Un clásico del español Luis Buñuel

El 50 aniversario de “El discreto encanto de la burguesía”

El aplaudido filme del director español obtuvo el premio Oscar en 1973 como mejor película extranjera.

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La Paz - viernes, 04 de noviembre de 2022 - 5:00

Luis Buñuel había leído la novela El lugar sin límites del escritor chileno José Donoso y tenía pensado llevarla al cine, el proyecto cobró fuerza y se reunió varias veces con el novelista en Madrid y en Teruel, pero, así sin más, como suceden muchas cosas, todo quedó en nada; después trató también de escribir con Juan Tebaz un guion sobre un cuento del mexicano Carlos Fuentes, que tampoco llegó a ninguna parte.

De regreso a París, en una cena, su amigo y productor Serge Silberman le contó que una noche se olvidó que tenía invitados a cenar a su casa, él no se encontraba y su esposa ya estaba acostada cuando llegaron los convidados; de esa anécdota nació la idea de hacer El discreto encanto de la burguesía.

Don Luis junto con Jean Claude Carriere, se reunían en la mañana para tomar primero un dry martini, leer lo avanzado el día anterior, evaluar lo hecho hasta ahora y después hablar de lo que sigue, “proseguir lo que sucedía después en la historia e imaginar las nuevas situaciones sin forzar lo verosímil, ni lo cotidiano”. En la tarde, el joven Jean Claude, solo en su habitación escribía en su máquina de escribir todo lo dicho horas antes. Y así llegaron a una versión adecuada del guion, después de desechar cuatro redacciones diferentes, no lo que ahora llaman versiones, y tomar una cantidad de martinis inconfesable.

Un 23 de mayo se iniciaría el rodaje de la película de mayor resonancia internacional de don Luis Buñuel.

Sin contratiempos y con el viento a su favor, apenas cuatro meses después, hace 50 años, un 15 de septiembre se estrenaba en París su película número 31. Don Luis tenía 72 años.

El maestro sueco Igmar Bergman, tal vez uno de los más admirados por una gran mayoría de cinéfilos, pensaba que: “Cuando el cine no es documento, es sueño, y se lamentaba no tener la capacidad de Tarkovsky, Buñuel o Fellini para moverse como pez en el agua en el espacio de los sueños y que cuando lo intentaba terminaba en penosos fracasos”.

Evidentemente como pocos, don Luis, desde su primer trabajo de 1929 Un perro andaluz, se sentía cómodo y adoraba la presencia de los sueños, o lo onírico, en sus películas; no como una militancia surrealista, sino por el puro gusto, de esa manera el cine podría ser el ojo de la libertad. En su etapa en México, cuando el metraje era algo inferior al requerido, para alagar la cinta, feliz de la vida aumentaba un sueño que no tuviera gran relación con la trama y menos enriquezca el sentido del relato, como ahora que es moneda corriente. Sueños cuya motivación había que encontrarlos en el capricho, en la ironía, en el absurdo, lo imprevisto, la repetición, la libre asociación y también el azar; sueños que, como todos sueños hablaban del miedo y del deseo; pero que estaban en el lado opuesto de los intentos solemnes y acartonados de esos años de desentrañar su lógica a nombre de alguna ciencia, como, por ejemplo, el de Jaques Lacan: “Hay que definir la metáfora por la implantación de una cadena significante de otro significante, con lo cual aquel al que suplanta cae al rango de significado...”.

Don Luis tenía especial predilección por las situaciones que se repiten una y otra vez, creando una cadena absurda, ofreciendo una y otra vez, un nuevo punto de vista para ver a Sísifo; hizo varios intentos de hacer guiones a partir de esa premisa, algunos como aquel que cuenta del ladrón que entra a una casa, roba el dinero, sube las gradas entra al cuarto del dueño, lo mata y se escapa por ventana; es atrapado y en la reconstrucción del crimen el preso entra la casa, simula que roba, sube las gradas, mata al policía que hace de dueño y se escapa de nuevo; que no se pudieron nunca hacer. Otras veces llegaron a otro fin como en El ángel exterminador (1962) y finalmente tal vez sea El discreto encanto de la burguesía el trabajo más logrado a partir de esa premisa. Los personajes se mueven guiados por el simple y mundano deseo de cenar juntos, personajes que esconden otros deseos, donde hay muchos sueños y hasta un sueño dentro del sueño.

La película fue un éxito de taquilla y de crítica. Y desde entonces mucho se ha escrito. Ganó, algo que Buñuel creía que nunca sucedería, el premio Óscar a la mejor película de habla no inglesa; no fue a recibirlo y después se sacó una foto con la estatuilla con lentes y peluca.

Hasta ahora se sigue escribiendo sobre su rebeldía, su sentido del humor y provocación, sobre el sentido del deseo, la moral en su obra y sobre el significado alcance de lo buñueliano (palabra aceptada en la RAE hace más de una década); casi siempre desde lugares que él mismo no tenía en buena estima, tal vez otra manera sencilla de acercarse sea a partir de su propia voz en el poema de juventud: “Yo creo que he de morir / con las manos hundidas en lodo de los caminos”.

La leyenda de la llorona ha regresado

Dirigida por Patricia Harris Seeley, escrita por Cameron Larson (historia) y José Prendes (guion), esta semana se presenta en el país la película La leyenda de la llorona.

Esta versión de la historia sigue a una familia que viaja de vacaciones a México en un esfuerzo por escapar de la angustia y el dolor que se ha apoderado de ellos. La madre, Carly (Autumn Reeser) está sombría y angustiada, mientras que su esposo Andrew (Antonio Cupo) se esfuerza por hacer que las vacaciones sean agradables para él y su hijo Danny (Nicolás Madrazo). Presentes junto a ellos a lo largo de la historia, hay dos personajes secundarios destacados: Verónica (Angélica Lara), su ama de llaves, y Jorge (Danny Trejo), un amable taxista. Pero el viaje de la familia resulta ser todo menos relajante, ya que intentan navegar por su entorno y evitar a los peligrosos miembros del cartel, así como la llorona (interpretada por Zamia Fandiño).

“Don Luis tenía especial predilección por las situaciones que se repiten una y otra vez, creando una cadena absurda”.
Marcos Loayza

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