Antonio volverá a su casa, ¿el capítulo final de una historia que obliga a mirar el mascotismo y el tráfico?

Las autoridades de Oruro y del Ministerio de Medio Ambiente decidieron ayer que el zorro andino vuelva con la familia que lo crió.
miércoles, 24 de junio de 2020 · 00:04

Ivone Juárez  /  La Paz

“¡Antuco!, ¡Antuquito!”, le rogaban con voz cariñosa para que se acercara a recibir las caricias que tenían para él.  Pero Antuquito, orgulloso, pasaba de largo. “Es que es pues un zorro hermoso y con tanto amor que le dábamos, tenía su orgullito”, explica sonriendo Brayan Ajuacho al volver a sentir la ternura que le provocaba ver al zorrito andino paseando libremente por el patio o  las habitaciones de su casa en Oruro.

“El Antonio es bien orgulloso, juguetón, siestero;  le gusta corretear con los perritos y es  trangoncito”, añade Brayan. Vio crecer al zorro andino. Lo tuvo en sus brazos desde cachorro y lo alimentó con leche, en un pequeño biberón. Lo bautizó como Ted, pero con el paso de los meses la familia le fue modificando el nombre: primero, Antu, luego Antuco, Antuquito, hasta que se quedó con Antonio.

El Antuquito era muy chiquito, no medía más de 15 centímetros y no pesaba más de un kilo cuando llegó a la casa de la familia Ajuacho, pero su historia era larga y de sufrimiento: alguien mató a su madre y a sus hermanos. Dicen que pudo ser por superstición, porque mientras para algunas personas los zorros andinos como Antonio representan mala suerte, para otras su cola y sus patitas tienen valor, incluso medicinal.

 “Era un huérfano de madre, los comunarios asesinaron a su madre y a sus hermanitos;  él (el zorrito andino) se quedó en la madriguera, lo quisieron  matar, pero lo rescataron y lo trajeron a Oruro, con nosotros. Se acostumbró a la dieta de  todos los perritos; duerme con el perro y los gatos”, contó Ángel Ajuacho, tío de Brayan a La Patria de Oruro.

Y así,  con un zorro andino en la casa, la vida de los Ajuacho se transformó y el animalito silvestre se hizo un espacio en la familia. Luciendo siempre esa cola peluda y su pelaje tupido y brillante, con esos ojos pequeños pero fulminantes, y ese hocico punteagudo,  se diferenciaba del resto de las mascotas, pero convivía con ellas; compartía la comida y los juegos.

Los días y los meses pasaron hasta que el zorrito andino cumplió los ocho meses. No cambió su relación con las mascotas, ni con la familia que lo cuidaba, seguía siendo el zorrito juguetón, dormilón, comilón y orgulloso; pero amplió sus espacios de paseo en la casa y trepaba las paredes y subía a los techos, lo que comenzó a inquietar a los vecinos de los Ajuacho, que decidieron quejarse a la Policía Forestal y Preservación del Medio Ambiente (Pofoma). Y los funcionarios de la entidad  llegaron a la casa de los Ajuacho y se llevaron al zorro andino, aunque de acuerdo a la Ley 1333 de Medio Ambiente  “rescataron” a la especie silvestre. 

En un primer momento, el zorro andino fue llevado al Zoológico de Oruro, observado siempre por su mala infraestructura, y posteriormente fue trasladado hasta la ciudad de La Paz, al centro de custodia animal Vesty Pakos, hasta donde llegó Brayan para ver cómo estaba.

Todo esto ocurrió la semana pasada, cuando los  bolivianos, en plena pandemia del coronavirus, que cada día nos causa tanta angustia y  desolación,  nos enteramos de la historia del zorro andino llamado Antonio que vivía con una familia en plena ciudad de Oruro. En muchas familias se dejó de comentar sobre  la cantidad de infectados que se tiene cada día, de la cantidad de muertos, para hablar del animalito y opinar cuál debería  ser suerte: quedarse con la familia que lo cuidó, ser enviado a un centro de custodia animal (cómo se dice a los zoológicos) o ser devuelto a su hábitat natural.

Jóvenes que se movilizaron  para pedir que el zorro fuera devuelto a la familia que lo crió desde cachorro.
Foto:APG

Al mismo tiempo en las redes sociales nació una campaña ciudadana que opinaba que el animalito silvestre debía quedarse con la familia que lo cuidó y 28 abogados se movilizaron para reforzar esta causa, a la que mostraron su apoyo la defensora del Pueblo, Nadia Cruz, y el ministro de Gobierno, Arturo Murillo, en otros momentos duramente enfrentados.

El alcalde de Oruro, Saúl Aguilar, cuenta que la situación del zorro andino generó cierto grado de tensión en la ciudad,  en plena pandemia, y reconoce que ante su “poco conocimiento” de la Ley  1333, en una primera instancia, estuvo a favor de que el animalito silvestre se quedara con la familia que lo crió y dio su autorización; sin embargo, después de sumergirse en la norma y contactarse con el Ministerio de Medioambiente supo que esa posibilidad no podía ser contemplada legalmente.

Una decisión inesperada

Sin embargo,  en una reunión que debía desarrollarse hoy, entre las autoridades departamentales, municipales de Oruro, junto a las del Ministerio de Medio Ambiente y representantes de la familia que crío al zorro andino, se  tomó ayer la decisión de que el animalito silvestre volverá “a su casa”. 

“El zorrito regresará a su casa, ha sido la solicitud del Alcalde, igual que del Gobernador y el Ministerio de Medio Ambiente dio lugar a que Antonio retorne a su hogar mientras la familia cumpla con todos los requisitos”, declaró el alcalde de Oruro, Saúl Aguilar, en la plaza principal de la ciudad, en medio de la algarabía de unos jóvenes que portaban pancartas con leyendas a favor de que  Antonio regresara con las personas que lo criaron.

La autoridad añadió que Zoonosis, unidad de la Alcaldía, brindará el asesoramiento necesario a la familia  Ajuacho para que en su vivienda adecúe un espacio  para el animalito.

“Zoonosis puede apoyar a la familia para que adecúe un lugar para que Antonio retorne a su hogar,   cumpliendo los requisitos. Es un pedido clamaroso de Oruro y de los animalistas que piden que Antonio regrese a su hogar”, añadió Aguilar.

Antonio regresa  con sus “dueños”, ¿es lo correcto?

“El que incite, promueva, capture y/o comercialice el producto de la cacería, tenencia, acopio, transporte de especies animales y vegetales, o de sus derivados sin autorización o que estén declaradas en veda o reserva, poniendo en riesgo de extinción a las mismas, sufrirá la pena de privación de libertad de hasta dos años perdiendo las especies, las que serán devueltas a su hábitat natural, si fuere aconsejable, más la multa equivalente al cien por ciento del valor de estas”, señala el artículo 111 de la Ley   1333 de Medio Ambiente. 

La veterinaria Fabiola Suárez, conocedora de temas de ecología y conservación, señala que esta normativa prohíbe la tenencia de animales silvestres como Antonio y que la determinación asumida ayer es un antecedente que puede poner en riesgo a  varias especies de animales, cuya domesticación no está permitida.

Brayan  alimentó  al zorro Antonio con un  biberón.

“Esta decisión es un revés muy fuerte para las personas que trabajamos con el tema de tráfico de animales porque nos damos cuenta que nos falta mucho por trabajar en el tema de sensibilización para establecer que la tenencia de animales silvestres es un delito, que un zorro no puede ser domesticado”, comenta. 

La bióloga conservacionista Ximena Vélez-Liendo  respalda este argumento  y considera que el zorro andino Antonio no pudo haberse domesticado durante el tiempo que vivió con la familia Ajuacho y que a medida que el animalito ingrese a su edad adulta irá recuperando sus instintos naturales. 

“La domesticación de una especie silvestre lleva cientos de años, muchas generaciones; lo que pasa con este zorro andino es que está habituado a la presencia humana, porque una familia lo vio desde pequeño, pero eso no implica que esté domesticado”, sostiene.

Y describe a Antonio, que pertenece a la especie Lycalopex culpaeus: “Es un carnívoro del grupo cánido, porque se parece mucho a los perros; es un cazador que come roedores y se alimenta de algunos huevos”, dice.

La conservacionista añade que el tipo de zorro al que pertenece Antonio es solitario y tímido. 

“Sólo vive en grupo cuando las crías están con la madre o en época de apareamiento; el que sea tímido hace que su especie esté en buen estado. Puede mimetizarse en los pajonales y mientras no se lo amenace no es agresivo”, afirma Vélez-Liendo.

Indica que cuando crezca, Antonio puede llegar a medir un metro, desde la nariz hasta la cola, y alcanzar hasta los 15 kilos. Y cuando su cuerpo alcance esa contextura, el animalito estará en la etapa de la adultez (que puede alcanzar al año de vida) y despertará en él su instinto de apareamiento.

“Él buscará una hembra para aparearse y formar su rango de hogar, que será el área que buscará dominar. De cachorro puede ser dócil, pero cuando llegue a su madurez sexual tendrá reacciones que podrían no ser muy amigables”, advierte.

El zorro  andino  sobre un sillón, en la casa donde creció.

Pero Antonio tampoco podía ser liberado a su hábitat natural porque ahora no sabe cazar ni  esconderse,  lo fundamental para sobrevivir, dice la conservacionista, quien considera que el mejor destino para el zorro andino era el Vesty Pakos de La Paz, pero el animalito, para alegría de muchos, sobre todo de la familia que lo acogió,  regresará a convivir con las personas a las que reconoce como su entorno. 

Esta es la historia de Antonio. Pudo ser diferente si unas personas, por superstición u otras razones, no hubieran matado a su madre ni a sus hermanos,  sino se hubiera tomado la decisión de adoptarlo y tratarlo como un animal doméstico, esto, ante la desconfianza que generan los centros de custodia, como el Zoológico de Oruro, y si, finalmente, las leyes en cuanto a protección de la vida silvestre en Bolivia se conocieran mejor.

 

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