Guiomar Mesa y el Salar en el óleo

Mar de sal (2021) es una colección de cuadros que representan el majestuoso Salar de Uyuni, la última que presentó la artista; un realismo que produce sensaciones.
sábado, 11 de septiembre de 2021 · 05:00

Ignacio Vera de Rada  / La Paz

Dice la teogonía andina que fundó Fernando Diez de Medina que los montes tienen vida y abren las puertas del mito que devela la religión viva de la tierra. Thunupa es toda virtud. Toda justicia. Dirime batallas entre montes, castiga la corrupción del tiahuanacota y aplaca la ira de Illimani y Mururata. Hijo de Wirakocha Creador, enviado al mundo de los seres humanos, impone su justicia en una tierra signada por la lid y la contradicción. Es el credo universal del Bien y la Justicia, diferente del cristianismo en matices de forma pero análogo en algunos conceptos.

Cuando entré en la galería de arte, el cuadro de mayores dimensiones, Tunupa (160x180 cm, óleo sobre tela), me llamó y me paré frente a él para verlo por varios minutos: en primer plano, una colina árida y parda; más lejos, una montaña café más elevada; y más lejos aún, un volcán ocre. Todo bajo un cielo cerúleo, como los de invierno. Si uno mira la pintura de cerca, cada pincelada cuenta algo, pero de lejos el retrato montañoso adquiere realismo.

El paisaje en su conjunto: triste como todos los del altiplano, solemne y tormentoso como la Novena sinfonía, sobrecogedor como un ruba’i de Tamayo: Montes graves, graníticas hazañas,/ Como inmóvil galope de montañas,/ No pasaréis aunque la tierra pase!/ Yo os llevo para siempre en mis entrañas! El cielo, técnicamente hablando, está pintado de manera singular: lágrimas de azul caen desde arriba, simulando un diluvio. La orquesta del Creador tocando la sinfonía de la naturaleza del Ande americano. Desfiladero de montañas que estupefacen.

La intimidad creadora y la trayectoria

Guiomar Mesa Gisbert, como todo buen artista, encuentra goce en la soledad, porque es una soledad creativa en la cual el orfebre del color y las líneas se halla a sí mismo y conversa con los fantasmas que lo impelen a crear. Durante el día pinta y por la noche, antes de dormir, suele dibujar. Aunque imparte clases de arte, su vida gira alrededor de la creación, distribuyendo su tiempo entre la lectura, la contemplación de la cotidianeidad y el proceso de la pintura como tal. Su taller, como el del artista arquetípico, es un desorden: decenas de discos, libros, fotografías, caballetes, pinceles y, relevante entre todos los objetos, una paleta de colores.

Y, sobre un elevado estante, dos cráneos humanos que sirven de modelos. Su estudio es el centro de la casa, pues la casa está construida y pensada en torno al taller. Desde allí, a través de un gran ventanal, se ve en todo su esplendor el Illimani, inspirador de poetas, músicos y pintores.

La casa misma, además, está lejos del bullicio de la ciudad, apartada, como para que la artista reflexione el concepto de su arte, mezcle los colores y los imprima sobre el lienzo con toda paz.

Aunque primero pensó ser arquitecta, como sus padres, y luego hizo cuatro años de Literatura en la UMSA, terminó licenciándose en la carrera de Artes por la misma universidad, pues el arte la llamó inexorablemente. Hasta ahora cuenta con más de una decena de exposiciones individuales, participó en dieciséis exposiciones colectivas en distintos países del mundo y estuvo en cinco bienales.

Su infancia estuvo signada por el arte pictórico colonial. “No había ni sábados ni domingos”, recuerda, “mis papás me llevaban a sus viajes y allí vi las pinturas coloniales en las iglesias del altiplano”. Piensa que el arte es el campo que más cambios ha experimentado a lo largo de la historia y que no debe ser ni únicamente para deleitar el espíritu ni solamente para interpelar y denunciar las injusticias: debe ser para aprehender el mundo. Sus influencias son numerosas y muy diversas: desde Durero, Leonardo y Rembrandt (sobre todo sus dibujos) hasta Holguín, Arturo Borda y María Luisa Pacheco.

“Mi proceso creativo es de todos los días”, dice al referirse a su rutina. Observa, reflexiona, metaforiza y finalmente plasma en la tela. “La poesía tiene que ver mucho con la pintura, porque tiene síntesis, símbolo…”, indica. “El arte debe provocar una sensación, una emoción; no debería ser solo una ilustración de la realidad tal como es”.

De esta manera, Guiomar trata de decir sin decir, o sea, de provocar o despertar impresiones que quizá no están representadas en el lienzo. Ya lo hizo desde Arte y desacralización (1990), su primera colección de cuadros, con pinturas que simbolizan la Pachamama, el cielo y el infierno. Y aun cuando pinta paisajes o realidades tangibles, siempre hay un concepto subliminal que está allende lo físico.

Sol Mariaca, hija de la artista, comenta que su mamá es incansable: artista y madre a tiempo completo. Y pese a que ahora viven separadas físicamente, la comunicación y el cariño son permanentes. Recuerda que cuando era niña acompañaba a su mamá al lago Titicaca o al Salar, lugares donde Guiomar tomaba fotografías de los paisajes y los poblados que luego le servían para su pintura. “Además, siempre llevaba su cuaderno para dibujar, ya sea con tinta negra, con acuarelas, con crayones o con lápiz”, recuerda.

 “Su fuerte es el óleo, pero siempre está actualizándose y experimentando nuevas técnicas y nuevos recursos”.

Mar de sal

Mar de sal (2021) es una colección de cuadros que representan el majestuoso Salar de Uyuni, la última que presentó Guiomar Mesa. Realismo, sí, pero también mucha alegoría que produce sensaciones que están debajo del umbral de la consciencia. El óleo transmitiendo las visiones y emociones de quien pisa el inmenso desierto salino del sudoeste boliviano. Azules marinos, de ultramar y de cobalto. Azul prusiano. Lilas y blancos. Y para los montes: pardos, ocres y cafés. Poco efectismo, poca dinámica, ningún movimiento. Pero sí mucha solemnidad contemplativa y estoica, inmóvil.

Paisajes insonoros que llevan al misterio del Ande y las sales marinas que quedaron fijadas al suelo desde tiempos inmemoriales. El realce de tonos y luces siempre, siempre, en la sal.

Reflejos II, se asemeja una captura de cámara fotográfica.

1. Reflejo (130x130 cm) tiene calidad fotográfica. Visto el cuadro desde una relativa distancia, semeja una captura de cámara fotográfica. Los colores están aballados para los reflejos de las nubes y los cerros, y la costra de sal está pintada con óleos poco diluidos, para darle así un relieve especial. La mayor destreza está plasmada en el reflejo del cielo nuboso en el charco de agua sobre la sal. El azul del cielo, que va haciéndose más claro, traduce la profundidad y concavidad del cielo andino.

Reflejo , la costra de sal está pintada con óleos poco diluidos,
para darle así un relieve especial.

El conjunto de formas es como la introducción a la colección de pinturas.

2. Huella (160x180 cm) es la huella de un automóvil sobre la arena del desierto. Es la noche umbría, y la huella destaca con colores claros, dando a entender el mensaje de la pintura. ¿Quizá la profanación humana en la virginidad del desierto de salino? ¿La máquina humana hollando el mar de sal? ¿La pequeñez de una huella de automóvil ante la inmensidad de la naturaleza que no se doblega? ¿O, más bien, la ausencia del humano, ser efímero en la eternidad de la naturaleza?

Al fondo solo se ve noche y oscuridad, representados con colores amoratados y marengos. La huella está pintada con mucho detalle y el fondo es más bien difuso y vago. Y muy pequeñitas, solo visibles para el ojo que capta los detalles más sutiles, unas casitas campestres que forman una comarca.

Atardecer II, promontorios de sal ante un crepúsculo muriente.

3. Atardecer I, II y III (70x200, 70x150 y 35x45 cm) representan promontorios de sal ante un crepúsculo muriente: melancolía infinita que al final es felicidad. ¿No cantó Victor Hugo que la melancolía es la dicha de estar triste? El primer cuadro es un atardecer pintado con colores naranja, rojizo y morado. El segundo, en cambio, utiliza tonos lila, morado y azul. El último es el más pequeño pero más variado de colores: azules, naranjas, celestes y morados.

Luz , pequeños conos de sal dispersos por una planicie.

Los pequeños conos de sal están dispersos por la planicie solitaria; no se ve el sol, solamente su luz que los nimba y su reflejo en las aguas del piso. A diferencia de los anteriores cuadros, esta trilogía traduce, en vez de detalles de la sal o la tierra, la infinitud del espacio en el Salar.

4. Sal (60x80 cm) y Mancha (50x40 cm.) y pinturas relativamente pequeñas que, a diferencia de los Atardeceres, representan detalles pequeños del salar.

Luz , pequeños conos de sal dispersos por una planicie.

El uno está pintado con tonos lilas y blancos, y el segundo con blancos, cafés y negros. La pincelada es rápida y nerviosa, y las formas –sobre todo de Mancha–, a diferencia de las de las anteriores pinturas, son más bien abstractas, talvez para transmitir un mensaje que está allende el realismo paisajístico y aquende las emociones de la autora.

 

“Mi proceso creativo es de todos los días (...) La poesía tiene que ver mucho con la pintura, porque tiene síntesis, símbolo…” 

Guiomar Mesa Gisbert

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