El misterio del tesoro de Pariti

En 2004, arqueólogos bolivianos y finlandeses encontraron las piezas de cerámica precolombinas consideradas más perfectas y bellas de América.
domingo, 17 de enero de 2021 · 05:04

Ivone Juárez/ La Paz

Hace más de 17 años se hizo el descubrimiento del tesoro de Pariti, considerado el más importante de la arqueología boliviana. La inmensa cantidad de la cerámica tiwanacota fue hallada en Pariti, una isla en medio del lago Titicaca hasta entonces casi desconocida en Bolivia, pero ya nombrada en círculos internacionales de la arqueología, porque Wendell Bennett, quien descubrió el Monolito Bennett en Tiwanaku, en 1932, había pasado por el lugar, seguramente guiado por rastros científicos y las leyendas e historias de los hombres que habitaron el lugar,  que se entremezclan con las aguas del Lago de los Incas.

El hallazgo lo realizó un equipo de arqueólogos boliviano-finlandés, formado por el boliviano Jedú Sagárnaga y los finlandeses Martii Pärssinen  Risto Kesseli, Antti Korpisaari y Helena Anttila, novia de Antti. En 1998 iniciaron un proyecto de investigación en la isla Quehuaya, donde se encuentra una ciudad-necrópoli construida enteramente en piedra, entre el 1200 y 1400 de nuestra era, en el periodo de los señoríos aymaras e inca. En 1937 las ruinas habían sido declaradas Monumento Nacional, después del paso de Bennett por el lugar.

El rostro  de la estatuilla de una mujer.

“Desde la primera vez hincamos la pala en las ruinas de Quehuaya, observábamos, a no mucha distancia, la isla de Pariti, y nos preguntábamos ¿cuándo conoceríamos la ‘isla de Bennett’?”, cuenta Jedú Sagárnaga en Historia de un hallazgo, un paper que escribió relatando la casualidad, el juego de la intuición de humana, la magia y el misterio que envolvió el descubrimiento de Pariti. “No es un trabajo científico”, remarca  con insistencia el arqueólogo boliviano.

Es que el equipo de arqueólogos no tenía marcada en el mapa de su expedición Pariti y la primera vez que se animaron a montar las aguas del Lago Sagrado desde Quehuaya rumbo a la pequeña isla, atravesando sus laberintos de totora, no se encontraron con ninguna pista más que la indiferencia de los comunarios. Eso fue en 2002.

Una de las piezas  del tesoro de Pariti.

Los arqueólogos regresaron a su trabajo en Quehuaya, que luego se extendió a Tiraska, donde, en 2003,  mientras excavaban en un cementerio tiwanacota apareció un joven aymara que les comenzó a preguntar qué tipo de trabajo realizaban y cuando obtuvo una respuesta, les preguntó por qué no habían ido por su comunidad: Pariti. 

Ese joven era Juan Carlos Callizaya, quien enseguida les comenzó a hablar de unas piezas de cerámica que habían encontrado en su comunidad y les sugirió volver a la isla, lo que aceptaron, pero no pudieron concretar porque se había desatado un bloqueo de caminos. Pero Juan Carlos volvió a buscarlos y esta vez  llevó con él, en un maletín deportivo -cuenta Sagárnaga- las piezas de las que les había hablado.

Entre las piezas  se encontró la cara de un mono.

“Atónitos, empezamos a ver las cabezas modeladas de unos felinos, patas, igualmente de esos animales, y hasta un pequeño rostro humano, hecho con tal perfección que nos quedamos en silencio, girando en nuestras manos estas pequeñas maravillas que, sin duda, correspondían al estilo clásico de Tiwanaku. Todas las pocas piezas eran de dimensiones reducidas y todas estaban quebradas, habían formado parte de piezas mayores, pero aun así eran maravillosas”, relata Ságarnaga en su escrito.

Las piezas de cerámica Juan Carlos las había encontrado en “su terreno”. Sin pensarlo, Sagárnaga y  Antti Korpisaari se subieron al bote en el que había ido a buscarlos el joven y se fueron rumbo a Pariti. 

Cuando arribaron al lugar, la actitud de los lugareños había cambiado, y más de uno sacó de sus casas piezas del tesoro que habían encontrado de manera accidental.

Una de las excavaciones,  donde se encontró el tesoro.

Pero la expedición ya no tenía recursos económicos para iniciar una excavación en el lugar y los  finlandeses debían regresar a su país. Además, lo peor, dos hechos trágicos se habían dado en el equipo, Helena Anttila, quien se había dibujado las piezas que les trajo el joven aymara, murió intempestivamente, mientras que a su compañero, Antti, le diagnosticaron cáncer.

Pasó cerca de un año y las heridas sanaron, igual que el cáncer de Antti, quien, el 2 de febrero de 2004, le envió a Jedú  un mail con más noticias buenas: los dibujos de Helena y la información que lograron sobre Pariti había logrado un financiamiento finlandés, así que estaba de regreso y el destino era la isla del tesoro: Pariti.

El equipo se reactivó y se sumó a Javier Méncias, Claudia Sejas y Marco Antonio Taborga, estudiantes de la carrera de arqueología de la UMSA. En agosto ya estaba en las aguas del Titicaca rumbo a la isla. Antes se habían contactado con los comunarios de Pariti, quienes le contaron que en la isla no todos estaban de acuerdo con su presencia.  

Es que si bien los pobladores no estaban consciente del valor histórico que tenían las cerámicas, sí conocían su valor espiritual. Habían crecido con la advertencia de sus abuelos de no tocar las piezas, si se topaban con ellas. Isaac Callizaya, sobrino de Juan Carlos Callizaya,  aún recuerda a su abuela Romualda retando a su papá Alfredo cuando éste, construyendo su casa, se encontró  con las piezas tiwanacotas. 

“Vino a reñirnos, ‘para qué urgan estás piezas’, nos regañó, ‘Guarden’, nos dijo; ‘son cosas sagradas, no se puede tocar así nomás’”, cuenta. “Nadie conocía el valor de esas piezas, sacábamos de la tierra piezas desconocidas, figuras de personas, de animales, y teníamos cierto temor”, añade.

Las  piezas fueron destruidas antes de ser enterradas.

Pero finalmente los comunarios aceptaron y comenzó el trabajo que se prolongó por meses, sin resultados, hasta el 11 de agosto, cuando finalmente encontraron las piezas. 

“Encontramos dos bolsones”, dice Sagárnaga al referirse a las excavaciones profundas que realizaron hace más de 1.000 años los tiwanacotas  para depositar una inmensa cantidad de piezas de una hermosa arcilla destruida. Todo indica que se trataba de una ofrenda a algunos de sus dioses. Tal vez a Qotamama, diosa de las aguas.

Las piezas  son parte de una ofrenda tiwanacota.

“No enterraron piezas completas, sino rotas, porque en las ceremonias que realizaban, destrozaban los objetos, hacían lo que ahora conocemos como cha’lla; ellos challaban las piezas y los enterraron en ese hueco”, explica el arqueólogo. 

Pero cuando el tesoro de Pariti fue sacado de la isla, rumbo a  la ciudad de La Paz, para su respectivo  estudio, sucedió un acontecimiento que marcó la vida de Sagárnaga. Apenas se embarcaron con las piezas en la lancha de Máximo Catari, una fuerte tormenta se desató, convirtiendo las tranquilas aguas del lago en grandes olas que sacudían peligrosamente la embarcación hasta hacerla crujir.  

“Cada vez con mayor brío, la lancha se tambaleaba de un lado a otro, y las grandes olas que se estaban formando pasaban por encima del techo, bañando la parte de atrás, donde controlaba los motores nuestro lanchero”, relata Sagárnaga.

En medio de la desesperación, Máximo  tomó un pan que le ofrecieron, lo partió por la mitad, hizo la señal de la cruz con la pieza, y la tiró al agua. Al ver la acción, el resto de los ocupantes llegó a mencionar la posibilidad de tirar al agua parte de las piezas, pero ninguno de los arqueólogos movió un dedo para hacerlo. “Sabíamos que con un solo pedazo (tirado al lago) perderíamos parte de la rica información”, se lee en el escrito de Sagárnaga.

El viaje, que debía ser de 40 minutos, se transformó en uno de dos horas en medio de las turbulentas aguas, pero finalmente terminó sin ninguna desgracia. Lo sucedido lo conocen los habitantes de Pariti, lo cuenta Alfredo Callizaya sin emitir ningún comentario, pero de inmediato cuenta que en una situación similar murió el hacendado que una vez fue dueño de Pariti, Pablo Pacheco, después de que sacara de la isla algunas piezas de la isla.

En el relato de Sagárnaga se lee que Pacheco habría entregado al arqueólogo Bennett algunas de las piezas que ya entonces se encontraron en Pariti. Bennett murió también ahogado.

Finalmente, la noticia del hallazgo del tesoro de Pariti fue lanzada al mundo, casi simultánemente desde Bolivia y Finlandia. Fue de interés mundial; revistas y medios científicos de España, Perú, Chile y otros países replicaron el descubrimiento, que debido a su magnificencia incluso llegó a ser cuestionado y puesto en duda respecto a su originalidad; pero ninguna de esas dudas pasó de ser sólo rumores.

El descubrimiento se lo conoce hoy como la colección de Pariti, que consta de 556 piezas, entre las cuales están las que encontraron los comunarios, sobre todo los Callizaya. Y se mostraron en  Bolivia y también de Argentina, Austria, Japón y otros países, que se maravillaron.

Gran parte se encuentra en Pariti, en el museo comuntario que fue construido con ayuda de la cooperación Suiza gestionada por Sagárnaga. “Las mejores piezas están en exposición en Pariti, son como unas 370 piezas, pero hay más material fragmentado que lo tenemos también guardado, ni una sola pieza salió del museo”, dice Isaac Callizaya, historiador  de profesión. 

Pero la magnificencia del tesoro no es lo que la isla esperaba. “Todos pensamos que Pariti iba a prosperar con semejante colección de piezas, sin embargo, la situación fue al revés, el pueblo se desplomó”, dice Isaac. A eso se sumó que mucha gente comenzó a morir.

“Los yatiris nos interpretaron que los chachapumas están sueltos y ellos nos estaban atemorizando y comiendo;  más de 20 personas murieron, eso atemorizó a la gente  y se comenzó a ir. También nos interpretaron que los dioses estaban molestos con nosotros porque les quitamos su ofrenda. Hasta el momento no hubo un pago, una ofrenda, de la comunidad”, señala. “Los arqueólogo lo hicieron”, dice,

En el trabajo de Sagárnaga se lee que a los días de la tormenta a la que sobrevivieron en el Lago de los incas, volvieron a Pariti con  una mesa ritual. “Compartimos con los miembros más destacados de la comunidad, pijchando coca, tomando alcohol y fumando cigarro. El humo de nuestra ofrenda estaba dedicado a la Pachamama y a la Qotamama. Espero haberme reconciliado con ambas”, se lee en el texto.

Y, así, con su tesoro, y envuelta en esta historias y cientos de otras que hablan de los primeros habitantes que estuvieron antes que ellos en la isla, los pariteños esperan que la fortuna les sonría y su pueblo sea lo que sueñan; muchos luchan por eso, entre ellos los Callizaya.

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