La fiebre balsera que pagó 22 centavos de dólar por árbol

En diciembre de 2019, tras terminar de construir una carretera de 55 kilómetros que conecta Copataza con la capital provincial, Puyo, el lugar se convirtió en un punto clave para la explotación y comercialización irregular de madera de balsa.
viernes, 26 de marzo de 2021 · 05:04

Daniela Aguilar / La Historia y Connectas

“La verdad, es una cosa loca ver a tanta gente llegar por la balsa. Tantas canoas, tantas personas. Todas insistiendo en comprar y ofreciendo plata”. El interlocutor es Tiyua Uyunkar, presidente de la Nacionalidad Achuar del Ecuador (NAE), quien no encuentra más palabras para dimensionar la sacudida que ha sufrido su territorio durante el último año. 

“Al comienzo empezaron a comprar la pata (árbol) a un dólar. Ahorita puede llegar hasta 50. Igual pagan. Algunas comunidades entregaron toda una isla gigante por un peke-peke (embarcación de motor pequeño). Es una pena”, dice consternado sobre los otrora parches verdes que se dibujaban en el trayecto del río Pastaza.

En Shuin Mamus  descargan una avioneta llena de cerveza.
Foto: Lalo Calle / La Historia

El fenómeno que describe Uyunkar ocurre en Copataza, una comunidad indígena enclavada al borde del afluente de igual nombre que pocos metros más adelante desemboca en el majestuoso río Pastaza, en la provincia de Pastaza. Una cancha, unas cuantas casas de tabla y una pista de aterrizaje de avionetas, que hasta hace poco más de un año eran la única vía de transporte directo al sitio, destacan a primera vista. Pero a medida que uno se acerca a la orilla, aparecen pilas de tablones de balsa, camiones con placas de distintos lugares del país y estructuras improvisadas de caña y plástico que hacen de comedores para alimentar a cientos de madereros que por allí transitan. Todo sobre una explanada  de material pétreo, en lo que constituye uno de los puertos fluviales más concurridos de la Amazonia ecuatoriana.

En diciembre de 2019, tras terminar de construir una carretera de 55 kilómetros que conecta a Copataza con la capital provincial, Puyo, y desde allí con todo el país, el lugar se convirtió en un punto clave para la explotación y comercialización irregular de madera de balsa. 

Miles de tablones esperan   ser cargados en camiones.
Foto: Lalo Calle / La Historia

Por un lado, por la facilidad de acceso vehicular, y, por el otro, por su ubicación estratégica a un paso del río Pastaza, desde donde se puede acceder de forma fluvial a la mayoría de las 89 comunidades selváticas que conforman el pueblo achuar, distribuidas en un territorio comunitario de 785 mil hectáreas donde viven alrededor de 9.000 personas.

 La nueva vía ha servido para acortar los viajes esporádicos de los achuar a Puyo en busca de provisiones. Pero principalmente, para facilitar el ingreso de intermediarios madereros que vienen recorriendo las aldeas ubicadas a ambos lados del río para convencer a sus pobladores de venderles toda la balsa que encuentran a su paso. “Desde el comienzo, llegaban mostrando fajos de billetes”, coinciden algunos comuneros.

La balsa es una madera ligera, flexible y durable altamente demandada en la industria aeroespacial, automotriz y náutica.

Un grupo de mujeres achuar esperan con chicha a sus esposos en Shuin  Mamus.
Foto: Lalo Calle / La Historia

La sobredemanda de balsa desde China multiplicó exportadores y exportaciones en Ecuador. Las cifras hablan solas. En 2018, 22 empresas y personas naturales exportaron 254 mil metros cúbicos de dicha madera; dos años después los exportadores eran 94 y los metros cúbicos exportados, 574 mil. El 70 % para el gigante asiático. 

Esto podría ser una buena noticia para el país como lo dijo en septiembre de 2020 el presidente Lenín Moreno, cuando destacó el mantenimiento de las exportaciones no petroleras en medio de la pandemia y resaltó el repunte de balsa. Si no fuera porque ese aumento inusitado coincide con la entrada de madereros furtivos que despojan a los indígenas de una riqueza forestal hasta entonces inadvertida, lo que ha dado pie a un negocio irregular, sin los planes y permisos de aprovechamiento del Ministerio de Ambiente, mandatorios para la extracción en bosques tropicales.

Belén Páez, directora de la Fundación Pachamama, resume la paradoja: “Por un lado hay compromisos internacionales frente a la Cumbre del Clima, donde todas las naciones han puesto metas para reducir las emisiones y hacer una transición a las energías limpias, y claro China está avanzando en sus metas con sistemas eólicos. Pero a cambio de qué, de que los bosques tropicales más biodiversos del planeta, que son cruciales también para la estabilidad del clima, están perdiendo estas grandes hectáreas, que es lo opuesto a lo que se está buscando”.

El auge balsero está lejos de mejorar la vida de los 9.000 individuos que componen el pueblo achuar, muchos de ellos menores que padecen desnutrición. Un claro ejemplo es la comunidad de Shuin Mamus, ubicada en la provincia de Morona Santiago y subsede de la Nacionalidad Achuar del Ecuador (NAE). Allí no hay alimentos nutritivos para los niños ni agua para lavarse las manos ni mucho menos una letrina, pero la cerveza llega en avioneta a razón de 200 dólares el vuelo en el que entran 30 jabas (cajones plásticos donde se transportan las botellas).

  “La población va creciendo, ya no existe la misma cacería, están llegando las carreteras, hay mucha tala de bosque, los animales se van y no tienen suficiente comida para variar”, explica Narcisa Mashienta, líder del proyecto Ikiama Nukuri, impulsado por la Fundación Pachamama para capacitar a promotoras de salud materna.

La nueva bonanza balsera se da no sólo en bosques amazónicos del pueblo achuar, sino también en jurisdicciones de las nacionalidades indígenas kichwa, waorani, shuar y zápara. Además de la explotación sin freno de la madera, trastoca la vida de las comunidades.

 “Los balseros que entran sin permiso a nuestro territorio son una amenaza grande para nuestra cultura, nuestro saber y el conocimiento de nuestros abuelos”, denunciaba hace algunas semanas, en una transmisión entrecortada desde la selva, la presidenta de la Nación Zápara del Ecuador, Nema Grefa. 

El ingreso de extraños trae vicios como el alcoholismo y ocasiona disputas por la posesión de los recursos dentro de zonas consideradas comunitarias. Sin contar que su entrada indiscriminada, en medio de la pandemia y sin ninguna precaución, es señalada como el vehículo que llevó la Covid-19 a la selva.

Este reportaje de La Historia y Connectas  fue editado por el espacio. El material completo lo puede encontrar en el enlace: https://www.connectas.org/especiales/de-la-selva-a-la-china/

 

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