Patricio, el plomero que le devolvió la tierra a su pueblo

Nació en Sukalaya y a sus 8 años fue entregado a unos hacendados para trabajar. A través de un proceso en el INRA logró recuperar más de 300 hectáreas para los comunarios de su pueblo.
jueves, 13 de febrero de 2020 · 00:04

Ivone Juárez /  La Paz

“Yo no tengo un recuerdo feliz de mi ñiñez, ese debió ser mi destino, pero todos nacemos con una misión. Diosito nos destina tal vez al principio a sufrir, pero después uno aprende a ayudar a la gente, a tenderle la mano”, dice con la voz quebrada Patricio Vergara.  Se recupera inmediatamente y mientras sigue hablando  de su vida se siente  en él una  mezcla de resignación y satisfacción. 

En 2016 logró algo que había perseguido durante años y que en determinado momento le pareció imposible  conseguir, que el Instituto Nacional de Reforma Agraria (INRA) reconociera la propiedad de los comunarios sobre  Sukalaya, su pueblo, donde Patricio nació en 1965, pero del que salió cuando  tenía ocho años.

Patricio muestra el reconocimiento que le dio la Asamblea Legislativa por el apoyo a su comunidad.

 “Fue un proceso de seis años, un trabajo arduo que costó mucho, incluso amenazas; los patrones me declararon la guerra pero seguí adelante”, cuenta el plomero de profesión que vive en Antajawa, un barrio de Achumani de la zona Sur de La Paz.

A pesar de todas las amenazas,  en 2016 el INRA falló a favor de su pueblo que hasta entonces  sólo era  de 30 hectáreas en  Sukalaya; ahora es propietario de 380. “Eso está reconocido  por el INRA”, sostiene contundente Patricio.

“El lugar es bastante agradable;  produce todo: maíz, oca, papa, haba, arveja. Produce todo lo que uno pueda sembrar”, añade.

Sukalaya está ubicada en  Moco Moco, en  la provincia Camacho de  La Paz. Se trata de una  cabecera de valle de suelos fértiles de la que Patricio Vergara nunca se desprendió. “Ahí está  mi sangre”, sostiene este hombre alto de manos fuertes.   

 En su vivienda de Antajawa, Patricio Vergara con su esposa y su hijo Moisés.

Este logro y otros más obtenidos por su constante voluntad de ayudar a su comunidad le valió para que la Asamblea Legislativa le otorgara el año pasado (2019) un reconocimiento. “Por su gran labor social    y permanente colaboración en beneficio de toda la población del Estado Plurinacional de Bolivia y por su destacada y loable labor en favor de la comunidad vecinal”, dice parte del certificado de reconocimiento que le otorgó la Cámara de Senadores. 

 “He luchado por mis paisanos para que tengan más tierra, siembren más, puedan tener para vender  y encarar algunos proyectos, ese siempre fue el objetivo”, dice.

  
Sukalaya prácticamente era de propiedad de cinco familias.  “No había una persona que pudiera enfrentarse a los patrones, que eran padrinos de casi toda la comunidad, ya sea padrinos de bautizo o de matrimonio. De esa manera todos tenían miedo de enfrentarlos”, cuenta.

Patricio había salido niño de la comunidad y lo que lo sujetaba  a ella eran los recuerdos  de su familia y su sentido de pertenencia.

El dirigente vecinal y comunal, nacido en Sukulaya,   muestra su barrio en La Paz, Antajawa, en la zona Sur.

La salida de Sukalaya
 
Patricio tenía ocho años cuando su papá Benedicto Vergara  murió. Su mamá  Bruna Luque se quedó sola y al cuidado de él y sus nueve hermanos. Impotente, Bruna tuvo que “entregarlos”  a diferentes personas. Patricio fue entregado a la familia de uno de los cinco hacendados que figuraban como dueños de su pueblo. Sus hermanos fueron enviados  a Santa Cruz, otro a Yungas y otros lugares que ya  no recuerda.

“Tenía ocho años cuando me trajeron a La Paz, a una casa que estaba frente al Hospital de Clínicas, en Miraflores”, cuenta. 

“He vivido esclavitud, hambre, frío, el exceso de trabajo siendo niño. Además, no recibía ningún pago por mi trabajo; lo único que recibía al año era un par de calzados, una camisa, un pantalón y una chompa, ese era mi pago por todo el año de trabajo”, añade.

La primera ocupación de Patricio en esa casa fue la de cuidar a un bebé de nueve meses. Su trabajo comenzaba a las  6:00, barriendo el patio de la vivienda y ayudando a llevar el desayuno a los “patrones”. Cuando faltaba alguien del servicio tenía que ayudar a cocinar y a limpiar la casa por dentro.

En los escasos momentos de descanso,  tenía la afición de tomar los periódicos o revistas que tenía a la mano y, sin darse cuenta -afirma-, aprendió a leer y a escribir. “Sólo mirando aprendí los acentos de las palabras, las comas y puntos. Yo no fui al colegio. En el cuartel aprendí a leer  y escribir mejor”,  recuerda.

 La vida de servicio de Patricio en esa casa terminó cuando cumplió los 18 años porque se fue al cuartel y decidió no regresar más al lugar. Entonces comenzó a frecuentar su pueblo, donde ya no tenía prácticamente a ningún familiar. Sus hermanos estaban dispersados por diferentes lugares  y su madre había muerto cuando él tenía 16 años.

A sus 19 años, inquieto, como cualquier joven de esa edad, decidió aventurarse a los Yungas, donde se mantuvo por cuatro años cosechando  coca y café. Había  comenzado  la década de los años 80.

  “Pero yo quería ser alguien en la vida, por eso decidí regresar a La Paz”, dice. Con ese objetivo probó  todas los oficios que se le pusieron en frente: electricidad,  albañilería,  panadería, pastelería y salteñería. “Fui cocinero, pero no me gustó”, cuenta sonriendo.

Hasta que Patricio aprendió plomería comprendió que ese era el oficio que buscaba. “Me gustó la plomería. Cuando algo te gusta lo haces con gusto, con voluntad y siempre lo puedes hacer mejor, eso sentí con la plomería”, asegura. 

Y se quedó con ese oficio, que complementó con conducción.

A sus 28 años Patricio decidió casarse y tuvo cuatro hijas. 

Durante todo ese tiempo siempre volvía a su pueblo, llevando el cariño  que no pudo poner en su familia. Cada Navidad llegaba a Sukulaya con regalos para los niños. “El primer año llevé 38 juguetitos, pero cada año sumaba más. Una Navidad  llegué a los 1.800. También hacía chocolatada”, recuerda con nostalgia.

Hace cinco años que dejó esa labor.  “12 años hice esa labor, pero ya no pude más porque hacía solo todo, es difícil conseguir ayuda”, explica. Pero, en cambio, comenzó a trabajar para que su comunidad recuperara su territorio, lográndolo en 2016. “Es   mi sangre,  no puedo olvidarme de mi pueblo”,  afirma.

Patricio Vergara se volvió a casar y tuvo un  hijo: Moisés, a quien quiere ver convertido en un médico. “Su anhelo es  ser médico  y lo tengo que apoyar, él tiene que ser mejor que yo”, afirma.

Vive con su esposa  y su hijo Moisés en Antajawa, donde logró comprar un terreno. “Vivía en alquiler y ésta es mi casa propia”, dice con orgullo. 

 Es el fundador de la zona y ahora el presidente. Está dedicado a que ésta cuente con todos los  servicios básicos. Por el momento tramita  la planimetría de su barrio. Dejó de trabajar para cumplir con ese objetivo, que espera alcanzar en “unos seis meses”. “Mi esposa me está ayudando a sostener la casa, después yo tengo que volver a trabajar, sacaré la planimetría y volveré a mis actividades  para sostener a mi familia”, dice.
 

 

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