Mujeres doblemente golpeadas, por la pareja y el sistema de justicia

Pensaron que al mostrar la violencia en la que vivían en manos de sus parejas y denunciarla hallarían una tabla de salvación, pero el sistema de justicia sólo las revictimiza. Tres mujeres cuentan sus experiencias ante la justicia.
domingo, 7 de febrero de 2021 · 05:04

Ivone Juárez  /  La Paz

“¿Quiere hacer la denuncia?, ¿seguirá hasta el final?”, son las  dos preguntas con las que se encuentran  las mujeres cuando se arman de valor y deciden denunciar que son víctimas de violencia por parte de sus parejas. Las  cuestionantes son para muchas una sentencia porque para llegar “hasta el final” tienen que atravesar por innumerables escollos, ante los que muchas se rinden; más si no tienen recursos económicos o desconocen la leyes y los derechos que las asisten. 

“Hay muy poca tolerancia con las mujeres humildes, las tratan mal y cuando comienza el interrogatorio son preguntas tan rebuscadas, que uno tiene que pensar muy bien antes de responder; lo peor es que siempre dudan del testimonio. Hay mujeres que se asustan y dudan”, afirma Carla, nombre ficticio.

Ella se animó a denunciar a su pareja después de soportar  15 años de su maltrato físico y psicológico, y en sus interminables idas y venidas por la Fiscalía y las oficinas de la Policía, cada día es testigo de lo que atraviesan las mujeres que buscan acabar con la violencia en su contra, como ella.

Al mal trato se suma el tener que deambular por decenas de oficinas, que a veces se encuentran a grandes distancias, para seguir el protocolo de la denuncia; la falta de información es la principal limitante.

Muchos funcionarios, tanto del Ministerio Público como de la Policía, no realizan su trabajo adecuadamente, despertando sospechas de que están a favor del acusado a cambio de algún pago, dicen las afectadas. “No entregan las notificaciones y ahora, cuando muchas se hacen por correos electrónicos, escriben mal la dirección y la notificación nunca llega; a mí me pasó”, afirma Vanesa.

Ella denunció a su esposo, un hombre con un gran poder económico, que - asegura Vanesa - se ocupó de desvirtuar todas las acusaciones en su contra y se aseguró  de que el caso fuera manipulado a su favor. “Dio una dirección falsa, no se hizo el examen toxicólogico donde correspondía para demostrar que tiene una adicción que agrava las agresiones que ejercía en mi contra; compró al fiscal que veía mi caso, está comprobado, porque lo destituyeron; se compró a dos juzgados de familia”, afirma.

En el país cada día se conocen denuncias de este tipo, que se suman a las cifras en ascenso de violencia contra la mujer y de  los casos de feminicidio, por lo que se comenzó a debatir la necesidad de  una reforma a la Ley 348  para Garantizar a las Mujeres una Vida Libre de Violencia. 

Fue el ministro de Justicia, Ivan Lima, quien puso sobre la mesa del debate esta necesidad, y el jueves  planteó que las mujeres agredidas por sus parejas deben decidir si sus agresores son procesados por la vía penal o la de  vía conciliación. Lima anotó que la propuesta “es la tendencia en la región” y un “cambio de paradigma”.

La respuesta fue rechazada y criticada por los involucrados en  la lucha contra la violencia hacia las mujeres que no se detiene y al parecer tiene como cómplices a algunos operadores de justicia. Acá presentamos tres testimonios de las que se animaron a romper el silencio ante los golpes que recibían de sus parejas... pero ahora el golpe les  viene desde la justicia.

 

 “Saqué  valor para denunciarlo pero me sabotean”

El día que Vanesa (nombre ficticio) decidió denunciar la violencia en que vivía fue cuando, por puro reflejo, logró esquivar esa bofetada, mas no la mirada de los ojos enrojecidos por la ira de su marido. Estaban en el comedor, a punto de desayunar, y su hija de 16 años estaba con ellos. Para evitar que la adolescente se diera cuenta de que su esposo, con el que se había casado cuatro años antes, la golpeaba, Vanesa intentó disimular con el celular, fingiendo que buscaban algo en el dispositivo.

Todo fue el desenlace de una discusión que tuvieron cuando ella se opuso a que su esposo realizara en la casa una reunión religiosa. En plena cuarentena rígida era una imprudencia, peor si durante la ceremonia, como parte del rito, la gente tenía que vomitar. “Estábamos en cuarentena, era un riesgo; se encolerizó, tenía los ojos rojos de ira, y me lanzó el sopapo”, recuerda.

La había golpeado en tres oportunidades. La primera fue a los meses de casados, en Miami, porque ella quería regresar a Bolivia para ver a su hija. La segunda en Italia; recibió otra bofetada porque habló de retomar su trabajo. “Viajábamos todo el tiempo y yo quería retomar mi vida, ver a mi hija, volver a trabajar. La segunda vez me dio una bofetada con tal fuerza que si no me agarraba de una baranda, caía 20 gradas”, relata.

La tercera vez intentó ahorcarla. Estaban en La Paz. ¿La razón? Ella había sostenido una conversación corta pero cortés en una pizzería con un amigo; llegaron a la casa y su marido se le abalanzó encima. “Se enfureció. Me dijo que yo estaba generando un círculo energético con el hombre en la pizzería; me gritaba que era orgullosa, que no reconocía mis errores y no le pedía perdón. Me comenzó a ahorcar. Salí de la casa huyendo, avergonzada, pero no le conté a nadie lo que pasaba”, añade.

Fue su esposo quien se encargó de contar al hermano de Vanesa lo ocurrido. “Le he tenido que levantar la mano a tu hermana porque tiene un carácter difícil, es muy rebelde”, le dijo.

Además de las agresiones, Vanesa tenía que sostener la imagen que su esposo quería proyectar como líder espiritual. “Todo era una farsa y yo tenía que sostener esa mentira, siendo que él tenía una  adicción, que solía desaparecer días,  que se ponía violento por todo”, dice.

Cuando decidió salir de ese círculo de violencia,  tuvo que organizar milimétricamente su plan de huida, lo que implicó  poner a salvo a su hija de 16 años, y buscar donde refugiarse. Pasaron más de siete meses y su caso no avanza; mientras tanto su esposo desató una campaña de desprestigio en su contra por las redes sociales. ¿El argumento? Que ella estuvo casada antes. Además, le hizo llegar un ultimátum para el pago inmediato de 60.000 dólares por una deuda que él adquirió.

“Yo saqué el valor para denunciarlo, pero hasta ahora nadie lo procesa; me armé de valor, pero ahora me sabotean para que la denuncia no prospere”, reclama.


“En siete meses  no fueron ni a levantar pruebas”

La noche de ese miércoles, cuando Carla, nombre ficticio, decidió denunciar a su marido que durante los 15 años de matrimonio que tuvieron la golpeó y sometió, limitándole el contacto con sus familiares y castigándola cada vez que la veía conversando con un varón, ella estaba haciendo una práctica cuando sintió tres puñetazos en la cabeza.

Durante el día había tenido un curso digital,  en el que le tocó interactuar con un varón; su marido la vio, se le puso en frente y   comenzó a hacerle gestos en muestra de su molestia; pero el incidente pasó, eso pensó Carla. No fue así, en la noche, mientras hacía la práctica, él apareció y le reclamó con un “seguro estás chateando”. Comenzó una discusión y ella sintió los tres puñetazos en la cabeza. En su intentó por defenderse, logró sujetarlo por el cuello del pijama; él  acercó su cara a la de ella  y le dijo: “Nunca más me tocarás en tu vida”.

Al día siguiente comenzó a pensar en cómo se libraría de ella y sus hijos. Su esposo nunca la había golpeado delante de los chicos, pero sí la insultaba y la agredía verbal y psicológicamente, buscando siempre mostrarla como la que provocaba las discusiones, como la “mala madre”, que los dejaba por estudiar y trabajar. 

“Cuando yo pasaba algún curso, porque yo salí profesional después de casarme, me lo propuse y recibí su apoyo, es verdad, pero a un alto precio, porque yo no podía hacer grupo con hombres,  ni nada por el estilo, él   decía a mis hijos que yo no hacía nada”, cuenta.

A Carla le tomó tres días planificar cómo haría la denuncia. “Tenía que pensar a dónde ir,  quién me ayudaría, porque yo no tenía a dónde ir”, cuenta. Se casó a los 20 años. Nació en Santa Cruz y después de su matrimonio vino a vivir a La Paz, donde no tenía ningún familiar. “Aguanté mucho porque era difícil salir de la casa, no sabía cómo manejarme, por eso lo sobrellevé, hasta que la situación comenzó a afectar a mis hijos; el mayor se dio cuenta de que su padre me golpeaba”, afirma.

El domingo hizo la denuncia. Antes había conversado con unas amigas para que la recogieran de la casa. “Llegaron con sus autos justo al mismo tiempo (que la Policía) para sacarme de la casa”, recuerda. Ella y sus hijos salieron sin llevarse ninguna de sus pertenencias, que hasta ahora no pueden recuperar. “Mi marido se encargó de decir tantas mentiras, de manipular tanto, que  la Fiscalía no hace nada”, insiste.

Cuando Carla  tomó del cuello del pijama a su esposo, después de que él le propinara los tres puñetazos en la cabeza, le rasguñó el cuello. La Fiscalía le dio tres días de impedimento, igual que a ella. “Yo no pude hacerme el examen forense ese miércoles, lo hice el  domingo, y los golpes habían bajado, pero tenía fotografías de los tres chichones que me provocó, audios y otras pruebas”, explica. Pasaron siete meses después de que se atrevió a poner fin a esos 15 años de violencia y los operadores de justicia no hicieron nada por ella, ni siquiera se intentó recuperar sus pertenencias. “Pasaron siete meses y no movieron ni un dedo, ni siquiera fueron a levantar las pruebas”, reclama.

 


“Mi caso se resolvió cuando él se fue; siento que no valgo”
 

Margarita se quedó estupefacta cuando la segunda vez que su novio la golpeó y ella lo amenazó con denunciarlo, él, en medio de los efectos del alcohol, le respondió que no tenía pruebas; claro, le había dado un puñetazo en el estómago que la hizo doblar de dolor, la dejó sin aire, pero que no le dejó ninguna marca en el cuerpo.

La primera vez que la agredió sí le había dejado moretones, en el cuello y en los brazos, pero ella no hizo nada en medio de esos sentimientos de desconcierto y miedo; además, él la confundió con argumentos como que estaba jugando, no midió su fuerza y que ella era demasiado frágil.

“Oculté las marcas para que no tuviera problemas;  además, él jugaba con mi mente, me decía que me quería, que cambiaría; me engañaba diciendo que tenía problemas y yo sentía  que debía  apoyarlo”, cuenta.

Pero vino una tercera agresión con golpes que la dejaron muy lastimada; él la retuvo en su casa por casi dos meses para que su familia no viera las marcas de la nueva agresión. “Le mentí a mi madre, le dije que habíamos viajado, que teníamos un trabajo; él me amenazó con volverme a hacer lo mismo si salía de su casa; también me amenazaba con golpear a mis hermanos”, cuenta.

Pero en esos dos meses que la retuvo,  la volvió a golpear, Margarita dejó la casa y buscó ayuda en el seguro universitario, donde el psicólogo le sugirió hacer la denuncia correspondiente; pero su novio la buscó, la manipuló y regresó con él. En su trabajo de seguimiento, el psicólogo la llamó para saber qué decisión había tomado. Ahí Margarita se animó a contar a su pareja la conversación que tuvo con el profesional; la respuesta fue una paliza y que la echara de su casa.

“Tuve que preguntarle si estaba seguro de que quería que me fuera, porque todo lo que yo hacía siempre era para peor, para más violencia; me respondió que sí. Salí de la casa, tomé un taxi y desde ahí llamé a un amigo que me contactó con su mamá, quien me animó y ayudó a hablar con mi familia para que hiciera la denuncia; lo denuncié”, recuerda.

Margarita llegó a una casa de refugio para víctimas de violencia, donde le dieron toda la asistencia que necesitaba e incluso le ayudaron a terminar el semestre en la universidad. “Pero no me llevaron al forense; yo no sabia qué hacer, no tenía orientación. Tenía fotografías de los golpes, la Policía probó su autencidad, pero no sirvieron”, cuenta.

El proceso comenzó pero en cuatro meses no avanzó nada, cambiaron a los investigadores y fiscales que veían su caso. “Nunca supe qué pasó con mi caso, me hacían a hacer papeles, pero luego me dijeron que no se podía hacer nada, que me faltaba el certificado forense”, dice.

Cuatro meses después se enteró que su novio se había ido de Bolivia, sólo así terminó su suplicio. “Fueron sentimientos encontrados;  primero me sentí tranquila porque sin él cerca no había peligro, pero también me sentí mal porque invertí tanto tiempo, el dinero que me dieron mis padres para pagar los trámites, todo para nada, desperdiciado. Y me sentí burlada, porque tuve que resignarme y sentir que no valgo nada”. sostiene.
 

 

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