Un año, dos pandemias

La Covid-19 y la Infodemia se diseminaron con serias consecuencias para la salud y la calidad de vida. No sólo la pandemia golpeó, sino también la información falsa en torno a este mal que todavía está fuerte.
miércoles, 26 de mayo de 2021 · 05:04

Alejandra Arrien, Mirtha Ayala, Verónica Cuestas y Daniel Zuvieta/ La Paz,  Bolivia

Ana (nombre ficticio) partió de Italia rumbo a Bolivia con el anhelo de ver a sus hijos y de pasar tiempo con ellos tras años de ausencia, pero los planes dieron un inesperado giro y su estadía en el país se tradujo en un drama para ella y su familia. Resultó ser la paciente cero del Covid-19 en el país, y la desinformación y los rumores que se tejieron en torno a su estado de salud estuvieron a punto de desencadenar una tragedia.

Era 10 de marzo de 2020 y el Gobierno había confirmado la detección del primer caso del nuevo Coronavirus en territorio nacional. A su retorno de Europa, Ana se había instalado en el municipio cruceño de San Carlos, una ciudad del oriente de no más de 20 mil habitantes, con un hospital pequeño y precario, donde el personal médico es reducido y las medidas de bioseguridad eran poco conocidas, incluso entre los profesionales en salud.

Pese a todas las limitaciones, la situación parecía controlada. Debía ser aislada para evitar contactos y la propagación del virus; pero una noticia falsa cambió drásticamente el panorama.

En las redes sociales empezó a circular una fotografía de Ana junto a uno de sus hijos, el texto era lapidario: “De la paciente de San Carlos, dice que vino a morir a su tierra natal; ella trabajaba en Italia, cuidaba a un anciano con coronavirus; allá le confirmaron que dio positivo a covid-19… la población está enojada porque el Sedes de Santa Cruz mintió”.

La noticia falsa se viralizó rápidamente en las redes sociales, la gente la compartió sin verificación alguna y se multiplicó por miles en WhatsApp, Facebook, Instagram y Twitter.

Ana peregrinó por cuatro hospitales, en ninguno quisieron recibirla. El personal médico salió a las puertas de los cuatro centros de salud para impedirle su ingreso. En el barrio, su familia fue hostigada y rechazada por la vecindad, ésa que siempre solía abrirle los brazos. En vista del rechazo, la mentira y el miedo desatados, tuvo que pasar la noche en la vivienda de una autoridad del Sedes, prácticamente en la clandestinidad.

 

Con el paso de las horas, nuevas y más versiones se siguieron compartiendo; la información oficial y los reportes periodísticos resultaron insuficientes. En los siguientes días, nuevos casos de COVID-19 se fueron reportando en diversas regiones del país y la desinformación se propagaba en paralelo.

En Bolivia, como en el resto del mundo, la población debía hacer frente a dos fenómenos: la pandemia y la infodemia. La primera generó una crisis sanitaria global y la fractura de las economías más poderosas. La segunda, una avalancha de desinformación, falsedades, miedo, confusión, y la toma de decisiones poco pensadas y hasta erradas.

Dadas las circunstancias y el contexto, la Organización Mundial de la Salud (OMS) también se vio en la necesidad de llamar a combatir la infodemia, a la que no duda en definir como un fenómeno capaz “de truncar vidas”.

En una declaración conjunta con Naciones Unidas, Unicef, el PNUD, la Unesco, ONUSida, la Cruz Roja y otros organismos internacionales, la OMS alertó de una sobreabundancia de información, en línea y en otros formatos, con “intentos deliberados” por difundir información errónea con la finalidad de “socavar la respuesta de la salud pública y promover intereses de determinados grupos o personas”. Y advirtió que ésta puede “perjudicar la salud física y mental de las personas, incrementar la estigmatización, amenazar los logros en materia de salud y espolear el incumplimiento de las medidas de salud pública”. Por tanto, añadió, la capacidad de los países de frenar la pandemia se ve amenazada.

 

Las noticias falsas o fake news son parte de ese arsenal. César Del Castillo, periodista y especialista en desinformación explica que, se trata de contenidos “creados para difundir información falsa o descontextualizada o para mentir a la ciudadanía y afectar su conducta o estado de ánimo”.

Los promotores de estas noticias falsas lo hacen abrigados en el anonimato, por lo que las personas, instituciones o empresas afectadas no tienen forma de defenderse y asumir acciones legales. Y su perfil es, por lo general, el de una persona “inclinada a causar daño y generar miedo”, afirma Verónica Alí, psicóloga de la Defensoría de la Niñez y Adolescencia del gobierno municipal de Uyuni (Potosí). 

Desinformación y periodismo

Detrás de la desinformación y una noticia falsa hay objetivos, éstos pueden ser políticos, económicos o pretender afectar la conducta emocional de un colectivo, algo muy ligado a la coyuntura actual en Bolivia y el mundo a consecuencia de la pandemia del Covid-19.

Según un estudio del Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT), las fake news se propagan siete veces más rápido que una noticia real, lo que pone a los periodistas y medios de comunicación ante un gran desafío al tratar de contrarrestar la propagación del nuevo coronavirus.

El jefe nacional de noticias de una red de televisión boliviana, que pidió mantener su identidad en reserva, afirma que día que pasa, el reto es mayor. La desinformación y las noticias falsas “contaminan la opinión pública y hacen más difícil nuestro trabajo, porque el consumidor tiende a creer más rápido lo que ve en las redes, sin ningún ejercicio de verificación, que lo que se publica en los medios de comunicación donde trabajan equipos profesionales”.

Brigadas  se desplazaron por  áreas alejadas de la ciudad.
Foto: Archivo / Página Siete

Llama la atención sobre lo que viene sucediendo con respecto a la vacunación, cuando circulan versiones que ponen en duda su efectividad. Este tema —dice— se constituye en una amenaza a la salud y la vida de la población, por lo que es necesario que los periodistas desmonten, con información, oficial, clara y oportuna, las versiones infundadas. En ciertos casos, gente inescrupulosa emplea, incluso, la línea gráfica de los medios de comunicación para falsear la verdad.

Para hacer frente a las cadenas de desinformación, empresas, instituciones y medios de comunicación trabajan constantemente en la verificación de datos, aunque la avalancha de información supera cualquier esfuerzo.

Una de las organizaciones de la región más reconocidas en este ámbito es Latamchequea. Olivia Sohr, directora de impacto y nuevas iniciativas de Chequeado, con sede en Buenos Aires (Argentina) explica que el proyecto nació en 2010, cuando un físico, un químico y un economista coincidieron en que la ciudadanía tenía la necesidad y el derecho de acceder a datos de manera sencilla y real. “Se creó para suplir el déficit de datos concretos sobre determinado tema, para poder participar de una manera activa en el debate democrático”, expone.

La especialista en verificación coincide con sus colegas de Bolivia y asegura que las fake news se emplean para probar las emociones, ya sea rabia, esperanza o temor, y por lo mismo, viajan más rápido que una noticia real.

Al inicio de la pandemia, Latamchequea tuvo que hacer frente a un alud de información ligada al nuevo coronavirus. “Se llegó a revisar al menos 3.000 noticias entre chequeos y verificaciones, todos sobre el Covid-19”, dice Sohr, aunque en su criterio, la cifra pudo ser superior.

En Bolivia la situación no fue diferente. “El país tuvo un 2020 peculiar no sólo por la pandemia, también por las elecciones y la crisis política ligada al Gobierno transitorio”, explica Carolina Méndez, periodista y verificadora de Bolivia Verifica.

Desde el inicio de la pandemia en el país, es decir desde marzo de 2020, Bolivia Verifica ha reportado cerca de 270 noticias falsas relacionadas con la nueva patología.

Y en este mismo período, precisamente en coincidencia con el comportamiento de la enfermedad, también se han registrado picos de desinformación, que pese a los esfuerzos no han podido ser aplacados. Julio de 2020 es un ejemplo; ese mes, Bolivia Verifica halló 99 noticias falsas, de las cuales 45 tenían que ver con el nuevo virus, 27 con el ámbito político, 20 con las elecciones y siete se referían a estafas.

El fenómeno se repitió en enero de 2021, justo cuando el país ingresó a la segunda ola de casos. Una vez más, se produjo un incremento de las fake news relacionadas a la pandemia, generando 62 noticias falsas de un total de 120.

Entretanto que, según datos proporcionados por ChequeaBolivia, en lo que va de la pandemia del Covid-19 en el país, un aproximado de 270 fake news o noticias falsas relacionadas a la patología viral han sido publicadas.

“La guerra contra la mentira no se ha ganado y la lucha es necesaria, no sé si tendremos el suficiente batallón. Muchas veces, la mentira se difunde más rápido que la verdad o el desmentido”, reflexiona Méndez.

Estas mentiras han provocado violencia, dolor, temor e incluso la muerte. En Bolivia, el caso de Ana es un ejemplo de cómo la alteración y manipulación de datos puede causar miedo y violencia, pero hay eventos aún más dramáticos. Olivia Sohr recuerda el caso de un niño que perdió la vida luego de que sus padres le dieran una sustancia que supuestamente lo recuperaría del COVID-19. “Unos padres le dieron a su hijo dióxido de cloro, pensando que podían curarlo y el chico murió; pero, además, no tenía coronavirus. Hay consecuencias fatales a raíz de las noticias falsas”, sentencia.

Muchas  vendedoras de alimentos no bajaron la guardia.
Foto: Archivo / Página Siete

Impacto negativo en la población

La propagación del Covid-19 en el territorio nacional y el establecimiento de un confinamiento rígido inédito en el país coincidieron con la infodemia, generando un cóctel de confusión, miedo, desorden y desesperación en gran parte de la población.

Los primeros síntomas de este fenómeno se manifestaron al inicio de la pandemia, cuando la gente acudió a los centros de abasto en busca de artículos de bioseguridad y desinfección y, luego, a las farmacias en procura de fármacos que terminaron por agotarse. La consigna en redes sociales era abastecerse a como dé lugar.

“Desde inicios de marzo de 2020, las y los bolivianos experimentaron una desesperación colectiva nunca antes vista. Una semana antes de entrar en cuarentena se desnudaron las farmacias, la gente compró de manera impulsiva y en una situación de pánico. Lo propio sucedió con el alcohol en gel, barbijos, papel higiénico y otros implementos a causa de información errónea que se publicaba en las redes sociales”, indica Giselle Rocabado, psicóloga de la Unidad de Gestión Social de la Gobernación de Santa Cruz.

El sociólogo Diego Ariscain recuerda la manera en que afectaron las versiones sobre supuestas recetas milagrosas para tratar el Covid-19, lo que disparó las compras de medicamentos y otros productos no probados científicamente. Refiere también las afirmaciones infundadas en sentido de que la tecnología 5G causaba la enfermedad.

“Científicamente no se comprobó la efectividad de esas recetas y mucho menos que las antenas 5G causen el mal, o que esto se trate de una guerra biológica. Lo que sí fue interesante fue la posición que tomó el ser humano frente a un organismo invisible, que sacó lo mejor y lo peor de nosotros”.

El miedo al contagio y la desinformación al respecto también tuvo efectos adversos. Se manifestó, por ejemplo, en el rechazo a los enfermos y en el estigma sobre los contagiados, y como consecuencia, se produjo discriminación e injusticia. Como sucedió el 20 de mayo de 2020, cuando pobladores de Caranavi (La Paz) amenazaron con incendiar el centro de salud donde un grupo de 15 médicos y enfermeras se habían aislado ante la duda de contagio.

Comer chuño para evitar contraer el mal o usar determinadas plantas para combatir la enfermedad incluso estados críticos también generó debates en las redes sociales, pero además dio por ciertas versiones no sustentadas científicamente.

Maritza Patzy, directora de Medicina Tradicional e Interculturalidad del Ministerio de Salud, destaca el conocimiento y la labor de médicos tradicionales y naturistas en el tratamiento del Covid-19 en toda Bolivia. Explica que su trabajo está regulado por normativa vigente y que el conocimiento ancestral en el uso de plantas medicinales cuenta con el aval de un registro de especies. Pero asegura también que, en los casos graves, estos especialistas saben que “deben derivar al paciente para que reciba la atención en función de sus necesidades”.

Los supermercados  implementaron medidas de bioseguridad.
Foto: Archivo / Página Siete

La infodemia generó también una alta dosis de ansiedad en la ciudadanía. La difusión de información referida a los fallecimientos, el hallazgo de cadáveres en calles de Bolivia y otros países, pacientes a punto de perder la vida en las puertas de los hospitales configuraron un escenario devastador.

La psicóloga María Ibáñez explica que la exposición a este tipo de relatos en la televisión, el internet y otros canales de información y comunicación “incidió negativamente en la vida de las personas, con repercusiones en la salud emocional y física”.

Efectos de las fakes news en el manejo del covid-19

El caudal de desinformación que circula, particularmente en redes sociales, causó también un impacto en la gestión del COVID-19 en el sistema sanitario.

Yercin Mamani, jefe de Epidemiología del Servicio Departamental de Salud (Sedes) de Cochabamba, sostiene que las sobremedicaciones y la adopción errónea de tratamientos alternativos y sin sustento científico tuvieron consecuencias fatales.

Durante la primera y la segunda ola, el 80% de los pacientes críticos que requirieron internación en Unidades de Terapia Intensiva (UTI) perdieron la vida debido a las complicaciones con las que llegaron a los centros de salud. Mamani considera que muchos de los fallecimientos se vinculan, precisamente, a las malas prácticas derivadas de la desinformación.

“Este tipo de situaciones hizo que el paciente utilice alternativas terapéuticas que no estaban aprobadas. Lo mismo pasó con la medicina tradicional en determinados casos, asociada a todo tipo de remedios, pues hemos tenido pacientes intoxicados con ciertos insumos, y eso hizo que algunos agraven su situación y necesiten ser ingresados a terapia intensiva”, complementa el especialista.

Para el experto en salud pública, Guillermo Cuentas, no cabe duda que, sobre todo las redes sociales, han jugado un rol determinante en la distorsión de la información correcta sobre el manejo adecuado de la nueva enfermedad. Fue así al inicio de la pandemia y lo sigue siendo hoy en momentos en que se trata de avanzar en la inmunización a través de las vacunas.

Una primera alerta malintencionada fue dudar de su eficacia, otra versión diseminó la idea de que la vacunación tenía por finalidad una “terapia biológica” o, peor aún, una “modificación genética”. Estos y otros supuestos infundados influyeron negativamente en quienes se rehúsan a recibir las dosis. “Este tipo de situaciones ha ido afectando para que no haya una buena aceptación de las vacunas”, afirma Mamani.

Desde un inicio,  las farmacias vieron agotarse sus productos en cuestión de horas.
Foto:Archivo / Página Siete

Dudar y verificar antes de compartir

La propagación de desinformación y noticias falsas se puede contrarrestar. Por un lado, está el recurrir únicamente fuentes serias y oficiales para informarse. Y por otro, se recomienda aplicar un ejercicio práctico que consiste en dudar y verificar antes de consumir o compartir información engañosa.

La OMS sugiere visitar o acudir únicamente a fuentes oficiales, es decir a las que generan y proporcionan información de primera mano. En el caso de Bolivia, el Ministerio de Salud, la propia OMS y medios de comunicación serios. Asimismo, aconseja revisar estudios que hayan pasado por una revisión de pares, un arbitraje externo y publicaciones en revistas indexadas, y no solo artículos que hayan sido publicadas en las llamadas revistas piratas y sin evidencia científica.

“Lo primero que hay que hacer es dudar, si ves una noticia que impacta, que te afecta en el estado de ánimo, lo primero es desconfiar. Y lo segundo es verificar, se puede hacer click en la fotografía para ver si conduce a algún sitio; si es falso, lo normal es que esto no ocurra. También se puede hacer una verificación a través de Google, revisa si la frase te lleva a sitios de origen dudoso o a sitios confiables. Sólo si se verifica el dato se puede compartir, de lo contrario es mejor no ser parte de la cadena de desinformación”, orienta por su parte César del Castillo.

Esta misma rutina es aún más estricta para los periodistas. Los medios de comunicación deben adecuarse a la nueva realidad del desempeño del trabajo, “hay que entender que ya no puedes estar en la dinámica de esperar el momento preciso para mandar la noticia porque cuando lo haces, ya la mentira habrá circulado 20 veces más rápido”, añade.

Carolina Méndez cita otro aspecto que incide en la propagación de datos distorsionados: la tendencia por reafirmar las creencias personales viralizando ciertos mensajes. “Los contenidos falsos apelan a las emociones de los usuarios en las redes sociales, razón por la cual suelen difundirse con mayor rapidez, ya que confirman las creencias o puntos de vista de los ciudadanos. A esto se llama sesgo de confirmación, una tendencia a favorecer la información que ratifica las propias creencias o hipótesis de la gente desechando las posibles alternativas”.

Implementar un mecanismo de control de las noticias falsas es complicado, afirma Cuentas, por lo que considera que una buena estrategia de comunicación de riesgo debió ser la respuesta a esta problemática. “Hizo falta una mayor agresividad en la emisión de mensajes preventivos, informativos y educativos a través de los medios masivos de comunicación y otros no tradicionales. Sin embargo, es imposible contrarrestar las miles de noticias que circulan por día en las redes sociales”, sostiene.

En criterio de Cuentas, el informe cotidiano del número de casos entregado al inicio de la pandemia tuvo la virtud de ser adecuado, serio y sostenido, pero resultó y aún resulta insuficiente.

Este reportaje es el trabajo final del diplomado Periodismo Científico Cobertura y Procesamiento de la Información  Covid-19, organizado por la Fundación para el Periodismo, tutoreado por Patricia Cusicanqui y coordinado por Tania Frank Torrez con el apoyo de DW Akademie y la cooperación alemana en Bolivia.

 

 

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