El origen de los afrobolivianos, del Congo a Potosí

Documentos de 1572 conservados en el fondo Escrituras Notariales del Archivo Histórico de Potosí muestran que la compra y venta de esclavos era una actividad habitual en la Villa Imperial y alcanzaba precios altos.
jueves, 17 de junio de 2021 · 05:04

Juan José Toro  / Potosí

El Congo y Potosí son lugares tan lejanos y distintos entre sí que parece imposible pensar que alguna vez hayan tenido un destino común. Sin embargo, no sólo estuvieron interrelacionados mediante un comercio infame, sino que constituyeron la base de lo que hoy se conoce como la comunidad afroboliviana.

El vínculo fue indudablemente económico. La mita, que era un sistema de trabajo obligatorio, se convirtió en un fenómeno desestabilizador de la fuerza laboral  e incrementó la demanda de mano de obra. La mejor, desde luego, era la gratuita, así que eso determinó la necesidad de comprar esclavos. 

Prohibiciones

Aunque la esclavitud fue una institución que en tiempos antiguos era considerada natural, la caída del feudalismo europeo provocó su disminución debido a lo caro que resultaba mantener a los esclavos. Entonces, la servidumbre esclava pasó de economicista; es decir, necesaria para la producción, a característica de riqueza, ya que sólo las familias acaudaladas podían darse el lujo de tener esclavos en ciudades como Londres y París.

Pero un hecho cambiaría la historia de la humanidad. La llegada de Colón a América que, para todos los efectos en el siglo XV, aparecía como un nuevo continente, una tierra en la que había riquezas que necesitaban explotarse y, para eso, hacía falta mano de obra.

Lo primero que intentaron los europeos fue someter a los nativos y éstos se resistieron. Eso provocó resistencia, masacres y la desaparición de pueblos enteros. Las constantes quejas de algunos sacerdotes, como Bartolomé de las Casas, Antonio de Montesinos, Alonso de Espinar y Pedro García de Carrión dieron resultado y el rey Fernando II, el Católico, accedió a emitir normas, que son conocidas como las Leyes de Burgos, el 27 de diciembre de 1512, que abolían la esclavitud indígena y consideraban hombres libres a los naturales.

Por tanto, los indios no podían ser esclavizados y, como los conquistadores necesitaban mano de obra para trabajar los campos y las minas, debieron comprar esclavos. “Que para esto su majestad haga merced a los que viven en la dicha ciudad (de la Concepción, en la isla La Española) é á (sic) ella vinieren a vivir, de cuatrocientos negros para que se repartan en la dicha ciudad entre los vecinos del la á (sic) cada uno según lo que justo fuere”, dice una carta que Pedro López de Mesa dirigió al rey Fernando en 1523.

 La demanda de esclavos coincidió con el dominio que Portugal había asumido de territorios africanos, como el Congo, así que “la esclavitud floreció en las haciendas y minas de las Américas, desde el siglo XVI hasta el XIX”, según Mark Welton en El derecho internacional y la esclavitud.

Pero aunque importantes cantidades de esclavos eran llevados a las colonias inglesas, las minas más productivas eran de plata y estaban en territorios españoles, Zacatecas, en Nueva España, hoy México, y Potosí, en Nueva Toledo, después Charcas y hoy Bolivia. El colombiano Hermes Tovar dice que Zacatecas aportaba el 20% de la producción de plata mientras que Potosí cubría el 80%  restante. La mita

Entonces, comenzaron a llegar esclavos africanos a la mayoría de las ciudades de América y Potosí no fue la excepción. Al contrario, documentos de 1572 conservados en el fondo Escrituras Notariales del Archivo Histórico de Potosí demuestran que la compra y venta de esclavos era una actividad habitual y puesto en la Villa Imperial alcanzaba precios altos.

Así, un documento suscrito por Juan de Angusiana, que se identifica como “oficial de la Real Hacienda de su majestad”, certifica la venta de un esclavo de 23 años llamado Aton por la suma de 400 pesos ensayados. Esta suma es considerada elevada ya que, para ese tiempo, el peso ensayado, que todavía no era el acuñado, equivalía a 450 maravedíes.

Pero otro hecho económico cambiaría la historia.

Atendiendo las ordenanzas del virrey Francisco de Toledo, la mita comenzó a operar en 1575 y determinó que una gran cantidad de indios, de un total de 17 provincias de Charcas, sean asignados a trabajar por turnos en las minas del Cerro Rico. Citado por Cañete, Ramiro Valenzuela refiere que los asignados inicialmente por Toledo eran 91.000  y, de esos, 13.500 debían turnarse para trabajar anualmente en los socavones pero, como casi todo lo que tenía que ver con la mita, las normas no se cumplieron. Ni las cifras que recogieron los visitadores ni la de los propios virreyes son confiables porque los dueños de minas falsearon la información.

Lo cierto es que la mita produjo una notoria escasez de mano de obra no sólo porque absorbía una gran cantidad de elemento indígena, sino porque provocaba que los hombres en edad de ir a trabajar a la mina huyan para evitar un destino que solían asimilar a la muerte. “Ahora los pueblos han quedado asolados que aunque hay algunos donde no hay un solo indio que pueda ir a las minas”, dice un documento de fines del siglo XVII que se encuentra en la Biblioteca Nacional de España.

La inexistencia de mano de obra en por lo menos 17 provincias de Charcas incrementó la demanda de esclavos africanos que, empero, debido a su alto costo, no fueron destinados en su mayoría a las minas: “la excesiva altitud de Potosí limitaba la capacidad de los negros para trabajos físicos pesados; según informes contemporáneos, haber sometido a los negros a tales trabajos en las minas de Potosí les condujo a una muerte rápida; en vista de estos problemas, los mineros encontraron que no valía la pena invertir en mano de obra esclava negra los muchos cientos de pesos que costaba un esclavo”, según Peter Bakewell. 

Sin embargo, citando a Wolff, Bakewell afirma que “unos 5.000 negros vivían en Potosí a comienzos del siglo XVII. Muchos eran esclavos domésticos de comerciantes, oficiales y productores de plata. Otros varios eran artesanos, y varias docenas de esclavos negros estaban empleados en la acuñación de moneda”. Pero el dato llamativo es que “algunos de los 5.000 fueron, sin duda, liberados, dado que en especial, se les encontró, libres, en las chacras agrícolas alrededor de Potosí”.

Representación  de un esclavo en la Casa de Moneda.

Haciendas

Pero lo que Bakewell llama chacras eran, en realidad, haciendas que se habían establecido como tales en lugares próximos a Potosí, con un mejor clima, tanto que eran aptas para la producción de alimentos que podían ser vendidos en la Villa Imperial y un producto igualmente importante, el vino.

En las ya referidas Escrituras Notariales se puede encontrar documentos de transacciones que involucran a estas haciendas como, por ejemplo, un alquiler de “viñas, casas, ganados, recuas, esclavos, herramientas, fragua y todo lo demás a ello concerniente” que Juan Sánchez Mejía cede en favor de Pedro Sánchez Calderón el 14 de octubre de 1628 por la suma anual de 900 pesos corrientes de a ocho reales, según información que se halla en las Escrituras Notariales -70.3009 del Archivo Histórico de Potosí. 

Si bien este documento no es lo explícito que uno quisiera, otro, labrado 17 días después, el 31 de octubre de 1628 despeja todas las dudas respecto a la presencia africana en las haciendas próximas a Potosí.

Éste es el inventario de bienes del menor Josephe de Oquendo, heredero del difunto Joan de Oquendo junto a su madre, Augustina Feliz de Santander. El documento es un detalle de los bienes del niño en los que destaca una viña en el valle de Mataca que incluye huertas, frutales y acequias, además de muebles y utensilios de diverso valor, entre los que destacan objetos de plata. “Y ten un majuelo de hasta cuatro cinco mil cepas” (Ídem. 3010), además de otra viña de 10.000 a 11.000 cepas (ídem. 3009).

Detalle  del cuadro de Holguín con afrodescendientes.

El niño Oquendo tenía también 1.500 botijas vacías y 600 botijas de vino, lo que permite tener una idea de la producción vitivinícola en su propiedad. Pero lo que más llama la atención es la cantidad de esclavos africanos, 25, de diferentes sexos y edades. Con excepción de dos, que llevan el de Congo, la mayoría de esos esclavos está registrada con el apellido Angola, que denota su procedencia, mientras que los niños son mentados sólo por sus nombres: “Miguel, Matías, Julián, muchachos a dos a tres años, negritos; dos negritas, una Melchora, de 11 años, y otra Juana, de cinco (…) Dieguillo muchacho, Pablo muchacho” (Ídem. 3011). 

Pero lo que hace verdaderamente importante a este documento es su contexto. Aunque es de 1628, ya bien entrado el siglo XVII, señala que la casa principal “tiene una cuadra sala y recámara otra cuadra y despensa un corral grande de gallinas una cocina y otro corral grande donde se entierran los negros con algunas casas de tapias para los dichos negros con un lagar y dos bodegas…” (Ídem. 3009).

Entonces, encontramos que, para 1628, esta casa de hacienda ya había visto pasar por lo menos una generación de esclavos de los que algunos fueron enterrados en el corral grande. El hecho es expuesto como algo natural y eso permite formular la hipótesis que, para aquel año, el manejo de esclavos en las haciendas próximas a Potosí era algo corriente.

Lista de   esclavos africanos del niño Oquendo en 1628.

Todavía no se ha levantado un listado, y menos un censo de las haciendas de los alrededores de Potosí y uno de los obstáculos para ello es que muchas ya han desaparecido. Se sabe, empero, que estas propiedades, que eran herencia de las encomiendas o repartimientos que la corona había concedido a los españoles desde 1503, se extendían por Caiza, Puna, Betanzos, Chachí, Oronckota, Vilacaya, Pilaya o Paspaya, en los actuales cintis, y, en general, en todas las cabeceras de valle aledañas a la Villa Imperial.  En una visión más general, cubrieron lo que hoy son el área rural de las provincias Frías, Linares, Saavedra, Nor Chichas, Sud Chichas y Omiste, en el departamento de Potosí.

En plan de hipótesis, entonces, se puede presumir que, tras el fracaso en la adaptación de los africanos al trabajo en las minas, se optó por emplearlos en las haciendas, en labores agrícolas. Aun así, había esclavos trabajando en las hornazas de la primera Casa de Moneda y otros cumpliendo labor de servidumbre en las casas de los vecinos más ricos de Potosí. Su presencia y función se testimonia en el cuadro Entrada del arzobispo virrey Morcillo en Potosí, que Melchor Pérez de Holguín pintó en 1716 y en el que se puede ver a africanos vestidos de librea y hasta montando a caballo, lo que permite suponer que eran hombres libres o libertos. 

Ahora bien, respecto a los que fueron llevados a las haciendas, se entiende que vivieron en éstas por generaciones y, al hacerlo, desarrollaron su cultura, así sea con las limitaciones que les imponía la esclavitud. Prueba de ello son los elementos africanos que pasaron a formar parte de la cultura andina, como el mondongo. No se puede descartar que su actividad vitivinícola haya dado lugar a ciertas manifestaciones, como la  Morenada. 

Carta en la  que se advierte que pueblos se quedan sin indios.

Aunque hubo negros libres y libertos, la condición de esclavos de los descendientes de africanos se prolongó hasta los primeros años de la República, cuando por fin se abolió la esclavitud. Durante el gobierno de Andrés de Santa Cruz, comunidades enteras de afrodescendientes dejaron las haciendas de Potosí y fueron a establecerse en los Yungas de La Paz.

En lugares como Vilacaya dejaron huellas como la danza Los negritos, que se baila en la fiesta de la Virgen de La Candelaria, y cuyos movimientos y matraca recuerdan de inmediato a la Morenada. La Casa de Moneda ha documentado otra danza, La mariposa, en el área rural de Chaquí. Su actual director en ejercicio, Benjamín Condori, dice que la capa que usan los bailarines se parece a la ropa de morenos que se exhibe en el Museo Etnográfico de Buenos Aires.

 

Juan José Toro es presidente  2018-2020 de la Sociedad de Investigación Histórica de Potosí.
 

 

 

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