Los bravos q’ara q’aras fueron dueños del Cerro Rico

Consideraban al cerro una deidad, por eso nunca se animaron a explotar su riqueza, pero los españoles los reclutaron como fuerza de trabajo y fueron los primeros mitayos.
viernes, 28 de febrero de 2020 · 00:04

  Marco Antonio Flores Peca  /  Potosí

La nación q’ara q’ara apareció en el altiplano boliviano aproximadamente el año 1100 de nuestra era y llegó a expandirse en lo que actualmente se conoce como la comunidad de Macha, la ciudad de Potosí y otras regiones de los  departamentos  de Bolivia como Chuquisaca, Cochabamba  e incluso Santa Cruz. 

Esta cultura que pobló tan vasto territorio tenía como idiomas el aymara y el pukina y entre sus más grandes deidades estaban los cerros, sobre todo el Rico de Potosí, al que consideraban un lugar sagrado y al que  nunca se atrevieron a explotar por temor a profanarlo. 

Primera imagen del Cerro de Potosí, según el cronista Cieza de León.

Como muestra se tiene el testimonio de Bartolomé Medina, que en el siglo XVI  se refiere al lugar como  sagrado:

“El cerro de Potosí, en territorio de los indios caracara (q’ara q’ara) era conocido por los incas y sabían por tradición que hasta él llegó Huayna Kápac pero nunca lo explotaron porque lo consideraban un adoratorio para sus dioses. Los jesuitas en una carta de 1599, decían ‘poco más de dos millas de esta villa, en el camino real, están dos cerros a que los indios desde tiempo inmemorial han tenido extraña devoción acudiendo allí a hacer sus ofrendas y sacrificios’”. 

El Cerro Rico, detalle del cuadro de Berrio.

Los q’ara q’aras  también adoraban al  cerro de Porco como wak’a, un lugar sagrado  donde  realizan ceremonias y rituales para agradar a entes divinos que protegen a toda su comunidad. Según Ocaña, el cerro de Porco era una wak’a consagrada al rayo, mientras que el Potosí, que tenía un adoratorio en su cúspide, estaba dedicado al sol,  y tenía incluso sacerdotes e indios comarcanos (de Cantumarca) a su servicio.
 
Adoratorio  de pueblos

El 31 de diciembre de 1572, el mismo Diego Huallpa, en su lecho de muerte, reveló que en su juventud ascendió a la cúspide del cerro, encontrando ahí una mesa de aproximadamente 100 metros. “Allí hallaron ser adoratorio de los indios comarcanos y haber algunas cosas ofrecido de poca importancia a la Guaca…”. 

Los cerros de Potosí y Porco, según Guamán Poma de Ayala.

Además, el Cerro de Potosí, por sus características geográficas y por albergar en su interior ingentes cantidades del metal preciado de la plata, se constituyó en uno de los adoratorios más importantes del Abya Yala.  Por eso el Sumaj Urqu no era sólo adorado por la nación q’ara q’ara, sino también por las siete naciones que conformaban la gran confederación Charcas-Q’ara q’ara.  

Según el Memorial de Charcas, esta confederación estaba formada por siete naciones, a saber: charcas,  q’ara q’aras, soras,  quillacas, carangas, chuis y  chichas. Cada nación se regía por sus  señores naturales,  presentando hábitos y vestimenta diferentes.

 Detalle del testamento de Diego Huallpa en el que 
se lee que el cerro es de los q’ara q’aras.

Estas siete naciones formaban una unidad de organización dual. Es decir, dividida en dos mitades (opuestas y complementarias), lo cual facilitaba su colaboración mutua frente a las constantes guerras en las que se encontraban inmersos, según Tristan Platt. 

Por un lado, estaban los charcas o wila charcas (charcas rojos) que eran Aransaya, “la mitad superior”, y por el otro a los q’ara q’aras o janq’u charcas (charcas blancos) que eran Urinsaya, “la mitad inferior”. Estas dos unidades duales se encontraban lideradas, como su nombre indica, por los señores de las naciones Charcas y Q’ara q’ara, de tal forma que las demás naciones tenían un menor grado de importancia y poder.

 Bravos guerreros 

Las naciones de la gran confederación Charcas-Q’ara q’ara se proporcionaban apoyo mutuo en casos de guerra y al contar cada nación con un vasto ejército de guerreros perfectamente adiestrados para los enfrentamientos bélicos,  llegaron a convertirse en la fuerza de ataque más letal y, por consiguiente,  la élite guerrera del conjunto de los señoríos aymaras. 

Detalle del Cerro 
Rico en el grabado de B. Lenz.

Por tal motivo, en el año 1553, a través de la vía diplomática y bélica,  los guerreros Charcas-Q’ara Q’aras fueron incorporados al gran ejército de los incas, coadyuvando en sus campañas de expansión y conquista. Además, los mejores soldados llegaron a formar parte de la escolta personal de los reyes incas.  

Esta alianza fue posible porque se permitió a los q’ara q’aras mantener su organización política, social y seguir rindiendo culto a sus wak’as sagradas.

 Los primeros mitayos

Más adelante, en abril de 1545, los españoles toman posesión del Cerro Rico de Potosí, en nombre del rey Carlos V de Alemania y I de España, para la explotación de sus ricas e inagotables vetas de plata. Los conquistadores, poseídos por la fiebre de la plata, iniciaron un reclutamiento masivo de indígenas para convertirlos en la fuerza laboral que saciaría su ambición de riqueza y poder.

 El lugar donde hoy se encuentra la Villa Imperial, entonces llamada Putuj  Unu.

 Sumado a ello, las ordenanzas que impuso el virrey Francisco de Toledo, en 1572, dieron lugar a la institución de la mita, la encomienda y los yanaconas, razón por la cual miles de indígenas de la nación q’ara q’ara fueron reclutados desde los centros de reducción cristiana y otros lugares como Chaquí, Visijsa, Tacobamba, Potobamba, Tucupaya, Puna, Yocalla y Macha, entre otros. 

En ese contexto, la nación q’ara q’ara no es simplemente la legítimo dueña del Cerro Rico, sino que se constituyó en la fuerza laboral que hizo posible la explotación de su riqueza durante la época de la Colonia.

Marco Antonio Flores Peca es vicepresidente de la Sociedad de Investigación Histórica de Potosí.
 

Autoridades de la 
actual nación q’ara q’ara en Ecuador.

 

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