Wilmer Urrelo, cuando escribir es una opción de vida que enferma

El Premio Nacional de Novela 2006 está inmerso en su nueva obra hace más de una década. Afirma que si hubiese estado sano la habría acabado hace un par de años.
lunes, 6 de diciembre de 2021 · 05:00

Erick Ortega / La Paz

Corrían furiosos los años 90. El fin del milenio estaba cerca y, por ende, el fin del mundo. Por entonces la tecnología avanzaba a pasos agigantados y todo era tan mágico que era posible contactar mediante internet a alguien que vivía en Estados Unidos desde Bolivia.

Wilmer Urrelo Zárate estaba en comunicación social de la Universidad Mayor de San Andrés, hacía radio, era un crítico seguidor de Los Simpson y (casi) secretamente escribía algunos cuentos que tenían algo siniestro. Estaba José María Arguedas entres sus autores preferidos y por supuesto Mario Vargas Llosa, de quien Urrelo había  memorizado parte de sus obras.

Se animó y pasó algunos de sus cuentos a su docente de prensa, Antonio Peredo. El catedrático vio la joya literaria que estaba empezando a brillar, tras muchas reuniones de café y ajustes en sus cuentos, Urrelo se animó a publicar  un libro de cuentos conjunto. Su pasión, eso sí, era de largo aliento, era la novela.

Para sorpresa de muchos llegó el año 2000,   el mundo no se acabó y la carrera literaria de Wilmer arrancó feroz. Ganó el Premio Nacional Primera Novela de la editorial Milenio con su obra policial Mundo Negro. Luego vinieron Fantasmas Asesinos (Premio Nacional de Novela 2006) y Hablar con los Perros (Premio Anna Seghers 2011).

El Chicuelo dice  es un libro que reúne las notas de opinión del escritor en Página Siete.

En medio estuvo la colección de sus columnas El Chicuelo dice, que publicaba con Página Siete, un espacio que ahora extraña un poco pero que difícilmente retomará por la falta de tiempo que lo aqueja. En todo caso, hay muchas cosas que está dejando de lado y se ha vuelto más selectivo.

 Las obras  de Urrelo suelen ser reeditadas y traducidas.
Fotos: Carlos Sánchez / Página Siete

Amar y sufrir

Los lentes poto de botella, el cabello casi al ras y la palabra como estilete eran parte de las credenciales físicas de Urrelo en los años 2000... Hoy poco ha cambiado en su fisonomía, aunque algunos rasgos se han acrecentado. Si bien antes sus amigos cercanos le decían Chico Migraña, hoy lleva una colección de dolencias que harían imposible ponerle un sobrenombre capaz de reunir estos males físicos.

Escribir Hablar con los Perros lo ha enfermado, confiesa. Eso sí, no ha dejado de narrar y de ilusionarse con su nuevo proyecto, uno que ya le está tomando 11 años de su vida y que muchas veces lo atormenta. ¿Por qué sigue escribiendo? “Porque no puedo hacer otra cosa, soy escritor por una lógica común que me ha pasado después de la lectura de libros que hice”, responde.

En su casa debe tener poco más de 3.000 ejemplares, recientemente él ha empaquetado la mayoría de sus libros y ahora ya no tiene sus obras al alcance de la mano; el amor por las historias en papel está devaluado. Hoy se rinde ante la magia del Podcast y de las nuevas tecnologías para contar historias.

Pero no deja de redactar e investigar. Es un amante del detalle. Se obsesiona con sus historias; por ejemplo en la novela Fantasmas Asesinos para hacer una reconstrucción del crimen del niño Álvaro Tavera, en 1986, revisó todos los periódicos de la época y también las noticias que salieron sobre el caso que conmocionó a la sociedad paceña.

Actualmente pasa algo similar con su nueva novela que narra el crimen cometido por Apolonia Méndez y que le costó el rechazo de la gente bien de la ciudad de La Paz, allá por noviembre de 1920.

En una de sus columnas  El Chiculeo dice, él narra: “Apolonia Satánica. Apolonia Méndez que me tiene atrapado hace más de ocho años. La Apolonia Satánica que tengo tatuada en el brazo izquierdo. La Apolonia que no puedo olvidar. La Apolonia sobre la que sigo escribiendo y sobre la que seguiré escribiendo… La Apolonia Méndez R. La que en noviembre de 1920 mató a un señor de un certero cuchillazo en el corazón. Esa Apolonia. Me refiero a ella. A la Apolonia que veo todos los días cuando me baño”.

Tiene a la protagonista de su obra tatuada y una necesidad de seguir escribiendo aunque la vara, él mismo, se la dejó demasiado alta. “Toda novela es un reto nuevo, es una nueva apuesta, un nuevo redescubrimiento; quien diga que por haber escrito tres o cuatro novelas, la cuarta o la quinta la tuvo fácil creo que miente. Siempre está la duda, la autocrítica, el temor de que no funcione siempre está ahí”.

Los escritores sufren con las revisiones y las nuevas ediciones. Borran palabras, quitan ideas, suman escenarios, suprimen emociones… es un trabajo de relojero que mueve los tiempos y las circunstancias de una historia. Actualmente en su obra él va por las mil páginas, pero en una próxima edición la cifra puede variar.

“En Hablar con los perros he bajado como unas 120 páginas luego de una edición, no sé qué vaya a pasar con esta novela. Quizás baje el número de páginas o quizás lo aumente. No puedo decirlo yo… cada novela tiene una coherencia y eso hay que respetarlo”.

No teme enfermarse de nuevo y toma con humor estas debilidades humanas. Dice, medio en broma y medio en serio, que está sobreviviendo.

“Ya qué más me puede pasar si ya me ha pasado casi todo, el cansancio a lo mucho. Ahora me agoto un poco más eso sí, debe ser un poco la edad, pues antes podía estar un poco más de tiempo escribiendo seguido… ahora ya no. Ahora escribo con menos tiempo, con más precisión y divago menos. Es otro ritmo también”.

Pero las dolencias son una piedra en su mochila. Afirma que si no hubiera tenido esclerosis múltiple,  hace un par de años hubiera acabado la novela.

No se da por vencido. No es su estilo recular; eso sí, es más sabio y ya toma las cosas con tiempo. Va a paso seguro. Cree que hasta fin de año va a lograr acabar la historia de Apolonia. ¿Y  después?...  Después quién sabe la vida suele ser tener un final abierto, más aún la vida de los escritores como el Chicuelo vecino de Villa San Antonio.

Hace años  que el literato es vecino de Villa San Antonio.

Amor literario  por los perros
 
Pocas cosas le conmueven tanto a Wilmer Urrelo como los perros. Durante años él tuvo una perrita a la que amaba y que cuidó con bastante empeño hasta el fin de los días del animal.

En la actualidad la mascota que lo acompaña en su vida es una perrita negra de ojos saltones y ladrido agudo.

No es el único literato con esta pasión. El colombiano Fernando Vallejo (quien escribió La virgen de los Sicarios) es un defensor  de la vida del “mejor amigo del hombre”. En   El Desbarrancadero puso: “Para mí los perros son la luz de la vida. A los que me preguntan de capciosos que por qué mejor no recojo niños abandonados yo les respondo así, con estas textuales y delicadas palabras: ¿Cuántos han recogido ustedes, cristianos bondadosos, almitas caritativas, hijueputicas? ¡Si ustedes son los que los engendran y los paren y tiran después a la calle!”.

Otro defensor es el español Arturo Pérez Reverte, creador de La reina del Sur. “He tenido cinco perros. No hay compañía más silenciosa y grata. No hay lealtad tan conmovedora como la de sus ojos atentos, sus lengüetazos y su trufa próxima y húmeda. Nada tan asombroso como la extrema perspicacia de un perro inteligente”, narró en Perros e hijos de perra.
 

Antes podía estar un poco más de tiempo escribiendo seguido… ahora ya no. Ahora escribo con menos tiempo, con más precisión y divago menos

Wilmer Urrelo

Toda novela es un reto nuevo... quien diga que por haber escrito tres o cuatro novelas, la cuarta o la quinta la tuvo fácil, creo que miente

Wilmer Urrelo

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