El comedor del San Calixto, un faro en medio de la pandemia para los abuelitos

En los años 80, en plena hiperinflación, el padre Salvado pensó en los más vulnerables y abrió el comedor; ahora que llegó el coronavirus su legado sigue con el traje de bioseguridad.
domingo, 9 de agosto de 2020 · 00:04

Ivone Juárez / La Paz

Aquí y en el mundo, el coronavirus se ensaña con los ancianos porque sus cuerpos están desgastados por el tiempo y no pueden defenderse de él. Esa es una de las pocas certezas que se tienen de la pandemia y que repetimos una y otra vez, como argumento para proteger a las personas que están en esa etapa de la vida, sin caer en cuenta que tal vez esa razón puede sonar en ellos a una sentencia.

Y puede ser que esa sea la  razón por la que desde que el virus llegó a La Paz, a mediados de marzo, algunos de los viejitos que frecuentaban el comedor de San Calixto dejaron de ir al lugar, que prácticamente se convirtió en su hogar. Allí, además de encontrar un almuerzo fresco y caliente, hallaban amigos que les ayudaban con sus dolencias con una fisioterapia o les hacían un corte de pelo o una manicure, pero, sobre todo, los escuchaban, oían sus recuerdos de juventud y lo que tuvieran que decir.

“A muchos se los veía preocupados, asustados”, cuenta Mery Mendoza administradora del comedor San Calixto, que desde la década los años 80 del siglo pasado espera todos los días a las personas de la tercera edad en sus instalaciones de la calle Catacora, en el casco viejo de la ciudad de La Paz, donde lo instaló el padre Joaquín Salvado, en plena época de la hiperinflación, para asistir con un almuerzo a los más golpeados por ese otro momento duro que vivimos los bolivianos. 

El padre Salvado murió, pero dejó su corazón en un grupo de hombres y mujeres que, pese a todas las adversidades, no dejan que su  obra se apague.

Y antes de que el virus llegara a La Paz, todos los herederos del sentido de servicio a los demás  que guió la vida del padre Salvado -trabajadores del comedor, miembros de la Compañía de Jesús y los voluntarios, esos niños y  jóvenes de los colegios San Calixto y San Ignacio, que cuando se convierten en hombres y mujeres siempre responden al llamado de la obra- se esmeraban atendiendo y mimando a los más de 350 comensales. Eso sólo fue posible con la colaboración de entidades, empresas y personas particulares que siempre están pendientes de las necesidades del comedor.

“Muchos llegaban desde la mañana porque no tenían y no tienen dónde vivir; algunos duermen debajo de gradas, en huecos, o alquilan con sus rentas espacios mínimos y precarios”, dice Mery. Un estudio social que realizaron les mostró esa realidad, que en muchos casos vieron con sus propios ojos.

“Son ancianos que fueron abandonados por sus familias o que por alguna razón perdieron sus hogares”, añade la administradora.

“El comedor quiere atender a estas personas que parecen invisibles, a las que casi nadie ve, y con quienes, de alguna manera, nadie quiere estar”,  dice el padre Álvaro Dávalos, quien hace cuatro años se sumó plenamente a la obra. 

El sacerdote conoció al padre Salvado y a Cristina del Carpio, la primera administradora del  comedor San Calixto, quien dejó parte de su vida en el lugar, vigilando con su ternura y persistencia que todo andara bien, incluso el orden entre los comensales, que al inicio eran personas de la calle.  Cristina se jubiló pero su aporte también es un pilar fundamental sobre el que se sostiene la obra.

Uno de los abuelitos  disfruta de  su almuerzo en el comedor.

El látigo del coronavirus

Cuando el coronavirus llegó a La Paz, y comenzó a desatar la tormenta que soportamos hoy,  el ritmo del comedor comenzó a cambiar; mientras algunos de los ancianitos decidían quedarse donde estaban, tal vez para sentirse más seguros, los más seguían llegando hasta la calle Catacora en busca de ese almuerzo fresco y caliente y, sobre todo, de la compañía. El servicio se mantuvo, aunque en medio de la incertidumbre y la susceptibilidad, pero sobre todo el temor de cualquier contagio, hasta que sobrevino la cuarentena y  se vio obligado a cerrar.   

“Fue muy duro para nosotros cerrar porque aquí vienen abuelitos que están completamente solos,  el único alimento que reciben al día es el que tienen aquí. Para no dejarlos desamparados pensamos en dotarles de alimentos secos, para que pudieran prepararlos, pero muchos apenas tienen un techo precario, ¿cómo podrían cocinar si no tienen ni ollas?”, recuerda Mery aún angustiada.

El padre  Joaquín Salvadón que fundó el comedor San Calixto.
Foto:San Calixto

Para su tranquilidad, a los días los miembros del Seminario San Jerónimo, vecinos del comedor, al ver que muchos ancianitos seguían  llegando al lugar buscando alimento, organizaron la Olla Solidaria, con la que estuvieron asistiendo a los viejitos.

Pero había que regresar, abrir el comedor, aún en estos tiempos difíciles, como lo hizo el padre Salvado, así que la Compañía de Jesús en pleno se puso en campaña para lograr ese objetivo.  Y lo lograron. Tras solicitudes y el cumplimiento de requisitos, la Alcaldía de La Paz les dio el permiso. 

“Nos movilizamos todos, desde donde estábamos, buscando a conocidos”, afirma Pablo Osorio, exalumno del San Calixto. Pablo era un niño cuando el comedor se inauguró y recuerda cómo el padre Salvadón los involucró en su obra. “Crecimos con la figura de que el lugar donde se debía hacer la acción social era el comedor. El servicio que nos inculcaron es la solidaridad y el servicio, no la caridad, y damos gracias por tener la capacidad de dar algo a nuestro prójimo”, dice Pablo.

Y cumpliendo con todas las medidas de bioseguridad, pero para atender sólo a la mitad de los viejitos, el 11 de mayo el comedor volvió a brillar porque, sin abrir las puertas, de nuevo comenzó a invitar el almuerzo.

“Ya no podemos servirles el almuerzo completo y optamos sólo por el segundo, una buena cantidad para que los mantenga todo el día, porque para muchos es su única comida. También se les da fruta, un pan con mantequilla o lo que toque, y un refresco o un Maltín”, dice Pablo.

Antes de la pandemia  los comensales entraban al comedor, adecuado para ellos. 
Foto:San Calixto

Con la ayuda que lograron de los incondicionales benefactores, compraron barbijos para dárselos a los ancianitos, que ahora tienen que formar una fila en las puertas del comedor, e instalaron lavadores  móviles para manos. 

“Nosotros administramos con toda transparencia los recursos que nos entregan, con rendiciones de cuentas, demostrando lo que se hace. Y eso genera la confianza que la obra tuvo desde siempre de los que nos apoyan, que pueden ir a ver lo que se hace con su ayuda”, remarca el padre Álvaro Dávalos.

Debido a la nueva cuarentena, que se prolongará por una semana,  se tendrá que suspender nuevamente la atención, pero este nuevo corte valdrá la pena porque el comedor abrirá de nuevo desde el 18 de agosto y ahora para atender a sus más de  350 abuelitos. 

Aunque el trabajo será duro para Mery, Ninoska y sobre todo para Elisa, Pilar y Elizabeth -las encargadas de preparar el almuerzo en unas ollas gigantes-, porque no podrán contar con la ayuda de todos los voluntarios, están emocionadas porque volverán a ver a sus viejitos.  “Vamos a reabrir en grande”, expresa ilusionada Mery.

Pero la administradora está preocupada por los ancianitos que no ha visto hasta ahora, sobre todo por los que tenían dolencias. “Dónde estarán consiguiendo medicamentos”, lamenta. También está preocupada por  Lorenzo y Clara, la única pareja de esposos del comedor.  Él tiene 94 años y ella 96, y pese a que tuvieron ocho hijos se quedaron solos. Los ancianitos viven en Pampahasi; Mery espera que los vecinos del lugar los estén asistiendo.

Añora ver a Clara y a Lorenzo y al resto de los ancianos que se encontraban en el comedor para sentarse  a conversar o sólo para hacerse a un lado para  leer el periódico del día, con un tango de fondo, que salía de la radio inseparable de algún abuelito. Está segura de que pronto pasará la tormenta y que los ancianitos regresarán para contar todo lo que hicieron en estos días; por eso quiere tener todo funcionando, para que en el comedor, que brilla como un faro en medio de esta pandemia y sus comensales, encuentren otra vez el camino al lugar donde tanto se los quiere y valora.
 

Las mujeres  que preparan el almuerzo para los ancianitos,  en las enormes ollas.
Foto:San Calixto

El padre Salvado

Cuando el padre Joaquín Salvado caminaba por las calles de La Paz, los paceños se le acercaban para saludarlo y también para darle su contribución para el comedor del San Calixto.

La obra que el religioso construyó, en medio de una de las crisis económicas más crudas que tuvo Bolivia, no sólo se ganó la admiración de la comunidad, sino un valor más alto: la confianza.

“Todos cuentan que personas lo paraban en la calle al padre y le decían: ‘Hermano, tome esto para su comedor’, sin pedirle ningún recibo, ni nada, con una confianza íntegra porque veían cuánto bien hacía”, dice el padre Álvaro Dávalos. 

Quien conoció al hermano Salvado fue el padre Ignacio Suñol, provincial de la Compañía de Jesús, que también dirigió el comedor. “Era un hombre sacrificado y sencillo que sufría por los pobres, por la gente que no comía. Consiguió mucha ayuda para varias instituciones”, recuerda.

El padre Suñol  recuerda los días en que él y el hermano Salvado abrieron el comedor. “Compramos un terreno, se hizo una pequeña construcción, algo sumamente sencillo. Él logró ayuda de muchas partes y comenzó el trabajo”, dice.

“Los jesuitas ayudaron mucho para que el comedor vaya adelante, sobre todo en este tiempo de pandemia”, añade.

 

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