Los días de angustia de Édgar Villegas tras descubrir el fraude electoral de Evo

El miedo a morir o tener que irse sin fecha de retorno; la incertidumbre de que si volvería a ver a sus padres y a su pequeña Luciana se mezclaban con su decisión de demostrar el fraude. Pese a todo, con sus últimas energías, presentó su informe a la OEA. En su confinamiento tuvo un ángel.
domingo, 09 de febrero de 2020 · 00:05

 Ivone Juárez /  La Paz

“Estábamos en media entrevista, cuando recién  me di cuenta de la gravedad de mis declaraciones y que tal vez  no despertaría al día siguiente. Por eso decidí continuar con el resto de la entrevista y contar con la máxima contundencia lo que habíamos descubierto”, recuerda Édgar Villegas, el ingeniero de sistemas que descubrió los indicios del fraude electoral en las elecciones del 20 de octubre de 2019.

Era la noche del 24 de octubre. Se encontraba en el set del programa Jaque Mate, de Ximena Galarza, en el canal universitario,  mostrando las irregularidades que junto a tres de sus compañeros de trabajo había descubierto en las actas electorales. Sin ponerse de acuerdo, cada uno de sus colegas había realizado esa tarea por simple curiosidad. Pero a Édgar lo movió otra razón más. 

Édgar Villegas  de niño.

“Vi en mi recinto electoral cómo una señora se llevaba las actas electorales debajo el brazo, la filmé y la denuncié en el colegio y en las redes sociales, y cuando pararon   el TREP (sistema de conteo rápido de votos) la noche de la elección fue demasiado. Por eso comencé a indagar”, cuenta.

Cuando terminó  la entrevista con Ximena Galarza, ésta lo abrazó y salió desconsolada  por las amenazas que había  recibido durante el programa.   Édgar encendió su teléfono y comenzaron a llegar los mensajes con amenazas contra él. En medio tenía  un mensaje de unos amigos de colegio, a los que no veía  hace muchos años. Habían visto el programa y estaban  en la puerta del canal, esperándolo en un vehículo para ayudarlo y llevarlo a donde les pidiera. 

Villegas había llegado  a la televisora  con su primo, en el auto de éste. A esas alturas de la noche  ya se sentía  en medio de una gran confusión, temiendo lo peor en contra de él  y su familia. 

 Salió del canal dejando su teléfono celular ahí para que no pudieran dar con su ubicación. Tomó el vehículo de su primo y sus compañeros de colegio los escoltaron. “Un auto nos comenzó a seguir y cuando decidimos tomar rutas diferentes, ese vehículo siguió a mis amigos”, cuenta.

En medio del camino hacia ningún lado, su hermana comenzó a recibir  mensajes de solidaridad, incluso  del embajador del Reino Unido, Jeff Glekin, quien también había visto la entrevista  y deseaba conversar con él.

 Esa noche Édgar  se refugió en la casa de un conocido, donde tuvo acceso a sus redes sociales  que estaban inundadas  de todo tipo de amenazas, incluso de muerte.

“Pensaba en qué debía hacer y lo primero que se me vino a la mente fue salir del país. Pensaba dónde y me asaltaban algunas alternativas, como la de amigos de otros países que conocí haciendo algunos trabajos. Tal vez alguno podría ayudarme. Y pensaba en mis papás, si los volvería a ver, ellos están ya mayores; también pensaba en mi hija, si la vería crecer”, rememora en la sala de la casa de su padres, a donde regresó después de todo lo que vivió en octubre y noviembre del año pasado.

“Es bueno regresar a la casa de la familia, me siento bien”, dice y esboza esa sonrisa que transmite su sencillez y cordialidad.

Villegas  se había independizado y vivía en  su departamento que  compró en  Chasquipampa. Tenía una “vida normal” -dice-, abocado a su trabajo y a un proyecto para encontrar con un  dron a   mascotas perdidas. Es un amante de los animales.  También seguía una beca que logró por Facebook, que tuvo que abandonar.  “Pasaba tiempo jugando  Starcraft,   yendo a bolichear de vez en cuando y tomarme unos tragos”, cuenta el joven de 35 años.

Eso fue hasta la entrevista en la que contó las irregularidades que encontró con sus colegas en las actas electorales. Al día siguiente, después de su primera noche en la clandestinidad,  un coche diplomático lo recogió  y lo llevó rumbo a la residencia británica, pasando los bloqueos  ciudadanos, que cedían paso al vehículo cuando sabían que dentro estaba Villegas. Se mantuvo sólo unas horas en la residencia, mientras la otra  gente que acudió a ayudarle comenzó a buscarle un refugio. 

Entre esas personas estaba Waldo Albarracín, que entonces era rector de la Universidad Mayor de San Andrés. “Don Waldo se portó estupendo conmigo, es un ser humano increíble”, expresa Édgar.

En los lugares donde se refugió decidió seguir investigando  el fraude electoral que Evo Morales montó. El equipo con sus colegas de trabajo se mantuvo, pese a que todos sentían miedo. Pronto  comenzó a recibir el apoyo de otros profesionales que se sumaron a su tarea. En un momento llegaron a ser 12 personas, que se retroalimentaban a través de las redes sociales. El objetivo era presentar un informe a la misión de observación electoral de la Organización de Estados Americanos (OEA) que había iniciado una auditoría a los comicios de octubre.

En los momentos que dejaba de lado las actas electorales se metía a sus redes sociales, en las que las amenazas no  paraban.  “Me llenaba de tanta angustia, pero las volvía a ver, hasta que decidí no entrar más”, cuenta.

Esos mensajes no lo dejaban dormir o le provocaban pesadillas de las que despertaba desorientado, sin saber dónde estaba. La confusión duraba unos segundos hasta que recordaba las circunstancias en las que estaba y el miedo lo volvía a atrapar,  sobre todo por la seguridad de su familia.

“Los extrañaba tanto, hablábamos sólo a momentos, no les podía decir dónde estaba. A mi mamá  le decía que estaba bien y a mi hijita que pronto volvería a la casa. Ella no entendía lo que pasaba y me hacía prometer que la acompañaría a la feria de su colegio. Yo no sabía si iba a poder cumplir esa promesa”, relata mientras la voz se le va quebrando hasta perderla por completo. Son unos  segundos en los que se quita los lentes para limpiar sus lágrimas. Pide disculpas y confiesa: “Me imaginaba lo peor y que no la vería crecer”, añade. Se refiere a Lucianita, su sobrina, una niña de nueve años a la que ama profundamente.

Y los días pasaban en aquella casa donde estaba prácticamente confinado. La depresión aumentaba día que pasaba  y lo arrastró a un cuadro de estrés en el que comenzó a perder el cabello. En tanto, en el país las movilizaciones en contra del fraude  se mantenían y los bloqueos y ataques de los partidarios de Evo Morales comenzaban a dejar sin alimento a las ciudades, algo que el ingeniero comenzó a sentir.

No olvida ese mediodía, cuando almorzaba  una taza de café con pan y recibió una llamada de su trabajo. Le pedían su renuncia porque sus denuncias habían provocado mucha polémica y temían  represalias del gobierno.

“Me dijeron que lo mejor era que presentara mi renuncia, que lo sentían, pero que  temían presalias del gobierno. Les respondí que estaba en una misión muy importante  y no importaban las consecuencias,  ni en mi trabajo. Días después  retiraron su pedido y sigo trabajando en la misma empresa”, cuenta.

Pero, horas más tarde de esa llamada, llegó a sus redes un meme que decía que había recibido “un millón de dólares de la derecha” por sus denuncias de fraude electoral. “Sólo pensé: sólo quisiera tener 10 dólares  para comprarme una hamburguesa”, recuerda.

Felizmente tenía un ángel a su lado,  Verónica, que lo consolaba y llenaba de cariño. “Fue mi ángel, mi mamá esos días”, dice.

 Édgar había perdido la noción del tiempo pensando sólo en el informe para la OEA. El miedo, la pena y la escasez de alimentos que sentía en toda la ciudad lo tenían debilitado física y moralmente. “Pero terminamos el informe. Con las últimas fuerzas hice  la última redacción, que viéndolo bien no está  prolija, estaba muy cansado”, revela.

Envió el informe a la OEA y a los días pudo dejar el lugar donde estaba confinado. “Las cosas habían empeorado para Evo y sentí que podía volver a mi casa”, dice. Habla del viernes 8 de noviembre, aproximadamente, cuando la Policía comenzó a amotinarse.  Pero Villegas no regresó a su casa, sino a la de sus padres. “Fue como volver a la vida, otra vez con mi familia”, asegura.

Sin salir de su casa vio llegar el domingo 10 de noviembre, cuando cerca a las seis de la madrugada su hermana lo despertó  para comentarle que la OEA había emitido su informe en el que confirmaba que Evo hizo fraude en las elecciones.

“Primero sentí tanta alegría y luego satisfacción”, cuenta. Minutos antes de las 17:00 recibió otra buena noticia, esta vez a través de la televisión que seguía con  su familia: Evo Morales renunciaba a la Presidencia de Bolivia. “Mi alegría era mayor, ya nadie podría hacerme daño”, asegura.

Junto a amigos y familiares salió a festejar la renuncia de Morales, pero “la alegría duro poco”, dice, porque recibió el mensaje de que “la gente de MAS (partido de Morales)  se dirigía a la casa de sus padres. Regresó y en el camino vio en sus redes cómo quemaban la casa de Waldo Albarracín y los buses PumaKatari. En ese momento tuvieron que buscarle otro refugio, donde estuvo hasta después de la posesión de Jeanine Añez, como la nueva Presidenta de Bolivia. 

Hasta ahora  Villegas se mantiene en la casa de sus padres y trabaja -a cuenta de vacaciones- en propuestas  para garantizar la seguridad y transparencia de las nuevas elecciones que se realizarán el 3 de mayo. Al menos tres partidos le pidieron ser candidato. No aceptó porque no se siente preparado para dar ese paso. Para él son suficientes los abrazos que la gente le da cuando lo reconocen en la  calle y que “Evo ya no esté”. 

“Pero tenemos que seguir  cuidando  la democracia, Evo es sólo una pieza, detrás están el régimen Castro-chavista y el Foro de Sao Paulo”, afirma.

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