Los otros zorros Antonios en Bolivia

En los últimos seis años, hubo al menos otros cuatro casos similares al del zorro Antonio de Oruro, pero con un final distinto al de ese animal. La ley de Medio Ambiente prohibe la tenencia de especies silvestres.
viernes, 17 de julio de 2020 · 00:04

Jorge Quispe / La Paz

La convivencia entre el zorro andino y los aymaras es ancestral. Los ancianos aún creen que son  “los perros de los achachilas”, las montañas convertidas en deidades. La leyenda cuenta además que al abrigo de la noche deja las cuatro patas y se transforma en ser humano para convertirse en Antonio o Antuku, uno de sus cinco nombres, una razón por la que era muy respetado en las comunidades.

Hoy en día, la percepción sobre el zorro andino (Lycalopex culpaeus) ha cambiado; el hombre entró en su territorio y el cánido empezó a matar animales de granja. Otros lo cazan porque consideran que su cola y sus patas atraen la suerte y algunos asesinan a las hembras para quedarse con sus crías a las que intentan domesticar. 

En los últimos seis años, hubo al menos otros cuatro casos similares al del zorro Antonio de Oruro, pero con un final muy distinto al de este animal que finalmente retornó a esa ciudad.
 
 Mordió la mano que le alimentaba

En 2014, una familia que había sufrido la pérdida de algunas ovejas se lanzó a la caza de un zorro, el principal sospechoso. Tras la búsqueda, los comunarios dieron con su cueva.

El animal resultó ser una hembra que vivía con su cría. Los campesinos la mataron y raptaron a la cría. “Lamentablemente se llevaron al zorrito para criarlo como un perrito”, relata el biólogo paceño Josef Rechberger Broggini, el mayor experto de zorros en Bolivia y que actualmente trabaja en la Dirección General de Biodiversidad (DGB), dependiente del Ministerio de Medio Ambiente y Agua.

Allí, a 74 kilómetros de la ciudad de La Paz, el zorro fue tratado como un animal doméstico. Creció y cuando cumplió un año se devoró a las gallinas del dueño, por ello lo encerraron en un cuarto. A esa edad -de acuerdo con Rechberger- esta especie genera las hormonas sexuales y emerge su espíritu territorialista, por lo que se vuelve agresiva.

No obstante continuaron alimentándolo y dejaron esa responsabilidad a una niña. “Hasta que un día el zorro mordió a la pequeña que de daba la comida, le salió nomás su instinto salvaje, luego lo botaron de la casa. No se sabe qué pasó con este ejemplar”, narra el biólogo para quien “debe entenderse que ningún animal silvestre puede ser domesticado”. 

El académico hizo recientemente un informe pormenorizado del zorro andino en Bolivia, un documento para la Dirección General de Biodiversidad.

 

 Un lari o tiwula  en su hábitat siempre está alerta.

Fue un azote en Viscachani

A 96 kilómetros de la sede de gobierno se encuentra Viscachani  que, tal cual dice su nombre en aymara, es una de las regiones más ricas en viscachas.

En esa zona estos animales corren libres por la pampa entre   sembradíos de papa, haba, cebolla y zanahorias. Hacen sus cuevas cerca de los ríos hasta donde llega su principal enemigo: el zorro andino.

Hace unos cinco años, en 2015, una familia que había matado a una zorra, que se comía las gallinas de esa región, se quedó con su cría. Con el transcurrir del tiempo, la fiera que era alimentada como un perro doméstico, comenzó a crecer hasta que cuando cumplió un año de edad, empezó a salir por las noches.

“El zorrito comenzó a llegar a la casa de su amo con gallinas y hasta pequeñas ovejas que cazaba en las granjas vecinas”, relata Esteban Tola,  poblador de Belén, una comunidad cercana.

El zorro se convirtió rápidamente en un verdadero problema para la población de Viscachani y sus alrededores.

“Para estos cánidos es más fácil matar un animal doméstico que a uno silvestre. Ellos se alimentan de viscachas y pampa wankus (conejos del campo) pero les es más difícil cazarlos”, describe Rechberger.

La familia adoptiva, acusada de tener en su propiedad a un cazador despiadado, fue intimidada y presionada para deshacerse de él, por lo que echaron al zorro andino del lugar. No se sabe qué pasó con ese animal.

El caso del zorro  Antonio  puso en tapete la  polémica de la  domesticación de  animales salvajes.

Zorros en áreas urbanas

Otros dos casos similares sucedieron en Potosí y Cochabamba. “Como dije esto pasa a menudo en el campo, pero no es comín en las ciudades como sucedió con el zorro Antonio, de Oruro”, indica el especialista sin dar más detalles.

Tras la polémica que se armó con el caso del zorro Antonio salió a la luz que unos lugareños del pueblo Romero Pampa cerca de la capital folklórica habrían matado a la madre de este animal para un ritual aymara. Luego se quedaron con la cría del zorro que fue adoptada por una familia que la trató como una mascota.

Rechberger recuerda que la Ley del Medio Ambiente prohíbe la cacería de cualquier animal silvestre, el tráfico de animales, pero también la tenencia de especies silvestres. En el país hay refugios que pueden recibir animales que fueron víctimas de alguno de estos delitos.

Mientras eso sucede con algunas crías, la fama del zorro trasciende el mundo andino.
 
Antonio en el imaginario

 Al abrigo de la noche deja las cuatro patas y se transforma en ser humano. Le llaman q’amaqi, tiwula, lari, ‘el perro de los Achachilas (dioses de las montañas) y Antuku o Antonio en aymara. Un apelativo, por el que quizás haya sido bautizado al ejemplar que vivió con humanos en Oruro.

La leyenda añade también que este cánido puede hacerse invisible, que su mirada paraliza a la presa y que hasta puede hipnotizar para robar una oveja o una gallina. En los hechos, sin embargo, ninguno de esos mágicos poderes que se le atribuyen le sirve ahora, porque el zorro andino sufre la destrucción de su hábitat y es víctima de la caza.

“Si comparamos fotos satelitales de hace 10 años, donde el zorro habitaba con imágenes actuales, yo creo que más del 10% de ese su territorio ha sufrido el avance del hombre”, deduce el estudioso.

 Las amenazas del qamaq’i 

En el Libro Rojo de los vertebrados de Bolivia, el documento oficial en el país sobre la situación de los animales que fue publicado en 2010, el zorro andino está en la categoría de Menor Riesgo. Ello significa que puede estar a un paso de Vulnerable.

Y si bien no existen censos de cuántos hay en Bolivia, el Lycalopex culpaeus tiene afortunadamente poblaciones estables en el país pese a la destrucción constante de su hábitat, asegura Rechberger  quien  en los años 90 hizo su tesis de grado sobre este animal.

En el país hay dos tipos de zorros andinos: los cordilleranos que habitan por las montañas, por eso le conocen como ‘el perro de los Achachilas’ y los pampeanos del altiplano. Sus territorios abarcan desde los cinco kilómetros cuadrados (kms 2) hasta los 100 kms 2. En La Paz, uno de los santuarios del zorrro está en alrededores de la Laguna Casiri a los pies del nevado Condorini.

Estudio  del biólogo   Rechberger sobre  el zorro para la DGB.

El qamaq’i, que puede medir entre 60 centímetros y un metro de largo y 30 centímetros de alto, habita desde 1.000 hasta los 4.500 metros sobre el nivel del mar.

Ahora debido a que el zorro sufre la depredación de su territorio natural por parte del hombre ahora se convierte en un azote para las granjas, donde roba gallinas y ovejas. No obstante, muchos ignoran su rol como un controlador biológico de plagas de ratones.

El estudioso recuerda cómo hace unos cinco años, en las comunidades de Pariguaya y Lambate, detrás del Illimani, los comunarios casi exterminaron a los zorros porque algunos robaban gallinas y ovejas, sin sospechar que aquello detonaría en la explosión de una plaga de ratas que acabó con los cultivos de papa, haba, lacayote y maíz.

“Los pobladores pidieron a la comunidad vecina que les ayuden a capturar zorros para volver introducirlos en su región para que acaben con los ratones”, reivindica el biólogo.

Otro problema que pone en jaque al tiwula es el uso de su piel para bailar en las fiestas del Gran Poder, el Carnaval de Oruro y otras festividades en las comunidades rurales, donde su cuero disecado es parte del atuendo tradicional del k’usillo, aunque los controles de la Policía Forestal de Medio Ambiente (POFOMA) han reducido este delito.

Eso sin contar que en la feria 16 de Julio y la Ceja en El Alto todavía se venden colas de zorro a Bs 150, que según los aymaras atrae a la suerte y también a la pareja. Lejos de este otro poder que se le atribuye, el zorro es un animal que siempre luce nervioso e inquieto y que según el lingüista aymara Donato Gómez “siempre soñó ser un animal grande, por eso es que se cuenta que por las noches se convierte en un hombre”, en el zorro Antuku, según una leyenda andina.
 

La joven y el zorro

“Cuentan que una adolescente llamada Francisca vivía tranquila con su familia, hasta que se hizo joven cuando su madre le dijo: “Hija, ya eres mayor, es tiempo de que te cases”. Ella se quedó triste y pensativa.

Una tarde, mientras pasteaba sus ovejas, se le apareció un joven con un traje amarillo, chalina blanca y dientes de oro. A partir de ese instante su vida cambió: se enamoraron. Pasó el tiempo y contó a su madre que quería casarse, pero admitió también que él parecía no estar dispuesto a formar una pareja. Sin embargo ella dijo que aquello no le importaba y que convencería a su galán.

El novio era muy esquivo, solo se aparecía por las tardes y rehuía a ser presentado ante la familia de su amada. Mientras eso sucedía, el comportamiento de la joven había cambiado y su madre empezó a sospechar de su hija.

Un día ella fue a visitar a Francisca por la pampa donde ella pastaba las ovejas, pero a medida que se acercaba escuchó voces y creyó que su hija hablaba con su misterioso novio, pero grande fue su sorpresa al ver que ella sólo conversaba con un zorro que luego se escapó cuesta abajo. Por eso se dice que el zorro se convierte en humano y que según la creencia andina enamora a las jóvenes.

El cuento fue relatado por el lingüista aymara Donato Gómez Bacarreza.

 

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