Pararon los columpios en los Claveles del Sur

La vida en los Claveles del Sur transcurría tranquilamente hasta que llegó el triste momento del encierro y con él cambió todo.
martes, 2 de junio de 2020 · 00:04

Ana María Tineo Fernández * / La Paz

Por razones familiares, hace unos años tuve que dejar esta hermosa tierra para ir a Trinidad. Allá descubrí que desempeñarme en “el mejor oficio del mundo”… el periodismo, como dice Gabriel García Márquez, haría que mi larga estadía en el pequeño pueblo, dirigiendo el periódico local, transformaría mi vida de una manera extraordinaria.

Los motivos familiares que me llevaron allá ya no están, partieron al lugar eterno en que esperan nuestro encuentro. La jubilación me permitió retornar. Es así que hace algo más de dos años volví a vivir en mi ¡Oh linda La Paz! 

Amo esta ciudad, no sólo por la belleza de su paisaje único en el mundo y la amabilidad y calidez que siempre recibí de su gente, también la amo porque me dio tanto, tanto que considero que nunca terminaré de pagar lo que me ha dado. Es por eso que de vez en cuando escribo algo sobre ella. 

Actualmente, vivo en Claveles del Sur, una nueva urbanización en la calle 31 de Achumani, es grande, con muchos bloques de edificios blancos con algún color para diferenciarlos y que entre ellos forman un conjunto armónico con calles, parques y espacios destinados al esparcimiento, en los cuales antes de la pandemia, antes de la invasión del Covid-19, siempre estaban llenos de personas disfrutándolos.

Tristeza

La vida aquí transcurría tranquilamente hasta que llegó el triste momento del encierro y con él cambió todo, en los parques pararon los columpios, el sube y baja quedó quieto, el resbalín frío y el carrusel manual para dar vueltas... permaneció como suspendido en el tiempo. La cancha de césped sintético que se utilizaba todo el día muchas veces hasta medianoche, vacía, con las luces apagadas. 

Los niños desaparecieron de la noche a la mañana, su familia los protege, los cuida. Desde que se inició la cuarentena no salen, están “guardados”, a veces se los escucha llorar entre las paredes de su hogar, no entienden por qué no pueden salir a jugar. De pronto, lo que antes fuera la distracción de los vecinos, muchos de ellos abuelos, se ha vuelto un espacio solitario, en el que alguna vez sale alguien a sacar al perrito. 

Ya no tiene gracia mirar por las ventanas ese paisaje alegre y bullanguero, ahora ves cerros que pareciera te aprisionan el alma. O el esqueleto inmóvil de la vecina construcción, otrora llena de obreros, mujeres y hombres quienes rápidamente levantaban muros, enlucían paredes o armaban encofrados para formar las columnas de la estructura general. Paró también la música con la que ellos suelen acompañar su jornada laboral, sonido que molestaba a algunas personas y alegraba a otras. Seguramente hoy, todos la extrañan. 

  Calles  silenciosas, donde piedras y asfalto charlan en su idioma.
Foto: Erick Bruckner Iriarte

El tradicional y azul cielo paceño, admirado por propios y extraños a los que siempre maravillaba, permanece quieto, parece descolorido y te puedes dar cuenta que hasta el viento paró. Ya no mueve las nubes, las hojas de los árboles. El paisaje parece un cuadro de algún pintor famoso detenido en el tiempo.

Poco a poco la tristeza penetra en los hogares y se agazapa en los rincones de los departamentos, sobre todo en los que moran menores de 18 años y mayores de 65, ya que nos han prohibido salir, dizque para cuidarnos. Así que estamos destinados a trajinar de ventana en ventana, mirar la puerta cerrada, ver cómo el amanecer y el atardecer llegan y se van. Dando gracias a Dios por permanecer vivos y rezar, orar pidiendo por los familiares, los amigos, por los conocidos y por el mundo entero.

Algunos pensando y muchas veces soñando volver a retomar el camino trillado, rutinario pero hermoso de hace apenas dos meses y un poco más, estamos… ¡Extrañando! Es eso lo que pasa y cuesta decir. 

Alegría

Y así como en todo lo que sucede hay equilibrio, una de aquellas noches que prometía ser larga y aburrida, frente a un televisor, Edu, el vecino del último piso del bloque 14 y vocalista de Kairel, nos anunció que para romper esa tristeza y monotonía nocturna cantaría y así fue que todos abrimos las ventanas para escucharlo, agradecerle, vitorearlo, seguir el ritmo con las luces del celular y dar gritos de alegría, no faltó quien brindo de bloque a bloque con lo que tenía en casa.

Lo nuevo ¿o lo viejo?

Una antigua y hoy nueva costumbre se ha apropiado de las calles en Claveles del Sur. De acuerdo al pedido de los vecinos llegan, una o dos veces por semana, “las caseritas”, se adueñan de algún espacio y le dan vida con sus chiwiñas coloridas y frescas verduras, frutas, condimentos, abarrotes, carne y una que otra vez trucha del lago Titicaca. 

Apenas se escuchan las bocinas salen, ordenadamente, mujeres y hombres, con barbijos, algunos con guantes y bolsas de mercado a comprar lo que se necesita para la alimentación familiar, todos respetan la distancia social establecida y de rato en rato desde un piso de arriba se escucha el grito ¡casera, casera, caserita hermosa, tienes...! y de abajo llega rápidamente la respuesta. 

Solidaridad

Algo que hay que destacar es la solidaridad y unidad que la pandemia ha despertado en los vecinos, quienes en el grupo de WhatsApp de Claveles o de grupos menos grandes, se brindan para organizar pedidos de pollos, embutidos, huevos u otros que son de consumo corriente. La solidaridad es tan grande que incluso algunas personas llevan la compra a la vecina adulta que no puede salir.

La vida, en Claveles del Sur, transcurre tranquilamente.
Foto: Erick Bruckner Iriarte

¿Aprenderemos?

La lección es muy dura, por las calles silenciosas, sólo charlan en su propio idioma las piedras, el asfalto y los adoquines, la tierra que tranquila descansa, pareciera decir que llegó el momento de poner alto al hombre, tiempo de dejar que las máquinas descansen y dejen de rodar por encima de ella, tiempo de no escuchar pasos apurados para llegar a tiempo al encuentro del amor, o al trabajo, al colegio y también corriendo para alcanzar transporte y llegar a casa. 

Las botas que marchaban en pos de alguien, sin importarles nada más que pisar fuerte y hacer gala de su ocasional poder. Ahora tienen otro sonido, van a ayudar a recuperar vidas, ya no van a matar, ni a perseguir ocasionales culpables; también salen a plazas, parques y plazuelas con bombos, trompetas y platillos, cantan… se han dado cuenta que este virus no muere a balazos, que la represión no funciona porque no es humana, no es débil, es demasiado fuerte y los puede aniquilar.

Disminuyeron las huelgas, las marchas de protesta, los médicos retomaron el casi olvidado Juramento Hipocrático, van a los hospitales tomando precauciones y lastimosamente muchos se infectan. Algunos mueren y luego aparecen otros, los reemplazan, son los Karamázov de Dostoyevski, siempre hay uno que responde al llamado. Las enfermeras caen abatidas, el cansancio las agobia, el miedo se apodera de ellas, no están seguras de haber tomado todas las precauciones antes de entrar en casa para no contagiar a la familia que espera con ansias su regreso. 

También están los sin nombre ni profesión que cumplen con otro peligroso oficio, limpiar y desinfectar todos los ambientes, eliminar el riesgo, matar al invisible asesino sin saber dónde está. 

Los periodistas como siempre, apenas descansan, algunos se protegen, lo importante es llevarte siempre la noticia, el peligro es lo de menos.

 
*Me dicen Picho y soy periodista

Chiwiñas  coloridas con frutas frescas llegan. Hay movimiento.
 Foto: Erick Bruckner Iriarte
 


 

La creatividad y todo lo bueno...

La imaginación humana es grande y estaba adormecida, dormida. Hoy, los artistas “descolgaron guitarras del ropero”, desempolvaron violines, trompetas, saxos y otros instrumentos, destaparon el piano y unidos por la tecnología transmiten sus versos, sus canciones. 

Los pintores muestran sus últimas creaciones, los ceramistas trabajan, le devuelven vida al barro, crean obras hermosas.

Padres y madres inventan deliciosas comidas con lo que tienen a mano y en los hogares más pobres en la olla cocinan papa, chuño y mote. 

La tecnología y las nuevas formas de trabajar desde casa se han vuelto indispensables para obtener recursos, tengo la impresión que las personas ya piensan por sí mismas, utilizan su tiempo para crear, han dejado de ser robots de ida al trabajo. Ahora reinventan sus vidas, se han vuelto creativas.

Quien tiene jardín siembra, conversa con sus plantas, las riega con amor, ahora tiene para ellas todo el tiempo del mundo.

Edu,  vecino  del último piso del bloque 14, vocalista de Kairel.
Foto: Facebook

Lo bueno

Y como todo malo tiene su lado bueno... lo rescatable es que los hijos pequeños pueden disfrutar a mamá, papá o a uno de ellos, tenerlos a su alcance, gozar de sus caricias, jugar, aprender. Unos padres estarán enloqueciendo, otros no y los más estarán comprendiendo que lo más importante es eso, estar juntos en casa, no importan los columpios vacíos ni las calles desiertas si es que yo estoy contigo.

Estoy acompañada, tengo mi niño al lado, estamos solos como aquella vez que durante nueve meses lo llevé en mi vientre y soy feliz. ¡Charlamos! 

Hoy me acompaña el nieto.

 

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