Azafata, un paso más de Shirley Condori Tito para alcanzar el cielo

La flamante sobrecargo está capacitada para trabajar en un Avro RJ 85 y presta para seguir capacitándose en aeronáutica. Sus hijos mayores ya crecieron y con el mayor podría ser autoridad comunitaria de su pueblo.
domingo, 18 de abril de 2021 · 05:04

Ivone Juárez /  La Paz

A ella le tomó más tiempo que al resto, primero porque tomó los cursos en horarios reducidos; tuvo que combinar el cuidado de su hogar y de sus cuatro hijos con las tareas y trabajos del curso,  e invertir las horas de descanso de sus días y sus fines de semana; pero tuvo el apoyo de su madre, de su tía, la solidaridad de sus compañeros de trabajo y de sus superiores... Así,  Shirley Condori Tito logró obtener su licencia de azafata de avión comercial  Avro RJ 85. 

Para hacer ese trabajo tendrá que desprenderse, cuando toque, de las elegantes polleras que eligió vestir orgullosa, del  coqueto borsalino que adorna su cabeza; también tendrá que desatar sus oscuras  trenzas para sujetar su pelo en un moño. Tiene que vestir un uniforme. Son las normas de seguridad que exige ser sobrecargo de una aeronave y ella las cumple sin dudar porque es parte de ese paso más que dio en su vida para alcanzar el cielo.

Shirley está divorciada hace varios años. Se quedó a cargo de sus cuatro hijos, todos varones, el mayor tiene 16 años y el último seis. “Mi exesposo es buen padre, no descuida a sus hijos”, remarca la cholita de elegante estampa que comenzó a soñar con surcar los cielos en un avión cuando llegó a trabajar a la Dirección General de Aeronáutica Civil (DGAC)  como recepcionista, en 2014.

Shirley muestra orgullosa  su licencia para ser azafata del Avro RJ 85.

“Tener una licencia es el primer paso. En la carrera aeronáutica tienes que hacer cursos, tener una preparación  constante, alcanzar experiencia; es un proceso largo, sólo Dios sabe cuánto me tomé completarlo, pero he dado el primer paso, ya tengo la licencia, ahora lo siguiente es volar y seguir persiguiendo objetivos”, afirma contundente la mujer de ojos oscuros y brillantes. 

Pero no podrá lucir  su vestimenta tradicional, la de su madre  y su abuela, y la que ella luchó por llevar, en tiempos en que incluso era una decisión familiar que las hijas mujeres vistieran “pantalón” en vez de pollera.  “En lo aeronáutico todo está absolutamente normado. La tripulante de cabina tiene  un manual aprobado por la DGAC porque el aéreo es el transporte más seguro.  Yo no busqué ser la primera cholita tripulante de cabina; yo quiero ser la primera persona en respetar la norma, lo que está reglamentado. Me gustaría que el uniforme se adecúe a mi forma de vestir, a la pollera, o mantener mis trenzas,  que las amo, me hacen lo que soy, pero no puedo ir en contra de la normativa. Puede haber una incidente en el avión, mis trenzas pueden trabarse, todos es cuestión de segundos”, explica la flamante aeromoza.

La cholita de gran prestancia  en la recepción de la DGAC.

Ya estuvo en el aire cumpliendo el trabajo de sobrecargo. Fueron sus horas de práctica en el avión, de aeropuerto en aeropuerto. Aún siente la adrenalina, se emociona y quiere volver a sentir esa experiencia.  “Quiero volar, apenas se presente la primera convocatoria me presentaré, ¡quiero volar!”, insiste.

“Mis hijos mayores ya nos son tan chicos”, añade de inmediato. 

La nueva sobrecargo paceña nació en Coro Coro, en la provincia Pacajes, pero a sus seis años sus padres la trajeron - a ella y sus hermanos - a vivir a la ciudad de La Paz, obligados por la relocalización minera que dejó a su padre sin trabajo. “Mi papá era minero;  cuando llegamos a La Paz fue a Argentina a trabajar, pero nunca volvió. Nos quedamos a cargo de mi mamá Juana, que se dedicó a trabajar sin parar  para que no faltara  comida y pudiéramos estudiar”, dice. 

Shirley de niña  en una hora cívica escolar.

Se establecieron en Rosaspampa, en El Alto, un barrio que comenzaba a nacer. “No había agua, teníamos  que caminar mucho para conseguirla”, recuerda. 

Fue un inicio fue muy difícil, porque tuvieron que acomodarse a una vida con muchas necesidades materiales; todo lo contrario a la vida en la mina. “De pronto se acabó todo: ya no había la pulpería con los alimentos para elegir, no había el cine, la piscina, los juguetes increíbles, el estudio y la salud de primera;  esa vida privilegiada se había esfumado, pero nos acomodamos. Mi mamá hizo todo para que no  faltara el pan  y mis abuelos no  nos abandonaron”, afirma, 

Esos abuelos son Antonio Tito y Benita Aduviri. “Si mi abuelo Tito siempre estuvo pendiente de que no nos faltara nada, mi abuela Benita nos inculcaba los valores y principios. Ella nunca salió del campo pero sabía y sabe todo. Mi admiración y agradecimiento por ellos es y será siempre enorme; me adoraban y yo a ellos”, cuenta.

Shirley (der.) y su mamá, ambas fueron dirigentes gremiales.

Lejos de Coro Coro, Shirley tuvo que renunciar a algo más: a su forma de vestir. Su pollerita de niña fue reemplazada por un buzo y sus trenzas por una cola. “La vida en la ciudad era diferente y mi mamá y mi abuela decidieron que debía dejar de usar pollera. Era muy niña y no entendía la situación y el sentido, pero tampoco pregunté, hasta que fui más grande y  cuestioné por qué no podía usar pollera. La respuesta de siempre era que ‘era lo mejor’. ‘Quiero que seas mejor que yo, tienes que estudiar’, me decía mi mamá”, recuerda.

“Pero yo quería ser como ellas”, añade. Por eso cuando pudo tomar sus  decisiones, después de salir bachiller y de casarse, tomó las polleras para siempre. No todos estuvieron de acuerdo, pero impuso su decisión. Hasta ahora, a muchos, sobre todo a los que no la conocen,  no les parece su determinación y hasta dudan de que sea una “mujer de pollera original”. “Creen que soy una impostora, que estoy disfrazada;  incluso las personas que son de pueblo, como yo, y eso me duele. Me expreso como debe ser y me gusta lucir impecable, por eso creen que soy una impostora”, comenta. “Sólo he estudiado y me comportó de acuerdo a la situación”, añade.

La sobrecargo  ante un Cessna T2000 6H.

Es que su mamá la impulsó siempre a estudiar. La quiso profesional, incluso antes de que naciera, desde que la tuvo en su vientre y vio ese anuncio de periódico en el que se leía “nueva profesional” y aparecía la foto de una mujer joven con el nombre de Joice. Cuando la bautizaron le puso Joice de segundo nombre. “Soy Shirley Joice Condori Tito. No combinan mis nombres y mis apellidos,  ¿no?”, dice la cholita lanzando una risita. “Mi papá me puso Shirley porque se lo pidió el médico que me hizo nacer. Ese médico nunca había tenido hijos. Mi papá en agradecimiento hizo realidad su deseo”, añade y vuelve a reír.

Shirley nunca rompió el lazo con Coro Coro, adonde regresaba en cada vacación . En su pueblo encontraba a sus abuelos,  volvía a usar la pollera, a trenzar sus cabellos, correr por la pampa y las quebradas, pasteando ovejas o vacas, sintiendo  esa libertad que volvió a experimentar en las jornadas de supervivencia que contempló el curso en el que se graduó de azafata. Fueron cinco días en los que vivió un simulacro de accidente aéreo en situación extrema.

“Pusimos en práctica los cursos de primeros auxilios, de medicina aeronáutica y  a prueba nuestra  resistencia”, dice la azafata.

Está lista para volver al aire y para alcanzar todos sus sueños y también otros objetivos, como ser autoridad comunitaria de su pueblo. Todavía no puede porque está divorciada, pero confía en que podrá cumplir ese deber con su hijo mayor o con su mamá; juntas ya fueron dirigentes de los gremiales de El Alto. Es que Shirley también es gremial, tomó el rubro de su madre para poder ayudar a mantener a sus hermanos, para estudiar y alcanzar sus sueños. También es modelo de Promociones Rosario.

“Quiero volar, tengo que ejercer”, insiste. En su cuello cuelga una medalla con forma de avión. “Es un Hércules”, explica. Se la obsequió una compañera de trabajo el día que recibió su licencia de tripulante de cabina. Un motivo más para alcanzar su sueño de tocar el cielo.
 

 

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