Armando, el remador de Pariti

En su isla sólo quedan 40 familias. Él no piensa migrar. Apostó a la pesca, al turismo. Necesita apoyo, también su comunidad.
jueves, 7 de enero de 2021 · 00:04

Ivone Juárez  / Pariti, La Paz

Hace 65 años, cuando Armando Callisaya nació en la Isla de Pariti, toda la comunidad era de habla “aymara cerrado”. “No nos expresábamos bien, sólo aymara se hablaba”, dice el balsero mientras prepara su bote para iniciar la navegación desde Quehuaya hasta su isla, en medio del lago Titicaca. Tendrá que remar al menos una media hora antes de encender el motor para acelerar el viaje; ese tiempo es bueno para conocer su historia, la historia de uno de los pocos hombres que no dejó Pariti y que se quedó en la isla para remar por la comunidad.

Armando fue a la escuela de Cohana, de donde egresó bachiller.   Fue un  gran reto para él aprender en castellano, pero lo logró; sin embargo, la escuela  no contaba con resolución administrativa, lo que truncó sus esfuerzos porque  no pudo obtener una titulación.  “La escuela había sido clandestina, no tenía resolución. Con eso fracasé yo y los otros que fuimos a esa escuela, nos perjudicó  a todos”, cuenta. Y regresó a Pariti.

 Armando Callisaya. junto a sus esposa  Josefa Limachi a orillas del Titicaca, preparándose para soltar las redes al agua en busca de algo de pesca.
Foto:Ivone Juárez

Recuerda su niñez entre la escuela y la comunidad, y a su abuela Romualda Lima constantemente preocupada por la sequía o por la helada. “Con mi mamá sabían estar bien preocupadas porque vivíamos de lo que hacían engordar a las vacas. Compraban una vaquita y la hacían engordar, luego la vendían, de esa ganancia se vivía”, cuenta.

Los hombres, en su generalidad, solían dedicarse desde siempre a la pesca. “Nuestros abuelos hacían redes, primero con hilos de algodón, después aparecieron, en 1975, las redes japonesas, de dos hilos, primero, después de tres; con eso pescábamos, con el flotador y una piedra que estaba fondo. Luego aparecieron las redes desechables, que ahora no duran más de tres meses”, añade.

Sabe mucho de redes de pescar porque heredó el oficio de su abuelo y de su padre. Mantuvo así  la familia que formó desde sus 25 años con  Josefa Limachi.

Armando al ingreso de Pariti, después de más de media hora de viaje sobre las aguas del Lago de los Incas.

En esos tiempos, el pueblo íntegro subsistía de la pesca del pejerrey, del karachi y del mauri. Como en una ceremonia, cada noche, hombres y mujeres, solían armar las redes y tirarlas al lago, que al día les regalaba cientos de peces, con los que podían alimentarse y llevar a vender hasta los mercados de La Paz. Pero, poco a poco, el lago fue disminuyendo su entrega. “Ahora ya no  hay peces. Sólo unas dos familias pescan”,  dice Armando. 

No sabe con precisión cuándo el Titicaca comenzó a reducir su población de peces, pero tiene un detalle, un episodio que vivieron en 2004, aproximadamente, que marcó la desaparición del pejerrey: “El lago se puso verde, no se veía nada adentro”.

“Cuando pasó eso, lo primero que pensamos era de qué íbamos a vivir”,  recuerda. Hoy sabe que esa agua verde venía de la ciudad de El Alto y del lado de Perú, de los ríos que arrastran las aguas servidas y otros residuos industriales e incluso hospitalarios.

Mientras Armando pensaba con qué podría sobrevivir en Pariti, los más de sus vecinos consideraron que había llegado la hora de migrar.  “Muchos se fueron a Santa Cruz a Cochabamba, otros a Argentina y  España”, cuenta el pescador. Desde entonces, la población que llegó a tener unas 300 familias, se redujo a 40.

 El pescador aprendió a tallar réplicas de las preciosa piezas que los incas enterraron en Pariti. 

Pero en ese 2004, cuando las aguas del lago se tiñieron de muerte y el éxodo de los pariteños continuaba, en la isla pasó algo trascendental. El arqueólogo finlandés  Martti  Pärssinen hizo un descubrimiento que cambió la historia de los pueblos precolombinos de América: halló el tesoro de Pariti, una ofrenda incaica de cientos de piezas de la “cerámica más hermosa hallada en América”, a decir del mismo Pärssinen.

“Este tipo de descubrimientos sólo se da dos veces por siglo.  La cerámica es de perfecta calidad, obras de arte, comparables con las hechas en Grecia, Egipto y otras culturas”, dijo el finlandés a esta periodista hace siete años.

Y Armando estuvo ahí y siguió las excavaciones para dar con las piezas, de las que -asegura- sus abuelos y padres ya conocían y llamaban llimpi. 

“Nuestros papás ya encontraron esas piezas hace años, mientras trabajaban. En 1935, el general David Toro, que era presidente, prohibió a los patrones hacer excavaciones donde había sitios, o llimpi”, señala.

“Sacaron todo fragmentado y cuando llevaban a la ciudad la cerámica, mientras cruzaban el lago, se comenzaron a levantar olas y vino una tormenta que sacudió la lancha; estuvieron a punto de tirar las piezas al lago, y tuvieron que regresar a la isla; pero al final, esas bellas piezas fueron llevadas al museo tiwanacota en La Paz”, cuenta.

Mientras las cerámicas fueron trasladadas a La Paz y se las mostraba al mundo, en Pariti se comenzó a construir un pequeño museo para mantenerlas ahí.  Armando fue uno de los constructores del repositorio que durante años atrajo a cientos de turistas de todo el mundo. “Se nos conoció en el mundo”, señala Armando.

Para tratar de dar servicio a los turistas,  aprendió a hacer artesanías de totora y replicar las figuras de cerámica perfectas que los incas enterraron en su isla. “Pasamos unos cursos con la comunidad, pero muchos no le dedicaron tiempo. ‘Para qué, si nosotros sabemos, decían’. Pero a la hora de la verdad casi nadie aprendió”, cuenta, sonriendo.

También acondicionó su vivienda para recibir a los turistas.

Armando quería más para que fuera Pariti un mejor anfitrión: un  albergue para los turistas, capacitación  para preparar alimentos y, sobre todo, “enseñanza” de internet y redes sociales para mostrar al mundo lo que tiene la isla. “Los turistas llegan y quieren  quedarse para saber cómo vivimos, qué hacemos”, justifica.

Pero llegó la pandemia y muchas de las piezas ya no están en el museo comunitario.

El pescador siempre tuvo un apego especial por el turismo.  Salió de Pariti un tiempo    a Laja, donde se fundó la ciudad de La Paz. “Es un destino turístico y quería ver”, dice. Pero se quedó poco tiempo porque no encontró muchos insumos y porque extraña Pariti y  a su Josefa.

“Me gusta el turismo, hablar y conocer a gente, pero siempre  quiero volver rápido a Pariti, extraño mi pueblo, aquí es abrigadito”, dice. “Pariti quiere decir calor”, añade. Deja de remar y enciende el motor de su lancha. En unos minutos más arribaremos a su isla, donde lo espera Josefa. 

“Hace quesos, tenemos dos ganados”, cuenta.  Cada semana venden los quesos en Pariti o Suriqui. Con lo que ganan compran “lo que se pueda” de fideo, arroz y azúcar.

Aún así no piensa migrar. “Tengo 65 años, no hay trabajo para mí en la ciudad. Mi esposa piensa lo mismo. ‘Aquí nomás estaremos, para qué vamos (a la ciudad), para los jóvenes hay trabajo, no para nosotros’, me dice”, cuenta.  |Josefa está al otro lado de la isla, ayudando a unos vecinos que techan una vivienda de adobe.  Es una mujer de una sonrisa contagiosa. “Con ella uno se pone de acuerdo”, dice Armando mientras con la ayuda de su remo se prepara para atracar una vez más en su isla Pariti.

 

“Se nos conoció en el mundo; antes Pariti no era conocido. Los turistas llegan y quieren quedarse en la isla para saber cómo vivimos, qué hacemos, cómo se amanece en la playa”.
 

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