Carlos Valverde, el periodista que “carajea” al poder, relegado de las cadenas de medios, mueve a millones en RRSS

Carlos Valverde apareció en la TV en los años 90 con su particular estilo que le dejó varios momentos amargos. “!Ya pasó! No me quejo”, dice.
domingo, 12 de diciembre de 2021 · 05:00

Ivone Juárez  /  La Paz

Carlos Valverde, el periodista comentarista que protesta ante las cámaras, reclama, despotrica y que reveló y revela varios casos de corrupción, tienen en su vida al menos dos momentos que, cuando los recuerda, se nota que lo conmueven.

El primero tiene que ver con su esposa Carol, quien, un día, cuando lo acompañaba en su autoexilio en Argentina, después de que él destapara el tráfico de influencias que cometía Gabriela Zapata, le confesó avergonzada que había cedido ante el antojo de una tajada de sandía. “Pequé”, le dijo. Para ella significó un pecado  cumplirse un antojo en medio de la necesidad económica que los agobiaba. El segundo momento fue cuando una de sus hijas, que estudiaba Medicina, tuvo que retrasar sus materias por trabajar para pagar sus estudios; él se había quedado sin ingresos porque su programa, una vez más, había sido cortado por presiones.

Son circunstancias en las que lo puso su estilo de hacer periodismo, investigando, carajeando al poder, explotando contra lo que no está de acuerdo lo que lo relegó de las cadenas nacionales de medios, pero que en las redes sociales le vale para tener millones de seguidores. Cada mes, su programa Sin compostura tiene al menos cuatro millones de reproducciones. Está muy satisfecho con ese apoyo, pero necesita el contexto de un medio abierto, tradicional, como él dice. Por eso, apenas se recuperó económicamente, buscó un espacio en medios locales de Santa Cruz. El también  escritor y abogado, que tuvo su paso por la política, es columnista de Página Siete, donde constantemente, con su columna Sin letra chica, escrita a su estilo, ocupa los primeros lugares de lectoría.

Comenzó  su trayectoria en el periodismo de opinión en cadenas nacionales de televisión. Debutó en los  90 en ATB, en el programa Estudio Abierto, junto a Cayetano Llobet y Lorenzo Carri, cuenta. Después pasó a PAT y  Cadena A.

Recuerda que cuando comenzó en  PAT y  el canal era dirigido por el expresidente Carlos Mesa (1998-2002), la gente se concentraba en las afueras de la televisora, que tenía su sede en La Paz,  reclamando por su modo de expresarse. Pero, con el tiempo, los paceños terminaron  valorando su estilo.

“Pedían que me boten del canal porque yo era muy malcriado. Me pidieron que bajara el tono; yo pedí un mes y dije que si la gente no me apoyaba lo haría. Pasó ese mes y el apoyo de la gente en La Paz fue espectacular”, cuenta.

Página Siete conversó con este cruceño, descendiente de José María Serrano (1788-1852), presidente de la Asamblea que declaró la independencia Bolivia en 1825, y nieto de Waldo Bravo, dueño de La Esperanza, el primer ingenio azucarero de Bolivia, y de Crisanto Valverde, ministro y parlamentario.

Carlos Valverde de niño.  Nació en Santa Cruz, en 1957.

Carlos Valverde Bravo es hijo de Carlos Valverde Barbery, que fue ministro, senador, diputado, concejal y líder cívico en Santa Cruz, y de Nelly Bravo, más conocida como La china Bravo. “Soy felizmente casado con Carol; increíblemente enamorado de mi mujer después de más 40 años de casado, tengo tres hijos que son todo y cuatro nietos”, expresa.

Carlos Valverde, con su mamá, La China Bravo, quien  tiene 90 años.

Esta es la charla con Valverde.

¿Cómo está en los medios?

En Santa Cruz tengo un programa en radio Marítima y, hace unos seis meses, en el canal Sólo noticias Televisión, donde tengo Sin compostura recargado. Cuesta, pero sale bastante bien, aunque no tiene el peso que en redes, donde andamos muy bien:  si sumamos YouTube y Facebook estamos cerca de los cuatro millones de reproducciones mensuales.

El periodista comentarista  en el estudio de su programa Sin compostura.

¿Le costó volver a los medios?

Después de lo de 2016, estuve en radio Marítima. Estaba en radio Atlántica en Santa Cruz hasta que no pude pagar y tuve que irme. Las redes sociales sirven, sin duda, pero le doy mucho valor a los medios formales. Creo que la comunicación se valida más cuando está en los medios abiertos, tradicionales, que tienen licencia, en los que se puede constatar lo que uno dice.

¿Sabe de alguna presión para alejarlo de los medios?

Sí, en 2009, en PAT me vendieron y me sacaron a cambio de ventajas. El que me negoció lo reconoció y me dijo que tenía que ver por los intereses del canal; pero no lo consultó con la gente del canal, hasta donde sé. En radio me pasó lo mismo, me vendieron por un contrato de 168 mil bolivianos. Pero ya está,  ¡ya pasó eso!

¿Su estilo  es natural o pensado?

Soy así,  no imposto, no vendo una figura; soy muy frontal, abierto. Esto de tener un lenguaje a ratos subido de tono lo heredé de mi abuelo Waldo Bravo; dice que desde que yo tenía un año y medio carajeaba. Otra cosa es mentir, yo no miento, así como no tomo alcohol ni fumo y estoy bien.

¿Alguna vez le preguntaron si hace activismo o periodismo?

Sí, me preguntaron, pero yo hago periodismo, diferente, pero es periodismo. Aún hay gente que no entiende que haya un periodista que opine, que entiende qué debe decir y que diga lo que tiene que decir. Yo digo lo que entiendo que debo decir; no digo la verdad absoluta ni tengo la última palabra.

¿Cómo le va con el poder?

El periodismo, es decir, lo que el poder no quiere que se sepa y ¿sabe qué?, me va bien porque el poder me respeta. Estoy en YouTube y tengo publicidad del Gobierno, ¿por qué?, porque no tienen alguien del nivel que tengo yo y si quieren que su propaganda se vea la ponen en el programa que la gente reconoce. Está claro, ellos pagan para salir en mi programa; eso es una derrota para ellos y una ganancia para mí.

¿Alguna vez lo amenazaron?

Muchas veces.  Una vez y lo guardé, porque luego supe quién fue, alguien me dijo que me iba a morir; le respondí que Shinigamis, el inmortal,  era el único que no moriría. Me amenazan seguido;  lo único que me molesta es que insulten a mi entorno o a mi familia, algo que de vez en cuando ocurre; pero recibo más palmadas de aprecio que amenazas.

Con ese antecedente, ¿cree que vale la pena lo que hace?

Sí. Hoy (día de la entrevista) conversábamos en la universidad eso y no lo pensaría dos veces, más allá de que a veces me amargue la falta de plata. Tuve que dejar de pagar la universidad a mi hija porque no tenía dinero; ella atrasó unos estudios porque tenía que trabajar para pagar su universidad. Esas cosas lo agujerean a uno, porque lo menos que yo podía hacer, si ella quería ser profesional, era ayudarla, ¿no?, pero no se pudo. No hubo reproches, saben cómo es uno. Y sí lo seguiría haciendo y  lo voy a seguir haciendo siete o cinco años más.

Tiene un tiempo para su retiro ¿por qué?

Porque entonces tendré casi  70 años y en algún momento se tiene que parar. Me gustaría dedicarme a escribir e investigar cosas que están pasando y nadie toma en cuenta.

¿Está formando a alguien?

Daba clases en la universidad, pero la pandemia me perjudicó, tengo mucho respeto por el bicho ese. Tengo alumnos que están probándose en algún medio y me llamaban para preguntarles cómo los veo; trato de corregir desde mi punto de vista lo que debe corregirse, pero el problema es que para formar a alguien hay que tenerlo a tiempo completo y pagarle, porque hay que sacarlo a trabajar. Otro problema es que los muchachos no leen y cuesta formarlos.

Destapó el caso de Gabriela Zapata, salió libre hace unos días.

Una vergüenza que no hubiese devuelto el dinero, se probó que tenía como 50 millones de bolivianos; además, no le daban los tiempos para salir a la calle, así fuera con libertad condicional, peor fuera de La Paz, el lugar donde cometió el delito. No tengo dudas: le dieron ventaja. Los de Zapata es fuerte, yo denuncié otros actos más de  corrupción.

Se retractó de la existencia del  hijo de Evo Morales y  Zapata.

No me retracté, el hijo no nació. ¿Sabe qué pasa? Si hubiese querido quedar como estrellita, me callaba eso, pero yo quiero hacer periodismo. Para mí era incorrecto callarlo, luego de mis investigaciones y de que una persona clave me dijo que el niño no nació. El Gobierno dijo que me retracté, ¿por qué me iba a retractar?, ¿por qué le tengo miedo a Evo Morales? A tipos más hombres que él no les tuve miedo.

Habla de una persona clave, ¿cuenta con muchas?

Muchas es un exceso, hasta como pregunta; el país no está lleno de personas claves, pero las hay, la que acerca un dato que te permite ampliar y verificar, el contacto es clave. No es informante, eso es policiaco, es fuente. Siempre hay alguien que aporta, que ayuda, que sabe más que otro. Si el periodista no sabe distinguir entre una y otra fuente es un mal periodista.

¿De dónde le llega la información?

De una conversación, de algo dicho que llama la atención. Si algo te llama la atención porque se sale “de lo normal”, si “hace ruido”, hay que meterse a ver de qué se trata. Yo no sé cómo trabajan otros, pero la diferencia se marca estando atento.

El caso Zapata le valió su autoexilio en Argentina.

Sí. Tuve que irme a Argentina. Un par de colegas me aconsejaron  que me fuera. Me dijeron: Carlos te meterán preso y no es bueno; en este momento, eres una especie de símbolo y si te meten preso pueden arrasar con todo el periodismo que cuestione. Como sé que lo dijeron de buena fe, decidí irme. Llegué a la frontera y tuve problemas porque un tipo de Migración no me quería dejar salir pese a que no tenía arraigo; me retuvo el carnet y  le tuve que pagar 1.500 dólares,  llevaba 4.000  para quedarme en Argentina, donde estuve un año y siete meses con mi esposa Carol.

¿De qué vivió ese tiempo?

Seguí haciendo radio, y ahí sí acepté a muchos amigos que me regalaran dinero para sobrevivir. Tengo una anécdota que hasta ahora me duele recordarla. Un día mi mujer me dijo: pequé. Yo pensé en qué, ¿se habrá comprado algo?, pero si estamos yescas. Se había comprado una rodaja de sandía, ese era su pecado. Ahí fue donde dije tengo que volver. Zapata ya había sido sentenciada.

Lo acusaron de proteger al narcotráfico cuando fue director de Inteligencia.

Sí, pero gané el pleito. La detención del fiscal Nemptala, según el fallo del juez, fue ilegal, arbitraria y abusiva. Mi caso lo conoció incluso el Parlamento que era de MNR, yo era del MIR. Así que nadie me puede apuntar con el dedo; pueden apuntarme, pero no soy corrupto ni lo seré nunca.

Luchó contra la dictadura, ¿qué es lo  más duro de esa época?

Perdí el oído derecho en el gobierno de García Meza, soy casi sordo del oído derecho; Juan Carlos García me torturó, me tiró un manazo en el oído.

¿Cómo ve a Santa Cruz? ¿Tiene la iniciativa política nacional?

No sé si Santa Cruz tiene la iniciativa política en Bolivia, este es un país sin iniciativa política; Santa Cruz tiene un peso económico y finalmente la economía es la que determina la política, en algún momento tendrá ese rol.

Hubo un recambio de líderes.

Están muy bisoños aún, ninguno está a la altura de las circunstancias ni la necesidad, ni los Camacho ni los Calvo. El recambio fue muy duro, complicado, veníamos de 20 años de tradición dirigencial con un proyecto y objetivos claros. Estamos en el reacomodo, así hay que aguantar un poco.

¿Qué opina del federalismo propuesto por Luis Fernando Camacho?

No, Camacho pisó el palito que puso Evo Morales. Camacho no tiene un proyecto federal; no tiene ni la más mínima idea de lo que está buscando. El federalismo puede ser una salida, pero no es de coyuntura; este es el momento de profundizar las autonomías.

¿Qué opina de las amenazas del  MAS  contra Santa Cruz?

Las amenazas no importan, lo que es grave es lo que hacen, atentar contra la esencia misma de los cruceños: su modo productivo. Se están metiendo donde no deben, están sembrando tempestades, cosecharán desastres. El Gobierno cree que el modelo productivo comunitario puede dar resultado en las tierras del oriente y no es así. Tendrían que hacer un esfuerzo por entendernos y conocernos a los cruceños; cuando nos conozcan se darán cuenta de por qué los collas vienen acá y progresan.

Luis Arce no es Evo Morales y  en ese complejo de no tener liderazgo, de saberse no portador de luces, el hombre está atropellando lo que sea. Quiere imponerse por la vía de la violencia si es necesario. Choquehuanca también es violento, entonces uno se topa con un panorama peligroso, ojalá no siga.

¿De los ítems fantasmas?

No hay fantasmas, eso se llama robo para la corona. El director de Recursos Humanos coloca a la gente que le piden concejales y ejecutivos. Sigan el dinero y  llegarán a saber de dónde viene la orden. El Gobierno se metió con todo porque le permite distraer la atención sobre Las Londras. Pasaron 40 días y hasta las órdenes de aprehensión vencieron.

¿Cómo ve a Bolivia?

Me preocupa. Siempre digo que no es obligación amar al país, con quererlo es suficiente, pero resulta que uno se preocupa demasiado, y lo que veo no me gusta, es muy turbio, corrupto,  ineficiente y violento. Debemos mucha plata, más de 20 mil millones de dólares, se acaba el gas, están destruyendo la ganadería, la exportación de carne, la soya; están con un proyecto de biocombustible que no es el que se necesita. Harán bolsa al país, lo tendremos que recoger con espátula si esto sigue así.

¿No ve una luz al final del túnel?

No,  hoy no veo. Si Arce no cambia, no veo posibilidades.

Volvería a hacer esto, más allá de que a veces me amargue la falta de plata. Tuve que dejar de pagar la universidad a mi hija porque no tenía dinero

No es obligación amar al país, con quererlo es suficiente, pero resulta que uno se preocupa demasiado; lo que veo no me gusta, es muy turbio

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