Conservar y restaurar los bosques de manglares, tarea urgente en la región

Conservar estos ecosistemas es indispensable para proteger las costas de la erosión, inundaciones y minimizar el impacto de huracanes y tormentas. Este bosque captura más CO2 que cualquier otro en el planeta.
viernes, 23 de abril de 2021 · 05:04

Mongabay Latam

Todos los años, los científicos hacen llamados cada vez más urgentes para proteger la vida en la Tierra. La deforestación, principalmente de bosques tropicales, se ha convertido en una de las mayores preocupaciones a nivel mundial y, en los últimos años, los ecosistemas costeros han empezado a tomar protagonismo en las discusiones ambientales. La temporada de huracanes y tormentas tropicales en el Caribe durante 2020 —la más intensa desde que se tienen registros— fue uno de los más recientes ejemplos de los estragos que está causando el cambio climático y cómo el buen estado de estos ecosistemas es vital para mitigar sus graves impactos.

Entre esos ecosistemas destacan los bosques de manglar, zonas de transición entre la vida marina y la vida terrestre, conocidos como la sala cuna de gran parte de la vida en el océano y destacados porque cada hectárea captura y almacena más carbono que cualquier otro bosque. “Son como la piel en el cuerpo. Protegen al mar de lo que proviene de la tierra y a la tierra de lo que proviene del mar”, dice Jorge Herrera, biólogo mexicano, investigador del Centro de Investigación y Estudios Avanzados (Cinvestav) y uno de los científicos latinoamericanos que más ha trabajado con manglares.

Por el Día de la Tierra, que se conmemoró ayer, Mongabay Latam presenta un panorama del estado de los manglares en México, Colombia y Ecuador, tres países con grandes áreas de manglar en sus territorios. ¿Cuáles son sus principales amenazas?, ¿qué pasaría si se pierden estos bosques?, ¿qué se está haciendo para restaurarlos y conservarlos?

Los manglares  de la región

En un artículo publicado en la revista Plos One en 2010, un grupo de científicos reveló que los bosques de manglares brindan al menos 1.600 millones de dólares por año en servicios ecosistémicos y dan sustento a los habitantes de las zonas costeras. Sin embargo, encontraron que están desapareciendo con rapidez pues se talan para el desarrollo urbano costero y la acuicultura; así como para obtener leña y producir combustible.

Al compilar información sobre la distribución específica, características y estado de poblaciones de las 70 especies conocidas de manglares a nivel mundial, encontraron que 11 de ellas (16%) se encuentran en gran amenaza de extinción y que, además, “la pérdida de las especies de manglares tendrá consecuencias económicas y ambientales devastadoras para las comunidades costeras”. Por su parte, la Unesco, Conservación Internacional y la UICN, en su iniciativa Blue Carbon, destacan que los manglares en el mundo se están perdiendo a una tasa de 2%   anual y que emiten el 10% de las emisiones de CO2 causadas por la deforestación, a pesar de que sólo cubren el 0,7% de la superficie terrestre.

El biólogo mexicano Jorge Herrera considera que los manglares en su país están en alto riesgo,  dado que las políticas de protección al ambiente han cambiado mucho en los últimos 20 años. 

“Se ha dado de manera ilegal una apertura a deforestar para el cambio de uso del suelo para actividades productivas diferentes a las permitidas en manglar, no obstante que México tiene una muy buena ley de protección al ambiente y que está  en la norma oficial como especies en peligro”.

En Colombia, según dice Alexandra Rodríguez, jefe de la línea de Rehabilitación de Ecosistemas Marinos y Costeros del Instituto de Investigaciones Marinas y Costeras (Invemar), en las décadas de los años  60 y 70 la condición de los manglares en el país no era muy buena, pero en los últimos años ha mejorado.

Sin embargo, hay grandes diferencias entre lo que ocurre con estos bosques en el litoral Pacífico y el litoral Caribe. “En el Pacífico tenemos extensas áreas bien conservadas, pero en el Caribe hay problemáticas que requieren atención”, dice Rodríguez, haciendo énfasis sobre todo en la Ciénaga Grande del Magdalena, donde las carreteras y actividades agropecuarias han afectado fuertemente el flujo de agua en el ecosistema.

Por su parte, Ecuador hoy se jacta de tener uno de los planes de conservación con comunidades más exitosos de la región. Después del “boom” camaronero de la década de los años  80, que llevó a la deforestación de más de 56.000 hectáreas de manglares, el Gobierno emitió un decreto de uso y custodia de los manglares para las comunidades ancestrales o que tradicionalmente han utilizado los recursos de este ecosistema.

Plantaciones  de  manglares en México.

Esta labor ha permitido, de acuerdo con Fausto López, docente de la Universidad Técnica Particular de Loja y coordinador del grupo de investigación Gobernanza, biodiversidad y áreas protegidas, que haya 59 acuerdos que protegen aproximadamente 69.300 hectáreas de manglares, sumadas a las 72.500 hectáreas protegidas en el Sistema Nacional de Áreas Protegidas del Ecuador (SNAP). El 87% de los manglares del país están protegidos.

“Ahí hay un compromiso de lado y lado. Es una relación gana-gana para las comunidades y para el Gobierno. Se extraen recursos de forma sustentable y el Estado se ahorra las labores de monitoreo y patrullaje,  pues las personas son las más interesadas en conservar los manglares para garantizar su sustento”, añade López.

Urgen acciones de restauración coordinadas

Los expertos consultados por Mongabay Latam coinciden en que los manglares se encuentran expuestos a varias amenazas que suelen ser comunes en muchos de los países latinoamericanos. Jorge Herrera menciona la extracción petrolera en el mar, el turismo, la ganadería, la agricultura, las carreteras e, incluso, el mal diseño de puertos. Natalia Molina, bióloga ecuatoriana e investigadora de la Universidad Espíritu Santo en Guayaquil, agrega a la lista la contaminación del agua por actividades mineras y agrícolas, y la expansión urbana de grandes ciudades, como otras fuertes presiones que todavía enfrentan los manglares.

Sumado a estas amenazas, los científicos aseguran que hay  esfuerzos de conservación y restauración pero no existe un fuerte trabajo colectivo. “En México no hay una estrategia nacional”, reconoce Herrera. 

“Cuando revisas los estudios sobre manglares, no hay metodologías estandarizadas que permitan compararlos. Faltan estudios integrados sobre los manglares de América”, resalta Molina.

Si bien estos ecosistemas son altamente resilientes, la presión humana está haciendo que su recuperación sea cada vez más lenta o, en el peor de los casos, que no puedan recuperarse. Es por eso que en muchas ocasiones se necesitan intervenciones activas en restauración.

En  México  estos ecosistemas están en alto riesgo.

El biólogo Jorge Herrera lleva más de 30 años trabajando con manglares en México y es una de las principales referencias en temas de restauración en la región. “Empezamos a incursionar en la restauración porque veíamos que muchos proyectos de reforestación de manglar no eran exitosos. A través del tiempo hemos desarrollado una estrategia en la que, basándonos en el diagnóstico del sitio que tiene el problema, identificamos las causas de la muerte del manglar y definimos las acciones específicas a implementar”, comenta.

Aunque cada caso tiene sus particularidades, Herrera asegura que una de las acciones más importantes es la rehabilitación hidrológica, pues no se puede perder de vista que el manglar es un humedal y por lo tanto necesita agua que circule. 

Es necesario destapar canales de marea o crear nuevos cuando éstos están completamente bloqueados. En ocasiones, el biólogo y los colegas con los que trabaja han tenido que implementar pasos de agua en las carreteras para conectar las zonas de manglar que quedaron fragmentadas.

Otra acción importante en la restauración de estos ecosistemas tiene que ver con la nivelación topográfica. “Si la materia orgánica se expone al aire, se oxida y eso se convierte en dióxido de carbono que va a la atmósfera. Además de incrementar los gases de efecto invernadero, hace que el nivel del suelo baje”.

Los bosques  de manglares son  zonas de transición entre la vida marina y  la terrestre.

En muchas de sus intervenciones, expertos como Herrera, utilizan las semillas y propágulos —partes de las plantas que permiten su reproducción asexual— de la zona en la que están trabajando y las siembran directamente en los lugares que quieren recuperar.

En estos procesos los científicos se han dado cuenta de la importancia del trabajo colaborativo. “Lo primero que se tiene que hacer es formar un grupo donde, idealmente, deben estar: comunidades, organizaciones de la sociedad civil, gobiernos, academia y los financiadores”, destaca Herrera.

Natalia Molina resalta el rol de las comunidades, pues a eso atribuye el éxito ecuatoriano en la conservación de manglares. “La ciencia tiene que responder a los problemas que tienen las comunidades, no es sólo para que los científicos se halaguen entre ellos: ‘qué bonito tu estudio’. Estamos para servir a las comunidades porque ellas son las que sostienen el manglar y lo conocen”, asegura.
 

 

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