A los migrantes en Argentina los defiende una Reina boliviana

Nació en Cochabamba y se comprometió con la lucha de los desposeídos luego de la muerte de su cuñada Marcelina Meneses. En Quilmes se ha convertido en un referente de la defensa de los derechos humanos.

Gente & Lugares
Buenos Aires - lunes, 26 de septiembre de 2022 - 0:00

Al salir de la oficina Reina llama a su casa para avisar que llegará un par de horas más tarde de lo habitual. Esta semana le ha pasado dos veces. Su niña y su esposo ya casi están acostumbrados. El nuevo trabajo le permite ayudar a la población migrante de donde viene ella misma, aunque eso significa una agenda más apretada y menos cenas familiares.

La jefa de la Dirección de Migrantes del municipio de Quilmes en Argentina es boliviana. Reina Isabel Torres proviene de un hogar migrante. Forjó un carácter de hierro en el fuego de la discriminación y aprendió, más allá de los discursos, que no todos somos iguales ante la ley. Lleva más de 20 años luchando contra esas malas prácticas. Vio de cerca la vulneración de los derechos de paraguayos, venezolanos, coreanos, peruanos y otras personas que nacieron en diferentes países y que hicieron de Argentina su nuevo hogar.

Su nombramiento la tomó por sorpresa, no es común que una boliviana ocupe un cargo así y por eso su designación es una señal de los vientos de cambio. Como un traje a medida y encargado a la modista, así sintió el nuevo puesto. “Me dijo la intendenta de Quilmes que iban a abrir la Dirección. Acá (en Quilmes) es donde hay más bolivianos y de ahí me invitaron”, cuenta mientras lleva a la mesa de su casa algunos materiales impresos de las campañas que hizo, junto con varias compañeras, para garantizar el ejercicio de los derechos de migrantes.

La familia Torres llegó a Buenos Aires desde Cochabamba allá por los años 90, entonces buscaban mejores oportunidades laborales. Reina las encontró pero con muchos dolores de por medio, como por ejemplo la muerte de su cuñada Marcelina Meneses. Hoy ese es el nombre que tiene el Centro Integral que dirige. Y ese asesinato, que también acabó con la vida de su sobrino Joshua, trastocó a su familia.

Página Siete visitó la que fue la casa de su cuñada y que ahora honra su memoria en el Centro Integral de la Mujer Marcelina Meneses. El sitio está en Quilmes, a unas siete cuadras de la estación de tren de Ezpeleta. Parece que la noche cae más rápido allá que en Buenos Aires, y esto se debe a la poca iluminación. Es una zona humilde donde no se alcanza a ver todo el juego de luces la capital.

Desde ese reducto Reina busca que historias como la de Marcelina nunca más se repitan. Ella sabe el significado de la palabra impunidad. Y sí, han pasado 21 años del asesinato de su familiar y no hay responsables.

Abre sus recuerdos a este medio para dar una fotografía de lo que pasaba con los bolivianos cuando veían en Argentina un sueño americano en el sur.

Vivir con dos muertos encima

El último dato oficial del Instituto Nacional de Estadística y Censos de la República Argentina (INDEC) establece que en 2010 había casi 400 mil bolivianos en ese país. Ya entonces la cifra no coincidía con la realidad, debido a que muchos no tenían papeles en orden y estaban “en negro”, como se denomina despectivamente a quienes no tienen papeles en orden.

Doce años después de ese censo se sabe que la cifra subió y que todavía es difícil identificar el total de bolivianos que migraron. Con todo, los connacionales afirman que son más de dos millones.

La comunidad boliviana en Argentina aún carga con estigmas, prejuicios, racismo y discriminación de algunos argentinos en ese país. La Organización Internacional para las Migraciones (OIM) y el Instituto Nacional contra la Discriminación, la Xenofobia y el Racismo (Inadi), entre otras entidades del vecino país, son de las que más se han esforzado en aplicar estrategias para promover los derechos humanos.

Reina identifica el momento exacto en el cual el racismo y xenofobia quedaron en total evidencia: el asesinato de Marcelina Meneses y su niño Joshua Torres, el 10 de enero de 2001. Marcelina fue empujada del tren en movimiento no sólo por ser boliviana sino principalmente por sus rasgos físicos como una piel cobriza y el cabello negro.

La locomotora de su memoria va hacia atrás y recuerda que ella se fue al hospital. “Marcelina salió como a las ocho de la mañana. Todo pasó cuando se acercó a la puerta del tren y se alistó para bajar. Estaba nublado ese día y cargaba la bolsa, el arnés, el paraguas y a su hijo. Rozó a un hombre mayor con boina y él la increpó”, recuerda Reina al reconstruir el caso por enésima ocasión. Ella supo cómo pasó todo porque un hombre, entre aproximadamente 50 pasajeros, quiso evitar la desgracia. Los demás callaron y a causa de ese silencio cargaron con dos muertos en sus vidas.

Boliviana de mierda

“¡Boliviana de mierda! ¡No mirás cuando caminás!”, fue increpada ante la complicidad del resto de pasajeros. Julio Giménez intentó sacar cara por ella: “Che, tengan más cuidado, es una señora con un bebé”, protestó. “Qué defendés vos, si estos bolivianos son los que nos vienen a quitar trabajo. Igual que los paraguayos y los peruanos”, le respondieron. Giménez también fue intimidado, retrocedió y se perdió entre los pasajeros del vagón.

Marcelina y su hijo fueron arrojados del tren en movimiento. Momentos después la maquinaria paró y los pasajeros bajaron. Las manos de la mujer todavía se movían a la vista de los curiosos cerca de las vías. Su pequeño de 10 meses murió apenas chocaron contra el piso, su mamá lo cargaba a la altura del pecho.

“¡Daniel, la puta que te parió, la empujaste!”, se escuchó. Unos minutos después de las nueve de la mañana del miércoles 10 de enero el tren Roca retomó su ruta.

“Podía salvarse”, se lamenta Reina y parece que con sus ojos busca una respuesta en las paredes del Centro Integral. Hay razones, pero no respuestas. Los funcionarios del tren y de la Policía llegaron para tapar los cuerpos con periódicos, no hubo auxilio porque lo irremediable ya había pasado. Los cadáveres cubiertos en el suelo no fueron retirados hasta las cinco de la tarde.

Se hizo una autopsia exprés, la cual indicó que la mujer murió por un paro cardiaco; o sea que no había opción de salvarla. La necropsia desveló que ella agonizó cerca de las vías del tren. La justicia no fue justa. Incluso el fiscal le preguntó a la familia de Marcelina: “¿Están seguros de que sacó boleto? (del tren)”. Cuando la empresa reconoció que Marcelina era una pasajera vino otra batalla: demostrar la ineptitud de las medidas de seguridad. Las puertas del tren hoy son eléctricas y existe la premisa de ceder el asiento a mujeres u hombres cargando niños.

Giménez, el único hombre que quiso tener la conciencia en paz y defendió a la mujer y a su hijo, ya murió. Sus declaraciones son un testamento de lo que pasó y nadie quiere recordar.

En el nombre de la madre

Froilán Torres, esposo de Marcelina, gastó todas sus energías en pegar panfletos para pedir ayuda, los gastos económicos ni los recuerdan ahora, pero el más afectado fue Jhonnatan, Jhonny como le decían de cariño. Quedó de un día para el otro sin el hermanito con el que jugaba cada día. Enflaqueció, le perdió el gusto a la vida.

“Él ya tenía conciencia cuando pasó, cuatro años tenía. Estaba empezando a hablar y dejó de hacerlo por un año. Estuvo con psicólogos y nosotros le ocultamos todo, fotos, peluches, todo de su mamá y su hermano; pero en el psiquiátrico nos dijeron que no debíamos quitarle parte de su vida. Tenía problemas de esfínteres y murió por complicaciones en el colón”, recuerda Reina.

El llanto sigue su camino, igual que su testimonio. “Jhonny era un chico que vos lo querías al verlo, no tenía maldad, 16 años tenía, era un nene chiquito que miraba videos, le gustaba Gokú. Yo vi una vez que se burlaron de él porque era callado, pero él se reía, no se enojaba”, sostiene.

Al poco tiempo de la partida de Marcelina murió su suegra. “Me vas a enterrar a lado de Marcelina”, encargó a la familia. “Mi papá se hacía cargo de Jhonny porque mi hermano se iba a trabajar. Cinco años después falleció mi papá. Yo seguí en las investigaciones y peleas porque pensaba en Jhonny por ahí un día nos preguntaba ¿qué hicieron por mi mamá?”, relata Reina. Pero Jhonny murió casi sin pedir explicaciones. Su papá sigue por ahí como un alma en pena...

“No podés entender porque pasó todo esto si antes estaba todo bien Yo no podía entender que la gente no haya hecho nada estando una mujer con una criatura No puedo entender que nadie hizo nada por ese bebé”, comenta Reina y es cuando hace una pausa obligada para que las emociones no la superen.

La Ley 4409/12 se sancionó en 2012 por la Legislatura porteña y estableció el 10 de enero como el Día de las Mujeres Migrantes, a raíz del caso Marcelina.

Aunque muchas cosas cambiaron y otras se denunciaron nada volverá a ser lo mismo para los habitantes de aquel departamento en la calle Charcas 5620, en Quilmes, a unas siete cuadras de la parada Ezpeleta.

El reino de Reina

El Centro Integral que fundó Reina fue un homenaje a su cuñada. Se erigió en la casa que ocupaba su familia. Una decena de proyectos se hicieron para ayudar a cientos de personas en trámites migratorios, alimentación y contención psicológica.

Aprendió mucho de coordinación y ahora es líder en diferentes procesos a favor de la comunidad migrante en Quilmes. Poco a poco las mujeres que le dieron su respaldo pasaron a ser sus aliadas y parte de su equipo de trabajo.

Se convirtió en un puente con el Consulado de Bolivia. Su nombre recorrió las bocas de quienes pedían una guía. Estudió y decidió muñirse de conocimientos hasta que todo eso rindió frutos y frutos que cayeron más allá del trabajo en el Centro Integral sino para toda Quilmes.

Reina termina su relato mostrando a Página Siete algunos peluches y carteras que han hecho sus compañeras. “En las ferias venden y es un ingreso económico para ellas”, dice una vez que se ha secado las lágrimas y algo de optimismo aparece en su rostro.

Los ambientes del Centro están plagados de mensajes contra la discriminación, racismo y la homofobia. Reina se despide y corre a su hogar para cenar. Su hija, de nacionalidad argentina, estará dormida cuando ella llegue, pero no importa igual la abrazará con amor. Su lucha continúa. Su lucha es para que ningún hijo de migrantes o migrantes muera por sus rasgos físicos o por el lugar de donde vienen.

2001
Enero
Ese año y ese mes, el día 10, falleció Marcelina Meneses, al ser lanzada del tren.

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