Nos vemos después de la guerra

Una narración, desde los ojos de periodistas, de los dramáticos momentos entre el 7 y el 21 de mayo en medio de los enfrentamientos entre Israel y Gaza.
sábado, 19 de junio de 2021 · 05:04

Guillaume Lavallee *  /  Jerusalén / Gaza

Todo se precipitó en pocas horas. El viernes 7 de mayo en Jerusalén, después de la puesta de sol, estábamos mojando los dedos en hojas de parra rellenas, llenando nuestros platos con fattoush -carne y arroz con sabor a cardamomo- cuando empezaron a arreciar los mensajes de WhatsApp: ¡tensiones en al-Aqsa!

Las manifestaciones en la Explanada de las Mezquitas de Jerusalén Este habían marcado las noches del fotógrafo Ahmad Gharabli durante semanas. Ese viernes, último del mes de ayuno del Ramadán, estábamos agotados y encantados con la perspectiva de una narguila (pipa de agua) después de la comida, tranquilos, hablando de la vida bajo un albaricoquero. Pero los mensajes rompían la calma a cada momento y Ahmad, exhausto, se puso de pie y dijo: ¡Me voy rápido a al-Aqsa!

Esperábamos fuertes manifestaciones, algunos heridos, pero no lo que después ocurrió. Los resultados de los enfrentamientos entre palestinos y la policía israelí en la Explanada de las Mezquitas, el tercer lugar más sagrado del Islam y punto de partida de la segunda intifada, fueron muy duros.

Al día siguiente, la Media Luna Roja Palestina informó de al menos 205 palestinos heridos, incluidos más de 80 hospitalizados. La policía israelí informó de 18 heridos en sus filas.

El lunes 10 de mayo, todo se torció. Todo. Ahmad me despertó temprano: “Guillaume, hay enfrentamientos en al-Aqsa, hay heridos por todas partes”.

100, 200, 300, 400, 500 heridos según los rescatistas. Las alertas se sucedieron en el hilo de AFP. Los hospitales estaban desbordados en este “Yom Yerushaleim”, (Día de Jerusalén),  que marca en el calendario hebreo la ocupación israelí de la parte oriental de la Ciudad Santa hace más de medio siglo.

Miles de jóvenes judíos convergieron en la Ciudad Vieja y era omnipresente el temor a una escalada tras los mayores choques registrados en Jerusalén en muchos años. La ciudad contenía el aliento. Y luego, al final de ese día, desde la Franja de Gaza, el movimiento islamista Hamás entró en el juego.

A las 17:00, Hamás lanzó un ultimátum a Israel para que retirara sus fuerzas de la Explanada de las Mezquitas en el plazo de una hora. A las 18:00, las sirenas comenzaron a sonar en el sur del país y en Jerusalén, ciudad sargada para las tres grandes religiones monoteístas y ubicada a solo cien kilómetros de Gaza.

En el sur de Israel comenzaron a llover cohetes, en su mayoría interceptados por el escudo antimisiles Iron Dome (Cúpula de Hierro). Los que escaparon de la defensa antiaérea impactaron en el campo o sobre casas.

En los días subsiguientes, cientos de cohetes continuaron iluminando los cielos, mientras miles de palestinos aún se manifestaban en Cisjordania y Jerusalén Este. Pueblos “mixtos”, con habitantes árabes e israelíes, resultaron incendiados. En Lod, cerca de Tel Aviv, los residentes prendieron fuego a la sinagoga en respuesta a la muerte de un padre árabe, asesinado a tiros durante los enfrentamientos.

Tras el ataque de Hamás, Israel respondió la noche del lunes 10. ¿Nos dirigíamos a una escalada de 48 horas como ambas partes estaban acostumbradas? ¿O hacia una nueva guerra, la Cuarta Guerra de Gaza? “Salí de la casa, fui a la oficina, porque filmamos los ataques en vivo desde la terraza”, dijo Yahya Hassouna, el reportero de video en Gaza. “Mi esposa me llamó llorando. Le dije: nos vemos después de la guerra (...) pero no quería decirle que estaba en el terreno, en los hospitales, donde cayeron las bombas. Lo más difícil para un periodista en Gaza es la presión de la familia”.

“Mis padres, a quienes no veía desde hacía diez días, seguían llamándome: ten cuidado, no vayas a zonas peligrosas, trata de dormir, me decían. Y yo les respondía: todo está bien, yo estoy feliz. Sabían muy bien, sin embargo,  pues viven en el centro de Gaza, que el bombardeo venía de todas partes (...) Y mi esposa me suplicó que volviera a casa”.

El fotógrafo Jack Guez dejó a su familia para ir a Ashkelon, una ciudad israelí cerca de la Franja de Gaza a la que Hamás había prometido “un infierno”.

“Fue realmente muy intenso. Estaba en el hotel, pero ante la intensidad del bombardeo y las alertas de cohetes, era imposible hacer la vista gorda. Escuchas los estruendos y te dices a ti mismo, está bien que no haya afectado al hotel, no esta vez. Pero muy bien podría haber sido víctima de un cohete en mi habitación de hotel”.

En esta ciudad de casi 150 mil habitantes, dos mujeres murieron y una treintena de personas resultaron heridas solo el 11 de mayo.

“Al volante, no me puse el cinturón de seguridad durante once días”, continúa Jack Guez, para “poder salir del auto rápidamente en caso de necesidad, porque siempre recuerdo la imagen de mis amigos de AP y Reuters que en el pasado se cruzaron con un misil mientras estaban conduciendo”.

“Fue mucho más intenso que en las guerras previas que cubrí: en el pasado, escuché el silbido simultáneo de tres, cuatro, cinco, seis cohetes… pero allí me encontré literalmente bajo decenas de cohetes. A veces, el cielo parecía blanco de tan numerosos y ya no sabía si debía trabajar o protegerme. Una vez, un trozo de escombro cayó sobre mi hombro. Estos once días de guerra me marcaron mucho más que las cuatro guerras anteriores ”.

“Mi familia, en un pueblo cerca de Gaza, está en primer lugar. Tan pronto como escuché una alerta sobre esa ciudad, mi prioridad fue llamar a mis hijos”, dice Jack Guez.

Antes “los ataques tenían como objetivo un territorio muy pequeño, a lo largo de la frontera con Gaza, las localidades de Sderot y Ashkelon… Esta vez los cohetes llegaron al norte de Tel Aviv, donde tengo a mi familia”, dice por su parte el videoperiodista Nir Kafri.

“Cuando comenzó la guerra, con mi esposa fuimos a visitar a unos familiares para darles el pésame, un duelo no relacionado con la guerra. Dejamos a nuestras hijas en casa. En el camino, escuchamos sirenas en la radio, que también enumeraba las localidades atacadas. De repente, mi esposa bajó la ventanilla del auto y dijo: ¡Escucho las sirenas afuera! ¡No es la radio, hay cohetes a nuestro alrededor! Nos detuvimos y allí llamaron mis hijas; era como una película de terror, no sabían qué hacer”.

Durante esos 11 días, además de Nir Kafri y Jack Guez, una decena de fotógrafos, reporteros y videoperiodistas se movilizaron en Jerusalén, en Tel Aviv, en el norte del país cerca de la frontera con Líbano. No sin peligro, porque pese a que el Iron Dome intercepta los cohetes, a veces se le escapa alguno o caen escombros.

El sábado 15 de mayo pudo haber marcado un punto de inflexión en esta guerra relámpago. Adel me llamó desde Gaza. “Se ordenó a AP y Al-Jazeera evacuar su edificio. Tienen una hora para salir del lugar”. Los reporteros de la agencia estadounidense y del canal catarí se llevaron cámaras y laptops y salieron corriendo de la torre “Jala”.

Frente a este edificio de hormigón de más de diez pisos, los reporteros presentes en la Franja de Gaza -cerrada a los periodistas extranjeros durante los enfrentamientos- se congregaron para filmar la escena. Boom, boom. El edificio se derrumba. 

El viernes 21 de mayo, con el alto el fuego tras 11 días de implacables bombardeos sobre Gaza y 4.300 cohetes disparados contra el sur de Israel, se reanudó una apariencia de normalidad, que también mide los daños.

La guerra mató a 260 palestinos, incluidos más de 60 menores, según las autoridades locales. En Israel, 13 personas murieron, entre ellas un niño de seis años y una adolescente, dijeron los rescatistas.

En Gaza, mil edificios fueron destruidos y sufrieron millones de almas. “Es como si todos los bombardeos aéreos de la guerra de 2014 (50 días) se hubieran condensado en 11 días”, señala el videoperiodista Yahya Hassouna.

Después de la guerra, “mi esposa me abrazó y me dijo que fuéramos a celebrar el Aíd”, celebración que marca el final del Ramadán, que comenzó en Gaza con diez días de retraso.

 

 

 

Periodistas en una guerra de 360 grados

En la guerra, los periodistas a menudo van durante el día a la línea de frente y en la noche regresan al hotel o a sus hogares, dependiendo de si son enviados o locales. Tenemos al frente y la retaguardia y, a veces, también al cielo, con los ataques aéreos. Pero Gaza es una guerra de 360 grados.

No hay una posición de repliegue. Sin frente ni espalda. Solo guerra por todas partes, en el cielo, e incluso bajo tierra con los laberintos de los túneles de Hamás. Los periodistas de Gaza no tienen a sus familias lejos, protegidas, inmunes. Viven bajo las bombas como ellos, dando lugar a una intensa conciliación entre familia-trabajo-bombardeo.

“Ningún lugar era seguro. Mi familia vivía en constante angustia, teníamos que tratar de tranquilizarnos a cada momento. El miedo, la ansiedad, se mezclaba con mi sentido de la responsabilidad: tenía que cumplir con mi trabajo de periodista”, subraya Adel Zaanoun, reportero emérito.

“El séptimo día fue el momento más difícil, cuando un bombardeo israelí destruyó la casa de un vecino; la mía resultó dañada y mi esposa e hijos tuvieron que irse”, continúa. Las paredes de la planta baja se rompieron, las ventanas se hicieron añicos. La casa del vecino, que había recibido una llamada de las FDI para adevertirles que se fueran, no era más que un montón de escombros entremezclados con zapatos, ropa y juguetes.

Cuando comenzó la guerra, Sakher Abou El Oun, el decano de la oficina, ya estaba de luto: había perdido a su único hijo, Madhat, de 13 años, debido a una enfermedad. Por tanto, estaba en casa con su familia. “Las bombas golpeaban mi vecindario, al-Rimal, y vimos como el estallido de las bombas sacudía nuestras paredes ”.

Sakher volvió a trabajar en medio de la guerra para ayudar a sus colegas y para escribir un informe sobre la destrucción de su barrio y otro sobre niños traumatizados, donde evoca un niño que repite: “Ana khaïf, ana khaïf, ana khaïf”. “Tengo miedo, tengo miedo, tengo miedo”

En tiempos de guerra, ver niños en peligro suscita fuertes reacciones, como en el caso de Mahmud Hams, fotógrafo experimentado en terreno hostil.

“Cuando vas a la morgue y encuentras niños, piensas en los tuyos. Vi a uno que fue allí. Alguien le gritó: tu padre murió. El chico no lo sabía. ¿¡Qué!? Se me llenaron los ojos de lágrimas. A veces lloro cuando hago un informe pero trato de ocultarlo, para mantenerme profesional. Pero también me di cuenta de que a veces es necesario, contener todo no es algo bueno. Somos humanos, no hielo. Vemos a la gente desgarrada, viva o muerta, entre los escombros”.

 


*Director de la oficina de AFP en Jerusalén.

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