Así se vivía la Semana Santa

Procesiones, rituales y tradiciones eran parte de la Semana Santa en la Villa Imperial de Potosí desde hace siglos. Este año la festividad religiosa se vivirá en cuarentena.
domingo, 5 de abril de 2020 · 00:17

Texto: Heinz Antonio Basagoitia Acuña (*)

Dentro de las más importantes festividades que se celebraban en la Villa Imperial de Potosí destacaba, debido a su importancia religiosa y carga de fe, la de la Semana Santa. Ya que este año el mundo entero la vivirá de una manera distinta (quedándose en casa) debido a la pandemia del COVID-19, vamos a revivirla en estas líneas transportándonos con la imaginación al siglo de oro potosino.

EN POTOSÍ

De acuerdo a las disposiciones emitidas por el Concilio de Trento y los cinco Concilios Limenses, en estas tierras, que formaban parte del vasto imperio español circunscritas al virreinato del Perú y Real Audiencia de Charcas, las celebraciones piadosas en torno a los días de Semana Santa y Pascua Florida se constituían, tanto para misioneros de órdenes religiosas como para los curas doctrineros en espacios, en buen motivo para afianzar la fe y creencia de los ciudadanos de origen español, así como de extirpar las idolatrías practicadas por el mundo indígena y reemplazarlas por actos llamativos y casi teatralizados de piedad cristiana. De ello dan cuenta y quedan como muestra tangible las colecciones y series pictóricas que tratan de forma exclusiva temas referidos a la Pasión de Cristo, desde las magníficas telas pintadas por maestros de renombre como Francisco Herrera y Velarde, pasando por Holguín y llegando a los autores anónimos de los rancheríos que pintaron en cruces de madera cada uno de los escarnios e instrumentos de tortura del Salvador.

Quedan también hoy dispersas en distintas parroquias y antiguos conventos imágenes sueltas que en el pasado conformaban una unidad. Las magistrales tallas de De la Cueva, Peralta y el maestro de San Roque tuvieron y tienen hasta hoy la finalidad de mover el corazón duro y ambicioso de los azogueros de la ribera de ingenios, así como de ganarse el cariño y respeto de cientos de indígenas mitayos y yanaconas que imploraban su protección diaria al adentrarse a diario en los socavones de la mole de plata.

De acuerdo a la tradición de aquellas épocas, los preparativos para la celebración en muchas parroquias comenzaban inclusive mucho antes del Carnaval, en un tiempo que hoy ya no existe y que se denominaba Septuagésima; luego, ya entrada la Cuaresma, era el Cabildo de la ciudad el que realizaba una junta para ver y organizar los preparativos.

El Via Crucis viviente del Colegio Franciscano. 
Foto: SIHP

Durante los domingos y viernes de Cuaresma, las iglesias conventuales se abarrotaban de gente alrededor del púlpito donde por lo general un predicador de fama exhortaba al pueblo a dejar los vicios y matanzas para pedir el perdón de los pecados, confesarse y estar limpios de alma para las grandes solemnidades.

En las parroquias de indios y en los conventos donde estos contaban con capilla anexa se realizaban rosarios y rezos del Vía crucis por las calles. Un ejemplo que ha quedado para la posteridad es el caso del famoso capitán de mita don Alonso Ayaviri, descendiente de los mallkus de la nación Charka, quien realizaba estos ejercicios de piedad por las calles de Potosí llevando tras suyo a centenares de indios de su parcialidad, así como de las naciones  Qara Qara y Caranga.

DOMINGO DE RAMOS

En el día que se conmemoraba la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, al margen de las celebraciones parroquiales y conventuales, la gran mayoría de los habitantes de la urbe se concentraba en dos lugares de importancia para este día: por un lado los españoles sacaban en andas del templo de la Compañía de Jesús, al Señor caballero, una hermosa imagen de Jesús montado en un asno. Esta procesión iba acompañada de lo más selecto y culto de la población. Sin embargo, al igual que en todas las celebraciones religiosas y civiles, el mundo indígena no era marginado sino que tenía su propio espacio, ritmo y costumbres durante la festividad: A la cabeza del gremio de indias gateras y vendedoras de fruta, salía otra bella imagen de Jesucristo de la parroquia de la Inmaculada Concepción, correspondiente a los Qara qara. En esta procesión la imagen no era llevada en hombros sino puesta en los lomos de un pollino real costeado por el gremio de arrieros.

En ambos casos, las procesiones eran acompañadas por fieles que portaban los tradicionales ramos de palma, motacú y kiswara.

Durante los siguientes días  salían procesiones nocturnas de los conventos, acompañadas de gran número de fieles portando velas y hachones elaborados de cera importada de China y traída también desde Mizque y la Chiquitanía. Los dominicos sacaban a su Nazareno del Dulce nombre custodiado por penitentes de capirote verde, Los agustinos a su Virgen de la Piedad y una reliquia que contenía una astilla de la Cruz de Cristo; los franciscanos a su Santo Cristo de la Vera Cruz, cuyas andas tenían privilegio de ser llevadas solamente por clérigos, seguido de su cofradía y esclavas entre las que se encontraban españolas, indias y negras por igual.

Cófrades en procesión.
Foto: SIHP

TRIDUO PASCUAL

El día del Jueves Santo se armaba en las iglesias los tradicionales altares denominados monumentos en los cuales se depositaba la reserva eucarística dentro de un sagrario. Era una tradición muy grande en Potosí que las llaves de estos sagrarios eran entregadas por los priores de conventos y párrocos a personas distinguidas, autoridades o benefactores  de ellas los cuales, una vez colgada al cuello, iniciaban una romería a través de varios templos durante la noche, seguidos de una comitiva de devotos.

El día Viernes Santo no se repicaba campanas y su sonido era sustituido por el de matracas que invitaban a un tiempo de ayuno, abstinencia y recogimiento. Por la noche, luego de finalizar el oficio de siete palabras y adoración de la Cruz, la procesión del Santo Entierro partía desde el convento de los mercedarios, acompañaban a esta procesión las distintas órdenes religiosas con sus cruces altas, seguidas por diferentes gremios de la ciudad, como el de los mercaderes que llevaban en sus manos los diferentes escarnios y símbolos de la pasión. La imagen de San Juan el evangelista, la Dolorosa, el ángel sosteniendo el sudario y la muerte eran algunas de las imágenes que eran llevadas en andas desde el templo de la Misericordia. Azogueros, la Santa Hermandad, el Ilustre convenio y el cabildo de los 24 acompañaban a las distintas imágenes sosteniendo sendos hachones de cera. Pero, sin duda alguna, lo más llamativo era observar la salida del féretro que contenía la imagen del Cristo Yacente o Santo sepulcro: en urna de plata cincelada y vestido a la usanza pontifical.

En la Ranchería, salía la procesión de tinieblas precedida por el cabildo indígena desde la parroquia de Copacabana llevando también al santo sepulcro y a la Dolorosa seguidos, y lo mismo hacían los lupaca en San Martín, los quispicanchi en San Sebastián, los omasuyo en San Pedro y los agustinos en una ermita llamada El Calvario que se hallaba a los pies del Cerro Rico y que en esos días se hallaba abarrotada de gente de todo estrato y condición social.

 

(*) Antonio Basagoitia es socio de número de la Sociedad de Investigación Histórica de Potosí (SIHP).

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