Tres guardaparques en primera línea para proteger la biodiversidad

El boliviano Radamir Sevillanos recorre hace 20 años el Madidi, defendiéndolo de los traficantes de madera, poniendo su vida en riesgo. Como él, Beto Bravo protege al Manu en Perú y Nectario Plazas al Macarena, en Colombia.
sábado, 6 de junio de 2020 · 00:04

Yvette Sierra Praeli /Mongabay Latam

Un millón de especies de animales y plantas están en peligro de extinción, anunció la Plataforma Intergubernamental de Ciencia y Política sobre Biodiversidad y Servicios Ecosistémicos (IPBES) hace exactamente un año.

Esta impactante cifra sólo reflejaba el problema que enfrenta el planeta con tres cuartas partes de su medioambiente terrestre deteriorado y aproximadamente el 66 % de los océanos alterados de manera significativa. Se agotan los recursos y también el tiempo.

En este 2020 la situación no ha podido ser más compleja. Con una pandemia que mantiene en vilo al mundo y que está asociada, según científicos, a la depredación de la naturaleza, el Día Mdial del Medio Ambiente –que se recuerda cada 5 de junio– se vivirá desde el confinamiento.

Bajo el lema Llegó la hora de la naturaleza, la Organización de las Naciones Unidas nos recuerda que este año la celebración de esta fecha está dedicada a la importancia de conservar la biodiversidad, esa variedad de especies de flora y fauna que el Planeta pierde aceleradamente cada año.

Este año Mongabay Latam buscó a quienes están siempre en la primera línea para proteger los ecosistemas más sensibles de América Latina: los guardaparques.

Tres guardianes de la biodiversidad de Perú, Bolivia y Colombia nos cuentan sus historias, nos hablan del significado de su labor y de cómo viven estos momentos de crisis ambiental dentro de un área protegida.

Perú: protegiendo el Manu

Orgullo es la palabra que repite Beto Bladimir Bravo Pacheco cuando habla de su labor como guardaparque del Parque Nacional del Manu. Lleva nueve años recorriendo una de las áreas protegidas más biodiversas del mundo, desde que en el 2011 dejó su trabajo en un consorcio de construcción para mudarse a los bosques de esta reserva de vida.

“Somos los protectores de la biodiversidad. Tenemos una gran responsabilidad, pero también mucho orgullo por lo que hacemos”, reflexiona del otro lado del teléfono al final de un día más de trabajo en plena pandemia.

Pero Bravo nos cuenta que no sólo protege el medioambiente, también lo documenta a través de sus fotografías como parte del proyecto Avista, una iniciativa que reúne a ocho guardaparques de diferentes áreas naturales protegidas en Perú, quienes se han convertido en documentalistas visuales de los ecosistemas que protegen.

“Me gusta tomar fotografías de aves, creo que será mi especialidad”, dice Bravo sobre su nueva pasión en el Manu. El guardaparque cuenta que cuando fue destacado a Limonel, puesto de control del parque nacional, le fascinaron los sonidos de las aves. “Nunca dejas de escuchar a las aves. Están de día y de noche”.

Bravo es también un experto en enfrentar incendios forestales, una de las principales amenazas que enfrenta el Manu, luego de que la tala ilegal se controlara dentro del área protegida. Este año –dice– se han presentado algunos fuegos en la zona de amortiguamiento, debido a que muchas personas, empujadas por la pandemia del coronavirus, han regresado de las ciudades y se han instalado en los centros poblados situados en esta zona, donde se realizan actividades agrícolas.

Las quemas –práctica usada por los campesinos para limpiar el área de cultivo– ponen en riesgo la biodiversidad del Parque Nacional del Manu cada año. Bravo, quien tiene certificación de Estados Unidos y España como bombero forestal, tiene que enfrentar los fuegos que ocurren cada año. El más grande que recuerda ocurrió, en el 2018, en el Santuario Nacional Megantoni que se extendió hasta el Manu.

“Caminamos durante horas para llegar a la zona del incendio. Llegamos agotados. A veces en esas condiciones es muy difícil enfrentar el fuego, pero cuando te acuerdas porqué estás ahí, renacen las fuerzas y el orgullo”, dice Bravo.

Actualmente lleva más de 80 días custodiando el Manu desde que se inició el estado de emergencia en Perú por la pandemia mundial. Nadie entra al parque nacional. Incluso las comunidades nativas que viven dentro del Manu han cerrado sus territorios y no permiten el acceso a nadie.

La vida en la zona de amortiguamiento también está muy restringida y la gente permanece en sus casas. Por eso pueden ver con mayor frecuencia venados y osos de anteojos andando por esos territorios situados en la zona limítrofe del parque.

El Parque Nacional del Manu tiene más de un millón de hectáreas que se extienden desde lo 200 metros de altura en la Amazonía hasta los 4200 metros de altitud en las zonas andinas. Para protegerlo hay un equipo de 29 guardaparques, un número reducido para la inmensidad del área reservada, pero “con mucha mística”, dice Bravo, porque “el Manu es la cuna de la mística del guardaparque peruano”.

 Nectario Plazas,  guardaparque en el Parque Nacional Natural Sierra de la Macarena.
 Foto: Nectario Plazas.

Colombia: de guía a guardaparques

Nectario Plazas Rubiano era guía de turismo antes de convertirse en guardaparques del Parque Nacional Natural Sierra de la Macarena. Recorría con frecuencia ese territorio, pero con una mirada externa, llevando a quienes quieren estar en contacto con la naturaleza.

“Ahora tengo otra mirada”, dice Plazas. “La fuente de la vida está en la conservación de la fauna y la flora. Lo más importante hoy en día es preservar la biodiversidad”, agrega.

La macarena o Macarenia Clavigera es una planta acuática endémica del departamento del Meta, que le da un color rojizo al río Caño Cristales. Plazas describe a ese sector del parque nacional como un tepuy, es decir, una antigua formación rocosa flanqueada por las cordilleras Oriental y de los Andes con un alto endemismo de flora y fauna.

Alguna vez se ha encontrado frente a un tapir –cuenta Plazas– un animal que puede medir más de dos metros de largo y pesar más de 200 kilos. Y también ha llegado a ver las ranas de cristal. “Cuando encuentras esta especie significa que el ambiente está muy bien conservado”, asegura.

El parque nacional se encuentra en uno de los sectores más biodiversos del país, pero también ha sido fuertemente impactado por el conflicto armado en Colombia. En esta zona reservada, los guardaparques fueron declarados objetivo militar por las disidencias de las FARC, por tanto, hay zonas restringidas, una historia que se cuenta en un reportaje de Mongabay Latam.

Plazas menciona que la invasión de los bosques es uno de los principales problemas que enfrenta este parque. “El 91% del parque esta conservado, pero el 9% está intervenido por personas que han ingresado para hacer su finca”, comenta el guardaparque. “Cuando hacemos los recorridos de vigilancia descubrimos estos ingresos. Nosotros les explicamos que están en zona reservada”.

Selvas húmedas, bosques inundables, matorrales y vegetación herbácea de sábana amazónica se encuentran en las 629 000 hectáreas de extensión. Plazas confiesa que no se cansa de recorrer el sector de San Juan de Arama, “la zona norte que tiene una meseta con una vista espectacular y una formación rocosa que llega a los 1400 metros de altura”, cuenta.

 Beto Bravo, guardaparque del Parque Nacional del Manu. 
Foto: Archivo Beto Bravo.

Radamir Sevillanos, 20 años recorriendo el Madidi: “He sido perseguido por hacer cumplir la ley”
 

Radamir Sevillanos Gonzáles ha pasado más de 20 años recorriendo el Parque Nacional Madidi. Ingresó en enero de 1997, sólo dos años después de que se creó esta área protegida, con el primer grupo de guardaparques que se instaló en esta zona.

En ese momento –cuenta Sevillano– el parque estaba invadido por taladores ilegales. “Les dimos plazo para que abandonen el bosque. Así los fuimos expulsando. Sólo fueron reconocidas las comunidades que se encontraban dentro del área reservada antes del decreto de creación”, dice Sevillanos.

Ahora muchas comunidades producen café, cacao, crían abejas o se dedican al turismo. “Los taladores no han regresado a las áreas de manejo integrado. En esos lugares se han implementado el turismo”, comenta y menciona que parte de la labor de los gusrdaparques es apoyar a las comunidades para mejorar sus actividades productivas y su forma de vida.

“¿Qué habría sucedido si se terminaba toda la madera? ¿si se seguían talando los árboles?”, reflexiona Sevillanos sobre los riesgos que aquejan al Madidi.

El trabajo contra la tala ilegal ha significado riesgos para el guardaparque. “He sido perseguido por hacer cumplir la ley”, recuerda sobre el tiempo que tuvo que dejar el Madidi para refugiarse en otro país con el fin de sortear las amenazas de las que era víctima.

 Fueron cuatro años a inicios del milenio. En esa época realizó intervenciones a camiones que extraían madera ilegal, pero terminó descubriendo una red dedicada al tráfico de drogas que escondía sus productos en los vehículos cargados de madera.

También ha estado en la frontera con Perú, en la zona del Madidi que se conecta con el Santuario Nacional Pampas del Heath, en el sector peruano del Corredor de Conservación Vilcabamba Amboró. “Me fui por cinco años. Ser guardaparque es realizar un trabajo peligroso, sobre todo en las zonas de frontera”, confiesa tras mencionar que es en estos lugares limítrofes entre los países donde se esconden las actividades ilegales.
 

 

 

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