La pandemia contada desde dentro de la Amazonia boliviana

En Guayaramerín, Riberalta y Cobija y otras se padece por los precios elevados de los medicamentos y su escasez. La población asegura que no se le informó oportunamente y que duda de la efectividad de la vacuna.
miércoles, 12 de mayo de 2021 · 05:04

Carlos Arce Castedo /  Beni

Dos son las realidades que vive la región amazónica de Bolivia por la presencia de una enfermedad que aquí no es desconocida. La gente de la selva profunda ha incorporado en su cultura que toda presencia externa, aun la humana, es una plaga. Y explica que esa presencia da cuenta de la vida de la casa (la selva) y la gente. Eso es lo que viene ocurriendo desde el descubrimiento de las tierras de esta parte del mundo que para esos descubridores siempre fue sólo tierra inhóspita y no (como realmente es) la casa común de miles de miles de personas: esse ejjas (gente  como tú; en el idioma de ese pueblo que habita a las orillas del río Beni).

Personal de salud  toma datos a  personas que acuden a vacunarse.

Y mientras las noticias comenzaron a propalarse, que aquí son argumento para una ronda de conversación, se daba cuenta de una enfermedad mortal que estaba acabando con la gente de las ciudades. Fue fácil de comprobar porque el que, quiera o no quiera, tiene un familiar en las florecientes ciudades amazónicas. Resultó impactante y doloroso porque entre la gente que emigró a las ciudades estaban los abuelos. Así que, con o sin recursos,  las canoas comenzaron a arribar a los ríos y riachuelos repatriando a los mayores. Los que retornaron al corazón de la selva gozan de salud. 

Hay, entonces, una realidad para la plaga-ciudad y otra para la plaga-selva. Y es esa gente concentrada en Guayaramerín, Riberalta y Cobija; pero también en otras menores, la que está pasando momentos difíciles y vive dramas increíbles: hijos, nietos y esposo o esposa en las puertas de los hospitales. Y llantos y gritos. Y esfuerzos,  como el de aquella esposa que intentó la respiración boca a boca para salvar a su pareja. 

Una  mujer  es inoculada contra la Covid-19.

Y la gente de prisa y corriendo en busca de medicamentos; medicamentos imposibles por sus precios elevados o porque las farmacias están vacías. La alcaldesa electa de Cobija, Ana Lucia Reiss, lanzó la verdad: la gente se está muriendo porque no tiene plata.

La infraestructura hospitalaria es otro gran problema. Y sólo sirvió, en confesión de los propios médicos y enfermeras, para concentrar los contagios. Los hospitales no cuentan con los equipos y los especialistas son contados ante tamaña emergencia. De aquí fue de donde salió el muy merecido calificativo de los héroes de blanco. Los turnos dobles se hicieron corrientes (y aún siguen en algunos hospitales). Y las farmacias de los hospitales son sólo letrero.

Se entiende, ahora, ¿por qué la gente no se quiere internar a sabiendo de la gravedad de su estado? ¿Se entiende ahora por qué el escepticismo ante la vacuna?

La vacuna

Contrariamente a lo que se cree, la gente de esta parte del país está perfectamente informada del acontecer mundial y, en este caso, de todo el proceso que siguieron las vacunas en la China, en Rusia, en Europa y los Estados Unidos. Los medios de comunicación brasileños han vencido hace rato las fronteras y se encargan de presentar estos acontecimientos, no sólo con lujos de audio sino con proliferación de videos.

A fines del año pasado se conocía incluso ofertas especiales y más de un boliviano se dejó tentar por las carísimas vacunas privadas. Aparentemente los resultados no fueron negativos porque no se conoce de ninguna protesta.

Y Brasil también se adelantó en las vacunas distribuidas por el Estado gratuitamente. Igual, algunos bolivianos que ostentan doble nacionalidad se pasaron al frente.

El Estado boliviano comenzó aquí su tarea en febrero en medio de una gran expectativa pero también en un clima de marcada incredulidad. Primero los ancianos. Y aquí hay muchos por mucho, que las estadísticas digan lo contrario.

Y si el comienzo fue difícil, el desarrollo de la campaña es aún mayor. Es que las cifras no coinciden con la realidad de la región amazónica que está próxima al medio millón de habitantes, y los centralistas órganos del Estado deberían saberlo, porque desde allí se forzaron migraciones al calor de la interculturalidad que aquí nadie entiende porque en la práctica resultó un avasallamiento de identidad y de cultura.

Cobija ha dado tal salto que ahora en los proyectos de urbanización se argumentan 150 mil habitantes para exigir nuevos centros especializados de salud para mujeres y niños. Riberalta nunca paró de crecer. Y lo mismo Guayaramerín. Y los puntos intermedios como San Borja o Rurrenabaque. O El Sena. Y Porvenir y Soberanía. E incluso han aparecido nuevos pueblos de extraños nombres y extraños habitantes.

Todos los esfuerzos posibles. Todo lo que podemos hacer, lo hacemos, dijo Roxana Lima Nakashima, responsable del Programa Ampliado de Inmunizaciones del Sedes Pando. Y ello implica -según acotó- moverse en Cobija como en las poblaciones alejadas: Bolpebra, en el extremo noroeste. O Fortaleza del Abuna, al extremo Este. O hacia el Sur como Cavinas, San Antonio.  Todo en medio de numerosas limitaciones, transporte y la seguridad que necesitan las vacunas.

Falta de información

La gente aduce que no se le ha informado oportunamente y que duda de la efectividad de la vacuna. Las autoridades dicen que sí se lanzaron campañas, no sólo sobre la vacuna, sino sobre la conducta que tiene que se tiene que respetar para evitar los contagios. Y la gente vuelve a responder que los medios de comunicación son muy limitados y no llegan a los lugares alejados, aparte de Cobija.

Lo cierto es que la respuesta de la gente tardó mucho. Sólo en los últimos días, al hacerse evidente los impactos de la segunda y tercera ola, los puestos de vacunación comenzaron a ser visitados. Las autoridades hicieron lo suyo al instalar puestos móviles, porque era evidente el incremento de contagios y decesos.

De menos de una decena de casos confirmados a principios de año se llegó a  centenares de un día y otro día. Y la fatalidad se repetía en hogares conocidos, al extremo que uno de los candidatos en las últimas elecciones murió y sus partidarios se retiraron de la contienda.

Sedes Pando informó que hasta fines de la semana pasada había recibido 43.570 dosis de vacuna, de las cuales 7.500 son de industria rusa, 16.070 de procedencia china y 20.000 de manufactura inglesa. Se trata de donaciones de la Organización Mundial de la Salud a través de su programa Covax y otras de países amigos, según explicación del gobierno.

Se espera que cuando se concreten las compras directas de parte del Estado boliviano se pondrá en marcha las vacunaciones masivas.

El vacío en el caso de Pando, por tanto, es grande; oficialmente, hasta principios de esta semana, se  vacunó al personal de salud, que llegó a las 2.540 personas, y a  7.717 adultos. En los dos últimos días la campaña de hizo general y en puestos públicos y móviles.

Lima Nakashima se declaró esperanzada en que la gente cambiará de actitud frente a la vacuna y terminará concurriendo a hospitales y postas que están en esa tarea. Cree que se está tomando consciencia del peligro y del trato preferente que se está recibiendo se parte del Estado por la condición fronteriza de Pando.

Los decesos

Los informes oficiales sobre los decesos no parecen ir de la mano con la realidad por lo que dicen los familiares y por el intenso trabajo de un cementerio que se ha improvisado a casi 30 kilómetros de la ciudad de Cobija. Es por la zona de Mejillones, donde el panorama se mezcla entre el dolor de los afectados y la belleza de la naturaleza.

Oficialmente, en la última semana, se ha dado cuenta de una decena de fallecidos. Y la presencia de deudos en el cementerio confirma que ese número es mayor.

El escenario del “Cementerio Covid”, como le llaman, parece, sin embargo, cambiarlo todo: las velas y los sollozos se combinan con el trino de las aves y los sonidos que emiten los insectos. Y bellas orquídeas (las famosas orquídeas amazónicas) rodean ese campo de dolor y amor. Allí uno de los deudos lanzó su dolor: Mis lágrimas se convierten en cristalinas letras de vida.

Carlos Arce Castedo es periodista.
 

 

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