonio considerando que la novia era de una clase inferior. El matrimonio de Johan con María Magdalena tuvo cinco hijos, de los que sobrevivieron Ludwig y una pareja. En una sociedad totalmente sometida a la nobleza y el clero, las oportunidades para gentes de otros rangos, de hacer fortuna o educar a sus hijos, eran mínimas. La música era una posibilidad como lo había demostrado Mozart, cuyo padre lo convirtió en un fenómeno, haciéndolo recorrer escenarios como organista a sus cuatro años. 

Inspirado en ese ejemplo Ludwig le enseñó a su hijo piano, órgano y clarinete y resolvió que no valía la pena que asistiera a una escuela. Lo presentó al público como concertista a sus ocho años, alegando que tenía siete. La dipsomanía afectó al abuelo pero también al padre: muchas noches llegaba a la casa con amigos y despertaba a Ludwig para que los distrajera con canciones en el piano. De este modo transcurrió su infancia, sin amigos de su edad, su madre murió a los 40 años, víctima de una tuberculosis, lo que acentuó el alcoholismo del padre, quien por provocar escándalos en la calle fue encerrado en la cárcel. Ludwig se hizo cargo de sus dos hermanos - María Bernarda y Kaspar Karl, quienes también fallecieron prematuramente - dando clases de piano y como miembro de una orquesta, en su ciudad natal.

La soledad fue eterna compañera de Ludwig, sobre todo en sus últimos años, cuando quedó totalmente sordo. Pero siempre estuvo enamorado. En su escritorio se encontró un testamento y la carta a su “amada inmortal”, a quien llama “mi ángel, mi todo, mi mismo yo”.

Tras la muerte de su hermano Kaspar Karl, decidió adoptar a su sobrino Karl de nueve años, pero encontró la oposición de su cuñada que se negaba a desprenderse de su hijo, lo que dio paso a un largo juicio, pues en el testamento del hermano, previendo que el niño caería en la miseria con la madre, instruyó una tutoría conjunta. Entre 1815 al 20, Ludwig dedicó tiempo y energías a la batalla legal y a la educación musical de su sobrino, que no se interesaba absolutamente en sus clases y corría donde su madre cuantas veces podía. Aunque Ludwig ganó la batalla legal, perdió el afecto de su sobrino.

En deterioro constante

Desde la infancia Ludwig sufrió desde viruelas hasta asma y fiebre tifoidea y fue víctima con su familia de lo que en la época se llamó la gran inundación, pues el agua cubrió hasta el primer piso de las casas de Bonn, obligando a las familias a emigrar, mientras pasaran las lluvias. Entre 1770 y 75 sufrió de diarreas frecuentes que le acompañaron por toda la vida con cefaleas y fiebres intermitentes. La miopía le obligó a usar lentes desde sus 20 años, sufrió también de hepatitis, colitis, reumatismo y muchos autores sostienen que también padecía de sífilis congénita, enfermedad que lo acompañó hasta la tumba, pero lo más preocupante y que le amargaría el carácter para siempre fue la pérdida paulatina del oído a sus 34 años.

En su casa de Bonn transformada en museo hay una vitrina con varias trompetillas  que no le sirvieron para oír mejor, entre las causas de su sordera se menciona desde la sífilis hasta el saturnismo (envenenamiento por plomo), pues la vajilla que usaba era de ese metal, pero también se menciona el mal hábito de sumergir la cabeza en agua fría para mantenerse despierto. En su desesperación por escuchar por lo menos los sonidos de la música, solía usar una varilla de metal atada con hilos metálicos a su piano y sostenida entre sus dientes para poder sentir las vibraciones en su mandíbula y percibir los sonidos. Pasaba el día comiendo dos huevos pasados por agua, pero al igual que su padre y su abuelo, consumía mucho alcohol, lo que le hinchaba el estómago. Acudió a muchos médicos, pero éstos le aplicaban los remedios de la época: punciones para extraerle el líquido ascítico y también sangrías con sanguijuelas. Las fístulas que se le formaban mantenían su lecho siempre bañado de líquido.

Los últimos años prefirió no asistir a ninguna reunión social, pues no escuchaba nada  y tenía que valerse de unos “cuadernos de conversación” para intercambiar mensajes escritos, con sus más allegados. Sus tendencias suicidas eran manifiestas, así como  su dedicación al vino que lo hacía sentir mejor, siendo en cambio una causa evidente de su deterioro.

Y en estas condiciones esa piltrafa humana se había convertido por fuerza de su voluntad en un ser sobrehumano. En 45 años de actividad inconstante por sus dolencias físicas y espirituales escribió 722 composiciones, entre las que figuran nueve sinfonías, cinco conciertos para piano, uno para violín, 32 sonatas, cuartetos de cuerda, música de cámara, dos misas y la ópera Fidelio.

 Emil Ludwig ha comparado Shubert con una fuente, a Mozart con un tranquilo arroyo, a Gluck con un lago profundo, a Bach con un río, pero a Beethoven con el mar, añadiendo que si los alemanes no hubieran brindado al mundo más que la “fuga” de Bach, la música de cámara de Haydn y Mozart y las sinfonías de Beethoven habrían expiado todos los males que el Estado alemán ha traído al mundo.

Murió en 1827, lejos de su ciudad natal, en Viena, donde residió largos años. Un muro de silencio total encerraba su alma, atormentada por mil tempestades. “Un titán que peleaba con los dioses” dijo de él Wagner. Schufler, uno de sus biógrafos, escribió que Beethoven había encontrado la música reducida a pasatiempo de una clase privilegiada y que la hizo ampliamente humana, pero la dejó sobrehumana.

La posteridad lo reconoce como el más grande músico de todos los tiempos, el creador de sinfonías que hacen pensar que, después de todo, el hombre está hecho más de ángel que de fiera y que sin dejar de ser humano, demasiado humano, puede rivalizar con las potencias celestiales. “La música debería arrancar fuego del corazón de los hombres y llevar lágrimas a los ojos de las mujeres”, dijo alguna vez Beethoven. Ninguna obra como la suya se acerca tanto a esa exaltación del espíritu humano. Acaso con el tiempo como predijo Ludwig en su historia de Alemania, el poema a la alegría, de Shiller, que Beethoven inmortalizó en la música, sea el himno de todas las naciones.

 

 

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