El Abuelito Tino nos abre su corazón

Constantino Lozada tiene 87 años, es el responsable del primer programa infantil en la televisión de Bolivia. Vive en Miraflores, el hogar de toda su vida
domingo, 5 de septiembre de 2021 · 05:05

Erick Ortega / La Paz

Corrían los años 70 y la vida pasaba lenta por la ciudad de La Paz. Entonces no había teléfonos inteligentes, internet, ni redes sociales; sólo las radios emitían algunos programas que dejaban cierto lugar a la imaginación. Pero  en las tardes, eso sí, las tardes eran de la televisión, y entonces sólo había un canal, el 7 Televisión Boliviana.

Durante 25 minutos ingresaba a los hogares paceños un personaje de barba, con una cachucha, lentes pequeños y una pipa. Hablaba arrastrando palabras cariñosas y mirando de frente a la cámara;  contaba la historia de Caperucita Roja, Los tres chanchitos y  Blancanieves. Con su voz de anciano recreaba bosques con osos, monos, serpientes y siempre, siempre, dejaba un mensaje a los niños. Era el Abuelito Tino en la Tv.

Su palabra era ley para los niños. “Todos hacían caso al abuelito”, cuenta Constantino Lozada Gómez en su casa de Miraflores, aquella que el miércoles 1 de septiembre abrió sus puertas a un equipo de prensa, al de Página Siete. Entonces contó que en los albores de la televisión boliviana, Constantino se acortó el nombre y se alargó la edad para convertirse en el Abuelito Tino.

“Recuerdo que muchos amigos o personas conocidas me decían ‘mi hijo es muy travieso,  quisiera que digas su nombre o algo en tu programa’;  entonces yo decía, por ejemplo, ‘Carlitos,  te estás subiendo a los sillones. No, no, no, esas cosas no hay que hacer’. Y después, cuando me veía otra vez con los mismos amigos, ellos me decían que sus hijos empezaban a portarse bien porque el Abuelito les había recomendado”.

Había dos formas de ver al Abuelito Tino. En primer lugar estaban los afortunados que podían llegar al estudio y entonces lo tenían ahí, en carne y hueso; luego estaban aquellos que lo seguían en sus televisores. “En los estudios, los niños se sentaban alrededor y me atendían, estaban quietitos, calmaditos. Los papás me decían que en sus casas igual estaban, sin molestar a nadie, en silencio viendo el programa”.

Se le pregunta: “¿Hoy en día sería bueno tener al Abuelito Tino otra vez en la tele?”  y él no duda en responder: “Sí, claro que sí. Especialmente en estos momentos (de pandemia) es cuando más se necesita del Abuelito Tino. Los niños con este problema  no salen al aire libre y en las casas a veces están haciendo travesuras y hay que estar detrás de ellos”, responde el paceño miraflorino de 87 años.

Eran años de magia. Un hombre con voz de anciano era capaz de tener en silencio a todo un kínder durante 25 minutos. Para entretenerlos no necesitaba nada más que sus historias y de vez en cuando hacía uso de algunos personajes que él inventaba. Ahí estaba por ejemplo Cococho o doña Sinforosa,  que se sentaban en sus piernas y él (que había aprendido ventriloquia de un experto guatemalteco) les daba voces y movía sus frágiles cuerpos. Todo eso era ilusionismo puro para sus seguidores.

Lo que no tenía nada de magia era el arduo trabajo que hacían en la televisora. “Todos los programas no eran en vivo y directo, eran grabados. Para hacer unos 20 minutos había que estar todito el día, porque cuando uno se equivocaba en la mitad de un programa había que volver al principio. Era terrible y encima había que subir hasta El Alto porque allí eran los estudios”.

El Canal 7 salió al aire el 30 de agosto de 1969 y uno de sus programas centrales era el Abuelito Tino. En esencia repetía la fórmula del programa de radio que el Abuelito Tino realizaba en el pasado.

Dos fotos de antaño del programa
infantil que se emitía en el 7.

Recuerda que una vez él llegó a los estudios del 7 acompañado de decenas de niños que querían entrar a su show.  Les preguntó, con su voz normal, “¿qué hay?”, y ellos respondieron “vamos a ver al Abuelito Tino”; y no le dieron más importancia. Entró, se vistió de estrella de televisión y al salir del camerino los niños fueron a abrazarle, algunos apenas alcanzaban a aferrarse a sus piernas. “Al abuelito dónde no lo querían. A veces cuando iba a almorzar o cenar a un restaurante, las personas mayores me reconocían y a sus niños les decían ‘ése es el abuelito’, ellos se desprendían de sus papás y venían corriendo a abrazarme. Era muy hermoso”.

Lozada habla con nostalgia, ahora sí usa lentes y tiene problemas para escuchar. Camina y se mueve lentamente como su personaje;  sonríe mucho más cuando se acuerda de aquellos días pasados en los que hacía teatro, radio, televisión y cine.

Tiene un álbum de recuerdos impresos, cada foto o recorte de periódico está debidamente rotulado. Ahí está él, en el teatro acompañado de Carlos Cervantes o de algún otro artista. En las últimas hojas se lo ve en el rodaje de la película Chuquiago. Por un momento se detiene en alguna foto y comenta que tal o cual actor amigo ya falleció. De nuevo se detiene y señala unas fotos en blanco y negro… es él mismo pero con otro personaje: Jhonny Taicons.

Jhonny Taicons, un personaje querido en el teatro.

La sonrisa se vuelve risa. Ese personaje le trae buenos recuerdos. Era ocurrente, se creía todo un galán sobre las tablas y su sentido del humor estaba muy despierto. Taicons también era un personaje de éxito, sus obras llenaban el Teatro Municipal. “El sitio quedaba repleto, repleto. Una vez don Raul Salmón, que entonces era alcalde, vino a mi camarín y me dijo: ‘Tino,  qué es lo que pasa, la gente busca entradas y ya no hay’. Yo le  respondía ‘ésa no es mi responsabilidad, ¿qué quieres que haga?’…”. Fue así que hubo un tiempo que el Jhonny Taicons se presentaba matiné, tanda y noche.

Ese trabajo a destajo nunca le ha molestado. “Yo me divertía”, cuenta el hombre que también se ha dedicado a la pintura durante mucho tiempo;  en su living tiene colgados cuadros de su autoría y muchos reconocimientos por su arte.

A fin de cuentas, Lozada es un hombre de pasiones y su pasión principal tiene un color: celeste. Fue amigo de Mario Mercado Vaca Guzmán, uno de los presidentes más importantes del club Bolívar. Iba siempre a los partidos del club de sus amores y en su casa imperan algunos adornos celestes.

Tino Lozada con la Tv que   compró para ver su programa.

Vive rodeado de recuerdos, se jacta de tener una radio Sony antigua y un televisor con más de medio siglo de vida. Dice, medio en broma,  medio en serio, “antes los que hacíamos Tv teníamos que comprar nuestros televisores para vernos”. Hoy,  Constantino Lozada se ha convertido en el Abuelito Tino y la magia de su personaje se ha hecho realidad en su persona.

 

“Los niños con este problema del coronavirus  no salen al aire libre y en las casas a veces hacen travesuras”.

 

“Los pequeños empezaban a portarse bien porque el Abuelito Tino les había recomendado”.

Tino Lozada y su hijo Roberto observan un álbum de recuerdos.

El tesoro que se encuentra escondido en Miraflores

Roberto Lozada es el hijo mayor del Abuelito Tino. Él cuida a su padre como a un verdadero tesoro. Antes de entrevistarse con el actor de los años 60, 70, 80 y 90, el equipo de prensa de Página Siete debe inmunizarse con alcohol, colocarse guantes en los zapatos y ponerse una bata. “Nadie viene acá y él tampoco sale a la calle, no queremos que se enferme y por eso lo tenemos bien protegido”, menciona un precavido Roberto.

La estrella de televisión no se enfermó con el coronavirus y sigue  cuidándose en su hogar. Entre las pocas veces que salió a la calle fue para vacunarse;  él ya recibió las dos dosis, pero no baja la guardia y dice que todavía no tiene ganas de salir de su hogar.

Los 87 años de vida que tiene el actor los ha pasado allí, en su casa de Miraflores. Cuenta que vive ahí con sus dos hijos, en tanto que sus dos hijas se encuentran en Estados Unidos. “Mis dos hijos se han casado con dos odontólogas y nos han dejado con la boca abierta”, bromea casi con el mismo humor que ofrecía Jhonny Taicons encima de las tablas.

Roberto cuenta que  va a solicitar al alcalde de la ciudad de La Paz, Iván Arias, que tome en cuenta la fachada de su casa para pintarla con imágenes de su papá, especialmente como  Abuelito Tino. “Sería  lindo”, dice.

En cercanías de su casa, la Alcaldía coordinó con los dueños de casa para pintar fachadas de la zona, como parte del proyecto Ciudad de Mil Colores.

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